Donde el amor despierta, muere el yo, déspota y sombrío


Uruguay no ha tenido tragedias colectivas como terremotos, tsunamis o huracanes. Somos legos en esta materia, por tanto esta parece ser nuestra primera vez en un fenómeno de tal magnitud. El pánico y la incertidumbre se apoderaron de nosotros, dejándonos sin respuestas hasta ahora.
Las redes tomaron la delantera en el “tratamiento” de esto e invadieron con recetas y con hashtags para ayudar a desangustiar. Para eso organizarse en horarios, ordenar placares, leer, mirar series, terminar con antiguas tareas. etc. Todo para intentar evitar lo inevitable: la angustia que produce el efecto de lo real.
En el tiempo de los discursos higienistas que pretenden una especie de asepsia emocional, donde se anhela que la afectación no exista y donde la toxicidad siempre es del otro, el Coronavirus viene como anillo al dedo. Un intento pueril de resolver algo del pánico instalado, porque la realidad “objetiva” no prima sobre una mucho más importante: aquella llamada realidad psíquica o subjetiva, esa que creó un gigante terrible y mortífero llamado Coronavirus, una versión de un Otro sin límites que se mete por todos lados, por los barrios, por las casas, por los cuerpo, convirtiéndonos en puro objeto de control.
La contracara del discurso higienista es la inhibición, aquella que aparece en todos nosotros, comilones voraces de toda la información que nos llega, pero con la imposibilidad aún de metabolizarla. Generamos una maquinaría, de la que somos parte, que atiborra de información en programas de televisión, en noticias en internet, pero también en grupos de whatsapp donde los memes y las diferentes teorías del origen de este mal conviven en un caos armónico sin necesidad de verificar si esos contenidos tienen asidero o no y la multiplicación de los pensamientos personales virtuales en torno a lo que hay que hacer o no hay que hacer en estos tiempos oscuros. Avasallados por una información en exceso que no da respiro para poder pensar en qué nos está pasando y en cómo resolverlo.
Nuestra vida diaria, aquellas rutinas como el trabajo, la vida social, las actividades culturales, las académicas, los casamientos, han sido truncadas. Hoy estamos silenciados e inhibidos por este real que detuvo al mundo, en todas sus ángulos, sin embargo una vez más los artistas tomaron la delantera y organizaron conciertos desde sus casas, primeros solos y después acompañados por su banda desde la virtualidad, también aparecieron otros, con menos nombre y convocatoria que cantaron desde sus balcones, regalando conciertos barriales y entrañables. Y los vecinos se empezaron a conocer desde la lejanía. Los profesionales salieron al ruedo ofreciendo su experticia a aquellos que los necesitaban. Los médicos, enfermeras, y personal de la salud comenzaron a ser aplaudidos y respetados como nunca por su labor heroica. Y la pandemia hizo un silencio a eso llamado la era del narcisismo, del vacío, o del consumo, y propició otra manera de ver el mundo. La pandemia trajo algunas cosas buenas como la nostalgia del abrazo, el ansia de la caricia y el recuerdo de la ausencia. Y el tiempo volvió a ser tiempo aunque no sepamos bien aun que hacer con él.
Algo del Eros se coló por ese Thanatos avasallante y estridente que parece haberlo tomado todo. Pero aún en un resquicio, en una zona abisal algo del amor se escurrió entre las ventas en forma de canción que se canta o se palmea en algún balcón.  Porque como dice Freud “pues allí donde el amor despierta, muere el yo, déspota y sombrío.”

Crónicas de la peste

Capitulo 3

La incertidumbre nos atraviesa. Nos encontramos en el tiempo donde la ciencia aún no puede responder a eso llamado coronavirus ya que no hay tratamiento o vacuna eficaz que lo aplaque. Un real no sin ley al decir de Miquel Bassols, sino uno que sigue una ley implacable. El SARS-CoV2 “sigue la ley de la naturaleza que hay que saber descifrar para poder hacerle frente”. La ciencia, el padre de esta época, no recorta lo inexplicable.
El cuerpo siempre ha sido un problema, pensábamos que estaba dominado a base de tratamientos, cirugías, dietas, sin embargo el cuerpo se ha revelado, se volvió extraño para nosotros. Ahora estamos no solo atentos a los signos del cuerpo de los otros, como la tos o la fiebre, sino a lo que nos indica el propio. Todos enfermos hasta que se demuestre lo contrario. Se trata de una versión de la “extimidad”, esa invención de Lacan pero trabajada en profundidad por J.A Miller. Aquello íntimo y familiar que se transforma en foráneo y enemigo.
Hoy no hay nada que pueda atemperar la angustia que nos genera, ni la ciencia, ni el misticismo y menos la autoayuda. En un mundo sumido en el individualismo, en el “tu puedes solo”, la pandemia nos muestra que esos paradigmas no responden y sólo en la medida de que haya un colectivo solidario será posible salir adelante.
Parece que la época de la pandemia nos impone renunciar a nuestro egoísmo individual, estos de los tiempos capitalistas, para que lo colectivo prime sobre lo individual.
La pregunta es si podremos.

Una historia de amor





Voy a contarte una historia de amor que no se escribió ni publicó jamás. Se trata de una mujer que encontró en un hombre su salvación.
Vaya uno a saber los misterios del porqué se conectan las personas entre sí. Se pescan del mar de sus significantes que les da un sentido. Ella lo escogió por ese valor superlativo que necesitaba. Lo eligió por su bondad.

Se amaron.

Muchos años de matrimonio en armonía hasta que el Parkinson golpeó la puerta y el hombre comenzó un declive pronunciado. A los síntomas físicos, se agregaron los psíquicos. El desvalimiento fue la primera consecuencia de su enfermedad. La segunda fue el cambio de rol de su mujer que se convirtió en su enfermera. Lo hizo con devoción y aplomo, a tal punto de no necesitar a nadie más para que la ayudara.
Así la pareja se transformó en otra cosa, en un amor maternal. Era ella ahora quien se convertía en su salvadora. Se invertían las polaridades. La mujer también mostró que en el campo de sus valores la bondad era uno de los más presentes.

Poco a poco el marido se fue trasformando, producto de la enfermedad, pequeños cambios de humor fueron virando a momentos de enojo y hastío. No es fácil estar enfermo y desvalido, y sentirse una carga para un otro abnegado. La bondad quedó opacada por las desventuras que generan estos males imposibles de prever.
Ella también se fue apagando. Como si fuera una llave que se baja, su energía se esfumó por completo y un mutismo tristón la invadió. Se convirtió en una sombra de lo que había sido.

El hombre desesperado por el cambio de su mujer, pareció resurgir de sus cenizas y comenzó a cuidarla. La tomaba de la mano, le decía cosas tiernas y la rodeaba de besos parecidos a los que se dan los niños pequeños, aquellos que aún no están atravesados por las tragedias. Esos que aún pueden creer.
Esa primavera duró unas semanas, hasta que un nuevo empuje de la enfermedad lo fue extinguiendo. Sucumbió al olvido del instante, al resguardo de la nostalgia y a un mundo interior inaccesible. Pero lo más preocupante fue que poco a poco se fue alejando de ella.

Comenzaron a parecer dos extraños para el mundo, pero sobre todo para ellos. Finalmente una mañana de verano él no pudo luchar más.

Lo increíble es que dos días antes del fallecimiento, en un momento de lucidez ella anunció la partida de su marido a su familia. Sabía de alguna manera que él ya no estaba aunque aún respirara.
Dos meses después ella también partió. No quería vivir. Seguramente no se resignaba a perder esa bondad que añoraba. Y también dos días antes de la despedida final dijo que él la estaba esperando en un barco. Nadie la tomó muy en serio, como en la ocasión anterior cuando anunció la ida del marido.

Casi sesenta días después y aproximadamente a la misma hora de la muerte de su marido, ella también se fue. Lo extrañaba demasiado.
Embarcaron casi juntos a un lugar improbable, pero que todos deseamos que exista.

Ellos fueron mis padres.

Jorge Eduardo Bafico (1942-2019)
Amanda Alvarez (1940-2020)

Una habitación mirando al cielo


El cuarto de hotel era uno más de tantos, impersonal, una cama grande, un plasma, un decorado sin gusto, una pequeña heladera que ofrecía chucherías. En suma, bastante vulgar, sin un solo detalle para recordarle a excepción de un inmenso ventanal. Parecía ser un piso alto. No se veían otras construcciones desde allí, apenas un cielo diáfano, sin nubes, pero con un color que le daba cierto toque de irrealidad.
Ella llegó con su elegancia tímida, parecía salida de una novela de amor, de esas que las mujeres protagonistas son enigmáticas. El pelo revuelto, su ropa formal, su mirada inteligente, piernas largas y una dulzura distante. Daba la sensación de haber tenido una infancia diferente a otras niñas de su edad, de costumbres e intereses distintos. Lo decía su ropa, su andar y en la forma que le dijo “hola”. Una voz tenue pero con una convicción que llamaba la atención.
Él la esperaba impaciente. Seguía pensando en un cuento que no podía terminar. Se trataba de un poeta que escribía mientras hacía el amor, solo en ese momento podía crear cuentos excepcionales. La idea le parecía brillante, pero se quedó en eso, en la frase, se imaginaba un cuento semi-fantástico cargado de erotismo, pero no avanzaba más de ahí.
Ella estaba nerviosa y se sentó en el borde de la cama. Él a su lado. Quisieron hablar de algo intrascendente pero no pudieron, rápidamente se dieron un beso dulce, pequeño, como si fueran dos niños. Los dos no sabían demasiado que hacer. Poco a poco se fueron liberando, primero sus ropas, luego sus culpas.
El ventanal de la habitación, parecía mirar al cielo, un cielo que parecía salido de un cuadro con un celeste irreal con un sol que pegaba a pleno en los vidrios, generando una textura de claridad renacentista. Parecía un cuadro de Miguel Ángel. Los amantes hicieron honor a esa luz extraordinaria que ingresaba a raudales.
La luz se incrementaba en la ventana. Él ya no pensaba en nada, solo sentía, y eso era bastante poco frecuente. Su preocupación sobre cómo seguir con el cuento, cuestión que lo atormentaba desapareció por completo. Podía dejar de pensar.
La relación de esos dos cuerpos salvajes e infantiles, parecían convertirse en un cuento erótico, digno de las mejores escenas de los clásicos, podría ser de García Marquez, de Vargas Llosa y hasta del mismísimo Vladimir Nabokov.
Explotaron de placer… casi hasta desaparecer
La habitación resplandeció de luz, el sol daba a pleno en el medio del ventanal y sus rayos invadían todo. Una escena fantástica en un universo fantástico.
El tiempo pareció detenerse. Pasaron a ser parte de una ficción, donde todo era atemporal. Se trataba de uno de los mejores cuentos jamás escritos. Otra mujer y otro hombre empezaban a surgir, lejos de la cotidianeidad y cerca de la ficción.
Parecían conocerse desde hacía una vida, desde hacía novelas atrás. Danzaron rítmicamente, se cuidaron, se esperaron, se extasiaron.
La habitación rápidamente decreció en intensidad, se fue la luz brillante, los olores, los gemidos, las palabras…
Cuando al rato, la empleada del hotel pasó a limpiar la habitación, toco la puerta y nadie atendió. Entró como siempre, aunque tenía una idea vaga que había visto entrar a una mujer a esa habitación hacía un rato. Miró el cuarto, no había nadie, solo un papel en el suelo. Se acercó y lo tomó. Le llamó la atención porque el papel parecía arrojar una luz particular. Se trataba de un cuento sobre un poeta que escribía mientras hacía el amor.
El cuento tenía un principio y un final.
La empleada se dispuso a leerlo al costado de la cama y se olvidó del mundo.

La historia de John Wayne Gacy: El payaso asesino



Presentación
Con nombre de un famoso actor de cine, John Wayne Gacy también adquirió celebridad, pero lamentablemente por asesinar a una treintena de adolescentes y por mantener durante años en jaque a la Policía de Chicago.
El 14 de marzo de 1942, John Stanley Gacy y Marion Robinson trajeron al mundo en Chicago a quien sería su único hijo varón. Lo llamaron John Wayne en honor al actor que Marion tanto admiraba. En 1980, con 42 años, este  hombre fue declarado culpable y sentenciado a muerte por el asesinato de treinta y tres personas en seis años. Quienes escribieron sobre él recalcaron su físico fortachón y su cara bastante aniñada, como si hubiera sido un niño atrapado en el cuerpo de un adulto.
La información sobre la infancia de Gacy es escasa, pero significativa. De todas formas, es difícil asegurar que alcance para explicar su comportamiento, al que muchos definieron como «antisocial». Sí se conocen sus primeros instantes en el mundo: el parto de su madre fue difícil y desde que nació tuvieron que aplicarle enemas y supositorios diarios durante tres meses por dificultades respiratorias. Ese tratamiento fue sumamente agresivo para una criatura tan pequeña, e impensado de llevarse a cabo por orden médica, según las referencias de algunos doctores consultados.
La psiquiatra Hellen Morrison, quien escribió varios capítulos sobre Gacy en su libro Mi vida con los asesinos en serie[2], recogió el siguiente testimonio telefónico de Marion, la madre de Gacy:
«El parto se retrasó un poco y cuando por fin nació estaba morado. Le di enemas y supositorios. Cada día. Se los receté yo misma, todos los días durante los primeros tres meses».
Sin embargo, cuando la psiquiatra se encontró personalmente con ella, Marion negó haber realizado dicha declaración. La aplicación de ese tratamiento abre sospechas sobre la salud mental de la madre. No se puede asegurar que John Gacy fuera un hijo buscado y deseado por sus padres, pero sí que sufrió tempranos daños psicológicos. Su padre era un hombre agresivo física y psicológicamente, y su madre era víctima de esa violencia. En muchos sentidos, fue una madre ausente.
Gacy fue el segundo, y único varón, de tres hijos que tuvo el matrimonio. De sus hermanas se conocen solo las edades: Karen era dos años menor que él, y Joanne dos años mayor. Gacy las apreciaba mucho, al igual que a su madre, pero hasta que su padre falleció él no logró tener una relación estrecha con ninguna de ellas, especialmente con su madre.
El padre de Gacy era un abusador en el más amplio de los sentidos. Descalificaba constantemente a su hijo a través de la indiferencia y de insultos sumamente hirientes. Lo trataba de afeminado y mariquita, le impedía el vínculo con las mujeres de la casa (fundamentalmente con la madre), lo rechazaba permanentemente y, cuando estaba alcoholizado (casi siempre), lo golpeaba. El comportamiento del padre generaba en John Jr. una frustración muy grande y un intento incesante de obtener su aprobación y su amor. Por el contrario, John Stanley Gacy nunca demostró el menor interés por su hijo, incluso cuando su conducta y sus logros fueron excelentes. El padre se volvió un objetivo inalcanzable y una razón de lamento en la vida John Jr., quien inclusive llegó a justificar su actitud diciendo: «Nunca evadí a mi padre porque lo amaba, por lo que aguantó». ¿Qué fue lo que tuvo que «aguantar» el padre? Lo desconocemos.
A partir de la entrevista realizada a Marion por la doctora Morrison, se sabe que el padre:
 «Tenía heridas de la guerra…Y un tumor cerebral. Por eso le cambiaba el humor constantemente, podía ser agresivo tanto verbal como físicamente».
Los frecuentes desmayos y pérdida de conocimiento que sufría Gacy contribuyeron a esa etiqueta de niño enfermizo, sensible, delicado, femenino. En palabras de su padre: «mariquita». A pesar del amor no correspondido con la figura paterna, entre otros dilemas familiares, Gacy se desenvolvía adecuadamente durante su infancia: sacaba muy buenas notas, era querido por sus compañeros de clase y amigos y se destacaba por su responsabilidad y por su cooperación, sobre todo en el hogar. El niño no generaba dificultades a nivel conductual.
Por otro lado, no tuvo una buena salud. Era sonámbulo, tenía sobrepeso. A los quince le diagnosticaron epilepsia, enfermedad que le dejó problemas cardíacos y dolores diversos. Después de reiterados acontecimientos —generalmente posteriores a alguna discusión en las que John perdió el conocimiento, sufrió desmayos y malestares importantes— lo atendieron para «controlar» su enfermedad. Llaman la atención la falta de intervención médica y familiar a tiempo y la poca importancia que se les dio a estos episodios. Nos preguntamos si se trataban de crisis epilépticas, o si habría algo más detrás de esos desvanecimientos.
Una vez en la cárcel, Gacy confesó que a los quince años se masturbaba con medias y ropa interior femeninas que robaba de los tendederos vecinos. Sus tendencias fetichistas se iniciaron a temprana edad, y con el tiempo se volvieron naturales y patológicas.
A los veinte años, en 1962, Gacy abandonó su hogar y se dirigió a Las Vegas en busca de trabajo. Consiguió rápidamente un empleo en una empresa funeraria, en la cual, como contó varios años después, tuvo un acercamiento a la práctica de la necrofilia. Se había sentido excitado tras meterse dentro de un ataúd y ponerse encima un cadáver. La doctora Morrison entendió dicho acto como una necesidad de probar, de experimentar, y no como una práctica perversa propiamente dicha. Luego de más de seiscientas horas de entrevistas con el paciente, la psiquiatra concluyó que Gacy no encontraba diferencias cuando estaba con una mujer, un hombre o un cadáver, porque para él eran todos objetos sin esencia.
En 1964, inició la vida en pareja y se casó con Marilyn Myers, hija de un importante empresario, con quien también se vinculó laboralmente. En ese momento se inició en la práctica homosexual.
Gacy fue condenado a 10 años de cárcel en 1968 por «sodomizar a un menor» llamado Donald Vorhees, que era uno de sus empleados. Esto determinó la separación de su esposa y el divorcio tres años después. Estuvo en la cárcel solo dos años y algunos meses, y a su salida se divorció formalmente. No hay datos sobre la tenencia de la niña y el niño que tuvo la pareja;  tampoco información de la relación entre Gacy y sus hijos mientras crecían. Sí se sabe que en sus últimos momentos de vida ellos fueron a visitarlo y nunca tuvo problemas de violencia sexual o física con sus hijos:
«Siempre cuidé a mis hijos…No estricto, había un montón de cosas de mi padre que yo rechazaba…No soy partidario de azotar a los niños. Tampoco soy partidario de dañarlos; mis valores son tales que puedo dar mucho amor a los niños».[3]
Mientras Gacy se encontraba privado de libertad en Iowa, su padre falleció. Se enteró cuatro días después y, según declararon su hermana y su madre, fue algo devastador:
«Durante toda mi vida decepcioné a mi padre. Y entonces volví a fallarle. Mi padre siempre pensó que yo era un bobo, un estúpido, que nunca llegaría a ser nadie».[4]
Entre 1970 y 1971, con 28 años, fue liberado por buena conducta y evaluado por un psiquiatra. En su pericia de peligrosidad afirmó: «La probabilidad de que vuelva a ser acusado y condenado por conducta antisocial es, en apariencia, mínima».
Gacy decidió mudarse a una zona de los suburbios de Chicago para rehacer su vida, tanto en lo sentimental como en lo laboral. Allí comenzó algunos contactos y consiguió ir escalando de a poco en diversos trabajos. Al parecer, el cambio de ambiente fue un vuelco «justo» en su vida, de esta manera, podía pasar desapercibido y cazar a sus presas. En un principio se contactó con sus hermanas y su madre en busca de refugio y ayuda, pero luego decidió independizarse y seguir su camino. Su hermana en un primer momento lo ayudó, pero luego al saberse la verdad terminó preguntándose: «Siempre ha sido tan buen hermano… ¿Cómo es posible que haya pasado algo así?». Su madre se encontraba inquieta y aislada, y más adelante comenzó a sentirse sumamente culpable por lo que había sucedido con su hijo.
Gary declaró que en esa época había fantaseado con los niños de su nuevo barrio, e incluso comentó cómo ideó la posibilidad de mantener relaciones sexuales con ellos y las diversas estrategias para conseguirlo. Gacy comenzó a ingresar con facilidad a nuevos círculos y ocultaba su pasado con un desempeño notable que de a poco lo situó en lugares de sumo reconocimiento.
Con esa «facilidad» logró que lo liberaran de prisión muchos años antes de terminar su condena. La manipulación y la actuación eran dos pilares del manejo comunicativo de Gacy, sabía cuándo, cómo y con quién hablar y en qué momento: «Si no hubiese sido un manipulador no habría tenido éxito. No se puede ser un personaje que lleva una vida secreta con éxito si no se manipula a veces». Robert Ressler comparaba a Gacy con una araña, que va aprisionando a todo lo que se le acerque. La doctora Morrison menciona que si bien a Gacy lo habían atacado en la cárcel muchas veces, movilizaba al resto de los convictos; incluso de haberlo querido, se habría fugado en reiteradas ocasiones por el tipo de relación que tenía con los policías.
A los treinta años, Gacy se casó con Carole Hoff, una mujer bastante vulnerable. Soltera y con dos hijas, no dudó en comenzar una nueva vida con quien seguramente le había ofrecido sus cuidados y sostén. Pero el matrimonio se fue desvaneciendo con el tiempo. Gacy blanqueó con su esposa sus preferencias sexuales, y ella encontró en varias oportunidades pornografía infantil y homosexual entre las pertenencias de su marido. A esa altura a Gacy no le quitaba el sueño lo que su mujer pudiera pensar de él. Se consideraba un liberal y no daba demasiadas explicaciones, uno más de sus aires de arrogancia y poder. Se ubicaba a sí mismo en un pedestal «injuzgable»: él era quien mandaba y nadie tenía derecho a meterse.              
A los 32 años comenzó un negocio de pintura, decoración y mantenimiento. Decidió contratar a hombres jóvenes para «abaratar costos», según explicaría, pero esta justificación fue válida solo al principio. Las contrataciones se fueron volviendo oportunidades fantásticas para el acecho y luego para el homicidio. En ese momento y hasta 1978, se reiteraron sus asesinatos y violaciones.
En una de las tantas entrevistas con la policía, Gacy hizo referencia al porqué de la elección de sus víctimas. Los rebajó de forma despectiva y de modo más que irónico (acorde a sus propias elecciones sexuales) los describió de la siguiente manera:
«No son más que unos despreciables mariquitas, unos inútiles vagabundos mientras que yo soy un próspero hombre de negocios que no dispone de muchas horas libres. Una relación sexual esporádica con estos jóvenes me quitaba menos tiempo que mantener una relación seria con una mujer».[5]
Llevaba una doble vida. Ejemplar, destacado, honrado, considerado, generoso son algunos de los adjetivos que rodeaban el apellido Gacy en los suburbios y en su primer hogar de Chicago. Un padre devoto, destacado en el trabajo por sus méritos y su maña, un vendedor nato, que en sus ratos libres visitaba el sector de oncología del hospital disfrazado de Pogo, el payaso para alegrar a los niños.  Este era un hobby que, según él describió, le hacía relajarse, era  una forma de «dar para recibir».
Sin embargo, cuando podía quitarse la máscara declaraba:
 «Nunca planeé ser un ángel y siempre admití lo que hice».
En mayo de 1978, ya con 36 años, Gacy decidió «salir a cazar». Merodeando en su auto se cruzó con Jeff Ringall. Tras ofrecerle llevarlo a los bares populares, lo anestesió con cloroformo en el asiento del acompañante, lo violó y lo torturó de formas inimaginables, pero no lo mató. Ringall apareció vestido en la estatua de Lincoln Park en Chicago. Luego declaró:

 «No opuse resistencia a sus designios porque estaba totalmente limitado y no me quedaba otra opción… No opuse resistencia en ningún momento. Creo que por eso estoy vivo, porque aquello le hacía perder interés. En cierta manera me gustaría que lo frieran. No sé si me comprende. Yo pensaba que conocía el horror pero no sabía que alguien podía ser tan malvado».[6]

En diciembre de ese mismo año, desapareció Robert Piest, de quince años. Su familia sabía que el chico tendría una entrevista por cuestiones laborales con Gacy. La madre de Robert lo había visto salir con él de la farmacia, y nunca regresó. Gacy declaró que el chico fue muy insolente al pedirle trabajo, por lo que él le sugirió que vendiera su cuerpo para conseguir el dinero que necesitaba. Entonces lo violó y lo mató. Después de estrangularlo, Gacy  se recostó, se durmió con él y al otro día lo lanzó al río. Fue la segunda experiencia de cuasi necrofilia que sabemos que Gacy experimentó. La desafectivización en este caso queda más que clara: la víctima cosificada, un cuerpo muerto a su lado que le es lo suficientemente indiferente como para priorizar su sueño.
El asesinato de Robert, así como la sumatoria de acusaciones y desapariciones, desató una inspección a su domicilio en ese mismo año que confirmó las especulaciones. En la casa de Gacy encontraron un verdadero cementerio en 1978: veintiocho cadáveres de jóvenes y niños de entre 9 y 21 años (algunos registros mencionan de hasta 27). En el río Des Plaines, encontraron cinco cadáveres más.
El hedor producto del macabro cementerio fue lo que incitó la excavación. Sus víctimas eran empleados de su empresa, menores que ejercían la prostitución o a los que había encontrado de forma casual en su vecindario. Los atraía con diferentes excusas: les decía que estaba realizando una investigación sobre sexualidad o se hacía pasar por policía.
Gacy pudo haber sido sentenciado mucho antes que se disparara la cifra alarmante de muertes que llevó a cabo. Sin embargo, siempre por una cuestión u otra lograba ser liberado. La homosexualidad de por medio con sus víctimas hacía que muchas veces hubiera una justificación para dejarlo libre; la policía alegaba que habían sido relaciones con consentimiento, o que él había sido el atacado en primera instancia. En otras ocasiones, a las víctimas directamente no les creían por su corta edad.

(Presentación del caso escrita por Lucia Barboni)



Análisis de un payaso poco gracioso
En el muy buen libro llamado ¿A quién mata el asesino?[7], los psicoanalistas Silvia Tendlarz y Carlos Dante García plantean una dificultad para poder pensar la estructura clínica de Gacy. Este es el mismo problema que señaló Lucía Barboni en la presentación del caso. Nuestra primera pregunta entonces sería: ¿cuál es la estructura clínica de Gacy?
Estos autores, entre los que incluyo a Lucía, afirman que realmente hay una dificultad diagnóstica. Por un lado, Gacy fue un hombre que desarrolló una vida social bastante intensa, se casó dos veces y tuvo varios hijos. Tras muchos años de trabajo, logró consolidar una buena posición económica y social dentro de su comunidad. Tenía su propia compañía contratista, organizaba grandes fiestas temáticas en su casa, se disfraza­ba de payaso con el fin de cumplir una labor social con los niños enfer­mos de los hospitales. Poco antes de ser capturado estaba por acceder a la política. Era un hombre querido y reputado.
Robert Ressler siempre pensó que era un psicópata ya que aparecían en él la nega­ción, la mentira continua y el intento permanente de manipulación, elementos comunes en esta patología. En su libro Dentro del monstruo[8] recuerda que Gacy tenía la imperiosa necesidad de negarlo todo, especialmente la idea de la homosexualidad. Sin embar­go, Tendlarz y García plantean que si se toman en cuenta las entrevistas con Gacy, este no siempre negaba, sino que en algunas ocasiones mentía, en otras discrepaba y en otras rechazaba los dichos de Ressler u otros investigadores.
La psiquiatra Helen Morrison descartó que se tratara de una psicopatía ya que en estos sujetos aparece una personalidad organizada, estructurada, que no se dispersa y no tienen problemas con su conciencia. Cosa que no ocurría en Gacy. El diagnóstico de la doctora Morrison fue de una psico­sis mixta, con rasgos de distintas enfermedades y síntomas mentales: defensa, disociación con identificación proyectiva, hipocon­dría perpetua, bipolaridad. Pero lo que parece más extraño de su diagnóstico es: «En su exterior era un hombre mientras que en su interior, una mujer, más mujer que hombre».[9]
Otros diagnósticos plantearon diferentes cosas, por ejemplo, el psicólogo clínico Thomas Elíseo calificó a Gacy de esquizofrénico y paranoico. El psiquiatra forense Lawrence Freedman alegó que padecía de psicosis y de neurosis sin compasión hacia las personas, junto a compulsiones y obsesiones. El doctor Robert Traisman lo diagnosticó como esquizofrénico ambulatorio. El psiquiatra Richard G. Rappaport indicó que no sufría ningún trastorno fisiológico que pudiera derivar en una patología mental. El Dr. Heston lo calificó como antisocial sin trastorno mental, mientras que para el psicólogo Anton Harmon era un antisocial.
Como se ve, son diagnósticos diferentes que hablan de una dificultad para determinar de qué se trata Gacy. Las causas de la patología de Gacy apuntan a los malos tratos físicos y psicológicos en la infancia por parte de su padre. Sin embargo, esto no es tan claro. Objetivamente llegó a cosas socialmente importantes. Por ejemplo, fue nombrado «El hombre del año», en Springfield, Illinois.
Los psiquiatras resaltaban especialmente dos manías de Gacy. Una era la de la limpieza; la otra, la de anotarlo todo en una especie de diario. Era un libro rojo en donde describía todo lo que hacía, absolutamente todo. Esto, según Gacy, estaba relacionado con su trabajo de contratista, por el cual llevaba nota de todas sus actividades. La escritura cumplía una función no solo de registro, sino de relación con la economía subjetiva. Estas anotaciones se extendían al lugar en donde estaba, al hotel en que paraba, a la comida que hacía. También cuando estuvo preso anotaba:
«Durante el mes de mayo recibí 143 correos y envié 59. Durante 1982, recibí 1167 mails; de las 8760 horas del año 1982 estuve fuera de mi celda 2274 horas y 20 minutos. Envié 568 unidades de correo, me di 353 duchas, me tomaron la presión 16 veces y, de las 1095 comidas que se sirvieron, comí 463. Hoy se cumplí mi 39 mes aquí»[10].
Los psiquiatras también señalan su logorrea: la necesidad de hablar sin parar.
Tendlarz y García arriesgan un diagnóstico y plantean que se puede precisar la posición subjetiva de Gacy a par­tir de una conversación que mantuvo con Ressler. Al ser interrogado acerca de las circunstancias en las que había asesinado al señor Tim M., explicó que lo había matado en su casa y en defensa propia:
«Se me acercó con el cuchillo. Se lo quité y se lo clavé en la mano. Eso lo mató».
Gacy no se incluye como autor del asesinato, sino que lo presenta casi como un accidente. En este punto los psicoanalistas argentinos deslizan la posibilidad de una psicosis. Parece totalmente justificado discernir en estas líneas que el fantasma perverso en este sujeto se acopla a una lógica de otro orden: la psicosis.
El año 1976 parece ser clave en la vida de Gacy. En ese año se separó, pero además le confesó a su mujer que le gustaban los hombres adolescentes.
Es después de la muerte del padre en que empezaron las locuras de las muertes. Dejaba cuerpos desperdigados por su casa. Esos actos nos hablarían claramente de un asesino desorganizado. Gacy nunca fue hábil, pero sí es probable que esa compulsión de matar con el tiempo se fuera agravando. No era un asesino serial como Ted Bundy. Tenía una metodología diferente, aunque en algunos momentos se le parecía, por ejemplo, en los engaños. A veces Gacy se hacía pasar por policía y tenía una especie de metodología. Pero si profundizamos, nos vamos a dar cuenta de que no eran iguales. Gacy no cosificaba a la persona como lo hacía Bundy. No trataba al otro como si fuera un objeto y no una persona.
Un perverso, un psicopático tiene un fin, una metodología muy clara de la voluntad de goce. ¿Este es el discurso de Gacy? Tiene algo de eso, pero una cosa es la estructura y otra es la conducta. Que la conducta es perversa no hay duda, pero eso no necesariamente habla de su estructura, de su ser en el mundo.
Este caso encierra un gran problema que es el horror del acto; es un hombre absolutamente violento, que tortura a la víctima. Sin embargo, ¿podemos decir que cosificaba al otro al modo perverso? Gacy producía horror en las víctimas y también produce un efecto perverso en quien lee sobre sus actos, pero eso no marca una estructura como perversa.
Entonces, surgen varias preguntas de este caso. ¿La relación con el objeto, con su víctima, es de voluntad de goce? ¿Qué le hace él a la victima aparte de matarla? ¿Goza con el horror del otro? El torturador, por ejemplo, le prepara el juego al otro para quebrarlo emocionalmente. Con su relato, Ted Bundy, por ejemplo, quería horrorizar al partenaire, pero en Gacy parece ser otra la cuestión. Si bien algo de esto aparecía en Gacy, ¿lo hacía con la intención de quebrarlo emocionalmente? ¿Quería realmente angustiar a su víctima o le contaba lo que iba a suceder simplemente como una forma retentiva, como una forma de controlar?
Una serie de frases de Gacy ayudan a entender algo de lo que le pasaba:
«No he hecho nada de lo que dicen».
«No sé si he llegado a matar a alguien».
«No solo soy la víctima aquí, puedo ser la víctima 34».
«Buctovich no es uno de los que asesiné».
«La única conclusión lógica es que tengo que matar al otro. Y si no puedo separarlo de mí tengo que matar a los dos».
«Mi muerte no hará regresar a las personas que asesiné».

Bastante contradictorio. Gacy comete errores importantes en la sintaxis, no hay diferenciación entre él y el otro. ¿Cuál es el sujeto y cuál es el objeto? Esto tenemos que relacionarlo con sus aspectos biográficos: este hombre puede ser constructor, puede fotografiarse con la mujer del presidente, puede ser un payaso, puede ser homosexual, puede casarse dos veces y criar a sus hijos, ser buen hombre de familia, tener relaciones perversas, ser condecorado, matar, pintar, decir que es una víctima. Este hombre, en definitiva, ¿qué es?
Morrison escribe:
«En unas de nuestras reuniones sometí a Gacy a un examen lingüístico y le entregué una hoja y le pedí que interpretara la acción, que describiera las frases siguientes: “Arthur lanzó la pelota al bosque. Bárbara se enfadó mucho”.
“Me parece que Arthur y Bárbara estaban jugando a la pelota y que Arthur la lanzó al bosque. Es posible que ella creyera que lo había hecho a propósito. O tal vez pensara que era su madre y que él la estaba desobedeciendo. Tal vez le había dicho que no lanzara la pelota al bosque y él estaba demostrándole que iba a hacer lo que quisiera.
Uno puede extraer muchas conclusiones de dos frases. Quizá Arthur fuera demasiado pequeño para entender que era un accidente. No entiendo por qué ella se enfadó, a menos que estuviera bebida o se encontrara mal. Nadie es PERFECTO. Todo el mundo comete errores. Bárbara estaba muy enfadada. Quizá ella había perdido la pelota y por eso estaba como loca. La frase no indica si Bárbara estaba enfadada con Arthur, solo lo doy por supuesto. Quizá son dos personas ancianas y la pelota ha caído en su patio y en lugar de devolverla, él la lanzó al bosque a propósito y su mujer se enfadó con él por su acción, por haber hecho aquello.”».[11]

¿Qué le pasa a Gacy a partir de esta consigna de dos oraciones? ¿Se confunde o enloquece a partir de este estímulo? Pierde el rumbo, la consigna lo va atrapando y confundiendo cuando va armando la historia.  ¿Por qué?, porque no hay un anclaje ideológico. Cuando uno hace una historia le da un sentido, tiene que haber necesariamente un punto de enganche. En esta historia, ¿hay sentido? Gacy se pierde en las palabras. Las palabras comienzan a cobrar sentido por sí mismas.

Luce Irrigaray, una especialista en el tema del lenguaje en los psicóticos, plantea que lo que tendría sentido para el psicótico serían los significantes del discurso de su madre, pero para él carecen de sentido. Es decir que a él lo marcarían «sonidos» cuyos conceptos le quedarían ocultos, velados. De allí su relación a la vez fascinada y dolorosa con los significantes, que repite, transforma, desune, fractura, deletrea y trabaja como si a la vez quisiera destruir y retomar por sí mismo su poder.
Los significantes que enumera y asocia son una especie de resurgencias compulsivas que emite pasivamente o utiliza como materiales a los que da forma o reelabora, sin evocar ningún concepto o significado específico. Tampoco son simples imágenes acústicas. Se producen, se reproducen, se desencadenan, se reencadenan como notas y señales de rastros. El significado sería un efecto de la fuerza de choque de los significantes del discurso de la madre. En consecuencia, ya no hay signo de doble faz en el lenguaje del llamado esquizofrénico. En cambio sí hay una escritura, o reescritura, criptogramática, de inscripciones sonoras.
En Daniel la ausencia de la metáfora es la impronta de su escritura y su decir. No aparece una cierta resonancia del significante en sus palabras, las frases o expresiones parecen que le sorprendieran en su boca. Muchas veces se trata de repeticiones de palabras oídas poco antes, escuchadas en su entorno, que ocupan un lugar temporal entre sus significantes habituales.
En Gacy esto también aparece. Su abundante producción verbal, eso que los psiquiatras llaman logorrea, está dominada por una monotonía inquietante. Su habla no tiene resonancia, no puede vincularla a nada porque no ha ingresado en el registro de la simbolización. Sencillamente no hay sentido, es pura palabra, puro sonido. Engancha las palabras por el sonido y no por lo que significan, las palabras no significan nada: para él mesa y silla de repente pueden ser lo mismo. Estos ejemplos demuestran la inconsistencia que tiene el significado. La ausencia de la metáfora es la impronta de la escritura y el decir de Gacy. Sin llegar al delirio, Gacy no puede controlar lo que dice, fracasa en la autocorrección, en la producción de frases por motivos que trascienden el contexto, tiene verborragia, contesta cosas que no se le preguntan y pierde la capacidad de asociar, por eso llega a la incoherencia.[13]
Helen Morrison en una entrevista a la madre de Gacy escribe:
«Conseguí hablar largo rato por teléfono con Marion, la madre de Gacy. Es­ta había trabajado como empleada en una farmacia y se había ido abriendo camino hasta convertirse en una especie de boticaria sin titulación, con un grado algo superior al de un ayudante farmacéutico. A diferencia del padre de Gacy, quien reprendía cons­tantemente a su hijo y lo tildaba de “bobo y estúpido”, todo apun­ta a que madre e hijo mantenían una relación muy estrecha.
Marion no se cansaba de repetir que se estaba persiguiendo in­justamente a su hijo. Al principio de nuestra conversación empe­zó a hablar de cómo era John de niño.
—El parto se retrasó un poco y, cuando por fin nació, estaba morado.
—Debió ser duro para usted, Marion.
—Hice lo que pude por ayudarle. Durante meses le apliqué enemas cada día.
—¿Perdón?
—Le di enemas y supositorios porque tuvo problemas antes de nacer. Defecó mientras aún estaba en el útero y aquello le provo­có problemas respiratorios.
Estaba convencida de que había padecido aspiración de meconio, es decir, que había inhalado sus propias heces mientras estaba en la matriz y que, como consecuencia de ello, respiraba con dificultad. En el peor de los casos, ese trastorno puede pro­vocar neumonía o taponar un pulmón. Varios días después de su nacimiento, comentó, el pequeño nuevamente tuvo problemas res­piratorios y se volvió alérgico a cualquier tipo de leche. Según me explicó le administraba supositorios para atenuar aquellos pro­blemas respiratorios.
—¿Quién se los recetó? —le pregunté, pues no me parecía la receta más adecuada.
—Yo misma. Soy farmacéutica de profesión.
—¿Durante cuánto tiempo le suministró aquel tratamiento?
—Todos los días durante los tres primeros meses.
Supongo que algunas personas podrían haber llegado a la con­clusión de que la madre de Gacy también estaba loca y de que su forma de entender la maternidad tan peculiar había afectado a John.
—¿Cómo era el padre de John?
—Era como mi padre. Un gran pescador, un hombre nada con­sentido. Era un tipo estricto, eso sí, la perfección personificada.
—¿Estricto en qué sentido?
—Bueno, cuando los muchachos salían tenían que dejar es­crito dónde estarían, la dirección y el teléfono del lugar al que iban, y la hora a la que regresarían. Cosas por el estilo. John no confiaba en nadie.
—¿Tenía algún problema médico?
—Algunos. Tenía heridas de la guerra. Y un tumor cerebral, pero los doctores nos dijeron que no podía operarse. Por eso le cambiaba el humor constantemente. Podía ser agresivo, tanto ver­bal como físicamente. Los doctores explicaron que era como con­secuencia del tumor y que me acostumbraría a convivir con ello.
—Había algo en mi hijo que preocupaba mucho a mi marido.
Una vez dejó de hablar de su hijo y de su marido, volví a sacar a colación el hecho de que le hubiera administrado supositorios y enemas de bebé.
—Yo nunca he dicho eso. Nada de eso.
Enrojeció y le costaba respirar. Es posible que se sintiera abru­mada por la vergüenza, porque sabía perfectamente que me lo ha­bía explicado por teléfono.
De joven, John era sonámbulo y perdía por com­pleto la conciencia de su entorno y de sus actos durante aquellos trances. Explicó que una noche puso a su hijo a dormir y la maña­na siguiente descubrió que le había salido una marca de nacimien­to. Aquella marca había desaparecido de su propio brazo y había reaparecido en el de John. Ella lo describía como una especie de experiencia religiosa, como un hecho sobrenatural. También esbo­zó otro momento en el que descubrió que ella había perdido un diente. Contempló a su hijo mientras le cepillaba los dientes y ob­servó cómo aquel diente suyo había aparecido en la boca del ni­ño. De nuevo, hablaba de aquello como si se tratara de un milagro.
—Eso le permite hacerse una idea de lo unidos que estába­mos. Era como yo. Era incapaz de dormir más de cuatro horas seguidas. No le gustaba estar solo, como a mí. Y, bueno, también tenía sobrepeso».[14]
Increíble testimonio. Marion no era una madre que solamente amaba a su hijo, era una madre loca. Una madre que deliraba con relación a su hijo. Veía en su hijo cosas, por ejemplo, una marca en el brazo que se trasladó como un pasaje religioso, milagroso, y un diente suyo que apareció en la boca del niño. O sea, una madre confundida en su hijo en una especie de unidad. El padre de Gacy, en este punto, parece brillar por su ausencia. Esto de ausencia paterna no tiene que ver con la presencia física. Se trata de si el padre como función puede poner un límite. En este caso, a través del discurso vemos cómo la madre se apropia de este hijo. Una verdadera paradoja, ya que tenemos una madre terrible y un padre terrible. Sin embargo, el padre no tiene incidencia, madre e hijo están conectados y él no interviene más allá de la violencia.
Por todos estos elementos diríamos que Gacy es un psicótico, pero con un «montaje» o fachada perversa.















* La presentación del caso estuvo a cargo de la psicóloga Lucía Barboni, quien escribió una memoria de grado excelente, Víctimas que victimizan: Una mirada psicoanalítica al funcionamiento perverso y psicopático. En ella trabajó exhaustivamente alguno de los temas que planteamos en este seminario.
[2] Helen Morrison, Mi vida con los asesinos seriales, Editorial Océano, Barcelona, 2004.
[3] Helen Morrison, Mi vida con los asesinos seriales, Editorial Océano, Barcelona, 2004, p. 78.
[4] Ibídem, p. 80.
[5] Ibìdem, p. 103.
[6] Ibídem, p. 104.
[7] Silvia Tendlarz y Carlos Dante García, ¿A quién mata el asesino?, Grama, Buenos Aires, 2008.
[8] Ressler, o.cit.
[9] Morrison, o.cit., p. 98.
[10] Ibídem, p. 131.
[11] Ibídem, p.128.
[12]Jorge Bafico et.al.,  El entramado en la locura, Psicolibros, Montevideo, 2005.
[13] Algunos autores hablan de la esquizofasia en pacientes psicóticos, otros dicen que esto no se da, que no existe, sino que lo que aparece es un trastorno en el pensamiento que provoca que en el lenguaje verbal haya determinadas dificultades. En realidad la mayoría de los autores comparten que existen trastornos a nivel verbal. Por ejemplo, Bleuler habla de un síntoma básico en la esquizofrenia, habla de una pérdida de capacidad de asociación, dice que dentro de los trastornos del lenguaje en una esquizofrenia nos encontramos con varios rasgos, uno de ellos seria la ruptura de la capacidad de asociar rasgos semánticos en la secuencia de los sonidos: acentuación inadecuada,  preocupación por un gran número de caracteres semánticos de un término, incapacidad de aplicar reglas discursivas y sintácticas, incapacidad de autocorregirse. Lo que el esquizofrénico dice tiene un contenido tan vacío que no es capaz de reparar un error cuando se contradice, omite palabras o las inventa y, por último, produce frases por motivos que trascienden el contexto. Otro autor, Chaika, dice que estos pacientes no controlan voluntariamente su producción oral, razón por la cual no pueden autocorregirse como un sujeto normal lo haría, por ejemplo, en un lapsus. En ellos no se da eso que podría pasarnos a cualquiera de decir «uy, perdón, quise decir…». Para Chaika se encuentran afectadas las estructuras profundas del lenguaje, por ejemplo, la confusión con antónimos, la incapacidad para ordenar elementos con estructuras significativas. Están ausentes las  conexiones que orientan y le dan un hilo conductor al que habla. Entonces, las frases se gobiernan por la fonética, con un lenguaje automático. Vale aclarar que muchos autores dicen que esto no se presenta siempre en la psicosis, sino que se daría un tipo de comunicación que no implica un trastorno del lenguaje. Se preguntan si hay un lenguaje “esquizofrénico”, ven una perturbación en las reglas pragmáticas que distorsionan la comunicación, un déficit de las vías de comunicación y también una atención selectiva. Otros autores hablan de cuatro funciones perturbadas. Una sería la interpretación verbal en frases específicas, como se ve sobre todo en las paranoias.  Un ejemplo es el de la vecina que deja una docena de huevos con  el nombre abajo,  la interpretación psicótica sería: «Ella me deja una nota abajo porque piensa que soy inferior, y seguramente uno más de la docena». Las relaciones cabalísticas, las relaciones entre cifras y las combinaciones son otra función distorsionada: «La fecha de mi cumpleaños fue el mismo día del natalicio de fulanito». Después se da lo mismo de las cifras pero con personas, la secuencia de identidades entre apellidos, el árbol genealógico y,  finalmente, el juego de palabras como forma de extender el delirio.
[14] Morrison, o.cit., pp.109-111.

Todos somos Messi

Cientos de cámaras, miles de celulares, millones de ojos atentos al ídolo, a los movimientos del objeto agalmatico que brilla como nadie. Aquel que impulsa a sus compañeros al triunfo,el capitán, el ídolo, aquel del gol de tiro libre desde un lugar imposible a un ángulo imposible, aquel que logra hacer cosas con la pelota que no pueden explicarse. Algo inhumano, algo reservado para algunos Dioses. Porque los futbolistas actuales tienen algo de Dioses o de Héroes. Una sociedad que sigue necesitando de creer en algo.
Pero sucede la desgracia, y Messi erra el penal y la posibilidad de ganar el campeonato; y el Dios se muestra como un mortal, algo imperdonable para estos seres. Aparecen los Judas virtuales, que esperan su momento para vociferar. Lo cuestionan, lo destruyen, lo despojan.
Nada más desolador que un Dios trágico, ya no merece la mirada de las cámaras, ni de los celulares, ni de los ojos. Solo la estridencia de las voces disarmónicas de los Judas.
Messi, herido de muerte, devastado. En una soledad que conmueve, que lastima.
Nadie lo acompaña, ni sus compañeros, ni sus técnicos, ni siquiera algún fanático que ingrese clandestino al campo de juego como otras veces. Messi, en el gigantesco estadio lleno de gente, frente a millones de miradas en todo el mundo, solo como nadie.
Messi va por primera vez al banco de suplentes, parece que quiere ser suplente de ese héroe que fue. Se sienta y nadie comparte la suplencia con él, parece su destino, estar solo en la tragedia. Porque quizás de eso se traten las tragedias, de la soledad de quien la vive.
Messi, un héroe desolado, que muestra la contradicción de lo humano, porque en definitiva Messi es más humano que cualquiera de nosotros.