Irving Yalom y su versión del análisis[1]




¿Por qué un analista no debe responder a las demandas amorosas de las pacientes?
Serge Cottet responde: “El analista suscita el amor, pero el analista no cede a ese amor. Para que haya análisis el analista ha de estar animado por un deseo más allá del narcisismo”.[2]
Freud en sus escritos técnicos, frente a la misma pregunta, plantea que el psicoanalista no debe engañarse. No debe hacerle creer a la paciente, o lo que sería peor creer él mismo, que unas satisfacciones sustitutivas podrían aliviar sus padecimientos. Sería por tanto un imperativo ético el que ordena la técnica.
Se sabe y está demostrado desde Breuer[3] que querer el bien del paciente muchas veces conduce a desgracias.
Freud conjeturó que Breuer descubrió la motivación sexual de la transferencia a partir del "falso parto histérico de un embarazo fantaseado" de Anna O.  Ella le quería dar un hijo a su médico. Breuer dio por terminado el tratamiento y huyó a Venecia… allí Mathilde, su mujer, quedó embarazada.
¿Leyó Anna algo del deseo de Breuer? ¿Por qué no pensar que era él quien deseaba un hijo?[4]
Freud indicó que el interés hacia el tratamiento es lo que debe imponerse por sobre el interés del paciente. Sin embargo, esto podría producir una paradoja, ¿no es reforzar las tentaciones el resistirse a ellas?[5]

Un caso que no deja de ser una ficción, pero es muy ilustrativo del tema en cuestión es el que aparece en el primer capítulo del libro “Desde el diván” de Irving Yalom.

Una mujer a amar
Se trata de Belle, paciente de treinta y tantos años, de una familia adinerada, suizo-italiana, deprimida:

”Bien pare­cida, una piel sensacional, ojos seductores, vestida con elegancia –dice Seymour Trotter, su terapeuta-. Una mujer de clase, pero a punto de echarse a perder. Una larga historia de autodestrucción. No falta nada: ha intentado todas las drogas, sin pasar ninguna por alto”.[6]

Trotter relata que cuando vio a Belle por primera vez, había vuelto a la bebida y estaba incursionando con la heroína.
Además presentaba desórdenes alimentarios, cortes en las muñecas, y en los dos brazos. Le gustaba el dolor y la sangre, siendo este (el dolor) el único momento que se sen­tía viva.
Había estado hospitalizada una media docena de veces, por poco tiem­po. Siempre se iba, tras algún escándalo, por lo general echada.

“Casada, sin hijos. Se negaba a tenerlos: decía que el mundo es un lugar demasiado espantoso para imponérselo a los niños. Un buen marido, aunque una relación pésima. Él quería hijos desesperadamente, y había peleas continuas sobre esa cuestión. Él era un banquero inversionista, como el padre de ella, siempre de viaje. A unos pocos años de casados, la libido de él se cerró, o quizá se canalizó hacia hacer dinero. Él ganaba bien, aunque nunca logró aproximarse a la fortuna del padre. Siempre atareado, dor­mía con la computadora. Quizá cogía: ¿quién lo sabe? Por cierto que no cogía a Belle. Según ella, la evitó durante años, probable­mente por su enojo por no tener hijos. Es difícil decir qué los mantenía casados. Él fue criado en un hogar de cientistas cristia­nos, y de forma consistente se rehusaba a la terapia de pareja o a cualquier otra forma de psicoterapia. Aunque ella reconoce que nunca insistió demasiado…”.[7]

El problema mayor de Belle, según el terapeuta, era un peligroso comportamiento sexual: conducía a más de cien kilómetros por hora junto a camiones en la carretera, y cuando el conductor la veía se levantaba la falda y se masturbaba. Luego toma­ba la primera salida y si el camión la seguía, ella se detenía, subía a la cabina, y le realizaba una felatio al camionero.

Belle había pasado por innumerables terapias, todas interrumpidas:

“…era, y sigue siendo, muy despreciativa. Nadie era lo sufi­cientemente bueno, o no para ella. Todos tenían algo malo: de­masiado formales, demasiado pomposos, juzgaban demasia­do, eran muy condescendientes, comerciantes, demasiado fríos, se ocupaban sólo del diagnóstico…”.[8]

Había sido derivada por su ginecólogo, un ex paciente de Trotter. Los atributos del terapeuta que justificaban la derivación eran el de ser “un buen tipo”, ningún macaneador, y que estaba preparado para “ensuciarse las manos”.
Buscó sus artículos académicos en la biblioteca y le gustó uno que discutía el con­cepto de Jung acerca de inventar un nuevo lenguaje terapéutico para cada paciente.

Belle se engancha con un terapeuta que propone una terapia nueva para cada paciente, una verdadera transgresión en el terreno terapéutico, y además “dispuesto a ensuciarse las manos”.[9] Demasiada tentación para una mujer como Belle.

Toda derivación produce efectos en el futuro de los análisis, muchas veces inimaginables. Esto no iba a ser la excepción en este tratamiento.
¿Quiere Belle analizarse?

Muchas veces los pacientes concurren a una primera entrevista con un psicoanalista en acting out o en situación de mostración. Desde ese lugar la palabra sobra.
El acting out es para Lacan, una acción inmotivada, enmarcada en cierta escenificación, que es relatada como situación repetida, que se realiza generalmente fuera del espacio de la sesión, pero dirigida ―en este caso a un terapeuta o un psicoanalista― y que tiene como única función la de mostrar.
Belle era impulsiva, orientada a la acción; sin curio­sidad sobre sí misma e incapaz de aso­ciar libremente. Fracasaba en las tareas tradicionales de la terapia: autoexamen, discernimiento. No traía algo para analizar ya que no le interesaba.
Venía desde la transgresión y no desde una pregunta sobre su sufrimiento.
El elegir a Trotter como su analista no tendrá que ver con una demanda de tratamiento, sino el de llevar al límite a alguien que esté dispuesto a dar un paso más allá del resto de los terapeutas.

La primera intervención que se debería realizar cuando alguien viene en un acting out sería sacarlo de ese lugar (rectificación subjetiva). Devolverle una respuesta que apunte a resituarlo de otro modo en relación con su sufrimiento.
En el tratamiento de Belle esto aparece como imposible. Ella sigue en una actitud de mostración.

¿Cómo terminará este tratamiento?

El cuento del hombre mayor y la taza de chocolate caliente
El correr de las entrevistas le dieron la pauta a Trotter que Belle Felini no era una paciente para abordar con una técnica tradicional.
Cerca del cuarto mes del tratamiento se producirá un acontecimiento fundamental. Trotter estaba investigando el comportamiento sexual autodestructivo de Belle, pre­guntándole qué quería en realidad de los hombres, inclusive del primer hombre de su vida, su padre. Este abordaje seguía siendo estéril.
Ella se resistía a hablar del pasado, no le interesaba; sin embargo, una pregunta de Trotter cambiaría el curso de los acontecimientos:

“Belle para complacerme[10], describió una fantasía re­currente de cuando tenía ocho o nueve años. Hay tormenta; ella entra en un cuarto, mojada y con frío, y allí la espera un hombre mayor. La abraza, le quita la ropa mojada, la seca con una toalla tibia, le da una taza de chocolate caliente. De modo que yo le sugerí un juego de roles: le dije que saliera del consultorio y vol­viera a entrar fingiendo estar mojada y con frío. Omití desvestir­la, por supuesto; busqué una toalla de buen tamaño del baño, y la sequé vigorosamente, manteniéndome en un plano no sexual, como siempre. Le ‛sequé’ la espalda y el pelo, luego la envolví con la toalla, la hice sentar y le preparé una taza de chocolate instantáneo.
…No me pregunte por qué o cómo decidí hacer eso en ese momento. Cuando se ha practicado tanto tiempo como yo, se aprende a confiar en la intuición. Y la intervención lo cambió todo. Belle se quedó sin habla por un tiempo, le saltaron las lágri­mas, y luego chilló como un bebé. Nunca había llorado en las sesiones. La resistencia desapareció.
…¿A qué me refiero al decir que la resistencia desapareció? Quiero decir que empezó a confiar en mí, a creer que ambos es­tábamos en el mismo bando”.[11]

Trotter confiesa que ese acontecimiento lo cambió todo, y no hay duda de que lo cambió. A partir de ese momento la demanda quedó ubicada exclusivamente del lado del terapeuta. El  “para complacerme” es una muestra irrefutable de eso.
Las negaciones de Trotter con respecto a lo sexual de la terapéutica: “omití desvestir­la, por supuesto” o “… la sequé vigorosamente, manteniéndome en un plano no sexual, como siempre“, afirma lo mencionado anteriormente.

A partir del acontecimiento Belle empezó a asociar como una paciente común y la terapia pasó a ser el centro de su vida.
Trotter, a su vez, hizo todo lo posible para ser más importante para ella: contestaba todas las preguntas que le hacía acerca de su vida. Apoyaba las partes positivas de ella diciéndole que era una mujer muy inteligente y bonita. Aborrecía lo que se estaba haciendo, y se lo expresaba sin rodeos.
En definitiva, nada diferente de lo que le podría decir un buen amigo.

Esta forma particular de trabajo terapéutico erotizó la transferencia. Las demandas de Belle aumentaron desmedidamente. Trotter empezó a desempeñar un papel central en sus fantasías. Ella, por ejemplo, se sumía en largos ensueños acerca de una relación sexual con él.

Trotter intentaba con sus interpretaciones, generar un vínculo más “sano” con el “yo” de la paciente. Sus intervenciones apuntaban a reconstruir en el aquí y ahora sus vínculos más primarios.

Freud plantea en sus consejos técnicos que el psicoanalista no debe creerse un salvador, un padre o madre, “no tenga demasiada ambición terapéutica. No debe querer a cualquier precio el bien del paciente, su curación o su felicidad".[12]

El abordaje terapéutico de Trotter estaba basado exclusivamente en su intuición, otra manera de nombrar a la contratransferencia. La misma implica los senti­mientos cariñosos u hostiles que puede alimentar el terapeuta con su paciente.
La “intuición” puede confundir muchas veces al terapeuta con su función:

"Suena inocente, ¿verdad? Pero yo sabía, inclusive al comien­zo, que había un peligro latente. Lo sabía entonces, lo sabía cuan­do me decía cuánto se excitaba cuando yo le daba de comer. Lo sabía cuando hablaba de salir en canoa durante un período largo, dos o tres días, para poder estar solos, flotando en el agua, y dis­frutar mientras ella daba rienda suelta a sus fantasías sobre mí. Yo sabía que mi enfoque era arriesgado, pero se trataba de un riesgo calculado. Iba a permitir una transferencia positiva para cons­truir sobre ella una base y combatir su autodestrucción”.[13]

Belle comenzó a acusarlo de ser prisionero de sus propias reglas:

"Tú resaltas la importancia de respetar la personalidad y diferencia de cada paciente, pero luego haces que una serie de reglas se adecúen a todos los pacientes en todas las situaciones. A todos nos metes en la misma bolsa, como si todos los pacientes fueran iguales y tuvieran que ser tratados igual… ¿Qué es más importan­te? ¿Obedecer las reglas? ¿Quedarte en la zona de comodidad de tu sillón? ¿O hacer lo que es mejor para tu paciente?... Me estás salvando la vida. ¡Y te amo!
Me tenía a su dispo­sición. Yo tenía miedo”.[14]

Paciente difícil Belle. En pleno acting out, en actitud de desafío y transgresión total: acostarse con el analista.
Sin posibilidad alguna de una rectificación subjetiva, Trotter queda a merced de la demanda de la paciente. Demanda que pide a gritos un límite.
La locura de Belle siempre se mantuvo incólume. Simplemente se corrió de lugar, ya no son los camioneros el objeto de transgresión sino que ahora es el terapeuta.

La única forma que encuentra Trotter de salir de este embrollo transferencial es prometiéndole un fin de semana juntos. Para eso Belle tenía que estar “limpia” de drogas, alcohol y comportamientos sexuales riesgosos por un plazo de dos años.

"Para el vigesimosegundo mes, sentí pánico. Perdí toda com­postura y empecé a halagarla, a emplear subterfugios, a rogarle. Le di una conferencia sobre el amor. ‛Tú dices que me amas, pero el amor es una relación, el amor es preocuparse por el otro, pre­ocuparse por el crecimiento y la existencia del otro. ¿Te importo yo, acaso? ¿Te importa cómo me siento? ¿Piensas alguna vez en mi culpa, mis temores, el impacto que tiene esto sobre el respeto hacia mí mismo, el saber que he hecho algo no ético? ¿Y el impacto sobre mi reputación, el nesgo que corre... mi profesión, mi matrimonio?’
Cuantas veces, respondió Belle, ‛me has recordado que hay dos personas en un encuentro humano, nada más, y nada menos. Me pediste que confiara en ti, y confié por primera vez en mi vida. Ahora yo te pido que confíes en mí. Este será nuestro secreto. Me lo llevaré a la tumba.’”

Estoicamente abstemia de todo exceso, Belle esperó su recompensa.
No importa demasiado el final, pero se deduce inexorable:

"En cuanto al resto de mi historia, supongo que la conoces. Está toda allí, en tu carpeta. Belle y yo nos reunimos para desa­yunar en San Francisco, en el café Mama's, en North Beach un sábado por la mañana, y permanecimos juntos hasta el atardecer del domingo”.[15]
“Una tarde que volví a casa encontré todo a oscuras; mi mujer se había ido. Había cuatro fotos de Belle conmigo, sostenidas por chinches en la puerta del frente: en una estábamos registrán­donos en la recepción del hotel Fairmont; en otras, valijas en mano, entrábamos en nuestra habitación juntos; la tercera era un primer plano de la solicitud de admisión del hotel: Belle pagó en efecti­vo, y nos registró como doctor Seymour y señora. En la cuarta, estábamos confundidos en un estrecho abrazo en el observador panorámico del Golden Gate.
Adentro, sobre la mesa de la cocina, encontré dos cartas: una del marido de Belle a mi esposa, en la que decía que a ella podrían interesarle las cuatro fotos que acompañaba y que demostraban el tipo de tratamiento que su marido le aplicaba a su mujer. Decía que había enviado una carta similar a la junta estatal de ética médica”.[16]


Cuando Lacan habló de la contratransferencia en la década del sesenta lo hizo con el propósito de diferenciar al psicoanálisis de la psicología del Yo y cuestionar el concepto de intersubjetividad como soporte de la relación analítica. Eso no quiere decir que el analista no debe desear nada para su paciente, eso es imposible. El problema es qué desea.
El deseo del analista es el modo de orientarse en la cura, modo que garantiza el análisis.
Lo que tendría que suceder en un análisis, es el intento de revelar el enigma que encierra el sufrimiento psíquico, eso se hace entre otras cosas del lado del analista, impidiendo la inmediatez del comentario o la caída en el lugar común que pretende borrar. Todo lo contrario a lo sucedido en la relación Trotter-Belle.
Si había algún posibilidad de que el tratamiento hubiera funcionado  se cerró para siempre con la fantasía sexual del hombre mayor y la taza de chocolate caliente. De ahí en adelante solo fue una permanente transgresión.

El enigma sólo se construye y se despliega en el silencio de la escucha o ante la transparencia de la mirada, nunca cuando la mirada está tan presente como en el caso de Trotter.

El saber del analista implica un lugar de poder y este poder se funda en la prohibición de ejercerlo.  No obstante, algunas veces, esta prohibición puede ceder.
Trotter y su narcisismo intuitivo son un ejemplo claro.
Este caso nos enseña que la contratransferencia es algo a respetar por parte del analista. Nunca debemos guiarnos por el camino exclusivo de la intuición, ya que puede arrojarnos al de la tentación.





[1] Tomado de la novela “Desde el diván” de Irving Yalom, ED Emece, Bs As, 1999.
[2] S. Cottet, “El deseo del analista en Freud” en “Ornicar 1”, Madrid, 1981, pág. 169
[3] Josef Breuer fue creador del método catártico para el tratamiento de las psicopatologías de la histeria junto a Freud.
[4] Lacan, J., Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Bs As, 1989.
[5] S. Cottet, “El deseo del analista en Freud” en “Ornicar 1”, Madrid, 1981
[6] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 15
[7] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 15
[8] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 15-16
[9] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 16
[10] Negritas mías.
[11] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 20
[12] Freud, S., “Obras completas” Tomo XII, ED Amorrortu, Bs As. 1990, pág. 116
[13] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 21
[14] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 27
[15] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 40

[16] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 43

Un delirio maradoniano


 

Apenas recibido, con casi ningún paciente, surgió una posibilidad laboral, un llamado para psicólogos, junto a psiquiatras, procuradores y asistentes sociales para trabajar en la cárcel. Me presenté sin demasiada esperanza. Para mi asombro, sin experiencia y contacto alguno, fui seleccionado. El único mérito para tal designación fue la de ser hombre. En una larga lista de aspirantes nos habíamos presentado sólo cuatro psicólogos, los cincuenta y siete restantes eran mujeres. Estaba contento. Me parecía que las vivencias que pudiera tener en la cárcel ayudarían en mi formación de psicoanalista y por qué no de criminólogo. Sin embargo, mi primera experiencia no fue la mejor. En la primera visita al Penal de Libertad éramos un montón de técnicos jóvenes asustados, apenas un poco mayores que los adolescentes argentinos que tuvieron que ir a la guerra de las Malvinas. Llovía torrencialmente. Era un día demasiado triste. La mole de cemento de cuatro pisos del Penal de Libertad se imponía de forma desmesurada. Qué contrasentido una cárcel llamada libertad. Quizás por el tamaño desproporcionado o por la historia siniestra que encerraba (había sido en la dictadura un centro de detención), nos generaba una sensación de pequeñez extrema. Tuvimos que ir caminando por el costado del celdario, frente a las ventas llenas de reclusos viendo el espectáculo: nosotros. Un trayecto torturante y eterno.
El gris de la tarde se trincaba en las paredes exteriores húmedas y frías. Toda la edificación se ofrecía como un estallido de gritos e insultos que recibíamos. Parecía un estadio abarrotado de almas en pena que gritaban desaforados y pedían por sus familias, por sus derechos o simplemente insultaban. Un canto oscuro y gélido, un tumulto de voces inarmónicas. Una barra brava que amedentraba.  Los gritos se entremezclaban con caras amenazantes, que apoyadas en los barrotes; proporcionaban a los bramidos una consistencia metálica, oscura y peligrosa.
Cuando por fin llegamos a la puerta del celdario habían pasado para mí como tres años. Nos recibió un hedor extraño. Un olor que me recordaba al hospital psiquiátrico que había visitado por la Facultad cuando era estudiante. Una experiencia singular esa primera visita.
Al cabo de algunas semanas ya me había acostumbrado a los particulares aromas y a los ruidos. No hay duda de que los seres humanos tenemos una gran capacidad de adaptación.

Uno de los primeros casos que vi fue a “Maradona”, un preso que aparte de poseer cierto talento para el fútbol –por eso el sobrenombre-, tenía la exótica particularidad de poder hablar con el mismísimo número diez argentino. Me pidieron que lo viera con urgencia; el director del Penal en persona me lo pidió. Sus compañeros estaban muy preocupados porque no lo veían bien, hablaba más que de costumbre y casi no dormía. Se había peleado con dos reclusos, algo infrecuente. Lo entrevistamos con una psiquiatra. Se presentó con su sobrenombre y me dijo que era un muy buen jugador de fútbol, de una zurda precisa y eficaz que producía terror en las defensas. El dato concreto, más allá de sus autoproclamadas habilidades, era que integraba la selección de la cárcel. Dato no menor. El tema de fútbol me interesaba, además de admirar a Maradona como jugador, por lo que entramos rápidamente en sintonía.
Tenía unos cuarenta años. Estaba encarcelado hacía una eternidad. Es que los infiernos tienen eso, son atemporales. La vida por allí no se cuenta ni en días ni en años sino en una especie de continuidad sufriente y perpetua. Su madre nunca le había dicho quién había sido su padre, pero había indicios y él tenía la firme convicción de que era hijo de Raúl, un jugador de fútbol de poca monta, demasiado aficionado al alcohol y muy pocos datos más. Una típica historia de cárcel, de padres sin apellidos, de madre omnipresente, de excesos, drogas y alcohol.
Maradona era bien considerado entre sus pares. Gracias a él y a sus goles habían logrado salir campeones del campeonato “Inter-Cárceles”. Seguramente el acontecimiento social más importante que tenían los reclusos. Viajaban a diferentes cárceles del país a disputar los encuentros. Con esas sublimes actuaciones se habían ganado el respeto de varios.
Para la psiquiatra y para mí, lo más increíble de Maradona no eran sus proezas futbolísticas sino el hecho de que estaba absoluta y definitivamente loco. Su discurso era, más allá de cualquier prejuicio, delirante. Padecía de una locura “maradoniana”, ya que creía poseer la exclusiva facultad de poder hablar con el jugador más idolatrado de la historia del fútbol mundial. La salvedad es que no lo hacía por medio de ningún aparato de comunicación conocido, sino que lo efectuaba a través de su rodilla izquierda; la articulación de la pierna se ofrecía como una especie de teléfono móvil que recibía la voz del astro argentino. Este delirio era parte de su vida, parte de su ser, sin alteraciones conductuales de importancia a través de los años, cuestión bastante atípica en la evolución de cualquier forma de delirio.
Lo interesante es que su “desequilibrio” convivía en armonía en el mundo carcelario. En Uruguay, un buen jugador seguramente será siempre híper-valorado, pero en este caso llamaba la atención. “Maradona” demostraba poder sobrevivir sin el cuidado médico, sin psicofármacos y sin asistencia psicológica, rehusaba este tipo de auxilio y aseguraba no estar loco. Simplemente hablaba con “el diego” de una forma inusual. En la cárcel no era un loco, como sí seguramente lo sería en otro ámbito; era un personaje del lugar, acompañado y sostenido por los otros presos. Gracias a su locura y a sus destrezas futbolísticas, este hombre se había erigido en un símbolo de la cárcel, su delirio “maradoniano” era disfrutado por los demás reclusos, que se divertían con las “conversaciones” con el astro argentino y se transportaban a un mundo fantástico. En definitiva, un personaje único y clave para el funcionamiento de la sociedad penitenciaria.
La psiquiatra, con buen tino, recomendó al médico de guardia que le aplicara cinco inyecciones de un antipsicótico muy potente. La profesional había considerado innecesario explicarle al colega que el psicofármaco se aplicaba de a uno por mes, debido a que su efecto persistía por treinta días.La cuestión es que el médico de guardia no entendió la forma de administración del psicofármaco o no era afecto al dios argentino, siempre hay anti argentinos, por lo que las cinco dosis fueron aplicadas el mismo día. Como le había pasado al astro argentino durante el campeonato Mundial de Fútbol en Estados Unidos, a nuestro Maradona también le “cortaron las piernas” por un exceso de químicos. Tuvo un paro cardiorrespiratorio que casi lo saca de este mundo. El galeno tuvo que tomarse vacaciones forzadas para evitar convertirse en víctima de un linchamiento por parte de los presos. No era para menos: había arruinado a su jugador estrella y el campeonato inter-cárceles estaba por comenzar. Hasta los policías estaban indignados.
Cuando lo volví a ver esperaba ver a un Maradona compensado, sin embargo, cuando llegué lo encontré en un estado calamitoso. Estaba inmóvil, tirado en una cama, babeante. En estado de vigilia pero sin poder responder a los estímulos externos. El pobre, atiborrado de psicofármacos, se encontraba desconectado del mundo. El tiempo de convivencia armónica con su rodilla siniestra y la comunicación con su ídolo parecía haber llegado a su fin. Su delirio había trasmutado en algo absolutamente diferente. Su pierna siniestra era sólo un pedazo de carne que se arrastraba junto a la derecha sin el mínimo atisbo de garbo. Todo en él se había desmoronado tras la caída de la zurda mágica. Todo él era un despojo humano.
Quedé conmovido, sin nada que hacer. Para mí también era la caída de un ídolo. Sentí una enorme pena, una pena parecida a cuando de niño nos enteramos que los reyes son los padres. Porque había algo de mágico en este Maradona recluso, algo de irreal que daba esperanzas dentro de un lugar tan terrible como lo es una cárcel.
Me fui abatido. No sabía qué iba a pasar con él. Recordé el día que habían quebrado al gran Fernando Morena, yo no tendría más de quince años. Fue en el Estadio Centenario, en la década del ochenta, jugaba una Copa América Uruguay y Venezuela. Morena estaba en uno de sus mejores momentos, también tenía una zurda mágica, pero sobre todo fantasmal, aparecía de repente en el área, como un espectro, invisible. Se cansó de hacer goles. Fue el ídolo de mi infancia sin ningún tipo de dudas. Lo quebró vilmente el venezolano René Torres, todavía recuerdo su apellido con angustia. Pensar que en Venezuela lo recibieron como a un héroe, su aporte patriótico fue haber fracturado a uno de los más grandes jugadores de la historia del futbol uruguayo. Lloré como un niño. Lloré una eternidad. El partido había finalizado hacía horas y yo seguí llorando por horas. Eso sólo pasa con los ídolos y el Nando lo era. Una sensación parecida aunque lejana tuve con ese recluso. Quizás en algún lugar seguía siendo ese niño que disfrutaba con los ídolos del fútbol.
A la semana siguiente lo vi nuevamente. No tenía demasiadas expectativas acerca de lo que me iba a encontrar. Se arrastraba, ya no estaba inmóvil, pero parecía un anciano, un jugador retirado. Se expresaba en un lenguaje monocorde y ramplón, su hablar vehemente e incomprensible habían cedido a una presencia fantasmal. Que nada tenía que ver con la presencia fantasmal del gran Fernando Morena. Maradona parecía muerto en vida, sin nada de esa pasión desbordante y loca que ofrecía a quien quisiera hablarle. Me acerqué suavemente y le pregunté casi al oído, como quien ausculta a un moribundo, si aún podía comunicarse con el astro a través de su rodilla. Luego de escuchar sonidos casi incomprensibles de su parte –producto aún del insidioso trabajo de los fármacos-, en un balbuceante y -por qué no decirlo- babeante lenguaje, me dijo:
-A veces se corta, la línea no anda bien, pero sí, se puede.
Maravillosa frase que me sorprendió y me llevó a pensar en la localización de la locura y en su persistencia más allá de la medicación excesiva.
Maradona seguía vivo en él; su locura también. En la medida en que pudiera metabolizar los psicofármacos y pudiera dominar su locura nuevamente, podría seguir subsistiendo en ese infierno llamado cárcel y sobre todo podría volver a jugar al fútbol.
Confieso que me emocioné. Otra vez el genio maradoniano florecía. La alegría que me produjo la asocié con la que sentí cuando el regreso de Morena a la cancha. Volví a tener quince años.
En ese infierno llamado cárcel para Maradona el fútbol y su locura triunfaban.

Amores secretos (¿Hablamos de amor? Ed de la Plaza)

El señor M no acudía por un duelo, ni por una depresión, ni por un problema de amor.  Ni siquiera consultaba. Fue llevado a un psiquiatra por su cuerpo. Un cuerpo miserable.
No era enclenque, ni anoréxico, ni enfermizamente obeso (ojalá hubiera sido algo de eso); era un cuerpo inconcebible. Quizás la palabra más precisa que lo defina sea aberrante. 
El señor M había consultado por una cuestión menor: una expectoración con sangre. Sin embargo la médica quedó horrorizada al examinarlo.
No pudo finalizar el examen físico, ya que el asco pudo más que los años de experiencia clínica que acarreaba. La piel del señor M revelaba secretos bien guardados, algo del orden de lo monstruoso, algo que iba más allá de toda comprensión lógica.

La doctora decidió derivarlo con urgencia al servicio psiquiátrico del Hospital. Este tipo de indicación clínica es poco frecuente, ya que por lo general, al paciente se le sugiere la posibilidad de que consulte con un psiquiatra, pero en este caso fue conducido directamente a la unidad a cargo del psiquiatra Michel de M’ Uzan.

M’ Uzan era un viejo psiquiatra, con más de treinta años de experiencia en la institución. Los rumores decían que estaba enfermo. Los malos modos, las peleas y el despotismo con los pacientes, en los últimos años, alimentaban tal leyenda.
En el pasado había sido reconocido más allá de fronteras por una extraordinaria intuición clínica.
Quizás era más fácil pensar que estaba enfermo, que reconocer lo que pasaba en realidad: se había cansado de su profesión.
Después de tantos años ya nada lo sorprendía, ni las histerias más floridas, ni las disociaciones de personalidad más llamativas. Era simplemente un hombre cansado, vencido por el peso de la locura que escuchaba diariamente.
La posibilidad de entrevistar a M en otro momento lo hubiera cautivado. Un paciente con este tipo de patología le hubiera generado una curiosidad sin límites; sin embargo, ahora sólo era un trámite.

Cuando se presentó M, M’ Uzan ni siquiera lo miró.
El consultorio psiquiátrico consistía en dos sillas, una mesa y una pequeña camilla contra una de las paredes; era una habitación desolada e inhóspita, como el presente del psiquiatra.
A M pareció no importarle, se sentó y aceptó hablar con M’ Uzan sin contrariedad ni resistencia. Escuetamente y con una frialdad escandinava se presentó como un “verdadero masoquista”, y añadió que quizás sus vivencias podrían ser beneficiosas para otras personas que arrastraran su misma condición.  
Michel de M’ Uzan enfocó su mirada por primera vez en M.  Pareció salir del letargo de los últimos años y se sorprendió por esta revelación que, en el mejor de los casos, no dejaba de ser rimbombante.
Le llamó la atención la falta de emoción del paciente al trasmitir tamaña declaración; a lo largo de su experiencia clínica tuvo oportunidades de ver perversos, pero los que había visto siempre tenían la necesidad de impresionar, cuando no, de angustiar al que escuchaba. Por eso, esta confesión que no tenía ninguna intención de estremecer y que no alimentaba una sola interrogante en torno a la patología que declaraba padecer, no dejó de inquietarlo.
M’ Uzan parecía empezar a interesarse por este hombre-enigma que estaba frente a él.
Desde el punto de vista semiológico M tenía la apariencia y los modales de una persona serena. Pero su cuerpo parecía una zona de guerra. Como una especie de inventario, su piel indicaba con precisión su condición de masoquista.
Un tatuaje trasero transcribía: "Al encuentro de bellas vergas" y lateralmente, con una flecha: "acepto todo "; adelante, además de penes tatuados sobre los muslos, una lista impresionante de groserías: "Soy una puerca", "Soy un maricón", "Viva el masoquismo", "No soy ni hombre ni mujer, sino una puerca, una puta, carne de placer", "Soy un inodoro viviente","Me gusta recibir golpes en todo el cuerpo, pegue fuerte", "Soy una puerca, encúleme", "Soy una puta, sírvase de mí como de una hembra, gozar bien".

El pecho derecho, concretamente, había desaparecido. Fue desgajado antes de ser quemado con un hierro al rojo vivo. Su ombligo estaba transfigurado en una especie de boquete. La espalda exponía un espectáculo aterrador: cortes en toda la superficie la convirtieron en una especie de tela carnosa rebanada, en la que se pasaban eventualmente ganchos para que M pudiera ser colgado mientras un hombre lo penetraba. El dedo pequeño del pie derecho había sido amputado con una sierra para metales. El ano estaba ensanchado "simulando” una vagina.
El cuerpo del señor M no dejaba de asombrar: el aparato genital no había escapado a las torturas sádicas de las prácticas sexuales. Pequeñas agujas fueron fijadas en sus testícu­los, como lo atestiguarían más tarde las radiografías que se le realizaron.

La locura evidenciada en el cuerpo de M provocó a Michel de M’ Uzan una extraña sensación como hacía años no tenía: una extraña revulsión. Ese cuerpo deshecho pareció despertarlo.
¿Por qué alguien, de aspecto tan normal como el señor M, podía ostentar ese horror?, se preguntó.
Se imaginó que con un poco de esfuerzo de su parte, con una pequeña cuota de interés, quizás podría llegar a descifrar la locura de este hombre mutilado.
La enajenación siempre esconde un enigma a resolver. De eso habían dado cuenta sus principales maestros: Kraepeling, Jaspers, Minkoswski, Bleuler, Ey, Freud; sin embargo la locura ya no era un misterio para M’ Uzan.

***

El señor M se vistió y se quedó a solas con M’ Uzan para contar su historia; pero no lo hizo desde una convicción apasionada de su masoquismo y tampoco la refirió como producto de algún avatar de su infancia. Por lo general las biografías de los masoquistas suelen estar teñidas de variables muy reveladoras: familias disociadas o perturbadas, infancias marcadas por fugas, impulsividad, ataques de cólera. Una serie interminable de carencias reales y errores educativos. Sin embargo, nada de esto había ocurrido en la vida del señor M. Su infancia había transcurrido sin ningún sobresalto; nada en la biografía parecía llamar la atención, nada de donde aferrarse para justificar ese cuerpo atormentado.

M empezó con parsimonia a contar su historia, como forma de ofrecer algo a su interlocutor.
No pretendía justificarse y tampoco necesitaba condenar; sólo discurría en un decir raso y distante al hablar de su vida.
El psiquiatra comenzó a darse cuenta de que su paciente no era tan diferente a él. Los dos estaban impasibles frente a la vida, sin demandas, y lo que era peor, sin ningún tipo de expectativas.

M había sido un obrero altamente calificado en radio-electri­cidad y vivía en una casa humilde en los suburbios con una hija adoptiva.
Nada en su existencia parecía interesante. De hecho, si ese día no hubiera concurrido a la consulta hospitalaria, continuaría en el anonimato social. Era uno de esos hombres invisibles; inexistente para los grandes grupos, de esos que puede estar por horas en un lugar sin ser advertido por nadie.
Como dato importante de su biografía se podría nombrar su casamiento. Tenía veinticinco años cuando contrajo matrimonio con su prima. Ella tenía quince. Por supuesto que se conocían de antes, eran familia, se veían en diferentes eventos sociales pero a él nunca le había llamado la atención como mujer. Sin embargo, un día a partir de una conversación trivial descubrió que escondían un elemento en común: el masoquismo.
Su vida en pareja, a los ojos de los demás, aparenta haber transcurrido sin turbulencias a no ser por sus relaciones sexuales.
La forma de vincularse de la pareja tampoco correspondía a lo que podría enmarcarse como una cuestión sado-masoquista: se relacionaba más desde la pasividad en común. Elegían mutuamente imponerse torturas, sevicias y humillaciones por otras personas, siempre hombres, que ocupaban el lugar de sádicos.
Más que una pareja de sado-masoquistas, eran una pareja humillada por un tercero.

Michel de M’ Uzan no lograba encontrar acomodo en su sillón; si bien estaba habituado a escuchar y ver patologías de todo tipo, no podía alejar de sí lo que había visto en el cuerpo de M. Las mutilaciones y los tatuajes parecían representar todo lo enloquecedor que puede albergar el ser humano.
La declaración monótona y distante de M presentaba, para M’ Uzan, la contradicción de una locura desbordada pero al mismo tiempo aburrida. Un ser que demostraba una pasmosa adaptación a la vida. Si por lo menos fuera un delirante, un gozador con el sufrimiento, un reivindicador de una pasión mortífera. No, era un hombre viejo que parecía no comprometerse con lo horroroso de su cuerpo.

Sólo en un momento el señor M pareció quebrarse. Fue cuando habló de la muerte de Clara.
M’ Uzan logró percibir cierta emoción en el entrevistado. M parecía salir de esa robotización insulsa que trasmitían sus palabras cuando hablaba de su esposa.
Al psiquiatra no le quedaron dudas de que el sentimiento por su esposa muerta era lo más auténtico que M había trasmitido hasta el momento.

- Ocho años de casados –dijo M- ocho años de felicidad sin nubes-

Clara parecía haber sido una mujer vigorosa, con don de mando. Seguramente fue ella quien lo inició en las artes amatorias del masoquismo. Pero no pudo resistir los encuentros masoquistas y murió a los veintitrés años.

M’ Uzan encontró una pequeña rendija para poder penetrar en el mundo interno de M. Lo miró a los ojos y directamente le preguntó por la muerte de su mujer:
-¿Usted tuvo algo que ver con la muerte de Clara?-

A M pareció molestarle la pregunta. Luego de reflexionar bastante, se revolvió en la silla y le contó que su mujer había muerto producto de una tuberculosis pulmonar.
El psiquiatra quiso profundizar un poco más.
- ¿Pero usted no cree que su muerte esté relacionada a las torturas a las que se exponía?

M, casi con desgano, le soltó un:
No sé. Murió de turbeculosis-

-¿Pero usted presenciaba cómo la torturaban o no?- deslizó M’ Uzan.

M parecía no entender la pregunta. Solamente refirió que en una ocasión casi muere asfixiado con una bolsa de nylon, al tiempo que observaba cómo su mujer era poseída por un sádico, mientras permanecía suspendida por los senos atravesados por ganchos de carnicería. Esta escena horrorosa era contada sin ningún dramatismo.
M continuó: “la muerte de mi mujer claro que me afectó, estuve un tiempo deprimido hasta que me contagié una tuberculosis pulmonar como ella, pero no morí. Me internaron por dos años en un hospital hasta que salí”.

La cara de M llamaba la atención por su falta de expresividad a diferencia de lo que M’ Uzan había observado en infinidad de perversos, que por lo general suelen impresionar como seres grandiosos y a la vez despreciables, exaltando en su sufrimiento su capacidad de disfrutar del dolor.
Los perversos expresan un placer sádico mientras describen sus tormentosas experiencias.
Nada de esto tenía que ver con el sujeto que entrevistaba por primera vez. M’ Uzan entendió que M no podía relacionar la muerte de su mujer con las prácticas masoquistas. Ni siquiera como el desencadenante principal de su tuberculosis.
No lo hacía por una negación de la realidad o un intento de manipulación; simplemente se dio cuenta de que M no era capaz de relacionarlas. Simple y llanamente eso.
M presentaba diferentes acontecimientos sin relación alguna, diferentes caminos que nunca se cruzaban, como dimensiones paralelas. Esto podía parecer una nimiedad, pero era clave en la estructura de su personalidad.
Nuevamente la brillantez clínica que lo había caracterizado parecía asomar.
M’ Uzan hizo una relectura del caso a propósito de la fragmentación que aparecía en el señor M. La de un individuo que podía ser todo y nada al mismo tiempo.
Entendió rápidamente por qué no se manifestaba la tristeza y la profunda culpa inconsciente, o la rabia y el resentimiento bien propio del masoquista.
Comprendió también por qué no surgía la angustia o fascinación en el interlocutor.
Por un momento a Michel de M’ Uzan pareció volverle la vitalidad de otrora cuando se dio cuenta de que ese hombre no tenía personalidad y se arropaba en trajes que otros le ofrecían: su mujer muerta, su masoquismo o su trabajo.
M desempeñaba a la perfección cualquier papel: podía ser varias cosas y ninguna a la vez.
También podría llegar a ser un paciente; sólo había que pedirle que hablara.
M’ Uzan había comprendido que no podía hacer nada por él; era un camaleón, esperando la demanda para transformarse, entregando su cuerpo si era necesario.

El psiquiatra le dio la mano y lo acompañó a la puerta. M sólo obedeció y se fue sin preguntar cómo seguía esta historia. Se fue de la misma forma que había entrado: vacío.
Michel de M’ Uzan estaba demasiado cansado para internarse en una tarea imposible. Quizás años atrás lo hubiera hecho, pero ahora era muy tarde.

Minutos después, la doctora que había derivado a M ingresó al consultorio del psiquiatra. Seguía desencajada y ahora también angustiada. No podía entender lo que había visto todavía.
Ávida de explicaciones sobre M y su locura, le conminó a Michel de M’ Uzan que testimoniara la suya.
El psiquiatra se levantó de la silla con parsimonia, como la de los elefantes cuando van al encuentro con la muerte.
No era un hombre alto, pero demoró en incorporarse como le costaría a un gigante. Tomó su portafolio y se alejó del lugar. 
Ni siquiera se interesó en mirar a la doctora. No tenía demasiada afinidad con las mujeres, mucho menos con las ansiosas.
Finalmente, cuando parecía que no pretendía dirigirle la palabra, casi con desgano y a modo de susurro, deslizó:
Ese hombre no está enfermo, no tiene un síntoma, no tiene nada de que agarrarse. Es mejor dejarlo así.
Se fue sin despedirse, triste y viejo como siempre.

Amores secretos está inspirado en el texto “Un caso de masoquismo perverso” de Michel de M’ Uzan.
Este caso fue publicado en la revista de psicoanálisis, psiquiatría y psicología: IMAGO (ED. Letra Viva)