Cuento psicoanalítico: Azucena

Cuando la conocí ya era una mujer entrada en años y en carnes, se vestía con ropajes multicolores como salidos de una playa rochense.
Posiblemente tendría el doble de mi edad, nunca lo supe ya que a las mujeres no les gusta decir cuantos años tienen y ella no era la excepción. Confieso que nunca me interesó sexualmente, sería más fácil de entender así esta relación, nada más lejos, primero porque no me gustan las señoras mayores y segundo porque no era el tipo de mujer en que me fijaría.
Quizás siempre tuve propensión a generar relaciones amistosas con mujeres extravagantes, esas que la mayoría de la gente tildaría como chifladas. A mi edad ya es difícil que pueda cambiar esta peculiaridad, el desvarío femenino me sigue pareciendo interesante y es parte de mi esencia convertirme en su confidente.
La conocí en un encuentro de psicólogos de las más diversas teorías. Llegó rutilante, una hora y media más tarde de lo acordado. Su irrupción en la escena me hizo recordar a las divas en decadencia de la vecina orilla.
Exigió, con total desparpajo, que le informaran acerca de lo que allí estábamos hablado. Las miradas de los presentes decían todo. Ella no se amilanó y demando nuevamente una respuesta. Los insultos no se hicieron esperar, ni se inmutó, como una verdadera lady.
Así era ella.
Azucena parecía ser de otra época, quizás de tiempos victorianos pero camuflada de hippie, una combinación verdaderamente extraña y aparatosa.
Cuando reía aparecía en las comisuras de la boca un rasgo bizarro y único, que acompañado de una carcajada estridente, ocupaba cualquier escenario posible: ella era pura estridencia.
Después de ese primer encuentro borrascoso, empezamos a coincidir socialmente en forma reiterada.
Ver a esa especie de topadora altanera tomar la palabra en reuniones o asambleas era un deleite, podía decir espeluznantes sarcasmos con una elegancia bizantina que dejaban a su oponente sin amparo.
Con el tiempo terminamos coincidiendo en la misma institución psicoanalítica. Habíamos entrado casi en la misma época, pero mientras yo pasaba sin pena ni gloria por la misma, ella tenía una necesidad de sobresalir casi sin límites.
Los diferentes encuentros sociales fueron forjando una amistad.
No hablábamos demasiado de nuestra vida personal, pero, seguramente, había nacido en una familia acomodada –nunca me lo dijo-.
Manejaba varios idiomas, sabía muchísimo de filosofía, política e historia. Había participado activamente como militante clandestina en tiempos de dictadura. Todo esto la hacía ser un ser complejo e interesante.
Azucena era, para mí, una encarnación de lo que representaban los ideales de los sesentas. Una militante en todo sentido, una apasionada por las causas y los ideales. Un espíritu crítico y revolucionario de esas épocas. Sin embargo, esa visión no era compartida por la mayoría, Azucena generaba un rechazo explícito en la gente. Quizás porque ella misma encarnara una contradicción demasiado evidente: su forma de hablar entre afrancesada y barroca característica de las zonas de clase alta no armonizaban con su ideología política. A mí siempre me generó una horrorosa curiosidad.
Pero Azucena era demandante como toda militante apasionada. Su causa debía también ser la causa de los demás. El precio que había que pagar por su amistad exigía sacrificios; implicaba aceptar sus horarios y sus sometimientos sin poder exigir disculpas.

Azucena tenía también muchos defectos, yo lo sabía pero pretendía ignorarlo. Estos muchos eran resaltados por sus enemigos, muchas veces mis amigos. Su soberbia indudablemente era su mayor defecto y se incrementó cuando se volvió psicoanalísta.
Se imaginó portadora de un conocimiento que la hacía superior a los demás mortales, incluyendo a sus colegas.
Creo que la “asunción” de “ser psicoanalista” la mareó irremediablemente. Poco a poco se fue desdibujando en una mujer sin límites. La pasión dio paso al abuso.
Se fue quedando sola, sin amigos.
Probablemente las causas apasionadas tienen ese final inexorable.

Una cuestión menor marcó el fin de nuestra relación. En el medio de un problema institucional absolutamente menor –mirado a la distancia-, me vi enfrentado a mi amiga en una pugna vacía y sin fundamentos profundos, pero que en el devenir de lo cotidiano se vive intensamente.
A propósito de ese problema institucional, que ya casi no recuerdo, terminé marchándome de ese lugar.
La represalia por mi abandono a la causa fue que mi amiga me exiliara de sus afectos.
Por años no supe de ella.

Cuando la sabiduría del tiempo logra borrar algunos recuerdos, apareció nuevamente rutilante y avasallante como la primera vez que la vi, esta vez a través de un comentario de un conocido a propósito de un libro que yo había escrito hacía muy poco tiempo: “Sabés que le mostré a Azucena tu libro y me dijo, ah de ese que se cree psicoanalista”; “ese” era yo, ya no tenía nombre ni apellido, pero lo que era peor, es que en el devenir del destierro, también había perdido lo que me anudaba a ella, el significante psicoanalista.
Me desautorizaba de cualquier investidura simbólica, desde el nombre a la profesión.
Su comentario atroz me provocó una tristeza amarga, difícil de digerir. Sin embargo, también me hizo comprender que Azucena seguía siendo la misma de siempre. Yo, en este tiempo, ya no representaba a la causa, o mejor dicho, a su causa.
Pude empezar a digerir mi propio duelo, uno mucho más allá de Azucena.
Ella no era una idealista: peleaba por pelear, no por el intercambio en el campo de las ideas, sino por una agresividad innata.

Hace poco me la crucé, íbamos por veredas contrapuestas, pero por una calle lo suficiente angosta como para poder distinguirnos claramente.
Cuando estaba en el centro de su campo visual me eludió alegremente. Era lógico, Azucena seguía siendo una militante de una causa, en este tiempo: de una causa freudiana.
Yo también continuaba siendo freudiano, simplemente que no tenía la causa que ella exigía. Ni siquiera me la planteaba.

En el camino yo también la eludí, directamente ya no me interesaba saludarla.

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