¿De qué hablamos cuando hablamos de felicidad?

Hoy parece que la consigna que se impone al sujeto es la de ser feliz: libros de autoayuda, terapias alternativas, cambios de hábitos, etc. Toda una industria se mueve bajo esta consigna.
Miles de frases optimistas en las redes sociales parecen mostrar la necesidad imperiosa de estos tiempos; ser feliz a toda costa, pero sobre todo de una felicidad individual y auto erótica. Muchos de los pacientes que acuden al análisis vienen en esa búsqueda: quieren ser felices como en los eslóganes publicitarios. Sabemos que eso no es tan sencillo.
La psicoanalista argentina Silvia Ons plantea que la felicidad es equiparada al Soberano Bien de los antiguos, al telos aristotélico, la meta a alcanzar, la causa final como bien al que aspiran las cosas: “Esto es lo que conviene recordar en el momento en el que el analista se encuentra en posición de responder a quien le demanda la felicidad. La cuestión del Soberano Bien se plantea ancestralmente para el hombre, pero él, el analista, sabe que esta cuestión es una cuestión cerrada. No solamente lo que se le demanda, el Soberano Bien, él no lo tiene, sin duda, sino que, además, sabe que no existe”.
Las psicoterapias, en general, promueven la promesa del encuentro de la felicidad en su propuesta. El psicoanálisis en ese punto es más reservado, quizás porque pone el acento en el goce y no en el deseo. La pulsión siempre busca la satisfacción y el deseo conlleva insatisfacción: es por eso que a nivel de la pulsión el sujeto es siempre feliz, pero no se articula con una meta a alcanzar.
El psicoanalista acepta la demanda de felicidad que le llega como a tantos otros que están en el lugar del saber: consejeros, coachings, terapeutas, gurús, sacerdotes, etc. Pero a diferencia de ellos, el psicoanalista al estar descreído del saber que se le supone, podrá hacer que la demanda de felicidad del sujeto vire en deseo de saber. Así en el psicoanálisis la única posibilidad es que el sujeto se someta a la asociación libre, soltando su discurso de la racionalidad y de los ideales. Surgiendo el más allá del principio del placer determinado por la repetición, el peso de su historia hecha de palabras que lo determinan y sobre todo de un goce que empuja sin cesar. Si esto funciona se podrán develar las identificaciones que lo oprimen y el fantasma que lo contiene, pero sobre todo de la forma que tiene de gozar, tan propia y singular como ignorada.
“Cuando un analizante piensa que él está feliz de vivir, es suficiente”, decía Lacan. Miller plantea ese “feliz de vivir” como una felicidad basada en la búsqueda diferente del tener y de esperar algo. Justamente lo contrario a lo que se plantea en los paradigmas de la actualidad y las psicoterapias en general.
Se trata, quizás, como dice Lacan que la felicidad es mucho más que la triste versión de ser como todo el mundo”.

Un dulzor de atardecer.


¿Una foto que encierra un abrazo, o un abrazo que encierra una foto tomada por sorpresa? Ni padre ni hijo sabían de esa cámara que escudriñaba ese momento íntimo.
Un momento mágico, uno de una complicidad que queda guardada para siempre en esa foto pero también en ese abrazo. Un momento de amor, un dulzor de atardecer.
Un abrazo que muestra a dos generaciones que se confunden en la arena y en el mar, y que demuestran que el tiempo puede ser un instante que se convierte en atemporal.
Pero sobre todo ese abrazo convertido en foto significa un hijo que crece y un padre que solo quiere abrazar ese momento.
Ojalá ese abrazo dure para siempre.