Un delirio maradoniano


 

Apenas recibido, con casi ningún paciente, surgió una posibilidad laboral, un llamado para psicólogos, junto a psiquiatras, procuradores y asistentes sociales para trabajar en la cárcel. Me presenté sin demasiada esperanza. Para mi asombro, sin experiencia y contacto alguno, fui seleccionado. El único mérito para tal designación fue la de ser hombre. En una larga lista de aspirantes nos habíamos presentado sólo cuatro psicólogos, los cincuenta y siete restantes eran mujeres. Estaba contento. Me parecía que las vivencias que pudiera tener en la cárcel ayudarían en mi formación de psicoanalista y por qué no de criminólogo. Sin embargo, mi primera experiencia no fue la mejor. En la primera visita al Penal de Libertad éramos un montón de técnicos jóvenes asustados, apenas un poco mayores que los adolescentes argentinos que tuvieron que ir a la guerra de las Malvinas. Llovía torrencialmente. Era un día demasiado triste. La mole de cemento de cuatro pisos del Penal de Libertad se imponía de forma desmesurada. Qué contrasentido una cárcel llamada libertad. Quizás por el tamaño desproporcionado o por la historia siniestra que encerraba (había sido en la dictadura un centro de detención), nos generaba una sensación de pequeñez extrema. Tuvimos que ir caminando por el costado del celdario, frente a las ventas llenas de reclusos viendo el espectáculo: nosotros. Un trayecto torturante y eterno.
El gris de la tarde se trincaba en las paredes exteriores húmedas y frías. Toda la edificación se ofrecía como un estallido de gritos e insultos que recibíamos. Parecía un estadio abarrotado de almas en pena que gritaban desaforados y pedían por sus familias, por sus derechos o simplemente insultaban. Un canto oscuro y gélido, un tumulto de voces inarmónicas. Una barra brava que amedentraba.  Los gritos se entremezclaban con caras amenazantes, que apoyadas en los barrotes; proporcionaban a los bramidos una consistencia metálica, oscura y peligrosa.
Cuando por fin llegamos a la puerta del celdario habían pasado para mí como tres años. Nos recibió un hedor extraño. Un olor que me recordaba al hospital psiquiátrico que había visitado por la Facultad cuando era estudiante. Una experiencia singular esa primera visita.
Al cabo de algunas semanas ya me había acostumbrado a los particulares aromas y a los ruidos. No hay duda de que los seres humanos tenemos una gran capacidad de adaptación.

Uno de los primeros casos que vi fue a “Maradona”, un preso que aparte de poseer cierto talento para el fútbol –por eso el sobrenombre-, tenía la exótica particularidad de poder hablar con el mismísimo número diez argentino. Me pidieron que lo viera con urgencia; el director del Penal en persona me lo pidió. Sus compañeros estaban muy preocupados porque no lo veían bien, hablaba más que de costumbre y casi no dormía. Se había peleado con dos reclusos, algo infrecuente. Lo entrevistamos con una psiquiatra. Se presentó con su sobrenombre y me dijo que era un muy buen jugador de fútbol, de una zurda precisa y eficaz que producía terror en las defensas. El dato concreto, más allá de sus autoproclamadas habilidades, era que integraba la selección de la cárcel. Dato no menor. El tema de fútbol me interesaba, además de admirar a Maradona como jugador, por lo que entramos rápidamente en sintonía.
Tenía unos cuarenta años. Estaba encarcelado hacía una eternidad. Es que los infiernos tienen eso, son atemporales. La vida por allí no se cuenta ni en días ni en años sino en una especie de continuidad sufriente y perpetua. Su madre nunca le había dicho quién había sido su padre, pero había indicios y él tenía la firme convicción de que era hijo de Raúl, un jugador de fútbol de poca monta, demasiado aficionado al alcohol y muy pocos datos más. Una típica historia de cárcel, de padres sin apellidos, de madre omnipresente, de excesos, drogas y alcohol.
Maradona era bien considerado entre sus pares. Gracias a él y a sus goles habían logrado salir campeones del campeonato “Inter-Cárceles”. Seguramente el acontecimiento social más importante que tenían los reclusos. Viajaban a diferentes cárceles del país a disputar los encuentros. Con esas sublimes actuaciones se habían ganado el respeto de varios.
Para la psiquiatra y para mí, lo más increíble de Maradona no eran sus proezas futbolísticas sino el hecho de que estaba absoluta y definitivamente loco. Su discurso era, más allá de cualquier prejuicio, delirante. Padecía de una locura “maradoniana”, ya que creía poseer la exclusiva facultad de poder hablar con el jugador más idolatrado de la historia del fútbol mundial. La salvedad es que no lo hacía por medio de ningún aparato de comunicación conocido, sino que lo efectuaba a través de su rodilla izquierda; la articulación de la pierna se ofrecía como una especie de teléfono móvil que recibía la voz del astro argentino. Este delirio era parte de su vida, parte de su ser, sin alteraciones conductuales de importancia a través de los años, cuestión bastante atípica en la evolución de cualquier forma de delirio.
Lo interesante es que su “desequilibrio” convivía en armonía en el mundo carcelario. En Uruguay, un buen jugador seguramente será siempre híper-valorado, pero en este caso llamaba la atención. “Maradona” demostraba poder sobrevivir sin el cuidado médico, sin psicofármacos y sin asistencia psicológica, rehusaba este tipo de auxilio y aseguraba no estar loco. Simplemente hablaba con “el diego” de una forma inusual. En la cárcel no era un loco, como sí seguramente lo sería en otro ámbito; era un personaje del lugar, acompañado y sostenido por los otros presos. Gracias a su locura y a sus destrezas futbolísticas, este hombre se había erigido en un símbolo de la cárcel, su delirio “maradoniano” era disfrutado por los demás reclusos, que se divertían con las “conversaciones” con el astro argentino y se transportaban a un mundo fantástico. En definitiva, un personaje único y clave para el funcionamiento de la sociedad penitenciaria.
La psiquiatra, con buen tino, recomendó al médico de guardia que le aplicara cinco inyecciones de un antipsicótico muy potente. La profesional había considerado innecesario explicarle al colega que el psicofármaco se aplicaba de a uno por mes, debido a que su efecto persistía por treinta días.La cuestión es que el médico de guardia no entendió la forma de administración del psicofármaco o no era afecto al dios argentino, siempre hay anti argentinos, por lo que las cinco dosis fueron aplicadas el mismo día. Como le había pasado al astro argentino durante el campeonato Mundial de Fútbol en Estados Unidos, a nuestro Maradona también le “cortaron las piernas” por un exceso de químicos. Tuvo un paro cardiorrespiratorio que casi lo saca de este mundo. El galeno tuvo que tomarse vacaciones forzadas para evitar convertirse en víctima de un linchamiento por parte de los presos. No era para menos: había arruinado a su jugador estrella y el campeonato inter-cárceles estaba por comenzar. Hasta los policías estaban indignados.
Cuando lo volví a ver esperaba ver a un Maradona compensado, sin embargo, cuando llegué lo encontré en un estado calamitoso. Estaba inmóvil, tirado en una cama, babeante. En estado de vigilia pero sin poder responder a los estímulos externos. El pobre, atiborrado de psicofármacos, se encontraba desconectado del mundo. El tiempo de convivencia armónica con su rodilla siniestra y la comunicación con su ídolo parecía haber llegado a su fin. Su delirio había trasmutado en algo absolutamente diferente. Su pierna siniestra era sólo un pedazo de carne que se arrastraba junto a la derecha sin el mínimo atisbo de garbo. Todo en él se había desmoronado tras la caída de la zurda mágica. Todo él era un despojo humano.
Quedé conmovido, sin nada que hacer. Para mí también era la caída de un ídolo. Sentí una enorme pena, una pena parecida a cuando de niño nos enteramos que los reyes son los padres. Porque había algo de mágico en este Maradona recluso, algo de irreal que daba esperanzas dentro de un lugar tan terrible como lo es una cárcel.
Me fui abatido. No sabía qué iba a pasar con él. Recordé el día que habían quebrado al gran Fernando Morena, yo no tendría más de quince años. Fue en el Estadio Centenario, en la década del ochenta, jugaba una Copa América Uruguay y Venezuela. Morena estaba en uno de sus mejores momentos, también tenía una zurda mágica, pero sobre todo fantasmal, aparecía de repente en el área, como un espectro, invisible. Se cansó de hacer goles. Fue el ídolo de mi infancia sin ningún tipo de dudas. Lo quebró vilmente el venezolano René Torres, todavía recuerdo su apellido con angustia. Pensar que en Venezuela lo recibieron como a un héroe, su aporte patriótico fue haber fracturado a uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol uruguayo. Lloré como un niño. Lloré una eternidad. El partido había finalizado hacía horas y yo seguí llorando por horas. Eso sólo pasa con los ídolos y el Nando lo era. Una sensación parecida aunque lejana tuve con ese recluso. Quizás en algún lugar seguía siendo ese niño que disfrutaba con los ídolos del fútbol.
A la semana siguiente lo vi nuevamente. No tenía demasiadas expectativas acerca de lo que me iba a encontrar. Se arrastraba, ya no estaba inmóvil, pero parecía un anciano, un jugador retirado. Se expresaba en un lenguaje monocorde y ramplón, su hablar vehemente e incomprensible habían cedido a una presencia fantasmal. Que nada tenía que ver con la presencia fantasmal del gran Fernando Morena. Maradona parecía muerto en vida, sin nada de esa pasión desbordante y loca que ofrecía a quien quisiera hablarle. Me acerqué suavemente y le pregunté casi al oído, como quien ausculta a un moribundo, si aún podía comunicarse con el astro a través de su rodilla. Luego de escuchar sonidos casi incomprensibles de su parte –producto aún del insidioso trabajo de los fármacos-, en un balbuceante y -por qué no decirlo- babeante lenguaje, me dijo:
-A veces se corta, la línea no anda bien, pero sí, se puede.
Maravillosa frase que me sorprendió y me llevó a pensar en la localización de la locura y en su persistencia más allá de la medicación excesiva.
Maradona seguía vivo en él; su locura también. En la medida en que pudiera metabolizar los psicofármacos y pudiera dominar su locura nuevamente, podría seguir subsistiendo en ese infierno llamado cárcel y sobre todo podría volver a jugar al fútbol.
Confieso que me emocioné. Otra vez el genio maradoniano florecía. La alegría que me produjo la asocié con la que sentí cuando el regreso de Morena a la cancha. Volví a tener quince años.
En ese infierno llamado cárcel para Maradona el fútbol y su locura triunfaban.

El diván. (Este cuento inédito iba a salir en ¿Hablamos de amor? ED de la Plaza 2008, cosa que finalmente no ocurrió)

Pablo asociaba libremente. Como tantas otras veces. Discurría, descubría, repetía. 
Recostado en el diván navegaba por un río de palabras. Hasta que de pronto una interpretación cayó como un rayo “… pero es lo mismo que le pasó aquella vez”. 
Toda esa embarcación llamada diván pareció conmocionarse con ese relámpago condensado en pocas palabras. Pablo enmudeció. Advertía que algo de su presente no dejaba de ser una repetición de aquello que le había sucedido hacía tanto tiempo. Aquello que solo podía llamarse “aquello” porque no había palabras para poder darle un sentido.

“Igual que aquella vez, y lo peor es que usted sigue sabiendo que va a pasar y no puede evitarlo”. Así terminó la sesión, breve. Una verdadera escansión a lo más profundo de su ser.

El diván llegó a un puerto inexplorado, uno que no cesaba de no escribirse. En todo ese tiempo había conocido muchos puertos, algunos iguales, otros parecidos, pero nunca uno como este. Algo, por fin, intentaba escribirse.

Pablo se levantó como un boxeador al borde del nocaut. Manteniendo la firmeza, acompañó a la analista hasta la puerta y la miró con la mirada de aquel niño que fue, aunque hubieran pasado ya más de treinta años. Quiso decir algo pero fue imposible.

La analista lo miró, esta vez con una mirada diferente y un pequeño gesto emergió. Le apretó su brazo con su mano. Por unos segundos se confundieron la mano y el brazo. Por un momento esa zona inexplorada y solitaria fue visitada por la analista. Ese gesto, sin palabras y atemporal representó para Pablo algo iniciático. Ese pequeño acto tuvo la certeza de un comienzo.

Pablo se fue a los tumbos. Puso música en sus oídos, encendió el ipod y sonó Coldplay y la canción Lost pareció venir en su ayuda. Mientras sonaban los primeros acordes Pablo lloró como nunca, como no lo pudo hacer a sus siete años. Lagrimas infantiles de un hombre grande. Un llanto guardado en algún lugar que por fin podía salir a la superficie.

En el ipod Chris Martin cantaba:
Solo porque estoy perdiendo
no significa que este perdido
no significa que pararé.
No significa que vaya a cruzar.

Solo porque estoy hiriendo
no significa que este herido.
No significa que no tengo
lo que me merezco
ni mejor ni peor.

Solo me perdí.
Cada rio que intente cruzar
cada puerta que intente estaba cerrada.

Amores secretos (¿Hablamos de amor? Ed de la Plaza)

El señor M no acudía por un duelo, ni por una depresión, ni por un problema de amor.  Ni siquiera consultaba. Fue llevado a un psiquiatra por su cuerpo. Un cuerpo miserable.
No era enclenque, ni anoréxico, ni enfermizamente obeso (ojalá hubiera sido algo de eso); era un cuerpo inconcebible. Quizás la palabra más precisa que lo defina sea aberrante. 
El señor M había consultado por una cuestión menor: una expectoración con sangre. Sin embargo la médica quedó horrorizada al examinarlo.
No pudo finalizar el examen físico, ya que el asco pudo más que los años de experiencia clínica que acarreaba. La piel del señor M revelaba secretos bien guardados, algo del orden de lo monstruoso, algo que iba más allá de toda comprensión lógica.

La doctora decidió derivarlo con urgencia al servicio psiquiátrico del Hospital. Este tipo de indicación clínica es poco frecuente, ya que por lo general, al paciente se le sugiere la posibilidad de que consulte con un psiquiatra, pero en este caso fue conducido directamente a la unidad a cargo del psiquiatra Michel de M’ Uzan.

M’ Uzan era un viejo psiquiatra, con más de treinta años de experiencia en la institución. Los rumores decían que estaba enfermo. Los malos modos, las peleas y el despotismo con los pacientes, en los últimos años, alimentaban tal leyenda.
En el pasado había sido reconocido más allá de fronteras por una extraordinaria intuición clínica.
Quizás era más fácil pensar que estaba enfermo, que reconocer lo que pasaba en realidad: se había cansado de su profesión.
Después de tantos años ya nada lo sorprendía, ni las histerias más floridas, ni las disociaciones de personalidad más llamativas. Era simplemente un hombre cansado, vencido por el peso de la locura que escuchaba diariamente.
La posibilidad de entrevistar a M en otro momento lo hubiera cautivado. Un paciente con este tipo de patología le hubiera generado una curiosidad sin límites; sin embargo, ahora sólo era un trámite.

Cuando se presentó M, M’ Uzan ni siquiera lo miró.
El consultorio psiquiátrico consistía en dos sillas, una mesa y una pequeña camilla contra una de las paredes; era una habitación desolada e inhóspita, como el presente del psiquiatra.
A M pareció no importarle, se sentó y aceptó hablar con M’ Uzan sin contrariedad ni resistencia. Escuetamente y con una frialdad escandinava se presentó como un “verdadero masoquista”, y añadió que quizás sus vivencias podrían ser beneficiosas para otras personas que arrastraran su misma condición.  
Michel de M’ Uzan enfocó su mirada por primera vez en M.  Pareció salir del letargo de los últimos años y se sorprendió por esta revelación que, en el mejor de los casos, no dejaba de ser rimbombante.
Le llamó la atención la falta de emoción del paciente al trasmitir tamaña declaración; a lo largo de su experiencia clínica tuvo oportunidades de ver perversos, pero los que había visto siempre tenían la necesidad de impresionar, cuando no, de angustiar al que escuchaba. Por eso, esta confesión que no tenía ninguna intención de estremecer y que no alimentaba una sola interrogante en torno a la patología que declaraba padecer, no dejó de inquietarlo.
M’ Uzan parecía empezar a interesarse por este hombre-enigma que estaba frente a él.
Desde el punto de vista semiológico M tenía la apariencia y los modales de una persona serena. Pero su cuerpo parecía una zona de guerra. Como una especie de inventario, su piel indicaba con precisión su condición de masoquista.
Un tatuaje trasero transcribía: "Al encuentro de bellas vergas" y lateralmente, con una flecha: "acepto todo "; adelante, además de penes tatuados sobre los muslos, una lista impresionante de groserías: "Soy una puerca", "Soy un maricón", "Viva el masoquismo", "No soy ni hombre ni mujer, sino una puerca, una puta, carne de placer", "Soy un inodoro viviente","Me gusta recibir golpes en todo el cuerpo, pegue fuerte", "Soy una puerca, encúleme", "Soy una puta, sírvase de mí como de una hembra, gozar bien".

El pecho derecho, concretamente, había desaparecido. Fue desgajado antes de ser quemado con un hierro al rojo vivo. Su ombligo estaba transfigurado en una especie de boquete. La espalda exponía un espectáculo aterrador: cortes en toda la superficie la convirtieron en una especie de tela carnosa rebanada, en la que se pasaban eventualmente ganchos para que M pudiera ser colgado mientras un hombre lo penetraba. El dedo pequeño del pie derecho había sido amputado con una sierra para metales. El ano estaba ensanchado "simulando” una vagina.
El cuerpo del señor M no dejaba de asombrar: el aparato genital no había escapado a las torturas sádicas de las prácticas sexuales. Pequeñas agujas fueron fijadas en sus testícu­los, como lo atestiguarían más tarde las radiografías que se le realizaron.

La locura evidenciada en el cuerpo de M provocó a Michel de M’ Uzan una extraña sensación como hacía años no tenía: una extraña revulsión. Ese cuerpo deshecho pareció despertarlo.
¿Por qué alguien, de aspecto tan normal como el señor M, podía ostentar ese horror?, se preguntó.
Se imaginó que con un poco de esfuerzo de su parte, con una pequeña cuota de interés, quizás podría llegar a descifrar la locura de este hombre mutilado.
La enajenación siempre esconde un enigma a resolver. De eso habían dado cuenta sus principales maestros: Kraepeling, Jaspers, Minkoswski, Bleuler, Ey, Freud; sin embargo la locura ya no era un misterio para M’ Uzan.

***

El señor M se vistió y se quedó a solas con M’ Uzan para contar su historia; pero no lo hizo desde una convicción apasionada de su masoquismo y tampoco la refirió como producto de algún avatar de su infancia. Por lo general las biografías de los masoquistas suelen estar teñidas de variables muy reveladoras: familias disociadas o perturbadas, infancias marcadas por fugas, impulsividad, ataques de cólera. Una serie interminable de carencias reales y errores educativos. Sin embargo, nada de esto había ocurrido en la vida del señor M. Su infancia había transcurrido sin ningún sobresalto; nada en la biografía parecía llamar la atención, nada de donde aferrarse para justificar ese cuerpo atormentado.

M empezó con parsimonia a contar su historia, como forma de ofrecer algo a su interlocutor.
No pretendía justificarse y tampoco necesitaba condenar; sólo discurría en un decir raso y distante al hablar de su vida.
El psiquiatra comenzó a darse cuenta de que su paciente no era tan diferente a él. Los dos estaban impasibles frente a la vida, sin demandas, y lo que era peor, sin ningún tipo de expectativas.

M había sido un obrero altamente calificado en radio-electri­cidad y vivía en una casa humilde en los suburbios con una hija adoptiva.
Nada en su existencia parecía interesante. De hecho, si ese día no hubiera concurrido a la consulta hospitalaria, continuaría en el anonimato social. Era uno de esos hombres invisibles; inexistente para los grandes grupos, de esos que puede estar por horas en un lugar sin ser advertido por nadie.
Como dato importante de su biografía se podría nombrar su casamiento. Tenía veinticinco años cuando contrajo matrimonio con su prima. Ella tenía quince. Por supuesto que se conocían de antes, eran familia, se veían en diferentes eventos sociales pero a él nunca le había llamado la atención como mujer. Sin embargo, un día a partir de una conversación trivial descubrió que escondían un elemento en común: el masoquismo.
Su vida en pareja, a los ojos de los demás, aparenta haber transcurrido sin turbulencias a no ser por sus relaciones sexuales.
La forma de vincularse de la pareja tampoco correspondía a lo que podría enmarcarse como una cuestión sado-masoquista: se relacionaba más desde la pasividad en común. Elegían mutuamente imponerse torturas, sevicias y humillaciones por otras personas, siempre hombres, que ocupaban el lugar de sádicos.
Más que una pareja de sado-masoquistas, eran una pareja humillada por un tercero.

Michel de M’ Uzan no lograba encontrar acomodo en su sillón; si bien estaba habituado a escuchar y ver patologías de todo tipo, no podía alejar de sí lo que había visto en el cuerpo de M. Las mutilaciones y los tatuajes parecían representar todo lo enloquecedor que puede albergar el ser humano.
La declaración monótona y distante de M presentaba, para M’ Uzan, la contradicción de una locura desbordada pero al mismo tiempo aburrida. Un ser que demostraba una pasmosa adaptación a la vida. Si por lo menos fuera un delirante, un gozador con el sufrimiento, un reivindicador de una pasión mortífera. No, era un hombre viejo que parecía no comprometerse con lo horroroso de su cuerpo.

Sólo en un momento el señor M pareció quebrarse. Fue cuando habló de la muerte de Clara.
M’ Uzan logró percibir cierta emoción en el entrevistado. M parecía salir de esa robotización insulsa que trasmitían sus palabras cuando hablaba de su esposa.
Al psiquiatra no le quedaron dudas de que el sentimiento por su esposa muerta era lo más auténtico que M había trasmitido hasta el momento.

- Ocho años de casados –dijo M- ocho años de felicidad sin nubes-

Clara parecía haber sido una mujer vigorosa, con don de mando. Seguramente fue ella quien lo inició en las artes amatorias del masoquismo. Pero no pudo resistir los encuentros masoquistas y murió a los veintitrés años.

M’ Uzan encontró una pequeña rendija para poder penetrar en el mundo interno de M. Lo miró a los ojos y directamente le preguntó por la muerte de su mujer:
-¿Usted tuvo algo que ver con la muerte de Clara?-

A M pareció molestarle la pregunta. Luego de reflexionar bastante, se revolvió en la silla y le contó que su mujer había muerto producto de una tuberculosis pulmonar.
El psiquiatra quiso profundizar un poco más.
- ¿Pero usted no cree que su muerte esté relacionada a las torturas a las que se exponía?

M, casi con desgano, le soltó un:
No sé. Murió de turbeculosis-

-¿Pero usted presenciaba cómo la torturaban o no?- deslizó M’ Uzan.

M parecía no entender la pregunta. Solamente refirió que en una ocasión casi muere asfixiado con una bolsa de nylon, al tiempo que observaba cómo su mujer era poseída por un sádico, mientras permanecía suspendida por los senos atravesados por ganchos de carnicería. Esta escena horrorosa era contada sin ningún dramatismo.
M continuó: “la muerte de mi mujer claro que me afectó, estuve un tiempo deprimido hasta que me contagié una tuberculosis pulmonar como ella, pero no morí. Me internaron por dos años en un hospital hasta que salí”.

La cara de M llamaba la atención por su falta de expresividad a diferencia de lo que M’ Uzan había observado en infinidad de perversos, que por lo general suelen impresionar como seres grandiosos y a la vez despreciables, exaltando en su sufrimiento su capacidad de disfrutar del dolor.
Los perversos expresan un placer sádico mientras describen sus tormentosas experiencias.
Nada de esto tenía que ver con el sujeto que entrevistaba por primera vez. M’ Uzan entendió que M no podía relacionar la muerte de su mujer con las prácticas masoquistas. Ni siquiera como el desencadenante principal de su tuberculosis.
No lo hacía por una negación de la realidad o un intento de manipulación; simplemente se dio cuenta de que M no era capaz de relacionarlas. Simple y llanamente eso.
M presentaba diferentes acontecimientos sin relación alguna, diferentes caminos que nunca se cruzaban, como dimensiones paralelas. Esto podía parecer una nimiedad, pero era clave en la estructura de su personalidad.
Nuevamente la brillantez clínica que lo había caracterizado parecía asomar.
M’ Uzan hizo una relectura del caso a propósito de la fragmentación que aparecía en el señor M. La de un individuo que podía ser todo y nada al mismo tiempo.
Entendió rápidamente por qué no se manifestaba la tristeza y la profunda culpa inconsciente, o la rabia y el resentimiento bien propio del masoquista.
Comprendió también por qué no surgía la angustia o fascinación en el interlocutor.
Por un momento a Michel de M’ Uzan pareció volverle la vitalidad de otrora cuando se dio cuenta de que ese hombre no tenía personalidad y se arropaba en trajes que otros le ofrecían: su mujer muerta, su masoquismo o su trabajo.
M desempeñaba a la perfección cualquier papel: podía ser varias cosas y ninguna a la vez.
También podría llegar a ser un paciente; sólo había que pedirle que hablara.
M’ Uzan había comprendido que no podía hacer nada por él; era un camaleón, esperando la demanda para transformarse, entregando su cuerpo si era necesario.

El psiquiatra le dio la mano y lo acompañó a la puerta. M sólo obedeció y se fue sin preguntar cómo seguía esta historia. Se fue de la misma forma que había entrado: vacío.
Michel de M’ Uzan estaba demasiado cansado para internarse en una tarea imposible. Quizás años atrás lo hubiera hecho, pero ahora era muy tarde.

Minutos después, la doctora que había derivado a M ingresó al consultorio del psiquiatra. Seguía desencajada y ahora también angustiada. No podía entender lo que había visto todavía.
Ávida de explicaciones sobre M y su locura, le conminó a Michel de M’ Uzan que testimoniara la suya.
El psiquiatra se levantó de la silla con parsimonia, como la de los elefantes cuando van al encuentro con la muerte.
No era un hombre alto, pero demoró en incorporarse como le costaría a un gigante. Tomó su portafolio y se alejó del lugar. 
Ni siquiera se interesó en mirar a la doctora. No tenía demasiada afinidad con las mujeres, mucho menos con las ansiosas.
Finalmente, cuando parecía que no pretendía dirigirle la palabra, casi con desgano y a modo de susurro, deslizó:
Ese hombre no está enfermo, no tiene un síntoma, no tiene nada de que agarrarse. Es mejor dejarlo así.
Se fue sin despedirse, triste y viejo como siempre.

Amores secretos está inspirado en el texto “Un caso de masoquismo perverso” de Michel de M’ Uzan.
Este caso fue publicado en la revista de psicoanálisis, psiquiatría y psicología: IMAGO (ED. Letra Viva)


Una canción

La miró extasiado cuando entró. Había pensado hasta en una música acorde a la situación, sonaba Sabina y “Peor para el sol”. 
Entró despacio, felina, parecía deslizarse. Lo saludó con una seca frialdad. Él no pudo evitar darle un abrazo. Uno que la envolvía. Eran cuerpos que participaban diferentes en un baile distinto, él bailaba rock y ella electrónica. Abrazos de mundos heterogéneos, unos que parecían no encontrarse nunca. Sin embargo, él no pareció percibirlo. 
Ella se escabulló elegantemente de la bienvenida. Apenas pidió algo mas movido, no le gustaba el madrileño de voz cascada. El frío se instaló en la habitación. Cambió a Tan Biónica y “Pétalos” y ofreció un whisky. Pensó que ese sería un mejor comienzo. Ella camino por la habitación, sin dudas era un territorio morado por un hombre. Faltaba ese toque femenino que puede aparecer en una cortina, en un adorno. Él la siguió, buscó su mirada, había esperado demasiado tiempo, quizás toda la vida. Estaba seguro. 
Ella le pidió por segunda vez otra música. El pensó en algo más comercial y puso a David Bisbal y su “Dígale”. Cuando sonaron los primeros acordes, él se imaginó el comienzo ideal para una noche mágica. Intentó acercarse. Ella ni bien escuchó la voz de buen registro del español puso cara de desconcierto. El poco encanto que quedaba se había ido con los primeros acordes. “No te puede gustar Bisbal”, le dijo, con una voz misericordiosa. 
Él se dio cuenta que había dado un paso en falso. Más que un paso en falso era un camino sin retorno. Cuando quiso reaccionar y poner a Regina Spector y su “Et” ya era tarde. Un beso de despedida fue el acorde final.
“No tendría que haber venido”- dijo. Esas palabras sonaron como una marcha fúnebre. Su perfume Angeo u Demon de Givenchy fue el último vestigio de su partida.

Sobre los videojuegos violentos

Sobre los videojuegos violentos

Ya en otros lados he trabajado el tema de la violencia. Hoy los paradigmas del amor, la familia, la amistad y la moral parecen no tener la presencia en los ideales como antes la tenían y ya no sostienen el discurso de esta época. Y sobre todo muestran en forma cada vez más evidente su ineficacia como patrones normativos reguladores. Se erige entonces un vacío que profundiza los sentimientos de inseguridad y desamparo colectivos, que impactan fuertemente en la construcción de las nuevas subjetividades. Si antes los padres eran los agentes de socialización primarios de los niños, ahora, en cambio, las computadoras, la televisión, la publicidad y los videojuegos asumen la tarea de educarlos.
Hace años, los psicoanalistas franceses Jacques-Alain Miller y Eric Laurent caracterizaron esta época como la del momento del “Otro que no existe”, un tiempo donde la civilización es perfectamente compatible con el caos y donde el límite no es claro.
En este contexto, los videojuegos que propagan la violencia son cada vez más comunes. Hay, por ejemplo, un videojuego japonés llamado Rapelay que “causa furor en el mundo”, que da puntaje por violar mujeres, o Bully, uno donde el protagonista, un alumno de un colegio, tiene que pegarle al vagabundo que vive dentro de la institución o insultar a una compañera. El objetivo del juego es la violencia y el maltrato al otro dentro de la escuela, que pareciera ser lo “divertido”.
Lo que antes podía ser una fantasía, ahora con estas nuevas variables y estimulos, adquiere otra consistencia. La violencia y la diversión se juntan en una dupla que no tendría que coincidir, Freud se refirió a ciertas fantasías que circulan sin demasiada intensidad, hasta recibirlas de determinadas fuentes. Estos videojuegos funcionan como una fuente adicional. Los fantasmas se muestran sin mediaciones y los sujetos se tornan idénticos a sus supuestas inclinaciones pulsionales.
Sería importante que los padres se interesaran en la historia y el objetivo que el videojuego propone. No se trata de que el niño o adolescente no juegue sino de con qué juegue.

Acerca de los síntomas actuales en la infancia


Introducción:

Hace unos días vino una pareja de amigos a mi casa, estaban muy preocupados. Mi amiga muy angustiada contaba como su hijo le confesó que se sentía humillado por sus compañeros de clase. Desde hacía meses estaba siendo víctima de violencia emocional y física. Pequeñas y ocasionales bromas se fueron convirtiendo en desbordes de violencia permanente y feroces: le robaban la comida, lo golpeaban, lo ponían en ridículo, etc.
Mi amiga lloraba desconsolada porque no se había percatado de esta situación que llevaba ya meses. Cuando por fin el niño se lo contó, fueron, junto a su marido, a plantear al colegio lo estaba sucediendo y a exigir respuestas. Habían resuelto cambiar a su hijo de colegio. La reunión se llevó a cabo con las maestras y la directora de la institución. Las autoridades escucharon impávidas y finalmente comunicaron que les parecía correcta la decisión de cambiarlo de colegio, entendían que su hijo no podía convivir con las bromas de sus compañeros ya que de alguna manera era “raro”, ya que no se podía defender de la violencia…
Esta situación que relato no deja de sorprenderme aún, y lo más preocupante es que escucho cosas similares con bastante frecuencia. Miles de cosas podríamos plantear, pero sobre todo de podemos pensar: ¿dónde se ubica la ley?
Nadie podría dudar de que unos de los síntomas más destaca­dos del mundo actual sea el fenómeno de la violencia. Ella se incrementa cada día más. Si bien la violencia ha existido desde los comienzos de la humanidad, nos encontramos frente a los que algunos llaman una "violencia posmoderna", como muy bien lo define Silvia Ons en su libro Violencias[1]. Esta violencia es aquella que se infiltra por doquier y que no tiene límites, una sin fronteras. Hoy vemos asombrados como la crónica roja nos muestra una violencia desbordada: en el futbol, en las casas, en los colegios, en todos lados.
El mundo ha cambiado y con ello las relaciones sociales y los paradigmas: del amor, de la familia, de la amistad y de la moral.  Las instituciones como la familia, las escuelas, la iglesia, que sostenían el discurso de una época, muestran en forma cada vez más evidente su ineficacia como patrones normativos reguladores de estos paradigmas. Se erige entonces un vacio que profundiza los sentimientos de inseguridad y desamparo colectivos que impactan fuertemente en la construcción de las nuevas subjetividades.
Hace años, los psicoanalistas Jacques-Alain Miller y Eric Laurent[2] caracterizaron esta época como la del momento del "Otro que no existe", un tiempo donde la civilización es perfectamente compatible con el caos y donde el límite no es claro.  
El problema de la paternidad en nuestros días:
¡Qué problema para padres y colegios poder lidiar con los niños en este tiempo!
Hoy  invocar al padre como figura que sanciona ya no sirve de nada. Los maestros tampoco pueden corregir a los niños porque corren el riesgo de ser acusados de abusadores. El "vas a ver cuando venga papa", no funciona mas. La función del padre como agente frustrador y sancionador hoy ha sido transformado en padres que son “pares” de sus hijos: amigos, conciliadores, confidentes, etc.
No es que esté mal que los padres puedan ser todas estas cosas, pero también es muy importante que puedan decir “no”, que puedan frustrar a ese niño. En torno a la función paterna se pueden ubicar dos dimensiones del padre; una, donde aparece el padre de la ley que prohíbe y ordena, es el padre que dice “no”. En la otra dimensión el padre dice “si” pero no a cualquier cosa. Se trata de un padre que habilita, uno que introduzca el deseo.
La capacidad de frustrar a los niños por parte de las familias es muy diferente a las de hace diez o veinte años atrás. La familia de la modernidad instauraba en el niño el principio de legalidad a través del padre, quien encarnaba la ley junto con la escuela que continuaba la labor formativa. El pequeño tenía que ser educado, tutelado, pues ahí en el origen, estaba contenido su desarrollo posterior. Actualmente estas instituciones han perdido su poder hegemónico.
Si antes los padres eran los agentes de socialización prima­ria de los niños, ahora, en cambio, las computadoras, la televisión y la publicidad asumen la tarea de educarlos. Los padres trabajan demasiado y los niños tienen la compañía permanente de la computadora, los videos juegos y la televisión.
La idea clásica de la educación tenía que ver con el renunciar a algo propio para conseguir un bien superior, a la pertenencia social y a la cul­tura como instrumento de desarrollo personal. Hoy este modelo parece no dominar, hoy más que nunca aparece la promoción del individualismo. La idea de que cada uno dueño de sí mismo, y que por tanto no tiene que dar cuentas a nadie. Los ideales sociales que respaldaban la función de enseñar parecen no tener vigor, ahora las referencias son otras, por ejemplo, el mercado y el cuerpo y sus objetos de satisfacción. La moral colectiva flaquea, lo que predomina es el mandato indivi­dual que se orienta por la búsqueda de esa máxima satisfacción. Los objetos de consumo están hoy en primer lugar para los niños.

La problemática del padre en la actualidad la podríamos observar en la figura paterna más popular: Homero Simpson. Una pregunta se impone permanentemente en la serie de tv: ¿qué significa ser padre?
Para comenzar con la problematización del concepto padre es importante abordar primero, aunque más no sea de una manera sucinta, las discontinuidades que se han presentado con la noción de padre a lo largo de la  historia. En los comienzos de la cultura occidental, la situación del padre era bastante diferente a la actual. Ser padre no remitía a un hombre que procreaba un hijo con una mujer, sino que señalaba una figura social, una función jurídica y comunitaria. En Roma, por ejemplo, el padre era aquel que reconocía jurídicamente, por medio de su palabra, a un niño como hijo suyo. Por su única voluntad podía matarlos o venderlos, ni que hablar de castigarlos. Su facultad era tan amplia que en los primeros tiempos del Imperio Romano, el padre podía disponer totalmente de los bienes de sus hijos. También tenía la facultad de abandonarlos. El hijo abandonado podía vivir junto al que lo recogiera como hijo o esclavo. La potestad sobre los bienes de los hijos era total, ya que existía un solo patrimonio familiar donde el padre era el titular.
La Edad Media traerá algunos cambios con relación a la autoridad paterna, por un lado el padre además de transmitir bienes materiales (como ocurría en el pasado) también comienza a legar insignias simbólicas, más precisamente su apellido.  A partir del siglo XI, el padre donará a su hijo un nombre y un apellido escribiendo así una filiación.
El otro cambio fundamental que acontece en este tiempo es la influencia que comienza a tener la Iglesia. La religión católica con su poder y su legislación promoverá un cambio esencial: ya no es la voluntad propia lo que constituye a un hombre como padre, sino que lo es con relación al matrimonio. Padre será quien engendre hijos dentro del matrimonio. La condición de la paternidad así como el ejercicio de la sexualidad quedará encuadrada y reglamentada por este sacramento. Desde entonces, todo hijo nacido fuera del matrimonio se convertirá en un bastardo.
El universo del la Edad Media se llenará de padres terrenales, de padres de la Iglesia, de Santos Papas, pero sobre todo de un Santo Padre: Dios.
Lo que comenzó y se desarrolló en la Edad Media se establecerá de manera definitiva en los siglos XVI, XVII y XVIII.  El padre aparecerá sosteniendo la autoridad en la familia, pero también como representante de Dios. Para el cristianismo, la paternidad es una investidura que le otorga un poder avalado por Dios. El padre quedará asociado a una función sagrada; convirtiéndose en portador de su palabra.
El cambio radical a este modelo se consolidará el 21 de enero de 1793 con la revolución francesa. La guillotina terminará con un modo político y social de gobernar el Estado, pero también con una forma de concebir la paternidad. El padre, a pesar de conservar prerrogativas perderá su lugar de rector y de comandante supremo y pasará a ser un personaje limitado por leyes. El Estado se erigirá, entonces, como juez, guía y garante ya no del padre sino de los hijos; ya no velará por los derechos del padre sino por sus obligaciones.
Una nueva sociedad surge, transformando la forma de vida. Balzac lo escribe claramente: “cortando la cabeza del Rey, la República ha cortado la cabeza de todos los padres. No hay más familia hoy, sólo hay individuos”.
A partir del siglo XIX, el padre ya no responde, es la autoridad estatal quien velará porque el padre cumpla sus deberes y sancionará sus excesos y carencias.
El siglo XX, con las guerras mundiales, traerá padres degradados, padres arrancados de sus labores y de sus  hogares para partir al frente de batalla. Lo presente será la ausencia. Además de las guerras, del capitalismo extremo surgirán padres marcados por exilios económicos y políticos, los campos quedan vacíos de padres y las ciudades se llenan de hombres solos  buscando una oportunidad para sus familias.
Todas estas cuestiones del siglo produjeron una nueva figura del padre: un padre ausente.
El mito edípico, que representa a la figura del padre como encarnando la ley, cuya palabra podía prohibir y distribuir, restablecer una ley sobre el goce, ya no funciona como modo de situar una prohibición.
Homero Simpson representa la paternidad perdida en la actualidad, esa autoridad que ya no está claramente definida. Homero carece de todo interés espiritual e intelectual. Dedica la mayor parte de su tiempo a mirar televisión, comer y beber. No representa de la mejor manera el papel de padre: despreocupado de la vida en general y de sus hijos en particular. Simplemente obedece sus impulsos. En definitiva, un padre con serias dificultades de encarnar la función paterna.

Dos sintomatologías relativamente reciente se han impuesto en los colegios y en las consultas psicológicas: el bullying y el trastorno por déficit atencional.

a)       Bullying:
Al declinar la función del veto paterno nos encontramos con los vaticinios del psicoanalista Jacques Lacan: cada vez más patologías del acto, violencias, sujetos en conflicto con el orden público. La violencia y la incomunicación estallan a una escala nunca vista. Nos confrontamos así con sujetos agentes de síntomas sociales pero que no se verifica un síntoma subjetivo, en tanto para serlo es preciso creer en él. No tiene  “insigth”  dirían los psicólogos. El debate actual sobre el llamado bullying, no deja de reflejar lo que estamos diciendo.
El bullying no es un fenómeno reciente, si bien se ha incrementado dramáticamente en la última década. La violencia, a través muchas conductas en el colegio o escuelas,  se sitúa, también, como respues­ta a un cierto declive de la imagen social de la autoridad (maestro, padre), que da paso a una lógica de red y a una victimización horizontal. Ante el riesgo de convertirse en víctima, hay que situarse en el otro bando, como acosador y/o como espectador mudo. Esto es lo que se ve frecuentemente: niños que se ubican como espectadores mudos de la violencia que algunos le ejercen a algún compañero, o callar y aplaudir para no convertirse en víctimas, ellos también. Por ello, el bullying plantea siempre un ternario formado por el agresor, la víctima y el grupo de espectadores.

b)      Trastorno por déficit de la atención
El Trastorno por Déficit de la Atención (conocido como ADD por sus siglas en inglés) es un síndrome que ha cambiado de definiciones a través de la historia. Las primeras descripciones clínicas de la falta de concentración e hiperactividad datan de 1902 y se conceptualizaron como “defectos en el control moral”. Años después, en la década de los sesenta, se habló de “Disfunción Mínima Cerebral”, “Hiperquinesis” o simplemente como el “Síndrome del Niño Hiperactivo”.
En 1980 con la aparición en los Estados Unidos del Manual de Diagnóstico y Estadística III (DSM-III), se define por primera vez como “trastorno por Déficit de la Atención”  y luego versiones más modernas lo definieron como “Trastorno por déficit de la atención con hiperactividad”.
El DSM IV[3] define al trastorno por déficit de atención con hiperactividad como:
“un patrón persistente de desatención y/o hiperactividad-impulsividad, que es más frecuente y grave que el observado habitualmente en sujetos de un nivel de desarrollo similar. Algunos síntomas de hiperactividad-impulsividad o de desatención causantes de problemas pueden haber aparecido antes de los 7 años de edad”.

Las características que plantean, tienen que ver con dos indicadores concentrados en la falta de atención y en la hiperactividad:
Desatención
(a) no presta atención suficiente a los detalles o incurre en errores por descuido en las tareas escolares, en el trabajo o en otras actividades
(b) tiene dificultades para mantener la atención en tareas o en actividades lúdicas
(c) parece no escuchar cuando se le habla directamente
(d) no sigue instrucciones y no finaliza tareas escolares, encargos, u obligaciones en el centro de trabajo (no se debe a comportamiento negativista o a incapacidad para comprender instrucciones)
(e) tiene dificultades para organizar tareas y actividades
(f) evita, le disgusta o es renuente en cuanto a dedicarse a tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido (como trabajos escolares o domésticos)
(g) extravía objetos necesarios para tareas o actividades (p. ej., juguetes, ejercicios escolares, lápices, libros o herramientas)
(h) se distrae fácilmente por estímulos irrelevantes
(i) es descuidado en las actividades diarias
Hiperactividad
(a) mueve en exceso manos o pies, o se remueve en su asiento
(b) abandona su asiento en la clase o en otras situaciones en que se espera que permanezca sentado
(c) corre o salta excesivamente en situaciones en que es inapropiado hacerlo (en adolescentes o adultos puede limitarse a sentimientos subjetivos de inquietud)
(d) tiene dificultades para jugar o dedicarse tranquilamente a actividades de ocio
(e) suele actuar como si tuviera un motor
(f) habla en exceso
Impulsividad
(g) precipita respuestas antes de haber sido completadas las preguntas
(h) tiene dificultades para guardar turno
(i) interrumpe o se inmiscuye en las actividades de otros (p. ej., se entromete en conversaciones o juegos)

El problema que genera esta clasificación, es que todo niño que pudiera manifestar una dificultad para sostener la atención o el control de los impulsos o revelar a una actividad excesiva, plantearía la posibilidad de padecer un DDA.
Necesariamente esta nueva forma de mirar los patrones de conducta desde la psiquiatría americana (léase mundial) puede llevarnos a pensar en una verdadera pandemia, ya que muchísimos niños poseerían estas características.

¿Qué es la Ritalina?
La Ritalina es el nombre comercial de un compuesto derivado de la familia de las anfetaminas: el metilfenidato.
El metilfenidato es un estimulante del sistema nervioso central. Su mecanismo de acción en el ser humano no se ha dilucidado por completo, pero se presume que  ejerce su efecto estimulando el sistema activador del tronco cerebral y la corteza. Científicamente, aun no se ha determinado claramente el mecanismo por el que el fármaco produce sus efectos sobre la mente y la conducta de los niños, pero los estudios empíricos concluyen que el metilfenidato logra que el sistema nervioso priorice la información, mejorando el paso de adrenalina y noradrenalina (neurotransmisores comprometidos con la función de atender) entre las neuronas.
También desde lo empírico se comprueba que sus efectos farmacológicos son muy similares a la metanfetamina o la cocaína: aumenta la capacidad de atención, genera una sensación de euforia, in­crementa los niveles de energía a corto plazo y permite una con­centración mayor. Sin embargo, la Ritalina controla la hiperactividad durante un tiempo (entre dos a cuatro horas) pero no lo logra a largo plazo.
Algunos médicos advierten que puede resultar adictiva en la adolescencia y puede tener como efectos colaterales el insomnio y la anorexia. Diferentes estudios desaconsejan el metilfenidato en caso de niños con tics porque algunos pueden agravarse, originando una forma extrema que es el Síndrome de Gilles de la Tourette[4] y plantean que es riesgoso en niños psicóticos pues incrementa la sintomatología.
También hay estudios que confirman retardo en el crecimiento. Por esa razón los médicos que recetan Ritalina a los niños recomiendan dejar de tomar el fármaco por algún tiempo.
En dosis bajas, no pa­rece crear una adicción tan intensa como la cocaína, pero en dosis más altas sus efectos pueden ser similares.

El profesor William Pelham, de la Universidad de Buffalo, comentó: "Creo que en el primer estudio realizado a fines de los ‛90 exageramos el impacto beneficioso de los medicamentos. Y también vimos que no hubo efectos beneficiosos. ".[5]

¿Hablamos de una pandemia?
Según la revista inglesa “New Scientist”[6], el uso de Ritalina es uno de los fenómenos farmacéuticos más extraordinarios de nuestro tiempo. A principios de este siglo los estudios realizados atestiguaban que cuatro de cada veinte niños eran medicados con Ritalina en las escuelas de Buenos Aires, Santiago de Chile, Rio de Janeiro, San Pablo y Porto Alegre.
Según un estudio que realizó la Oficina de Seguridad de Drogas de la FDA (la agencia norteamericana de control de medicamentos), en Estados Unidos más del nueve por ciento de los varones de doce años y casi el cuatro por ciento de las niñas están medicados con Ritalina. El mismo estudio indica que quince millones de estadounidenses están diagnosticados como trastorno por déficit atencional con hiperactividad.
Durante los años noventa, en Argentina, el diagnóstico de trastorno por déficit atencional con hiperactividad se extendió como una epidemia en sectores medios y altos del país, siguiendo la misma tendencia que en Estados Unidos. Cada país tiene un cupo de importación de metilfenidato acordado con la Junta Internacional de Control de Narcóticos de la ONU (Organización de las Naciones Unidas). El de Argentina, por ejemplo, es de 60 kilogramos por año.
En el año 2003 Argentina importó  23,7 kilogramos de metilfenidato; un año más tarde se importaron 40,4 kilogramos, según informó la agencia nacional de control de medicamentos.
En el 2005, los laboratorios importaron 49,5 kilogramos de metilfenidato, más del doble que dos años atrásEn el 2007 los siete laboratorios que comercializan el fármaco solicitaron autorización para traer al país una cantidad superior a los 80 kilogramos.

Uruguay
En el 2001 la importación de metilfenidato en Uruguay llegaba a los 900 gramos. Mientras que en el año 2002, alcanzó los 4.500 gramos.
En el 2003 la cantidad se duplicó, llegando a los 9.180 gramos. Y en el año 2007 se alcanzó a un récord absoluto: casi 17.000 gramos.  En definitiva en 6 años la importación del fármaco se multiplicó por dieciocho.
El experto uruguayo Enrique Ortega Salinas, autor de varios libros, entre ellos el recientemente publicado "Inteligencia extrema"[7], indicó al diario  “La República”[8] que:
"El aumento de la importación de Ritalina tiene mucho de negocio y más de irresponsabilidad, prejuicios; insensibilidad de algunos e ignorancia de otros". El especialista explicó que algunos niños con un coeficiente intelectual alto suelen ser revoltosos e incumplidores. "Para que el niño se adapte al sistema le practican una especie de lobotomía, provocada por esta droga, y aquel que antaño tenía brillo en sus pupilas ahora tiene ojos opacos, perdidos".
El 24 de abril del 2009 el Tribunal de familia obligó al Ministerio de Salud Pública a ejercer más control sobre el metilfenidato y a llevar un registro de esa droga en los centros de salud públicos y privados a los efectos de establecer una verdadera política en esa área. 
El tribunal entendió que las omisiones del MSP en el control de esta droga vulneraban los tratados internacionales suscritos por Uruguay, así como el derecho a la vida, a la salud y a la “protección especial” de la infancia, consagrados en la Constitución de la República.
De acuerdo con esa sentencia, mientras que las cifras indican que el 5% de los niños en el mundo sufren de Trastornos por Déficit Atencional con Hiperactividad en Uruguay es del 30%. Si esto es cierto, Uruguay sufre una epidemia de proporciones verdaderamente estremecedoras.
El problema del déficit de atención para los adultos y en los adultos
Asistimos a un tiempo donde el campo de la singularidad trata de ser aplastado por los manuales médicos y sus tablas de síndromes y trastornos, uniformizando una gran variedad de fenómenos clínicos dispares.
No hay dudas que cualquier síntoma psíquico implica sufrimiento. En el caso del niño, además, no está ajeno a su entorno inmediato. Muchas veces su sintomatología está directamente ligada a la angustia o inquietud de los padres. 
Cuando se medica con Ritalina a un niño diagnosticado con un Trastorno por Déficit Atencional con o sin Hiperactividad conviene preguntarse qué es lo que se está medicando.
La medicación a veces congela definitivamente la posibilidad que ese sufrimiento psíquico pueda ser desplegado; y el niño queda en un lugar de objeto. La Ritalina tiende a obturar la capacidad de interrogación de los padres en torno a lo que aparece designado como sintomático en sus hijos. Su cuerpo pasa a ser objeto de la medicación, o de la aplicación de diferentes dispositivos. De esta manera se silencia su demanda mientras se cree estar aliviando un síntoma.
El metilfenidato puede producir un doble silenciamiento. Por un lado en el niño, ya que su demanda se agota en la administración de pastillas. Y por otro, el silenciamiento hacia los padres ya que permanecen en una posición de no saber respecto de todo aquello que los implica en la problemática de su hijo.
No se trata de una postura contra la medicación, es claro que muchas veces es necesaria cuando no imprescindible la administración del fármaco. El problema es que corremos el riesgo de la cronificación de la medicación como respuesta.
Los efectos que produce esta visión “biologizada” de la realidad es el apuntar exclusivamente a una modificación de la conducta del niño, en lugar de apoyar al despliegue sintomático que permita entender sus causas.
La tos, por ejemplo, es un síntoma; nadie toma a esta manifestación clínica como una enfermedad en sí misma; se puede tener ese síntoma y tener angina, bronquitis, neumonía o alergia. Hay que leerla, interpretarla para conocer de qué se trata. Con el déficit atencional no ocurre lo mismo. La desatención, la hiperactividad y la impulsividad, no son leídas como manifestaciones que integran una singularidad, sino como elementos determinantes de un trastorno irreversible e incurable. 
El lugar del síntoma en la estructura
Edward Hallowell y John Ratey declaran en su libro “Controlando la hiperacti­vidad”[9] que el cuerpo médico una vez que comprende la naturaleza de este sín­drome, tiende a verlo en todas partes.
Francis Fukuyama, en la actualidad es miembro del Consejo Presidencial sobre bioética de los Estados Unidos de América, escribe en el “Ensayo sobre el fin del hombre”[10]:
“… el trastorno por déficit atencional con hiperactividad no es una enfermedad, sino más bien el extremo de la curva estadística que describe la distribución del comportamien­to normal. Los humanos jóvenes, y en especial los niños, no han sido diseñados por la evolución para permanecer sentados ante un pupitre durante horas seguidas, escuchando a una profesora, sino para correr, jugar y desarrollar otras clases de actividad física. Que les exijamos, cada vez más, que permanezcan senta­dos en las aulas, o que los padres y profesores tengan menos tiempo para realizar con ellos tareas interesantes, es lo que crea la impresión de que existe una enfermedad que se está exten­diendo.
(…) La política de la Ritalina es muy reveladora acerca de nuestra in­suficiente comprensión del carácter y la conducta, y nos ofrece un anticipo de lo que acontecerá si, en efecto, la ingeniería genética —con su potencial infinitamente mayor para perfeccionar el com­portamiento— se hace realidad. Aquellos que creen padecer trastorno por déficit atencional con hiperactividad suelen aferrarse con desesperación a la idea de que su incapacidad para concentrarse o rendir en alguna faceta de la vida no obedece, como se ha dicho a menudo, a una cuestión de debi­lidad de carácter o de falta de voluntad, sino que viene determina­da por una condición neurológica.
Es comprensible, desde luego, que unos padres agobiados o unos profesores saturados de trabajo quieran hacer su vida más fácil tomando un atajo médico, pero lo que es comprensible no siempre se corresponde con lo que es correcto”.
Es importante remarcar que, sin duda, existen niños con dificultades de concentración y aprendizaje, tanto en la casa como en la escuela. La cuestión es ¿cómo entenderlo? y ¿cómo responder frente a estos cuadros?
El trastorno por déficit atencional con hiperactividad no dice nada de los sujetos que portan ese malestar. Posee una significación vacía.
Parece exagerado que todos los niños que presentan una manifestación de "inadaptación social" tengan problemas neurológicos.
La Ritalina aplasta al síntoma y lo transforma en un trastorno. 
Más allá de todo lo planteado no podemos desconocer que el fenómeno del déficit de atención es evidente. Si hablamos de un porcentaje tan grande de niños que está diagnosticado con este trastorno, estamos hablando de un síntoma que articula la problemática individual con lo social.
Para los psicoanalistas, se trata entonces de situar el problema en términos de localizar en cada caso cuál es la estructura del niño, cuál es su posición subjetiva y como juega en su universo familiar eso que lo aqueja.
Si podemos pensar el problema de la atención, la impulsividad y la hiperactividad como producciones subjetivas particulares del niño, y no como un problema universal, quizás podamos comprender lo específico del déficit de atención con hiperactividad en cada singularidad.
Un caso clínico para ayudarnos a entender: “árbol con hojas pegadas”[11]

“Una señora pide una entrevista por indicación del psicólogo escolar. Su hijo de siete años ha comenzado el segundo grado de la primaria y no aprende. En las condiciones en que se encuentra, repetirá. Se presentan a la entrevista el padre y la madre y me informan acerca del niño. Tomo nota de la información que me proporcionan y les propongo una cita para el niño y posteriormente una nueva entrevista con ellos.
El informe del psicólogo escolar diagnostica DDA, con las siguientes características: ‛No presta atención. Incurre en errores. No mantiene la atención ni en actividades lúdicas. Parece no escuchar. No cumple las instrucciones. No finaliza las tareas. No se sabe organizar. Está permanentemente distraído. No aprende’.
Con este informe, el pediatra ha indicado medicar con Ritalina y consultar a un psicólogo. Los padres se resisten a someter al niño a medicación. Han comprado la Ritalina, pero los efectos secundarios indicados en el prospecto los atemorizaron.
A la entrevista siguiente llega el niño con su madre. En la sala de espera me presento al niño y lo hago pasar a la consulta. Me explica que tiene los bolsillos llenos de hojas de árboles que fue recogiendo por el camino, ya que la maestra las pidió para un trabajo a realizar en clase.
En la consulta he dispuesto juguetes y materiales tales como hojas de papel, rotuladores de colores, tijeras, pegamento y plastilina. Al verlos el niño se inclina y comienza a jugar con los cochecitos, para luego ir probando cada uno de los juguetes. Finalmente toma los lápices, se da la vuelta y me pregunta: ‛ ¿Puedo pintar?’. ‛Sí, puedes pintar.’ Dibuja un árbol sin hojas. Se queda mirando el dibujo y comienza a sacar hojas de sus bolsillos. Se da vuelta con una barra de pegamento en la mano y me pregunta: ‘¿Puedo pegar?’. ‘Sí. Puedes pegar.’ Pasa la barra de pegamento por donde ha dibujado las ramas del árbol, va seleccionando hojas y las pega. Se queda mirando lo que ha hecho y, señalando con el dedo, me dice: ‘Pero estas hojas no son de este árbol’.
La entrevista ha durado veinte minutos. Le hago saber que sus padres lo tendrán al tanto de próximas entrevistas. Al día siguiente tengo entrevista con los padres. Les pido que me relaten la historia del nacimiento del niño. La señora mira azorada a su marido. Se han puesto nerviosos. La madre, con voz temblorosa, dice: ‘Este niño es adoptivo’. ‘Eso es lo que ha motivado mi pregunta’, les aclaro. ‘Pero nadie lo sabe –continúa la madre–. Nos organizamos para que una mujer embarazada que no quería tener el niño me lo cediera y para que un obstetra certificara que lo había parido yo. ’
‘El niño lo sabe”, respondí. Les expliqué que este saber del niño era inconsciente y me lo había trasmitido a través de los dibujos. Les di mi opinión: ‘El niño se ha hecho cómplice inconsciente. Nadie debe saberlo. El tampoco debe saber. Para no saber, no debe aprender’.
‘¿Y esto cómo se soluciona? ’, preguntó el padre. ‘Contándole al niño su verdadera historia’, respondí. Ella se puso a llorar diciendo que no podía hacer eso, que iba a traer problemas, que no se sentía en condiciones de enfrentar la situación. La invité a tener entrevistas individuales para que pudiera entender qué le impedía enfrentar la situación, y también seguir teniendo entrevistas con el niño.
Al cabo de un tiempo, el niño comentó en sesión la historia de su origen, del que había sido informado por sus padres. No manifestó ningún tipo de reacción negativa. Aprobó el primer trimestre y la jefa de estudios notificó a los padres que los obstáculos en el aprendizaje habían sido superados, que el niño había cambiado radicalmente de actitud y que ya no había riesgo de repetición de curso.”

Final
El pedagogo francés Philippe Meirieu señaló tres condiciones indispensables para que un dispositivo pedagógico cumpla su función:
a)       Tiene que conformarse un espacio sin amenazas.
b)       Poder constituirse en un lugar en donde el ni­ño pueda aliarse con un adulto contra todas las formas de adversidad y de fatalidad.
c)       que debe ser rico en ocasiones y estimulaciones.

Algunos sistemas escolares se están dando cuenta de esto y están empezando a fomentar estas cuestiones a partir de una colaboración fuerte entre institución-padre. Es fundamental que los padres y las instituciones educativas tengan un norte claro a donde apuntar con los niños, favoreciendo el lazo social entre ellos, pudiendo también decir “NO”, eso tan importante en esta etapa constitutiva del ser humano. Para eso es imprescindible entender que el niño es portador de una singularidad, de una historia única e irrepetible que lo hace un ser particular en el mundo.



[1] Ons, S. (2011): Violencia/s, Buenos Aires, Paidós.
[2] Miller, J.-A. y Laurent, E. (2005): El Otro que tío existe y sus comités de ética, Buenos Aires, Paidos, págs. 9-29 (trad.: Nora González).
[3] DSM IV TR “Manual diagnostico y estructuras mentales”, ED Masson, Barcelona, 2005
[4] El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico caracterizado por movimientos repetitivos, estereotipados e involuntarios y la emisión incontrolable de sonidos vocales (tics).
[5] Reportaje realizado en la BBC de Londres
[6] http://www.newscientist.com/
[7] Ortega Salinas, E., "Inteligencia extrema", ED. Cruz del sur, Uruguay, 2008.
[8] http://www.larepublica.com.uy/comunidad/300365-a-clases-con-lapiz-goma-cuaderno-y-una-pastilla-para-los-nervios
[9] Hallowell y Ratey, “TDA Controlando la hiperacti­vidad”, ED Paidós, Madrid, 2008
[10] Fukuyama, F., “El fin del hombre. Consecuencias de la revolución biotecnológica”. Ediciones B, Barcelona, 2002

[11] Caso clínico de la psicoanalista Marta Davidovich tomado del diario argentino “Página 12” (www.pagina12.com.ar)