Lo singular de la cura


¿De qué se trata lo singular de un análisis? De un encuentro, artificial, programado en la existencia de un sujeto. De un lugar cálido, a veces inhóspito, donde un analista nos espera sesión a sesión para orientar a desplegar aquello desconocido y poder producir un escrito de su singularidad. Se trata, como plantea J–A Miller " de que el analista con su presencia, encarna algo del goce, la parte no simbolizada del goce. (…) y de la que se puede decir que el testimonio es la presencia del analista en carne y hueso. (…) El analista está a título de su encarnación y no del saber que tendría, del saber inconsciente del sujeto”.
Se trata, entonces, de un lugar diferente, no del encuentro entre dos personas, ni del vínculo entre ellas. Se trata, el análisis, de un viaje, de uno orientado por lo real como brújula, en un mar llamado goce, de cual muchas veces preferimos no reconocer y que termina, por lo general, en un puerto insospechado. De eso se trata la aventura psicoanalítica, de aquello de lo más genuino que se obtiene: de un saber que no existe.
Se pide un análisis porque se sufre, porque algo se rompió en el funcionamiento que le permitía al sujeto, hasta ese momento, una homeostasis con el entorno y con él mismo. Algo ha devenido imposible de soportar, y ese imposible tiene un nombre: lo real, real que el sujeto experimenta como síntoma y como angustia.
Esto es el punto de partida en este viaje. El analista, quizás lo más cercano a un capitán, no sabe mucho tampoco del puerto a desembarcar, pero dispone para funcionar como tal de la transferencia, esa que está en marcha a partir del llamado sujeto supuesto saber. Allí navegará con los vientos del enjambre de los significantes que el analizante proporciona, que no cesan de articularse entre sí, y producen sentidos de los que fundamentalmente se goza. El fantasma, quizás el barco en esta historia, es el libreto con el que se metaboliza lo real que le sale al paso, eso que está siempre en el mismo lugar, en los diferentes síntomas del sujeto y es, también, lo que orienta su deseo.
Se navega en los mares de la singularidad, por suerte, mares únicos, imposibles de clonar, a diferencia de los planteos modernos de las neurociencias, que describen mares globalizados, con analistas uniformizados y protocolizados, de pacientes sin palabras y de puertos únicos.
El acto del analista, dirige la cura, tripula el navío, en sus múltiples formas: silencio, puntuación, subrayado, escanción e interpretación. Formas que toma el analista para que ese barco no pierda la brújula, la dirección de la cura. Lacan decía: “que el analista sin duda dirige la cura, pero no debe dirigir al paciente”
El analista introduce sobre la cadena asociativa acentos y subrayados allí donde el analizante no los pone: tira del hilo, impulsa a la producción, ya sea para marcar un límite a un goce del blabla que no va a ninguna parte, ya sea para resaltar un efecto de verdad, o una significación novedosa que produce efectos inesperados. En definitiva la ruptura del sentido, aquello que el analizante no sabía en lo que decía en su decir.
Pero, en ningún caso, se trata de una explicación para el yo del analizante, nunca se alimenta el sentido. No hay rumbo fijo en este viaje, no hay una ruta predeterminada por los ideales. Eso sin duda es una ruptura muy clara con las psicoterapias y sobre todo con las terapias actuales.
Toda autobiografía es una autoficción indica Jacques A Miller. El analizante construye y constituye una ficción en la que habita. De eso habla y de eso sufre, pero no por eso se analiza. 
Miles de terapias intentan domesticar el sufrimiento, entendiendo lo que cuenta el paciente como la verdad biográfica, sin tomar en cuenta la ficción, la autoficción como goce.
Distintos son los niveles de acción que se articulan en un análisis y no pueden pensarse el uno sin el otro, Lacan los llamó en “La dirección de la cura”: política, estrategia y táctica. Lo nombró explícitamente tomándolo del libro “De la Guerra” de Von Clausewitz, de quien se considera el fundador de la doctrina militar moderna por las teorías que desarrolló sobre el tema.
Tomando el texto Lacan, lo homologa al análisis y piensa el nivel de la política como aquel que interviene en toda acción de la cura y refiere a una ética. La dimensión de la ética, es lo que Lacan propone como la política, y lo piensa como el nivel de menor libertad y máxima responsabilidad para el analista. Dice en el texto “El analista es aun menos libre en aquello que domina estrategia y táctica: a saber, su política, en la cual haría mejor en ubicarse por su carencia de ser que por su ser”. Ubicarse a nivel del ser en la dirección de la cura da cuenta de una posición política determinada que tiene consecuencias. El no tomar consideración de esto podría tener como consecuencia inmediata la reeducación al paciente, reducir sus desviaciones en relación a la supuesta realidad, alcanzar una fase genital madura e identificarse a un analista que se ofrezca como modelo, en definitiva, un capitán de barco que se ofrece para guiarlo en un mar sin sobresaltos.
La estrategia, es otra de las dimensiones, se trata para Lacan, de la utilización de un encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra…“La única actividad de la estrategia es preparar el encuentro, y las medidas oportunas para ello”. Para Lacan la estrategia es el manejo de la transferencia y advierte de su importancia en la dirección de la cura. “En cuanto al manejo de la transferencia, mi libertad en ella se encuentra por el contrario enajenada por el desdoblamiento que sufre allí mi persona, y nadie ignora que es allí donde hay que buscar el secreto del análisis”. La transferencia otorga poder al analista, y la cuestión reside en el manejo que se haga de la misma. Al respecto, cuando se refiere a Freud dice “él reconoció en seguida que ese era el principio de su poder, en lo cual no se distinguía de la sugestión, pero también que ese poder no le daba la salida del problema sino a condición de no utilizarlo”.
Con respecto de la táctica, Lacan siguiendo a Von Clausewitz plantea que “El encuentro es la única actividad efectiva en la guerra” y ubicará a la interpretación en el registro de la táctica siendo éste el nivel de mayor libertad para el analista aunque regulado por la estrategia y la política. 
Se trata entonces, a partir de estos ejes que nos propone Lacan, de un viaje que parece imposible aunque no lo sea. Se trata de un viaje donde se escapa aquello que la palabra cifra, como un barco a la deriva, pero con una dirección y una lógica que permitan al analizante reconducirlo a la opacidad de su goce.

Se trata para el analista de dirigir el timón, sin extraviarse en el camino o lo que sería peor extraviarse en su propio camino. De rescatar singularidades se trata, esa es nuestra apuesta principal, de rescatar singularidades en los tiempos de uniformidad generalizada.