Serotonina, nuevas manifestaciones de la sociedad actual


Toda época tiene efectos en la subjetividad y deja en ella sus marcas. La actual lleva los signos de la decadencia de la función del padre. Hoy nos cuesta reconocernos. Ni las ideologías, ni los paradigmas que nos enmarcaban parecen responder a las demandas que estipula el mercado de consumo en la actualidad. La respuesta frente a los excesos de la sociedad actual se traduce en angustia, muchas veces, escondida en presentaciones clínicas como las depresiones, las compulsiones, y las ansiedades.
Todo esto aparece muy bien narrado en la nueva novela de Michel Houellebecq, Serotonina (Gussi Libros - Importadora y Distribuidora). Florent-Claude, es un hombre de 46 años, deprimido, atrapado en recuerdos de fracasos amorosos y sin un proyecto vital que lo acompañe. Medicado con Captorix, un antidepresivo que tiene “inicialmente una eficacia sorprendente, que permite a los pacientes recuperar una cierta confortabilidad en las costumbres de una sociedad evolucionada (…) sin favorecer, a diferencia de otros antidepresivos de la precedente generación, las tendencias suicidas o la automutiliación… “.
El fármaco aparece cómo la única alternativa posible para soportar “la insoportable vaciedad de los días”. Las mujeres no han podido mitigar su sufrimiento, ni la danesa Kate, ni la japonesa Yuzu, ni la insegura Claire, ni ninguna de las muchas chicas, “sobre todo españolas”, que conoció en su juventud.
Florent-Claude no deja de ser una persona de estas épocas, rodeado del vacío y la depresión, pero sobre todo de estar sin rumbo, sin un sentido que lo oriente y ordene su vida. Sin referentes en el cual representarse, elige exiliarse de su propia cotidianeidad, desapareciendo sin dejar rastros, intentando encontrar respuestas que nunca llegarán.
El libro es un compendio de historias de relaciones amorosas marcadas por el desastre, de encuentros-desencuentros con un amigo del pasado y con una Francia atravesada por el empujo del consumismo y la pérdida de fuentes laborales. Pero sobre todo se trata de un sujeto deprimido.
La depresión se ha anunciado como la enfermedad del siglo XXI, la principal causa de invalidez a partir del 2020. Se ha instalado en la civilización el deber de ser feliz provocando una cierta culpabilidad cuando no se logra y un imperativo de lograrlo a cualquier precio.
Serotonina, aparte de ser una crónica despiadada de la decadencia de la sociedad occidental del siglo XXI, se sumerge en cómo hacer con la intolerabilidad del sufrimiento. Y lo hace desde la singularidad y la voz en primera persona de un personaje y narrador desarraigado, nihilista, obsesivo y autodestructivo, que escruta su propia vida y el mundo que le rodea con un humor áspero y una ironía desgarradora.
Serotonina pone en juego en cómo la civilización global se caracteriza por la pasión por los objetos propuestos por la sociedad del mercado y los cambios terribles que ello produce. Este modelo de civilización produce un efecto de fatiga o depresión al quedar capturado el sujeto por los objetos de los que se hace dependiente o la necesidad de ser feliz.
En Florent-Claude Labrouste su depresión es la renuncia a la verdad, a su verdad más íntima, pero también es la concepción descarnada, oscura y sin contemplaciones que Houllebecq tiene del mundo y del ser humano donde la desolación y el pesimismo son la constante.
Este libro ofrece una de las lecturas más oscuras y lúcidas de la presentación clínica de algunos sujetos, de aquellos atravesados por la depresión y el vacío. Un libro actual y clarificador desde una mirada pesimista de algunas modalidades subjetivas de nuestra época.

La docencia en tiempos de debilitamiento de la función paterna


Introducción
Los niños han cambiado, el mundo ha cambiado, cuando yo tenía siete años iba a una escuela en plena dictadura, allí la directora tenía potestades, hoy descabelladas. Una de ella era maltratar físicamente a los alumnos, zarandearlos, como forma de marcar una sanción. Había un castigo sobre lo que había que hacer, y ese castigo se ejercía con violencia física y psicológica.
Hoy el castigo físico no existe, o por lo menos está sancionado legalmente. Hoy el castigo viene del lado técnico, se los manda al psiquiatra o al psicólogo.

Algunos datos para entrar en el problema:
El DSM IV[1] define al trastorno por déficit de atención con hiperactividad como:
“un patrón persistente de desatención y/o hiperactividad-impulsividad, que es más frecuente y grave que el observado habitualmente en sujetos de un nivel de desarrollo similar. Algunos síntomas de hiperactividad-impulsividad o de desatención causantes de problemas pueden haber aparecido antes de los 7 años de edad”.
Las características que plantean, tienen que ver con dos indicadores concentrados en la falta de atención y en la hiperactividad:

Desatención
(a) no presta atención suficiente a los detalles o incurre en errores por descuido en las tareas escolares, en el trabajo o en otras actividades
(b) tiene dificultades para mantener la atención en tareas o en actividades lúdicas
(c) parece no escuchar cuando se le habla directamente
(d) no sigue instrucciones y no finaliza tareas escolares, encargos, u obligaciones en el centro de trabajo (no se debe a comportamiento negativista o a incapacidad para comprender instrucciones)
(e) tiene dificultades para organizar tareas y actividades
(f) evita, le disgusta o es renuente en cuanto a dedicarse a tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido (como trabajos escolares o domésticos)
(g) extravía objetos necesarios para tareas o actividades (p. ej., juguetes, ejercicios escolares, lápices, libros o herramientas)
(h) se distrae fácilmente por estímulos irrelevantes
(i) es descuidado en las actividades diarias
Hiperactividad
(a) mueve en exceso manos o pies, o se remueve en su asiento
(b) abandona su asiento en la clase o en otras situaciones en que se espera que permanezca sentado
(c) corre o salta excesivamente en situaciones en que es inapropiado hacerlo (en adolescentes o adultos puede limitarse a sentimientos subjetivos de inquietud)
(d) tiene dificultades para jugar o dedicarse tranquilamente a actividades de ocio
(e) suele actuar como si tuviera un motor
(f) habla en exceso
Impulsividad
(g) precipita respuestas antes de haber sido completadas las preguntas
(h) tiene dificultades para guardar turno
(i) interrumpe o se inmiscuye en las actividades de otros (p. ej., se entromete en conversaciones o juegos)
-¿Quién no se ha identificado con algunos o algunos de estos ítems?-
Vamos a mostrar un esquema en el cual, partiendo de cualquiera de los elementos del llamado TDAH, se puede llegar a otros com­ponentes del cuadro, que se van encadenando, para dar origen a otros efectos o síntomas, en muchos casos secundarios.
Por día nacen más o menos 130 niños, por tanto en el correr de mi charla por lo menos un niño va a ser diagnosticado con este trastorno.
Mal diagnosticado, mal tratado, mal medicado, el niño desarrolla trastornos caracterológicas o conductuales de segundo grado, que complican los que ya tenía, suplementándolos, agravando por añadidura el pronóstico, ya que no es lo mismo una intervención temprana adecuada que una intervención ade­cuada.

¿Cómo se combate este trastorno?
Gran parte de los especialistas que trabajan en el tema desde la línea biologisista, sostienen que el TDAH se transmite genéticamente y que el diagnóstico corresponde cuando el problema está en el niño y no en el ambiente social o educacional. A diferencia de la contaminación y el calentamiento global según esta lectura no es un problema de todos sino que le pertenece al niño en exclusividad. Estos especialistas acuerdan en que la causa es orgánica y actualmente las investigaciones farmacológicas sugieren la existencia de anormalidades en la función de los neurotransmisores, una alteración en los receptores de dopamina. Va de suyo que por su definición causal, esta "enfermedad" queda dentro del campo de la medicina. La cura propuesta es a través del suministro de psicofármacos como el caso del Metilfenidato.
El metilfenidato es un estimulante del sistema nervioso central. Su mecanismo de acción en el ser humano no se ha dilucidado por completo, pero se presume que ejerce su efecto estimulando el sistema activador del tronco cerebral y la corteza. Científicamente, aun no se ha determinado claramente el mecanismo por el que el fármaco produce sus efectos sobre la mente y la conducta de los niños, pero los estudios empíricos concluyen que el metilfenidato logra que el sistema nervioso priorice la información, mejorando el paso de adrenalina y noradrenalina (neurotransmisores comprometidos con la función de atender) entre las neuronas.
En nuestro país pasó de de casi un kilo en 2001 a casi 20 Kilos en 2010, algo que parece disparatado, ya que con estos números tenemos que estar hablando de una pandemia.

Una de los datos más interesantes es que el aumento del consumo de la medicación se produce en el segundo trimestre del año y disminuye dramáticamente en el primer trimestre. Estos datos hablarían que en el período de clase “aumenta” en estos niños su patología y en el verano “desaparece” el déficit.
A los padres de familia rara vez se les dice que el metilfenidato se le clasifica entre las anfetaminas y que causa los mismos efectos secundarios y tiene los mismos riesgos. La Administración de Alimentos y Drogas de Estados Unidos (FDA) clasifica al metilfenidato en una alta categoría de adicción, la cual también incluye a las anfetaminas, la morfina, el opio y los barbitúricos. Diferentes estudios desaconsejan el metilfenidato en caso de niños con tics porque algunos pueden agravarse, originando una forma extrema que es el Síndrome de Gilles de la Tourette y plantean que es riesgoso en niños psicóticos pues incrementa la sintomatología. También hay estudios que confirman retardo en el crecimiento. Por esa razón los médicos que recetan Ritalina a los niños recomiendan dejar de tomar el fármaco por algún tiempo.
Un estudio[3] sobre el “Uso de metilfenidato en niños y adolescentes usuarios de servicios de
asistencia pública de Montevideo” muestra la cantidad de efectos adversos que produce:

Reacción adversa
N
%
Cefalea
36
29,0
Disminución del apetito
31
25,0
Dolor abdominal
30
24,2
Ansiedad
25
20,2
Insomnio
14
11,3
Disminución de peso
11
8,9
Palpitaciones
9
7,3
Tics
5
4,0
Aumento de cifras de PA
3
2,4


Un problema…
Cada época produce sus síntomas y, en cada época, la lectura de los mismos, el modelo de enfermedad que la medicina establece, también está determinado por factores de control social que se ejercen desde un lugar de poder del cual la institución médica depende. Los laboratorios farmacéuticos tienen tal poder: económico, de injerencia en los medios, que a veces podría pensarse que las enfermedades se definen, a partir de las especialidades químicas y no al revés. Esto se aprecia en las sucesivas modificaciones de la nosografía patológica y psicopatológica de los manuales americanos de psiquiatraría, los DSM. El desarrollo de la tecnociencia y la neurociencia se encamina cada vez más a plantearse como sabedora de la causalidad y resolución de las problemáticas más estrictamente subjetivas. Es por ello, que la hegemonía del objeto ha puesto al padecimiento subjetivo en un lugar protagonista.

Hace treinta años un director de una compañía farmacéutica multinacional Merck, Henry Gadsden,  dijo que su sueño era producir medicamentos para las personas sanas y así vender a todo el mundo. Aquel sueño parece convertirse en realidad, ya que una de las razones por las que la industria farmacéutica transnacional ha conseguido sus ganancias multimillonarias ha sido su estrategia de vender a los sanos nuevas percep­ciones sobre lo que esta enfermedad. La industria ha transformado en algunos casos molestias comunes en todo tipo de enfermedades que pre­sentan como peligrosas y para las cuales ellas tienen la solución. Como plantea Punta Rodulfo[4] para "transformar esta percepción", una primera operación consiste en desconocer radicalmente los rasgos propios de la subjetividad de un niño convirtiéndolos en patológicos.
¿Sería que antes el TDAH era una enfermedad que todavía no estaba disponible. Las personas no podían saber que podían tener eso?
Si bien asistimos a un tiempo donde el campo de la singularidad trata de ser aplastado por los manuales médicos y sus tablas de síndromes y trastornos, uniformizando una gran variedad de fenómenos clínicos dispares, no hay dudas que el problema de la atención existe. No se trata de una postura contra la medicación, es claro que muchas veces es necesaria cuando no imprescindible la administración del fármaco. El problema es que corremos el riesgo de la cronificación de la medicación como respuesta.
Cualquier síntoma psíquico implica sufrimiento. En el caso del niño, además, no está ajeno a su entorno inmediato. Muchas veces su sintomatología está directamente ligada a la angustia o inquietud de los padres. La medicación muchas veces congela definitivamente la posibilidad que ese sufrimiento psíquico pueda ser desplegado por el niño, quedando en el lugar de objeto. A veces la medicación tiende a obturar la capacidad de interrogación de los padres en torno a lo que aparece designado como sintomático en sus hijos. Su cuerpo pasa a ser objeto de la medicación, o de la aplicación de diferentes dispositivos. De esta manera se silencia su demanda mientras se cree estar aliviando un síntoma.
Cuando se medica con Metilfenidato a un niño diagnosticado con un Trastorno por Déficit Atencional con o sin Hiperactividad conviene preguntarse qué es lo que se está medicando. El metilfenidato puede producir un doble silenciamiento. Por un lado en el niño, ya que su demanda se agota en la administración del fármaco. Y por otro, el silenciamiento hacia los padres ya que quedan en una posición de no saber respecto de todo aquello que los implica en lo que le sucede a su hijo.

El problema del diagnóstico
Es imposible pensar esta sintomatología fuera de un contexto histórico determinado, hoy nos enfrentamos al exceso de estímulos visuales (un mundo excesivamente imaginario), la dificultad en la organización de la estructura familiar, el desdibujamiento de roles parentales. El sujeto aparece como más patologizado y enfermo. Su entorno social ha dejado de ser un lugar de identidad, pertenencia, refugio, estabilidad, para convertirse en un enjambre de exigencias “locas” e “insaciables”. El resultado de esta operación muchas veces es la angustia. Nos enfrentamos a una época donde hay un permanente y constante empuje a la satisfacción, cuyo objeto puede variar pero no así su fin, que es el de satisfacerse.
Los niños cambiaron y se relacionan de un modo diferente al que se acostumbraba hace décadas. Y la escuela es el ámbito que más se resiente porque mientras mantiene los cánones del siglo XIX –chicos quietos en las aulas y atentos a la maestra–, los alumnos actuales reciben una estimulación permanente.
Rápido, más rápido, es la consigna de esta época. Estamos viviendo la "época de la adrenalina". Esto puede verse en los hábitos comunes, hasta en los videos juegos que estimulan a límites extremos la descarga adrenalínica. Los deportes de riesgo, la velocidad y el sobreestímulo marcan toda la vi­da cotidiana. La televisión y el video clips, etcétera. ¿Cómo estudian los niños ahora?: con una multiplicidad de estímulos, con la televisión encendida, la computadora, el celular, los videojuegos. Están conectados con varias cosas al mismo tiempo. "Atienden" en forma simultánea a diversas situaciones.
Quizás el problema lo tenemos que ubicar en la información que queremos transmitirles. Si son poco receptivos es porque sospechan que ese saber y ese sistema axiomático que les es ajeno a los que les tocan vivir.
Los cambios en los modos de percibir y asumir la ley y el debilitamiento de las investiduras que sostienen las autoridades sociales, el desarrollo de las tecnologías de información y comunicación, la fragmentación y las desigualdades sociales y educativa está cambiando las forma de lazo entre nosotros. Ahora ya no necesitamos a alguien de carne y hueso frente a nosotros. Tenemos la virtualidad. Si hay algo que la serie nos deja claro es la importancia del consumo.
Familia y escuela, como instituciones, creían ser "fundadoras" de diferentes marcas generadoras de distintos tipos de lazo social.  La incidencia del consumo nunca ha alcanzado tanta intensidad. 
Si en la modernidad los padres eran los agentes de socialización prima­ria de los niños, ahora, en cambio, las computadoras, la televisión y la publicidad asumen la tarea de educarlos. Todo esto implica que los niños que ha abandonado totalmente la esfera doméstica. La familia deja pues de ser una institución para convertirse en simple lugar de encuentro de vidas privadas.
El pedagogo francés Philippe Meirieu señala tres condiciones indispensables para que un dispositivo pedagógico cumpla su función[5]:
a)       Tiene que conformarse un espacio sin amenazas.
b)       Poder constituirse en un lugar en donde el ni­ño pueda aliarse con un adulto contra todas las formas de adversidad y de fatalidad.
c)       que debe ser rico en ocasiones y estimulaciones.

Los padres modernos son parte del fenómenos que se denomina era de la medicalización de la educación, porque perdieron la confianza en sí mismos. Los padres pasan más tiempo buscando señales de traumas, baja autoestima y frustración que enseñando a convivir y a respetar a los otros.
Conclusiones:
El metilfenidato como otros fármacos muchas veces aplasta lo que el niño está expresando con su falta de atención. Y la atención es inseparable del interés afectivo que la anima.
Algunos sistemas escolares se están dando cuenta de esto y están empezando a abandonar los edificios grandes, tipo fábrica, del pasado y a favorecer lugares “pequeños y bonitos”.
Las escuelas más pequeñas tienen muchas ventajas, pero tal vez la más significativa es esta: permiten que los maestros conozcan a sus estudiantes lo suficiente como para comprenderlos y responder a sus necesidades básicas en los aspectos educativo y emocional. Los conflictos se resuelven con más facilidad ya que lo ideal sería resolverlos a través de soluciones satisfactorias para ambas partes y no a través de diagnósticos médicos y opresión farmacológica.
Algunas escuelas más pequeñas, más orientadas a los niños, han demostrado que los TDAH prácticamente desaparecen. No existe mejor evidencia que esta de la poderosa manera en que el entorno da forma al comportamiento
.
En un informe publicado en el New York Times el 14 de Julio de 1993, con el título de “¿Es mejor lo pequeño?:
"Los estudiantes que asisten a escuelas que se limitan aproximadamente a 400 estudiantes tienen menos problemas de conducta, mejor asistencia y mejores resultados al graduarse; y en ocasiones tienen mejores calificaciones. En una época en que son cada vez más los niños y jóvenes que reciben menos apoyo de sus familias, los estudiantes de escuelas pequeñas pueden formar relaciones cercanas con sus maestros”.
Los maestros de estas escuelas tienen la oportunidad de “construir lazos que son especialmente vitales durante los difíciles años de la adolescencia”.

Creo que cuando los adultos les proporcionan un mejor entorno, los niños tienden a mejorar su comportamiento.  La importancia del lazo social, de ese lazo que hacemos con los otros, con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestras parejas y como eso está cambiando.
Más allá de todo lo planteado no podemos desconocer que el fenómeno del déficit de atención es evidente. Si hablamos de un porcentaje tan grande de niños que está diagnosticado con este trastorno, estamos hablando de un síntoma que articula la problemática individual con lo social.
Se trata entonces de situar el problema en términos de localizar en cada caso cuál es la estructura del niño, cuál es su posición subjetiva y como juega en su universo familiar eso que lo aqueja. Si podemos pensar el problema de la atención, la impulsividad y la hiperactividad como producciones subjetivas particulares del niño, y no como un problema universal, quizás podamos comprender lo específico del déficit de atención con hiperactividad en cada singularidad.




[1] American Psychiatric  Association (1995) MANUAL DE DIAGNÓSTICO Y ESTADÍSTICO DE LOS TRASTORNOS MENTALES. Editorial Masson. Barcelona.

[2] Miguez, M. (2010) LA SUJECIÓN DE LOS CUERPOS DÓCILES. MEDICACIÓN ABUSIVA CON PSICOFÁRMACOS EN LA NIÑEZ URUGUAYA. Estudios sociológicos Editora, Buenos Aires

[4] Rodulfo, M. (2010) EL ADD/ADHD COMO CASO TESTIGO DE LA PATOLOGIZACION
[5] Merieu, Philippe (2004) REFERENCIAS PARA UN MUNDO SIN REFERENCIAS. Ed. Grao. Barcelona.

Una habitación mirando al cielo


El cuarto de hotel era uno más de tantos, impersonal, una cama grande, un plasma, un decorado sin gusto, una pequeña heladera que ofrecía chucherías. En suma, bastante vulgar, sin un solo detalle para recordarle a excepción de un inmenso ventanal. Parecía ser un piso alto. No se veían otras construcciones desde allí, apenas un cielo diáfano, sin nubes, pero con un color que le daba cierto toque de irrealidad.
Ella llegó con su elegancia tímida, parecía salida de una novela de amor, de esas que las mujeres protagonistas son enigmáticas. El pelo revuelto, su ropa formal, su mirada inteligente, piernas largas y una dulzura distante. Daba la sensación de haber tenido una infancia diferente a otras niñas de su edad, de costumbres e intereses distintos. Lo decía su ropa, su andar y en la forma que le dijo “hola”. Una voz tenue pero con una convicción que llamaba la atención.
Él la esperaba impaciente. Seguía pensando en un cuento que no podía terminar. Se trataba de un poeta que escribía mientras hacía el amor, solo en ese momento podía crear cuentos excepcionales. La idea le parecía brillante, pero se quedó en eso, en la frase, se imaginaba un cuento semi-fantástico cargado de erotismo, pero no avanzaba más de ahí.
Ella estaba nerviosa y se sentó en el borde de la cama. Él a su lado. Quisieron hablar de algo intrascendente pero no pudieron, rápidamente se dieron un beso dulce, pequeño, como si fueran dos niños. Los dos no sabían demasiado que hacer. Poco a poco se fueron liberando, primero sus ropas, luego sus culpas.
El ventanal de la habitación, parecía mirar al cielo, un cielo que parecía salido de un cuadro con un celeste irreal con un sol que pegaba a pleno en los vidrios, generando una textura de claridad renacentista. Parecía un cuadro de Miguel Ángel. Los amantes hicieron honor a esa luz extraordinaria que ingresaba a raudales.
La luz se incrementaba en la ventana. Él ya no pensaba en nada, solo sentía, y eso era bastante poco frecuente. Su preocupación sobre cómo seguir con el cuento, cuestión que lo atormentaba desapareció por completo. Podía dejar de pensar.
La relación de esos dos cuerpos salvajes e infantiles, parecían convertirse en un cuento erótico, digno de las mejores escenas de los clásicos, podría ser de García Marquez, de Vargas Llosa y hasta del mismísimo Vladimir Nabokov.
Explotaron de placer… casi hasta desaparecer
La habitación resplandeció de luz, el sol daba a pleno en el medio del ventanal y sus rayos invadían todo. Una escena fantástica en un universo fantástico.
El tiempo pareció detenerse. Pasaron a ser parte de una ficción, donde todo era atemporal. Se trataba de uno de los mejores cuentos jamás escritos. Otra mujer y otro hombre empezaban a surgir, lejos de la cotidianeidad y cerca de la ficción.
Parecían conocerse desde hacía una vida, desde hacía novelas atrás. Danzaron rítmicamente, se cuidaron, se esperaron, se extasiaron.
La habitación rápidamente decreció en intensidad, se fue la luz brillante, los olores, los gemidos, las palabras…
Cuando al rato, la empleada del hotel pasó a limpiar la habitación, toco la puerta y nadie atendió. Entró como siempre, aunque tenía una idea vaga que había visto entrar a una mujer a esa habitación hacía un rato. Miró el cuarto, no había nadie, solo un papel en el suelo. Se acercó y lo tomó. Le llamó la atención porque el papel parecía arrojar una luz particular. Se trataba de un cuento sobre un poeta que escribía mientras hacía el amor.
El cuento tenía un principio y un final.
La empleada se dispuso a leerlo al costado de la cama y se olvidó del mundo.

Terrorismo

Estos tiempos han traído una modalidad de violencia, que si bien siempre existió, se manifiesta por doquier: los atentados terroristas. Momento de inflexión en donde se produce la irrupción masiva de un real.
Estos atentados violentos se provocan en cualquier lugar y sin aviso previo, esa es su principal característica. Son de alguna manera una nueva manifestación de la pulsión de muerte, una de tantas. Esta, se revela en un acto loco y repentino donde no está en juego el lazo con el otro, ya que el Otro del terror no hace ninguna demanda. 
No se trata de un enemigo predeterminado, todos podemos ser eventualmente blancos posibles. Basta estar en el momento y en el lugar equivocado para pertenecer al campo de las víctimas. Un campo donde se pierden las singularidades, ya que la masividad de la muerte cobra protagonismo. Miquel Bassols en su impresionante texto llamado “Las Ramblas” (2017), dice que “el acto asesino y masivo, gobernado por el imperativo loco del Uno absoluto, iba dirigido, fundamentalmente y con toda certeza, a anular de manera indiscriminada toda esta diversidad de nombres y apellidos, de historias escritas y por escribir, de singularidades diversas de los seres que hablan”.
La cruel y horrorosa paradoja del grito desesperado en forma de bomba, o furgoneta que justamente desconoce de un lazo que lo contenga, que hace que cada uno vaya en dirección a su plus de goce sin poder apoyarse en los discursos ya existentes; “en nombre del Uno absoluto se puede mercadear con lo real de la muerte y anular la singularidad de cada muerte, de cada ser que habla, incluso de la propia muerte para seguir viviendo sin querer saber nada de ella” (Bassols, 2017) . 
Eric Laurent plantea que los sujetos se identifican cada vez menos con sus historias familiares, en su lugar surgen las comunidades y los pactos sociales que se fundan sobre nuevas formas de autoridad. Pero paradójicamente a mayor sometimiento al Ideal, mayor es el extravío, llegando de la obediencia absoluta hasta el sacrificio personal. Laurant enfatiza que el estado de excepción prolifera y extiende esta tensión entre el vacío del Uno y su implacable retorno superyoico y los fenómenos que trae aparejado las exigencias del goce. Los atentados terroristas suicidas son el ejemplo apropiado.
Podríamos pensar al terrorismo como un nuevo discurso, en tanto vínculo social, pero que carece de sentido; uno donde la pulsión de muerte no remite a ningún sentido más allá, remite solamente al goce, inútil en sí mismo. Una respuesta, un síntoma de algo que no anda en lo social.

Lo singular de la cura


¿De qué se trata lo singular de un análisis? De un encuentro, artificial, programado en la existencia de un sujeto. De un lugar cálido, a veces inhóspito, donde un analista nos espera sesión a sesión para orientar a desplegar aquello desconocido y poder producir un escrito de su singularidad. Se trata, como plantea J–A Miller " de que el analista con su presencia, encarna algo del goce, la parte no simbolizada del goce. (…) y de la que se puede decir que el testimonio es la presencia del analista en carne y hueso. (…) El analista está a título de su encarnación y no del saber que tendría, del saber inconsciente del sujeto”.
Se trata, entonces, de un lugar diferente, no del encuentro entre dos personas, ni del vínculo entre ellas. Se trata, el análisis, de un viaje, de uno orientado por lo real como brújula, en un mar llamado goce, de cual muchas veces preferimos no reconocer y que termina, por lo general, en un puerto insospechado. De eso se trata la aventura psicoanalítica, de aquello de lo más genuino que se obtiene: de un saber que no existe.
Se pide un análisis porque se sufre, porque algo se rompió en el funcionamiento que le permitía al sujeto, hasta ese momento, una homeostasis con el entorno y con él mismo. Algo ha devenido imposible de soportar, y ese imposible tiene un nombre: lo real, real que el sujeto experimenta como síntoma y como angustia.
Esto es el punto de partida en este viaje. El analista, quizás lo más cercano a un capitán, no sabe mucho tampoco del puerto a desembarcar, pero dispone para funcionar como tal de la transferencia, esa que está en marcha a partir del llamado sujeto supuesto saber. Allí navegará con los vientos del enjambre de los significantes que el analizante proporciona, que no cesan de articularse entre sí, y producen sentidos de los que fundamentalmente se goza. El fantasma, quizás el barco en esta historia, es el libreto con el que se metaboliza lo real que le sale al paso, eso que está siempre en el mismo lugar, en los diferentes síntomas del sujeto y es, también, lo que orienta su deseo.
Se navega en los mares de la singularidad, por suerte, mares únicos, imposibles de clonar, a diferencia de los planteos modernos de las neurociencias, que describen mares globalizados, con analistas uniformizados y protocolizados, de pacientes sin palabras y de puertos únicos.
El acto del analista, dirige la cura, tripula el navío, en sus múltiples formas: silencio, puntuación, subrayado, escanción e interpretación. Formas que toma el analista para que ese barco no pierda la brújula, la dirección de la cura. Lacan decía: “que el analista sin duda dirige la cura, pero no debe dirigir al paciente”
El analista introduce sobre la cadena asociativa acentos y subrayados allí donde el analizante no los pone: tira del hilo, impulsa a la producción, ya sea para marcar un límite a un goce del blabla que no va a ninguna parte, ya sea para resaltar un efecto de verdad, o una significación novedosa que produce efectos inesperados. En definitiva la ruptura del sentido, aquello que el analizante no sabía en lo que decía en su decir.
Pero, en ningún caso, se trata de una explicación para el yo del analizante, nunca se alimenta el sentido. No hay rumbo fijo en este viaje, no hay una ruta predeterminada por los ideales. Eso sin duda es una ruptura muy clara con las psicoterapias y sobre todo con las terapias actuales.
Toda autobiografía es una autoficción indica Jacques A Miller. El analizante construye y constituye una ficción en la que habita. De eso habla y de eso sufre, pero no por eso se analiza. 
Miles de terapias intentan domesticar el sufrimiento, entendiendo lo que cuenta el paciente como la verdad biográfica, sin tomar en cuenta la ficción, la autoficción como goce.
Distintos son los niveles de acción que se articulan en un análisis y no pueden pensarse el uno sin el otro, Lacan los llamó en “La dirección de la cura”: política, estrategia y táctica. Lo nombró explícitamente tomándolo del libro “De la Guerra” de Von Clausewitz, de quien se considera el fundador de la doctrina militar moderna por las teorías que desarrolló sobre el tema.
Tomando el texto Lacan, lo homologa al análisis y piensa el nivel de la política como aquel que interviene en toda acción de la cura y refiere a una ética. La dimensión de la ética, es lo que Lacan propone como la política, y lo piensa como el nivel de menor libertad y máxima responsabilidad para el analista. Dice en el texto “El analista es aun menos libre en aquello que domina estrategia y táctica: a saber, su política, en la cual haría mejor en ubicarse por su carencia de ser que por su ser”. Ubicarse a nivel del ser en la dirección de la cura da cuenta de una posición política determinada que tiene consecuencias. El no tomar consideración de esto podría tener como consecuencia inmediata la reeducación al paciente, reducir sus desviaciones en relación a la supuesta realidad, alcanzar una fase genital madura e identificarse a un analista que se ofrezca como modelo, en definitiva, un capitán de barco que se ofrece para guiarlo en un mar sin sobresaltos.
La estrategia, es otra de las dimensiones, se trata para Lacan, de la utilización de un encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra…“La única actividad de la estrategia es preparar el encuentro, y las medidas oportunas para ello”. Para Lacan la estrategia es el manejo de la transferencia y advierte de su importancia en la dirección de la cura. “En cuanto al manejo de la transferencia, mi libertad en ella se encuentra por el contrario enajenada por el desdoblamiento que sufre allí mi persona, y nadie ignora que es allí donde hay que buscar el secreto del análisis”. La transferencia otorga poder al analista, y la cuestión reside en el manejo que se haga de la misma. Al respecto, cuando se refiere a Freud dice “él reconoció en seguida que ese era el principio de su poder, en lo cual no se distinguía de la sugestión, pero también que ese poder no le daba la salida del problema sino a condición de no utilizarlo”.
Con respecto de la táctica, Lacan siguiendo a Von Clausewitz plantea que “El encuentro es la única actividad efectiva en la guerra” y ubicará a la interpretación en el registro de la táctica siendo éste el nivel de mayor libertad para el analista aunque regulado por la estrategia y la política. 
Se trata entonces, a partir de estos ejes que nos propone Lacan, de un viaje que parece imposible aunque no lo sea. Se trata de un viaje donde se escapa aquello que la palabra cifra, como un barco a la deriva, pero con una dirección y una lógica que permitan al analizante reconducirlo a la opacidad de su goce.

Se trata para el analista de dirigir el timón, sin extraviarse en el camino o lo que sería peor extraviarse en su propio camino. De rescatar singularidades se trata, esa es nuestra apuesta principal, de rescatar singularidades en los tiempos de uniformidad generalizada.