Una habitación mirando al cielo


El cuarto de hotel era uno más de tantos, impersonal, una cama grande, un plasma, un decorado sin gusto, una pequeña heladera que ofrecía chucherías. En suma, bastante vulgar, sin un solo detalle para recordarle a excepción de un inmenso ventanal. Parecía ser un piso alto. No se veían otras construcciones desde allí, apenas un cielo diáfano, sin nubes, pero con un color que le daba cierto toque de irrealidad.
Ella llegó con su elegancia tímida, parecía salida de una novela de amor, de esas que las mujeres protagonistas son enigmáticas. El pelo revuelto, su ropa formal, su mirada inteligente, piernas largas y una dulzura distante. Daba la sensación de haber tenido una infancia diferente a otras niñas de su edad, de costumbres e intereses distintos. Lo decía su ropa, su andar y en la forma que le dijo “hola”. Una voz tenue pero con una convicción que llamaba la atención.
Él la esperaba impaciente. Seguía pensando en un cuento que no podía terminar. Se trataba de un poeta que escribía mientras hacía el amor, solo en ese momento podía crear cuentos excepcionales. La idea le parecía brillante, pero se quedó en eso, en la frase, se imaginaba un cuento semi-fantástico cargado de erotismo, pero no avanzaba más de ahí.
Ella estaba nerviosa y se sentó en el borde de la cama. Él a su lado. Quisieron hablar de algo intrascendente pero no pudieron, rápidamente se dieron un beso dulce, pequeño, como si fueran dos niños. Los dos no sabían demasiado que hacer. Poco a poco se fueron liberando, primero sus ropas, luego sus culpas.
El ventanal de la habitación, parecía mirar al cielo, un cielo que parecía salido de un cuadro con un celeste irreal con un sol que pegaba a pleno en los vidrios, generando una textura de claridad renacentista. Parecía un cuadro de Miguel Ángel. Los amantes hicieron honor a esa luz extraordinaria que ingresaba a raudales.
La luz se incrementaba en la ventana. Él ya no pensaba en nada, solo sentía, y eso era bastante poco frecuente. Su preocupación sobre cómo seguir con el cuento, cuestión que lo atormentaba desapareció por completo. Podía dejar de pensar.
La relación de esos dos cuerpos salvajes e infantiles, parecían convertirse en un cuento erótico, digno de las mejores escenas de los clásicos, podría ser de García Marquez, de Vargas Llosa y hasta del mismísimo Vladimir Nabokov.
Explotaron de placer… casi hasta desaparecer
La habitación resplandeció de luz, el sol daba a pleno en el medio del ventanal y sus rayos invadían todo. Una escena fantástica en un universo fantástico.
El tiempo pareció detenerse. Pasaron a ser parte de una ficción, donde todo era atemporal. Se trataba de uno de los mejores cuentos jamás escritos. Otra mujer y otro hombre empezaban a surgir, lejos de la cotidianeidad y cerca de la ficción.
Parecían conocerse desde hacía una vida, desde hacía novelas atrás. Danzaron rítmicamente, se cuidaron, se esperaron, se extasiaron.
La habitación rápidamente decreció en intensidad, se fue la luz brillante, los olores, los gemidos, las palabras…
Cuando al rato, la empleada del hotel pasó a limpiar la habitación, toco la puerta y nadie atendió. Entró como siempre, aunque tenía una idea vaga que había visto entrar a una mujer a esa habitación hacía un rato. Miró el cuarto, no había nadie, solo un papel en el suelo. Se acercó y lo tomó. Le llamó la atención porque el papel parecía arrojar una luz particular. Se trataba de un cuento sobre un poeta que escribía mientras hacía el amor.
El cuento tenía un principio y un final.
La empleada se dispuso a leerlo al costado de la cama y se olvidó del mundo.

Terrorismo

Estos tiempos han traído una modalidad de violencia, que si bien siempre existió, se manifiesta por doquier: los atentados terroristas. Momento de inflexión en donde se produce la irrupción masiva de un real.
Estos atentados violentos se provocan en cualquier lugar y sin aviso previo, esa es su principal característica. Son de alguna manera una nueva manifestación de la pulsión de muerte, una de tantas. Esta, se revela en un acto loco y repentino donde no está en juego el lazo con el otro, ya que el Otro del terror no hace ninguna demanda. 
No se trata de un enemigo predeterminado, todos podemos ser eventualmente blancos posibles. Basta estar en el momento y en el lugar equivocado para pertenecer al campo de las víctimas. Un campo donde se pierden las singularidades, ya que la masividad de la muerte cobra protagonismo. Miquel Bassols en su impresionante texto llamado “Las Ramblas” (2017), dice que “el acto asesino y masivo, gobernado por el imperativo loco del Uno absoluto, iba dirigido, fundamentalmente y con toda certeza, a anular de manera indiscriminada toda esta diversidad de nombres y apellidos, de historias escritas y por escribir, de singularidades diversas de los seres que hablan”.
La cruel y horrorosa paradoja del grito desesperado en forma de bomba, o furgoneta que justamente desconoce de un lazo que lo contenga, que hace que cada uno vaya en dirección a su plus de goce sin poder apoyarse en los discursos ya existentes; “en nombre del Uno absoluto se puede mercadear con lo real de la muerte y anular la singularidad de cada muerte, de cada ser que habla, incluso de la propia muerte para seguir viviendo sin querer saber nada de ella” (Bassols, 2017) . 
Eric Laurent plantea que los sujetos se identifican cada vez menos con sus historias familiares, en su lugar surgen las comunidades y los pactos sociales que se fundan sobre nuevas formas de autoridad. Pero paradójicamente a mayor sometimiento al Ideal, mayor es el extravío, llegando de la obediencia absoluta hasta el sacrificio personal. Laurant enfatiza que el estado de excepción prolifera y extiende esta tensión entre el vacío del Uno y su implacable retorno superyoico y los fenómenos que trae aparejado las exigencias del goce. Los atentados terroristas suicidas son el ejemplo apropiado.
Podríamos pensar al terrorismo como un nuevo discurso, en tanto vínculo social, pero que carece de sentido; uno donde la pulsión de muerte no remite a ningún sentido más allá, remite solamente al goce, inútil en sí mismo. Una respuesta, un síntoma de algo que no anda en lo social.