Por qué escribimos
Hace poco leí a Murakami que decía que hay que ser fuerte para escribir y creo realmente que es así. Si queremos escribir necesitamos concentración y voluntad, además de pasión, cosas que a Murakami le sobran. El arte de escribir consiste en un gran porcentaje en obstinación y perseverancia. Ser una especie de luchador que debe aguantar round tras round, soportando los golpes y no permitirse caer al piso. A veces uno no quiere pelear o mejor dicho no escribir y quedar en el piso, pero hay algo que nos empuja a hacerlo, algo que es más fuerte que la propia inhibición.
Me imagino que cada uno tendrá sus razones para escribir. Margaritte Duras decía que escribía para no morir, Murakami para poder “abrir la puerta” de la “Otra Habitación”, una habitación llena de personajes extraños que piden salir. Yo necesito escribir para recortar esa locura que nos invade de la clínica, necesito escribir para tomar distancia de las cosas, necesito escribir para entender.
Amores dulces
Jaime Sarango trotaba despreocupado por la Rambla de Pocitos cuando
divisó un camión de bomberos y una patrulla de policía detenidos frente a un
edificio. Rápidamente entrevió el nudo de la escena. Sus conocimientos en el
campo de la medicina forense le indicaban que se trataba de un hombre a punto
de cometer una locura.
Se imaginó al individuo, en la azotea, desesperado, a los agentes
policiales y a los bomberos intentando persuadirlo de que no se matara. Llegó a la conclusión de que no serían lo
suficientemente idóneos para semejante empresa. El índice de suicidios en
Uruguay así lo atestiguaba. “La vida del hombre corre serio peligro” -reflexionó
Sarango.
No tenía ninguna clase de duda acerca de que convencería al
individuo de no arrojarse al vacío. De hecho, aquel curso que hizo por
Internet, en un Instituto Forense Virtual de Bolivia, le había dado las
herramientas y la solidez suficientes como para afrontar cualquier riesgo; y
tenía, además, el “boliche” necesario. Pero Jaime Sarango estaba trotando, se
estaba dando un gusto y tenía todo el derecho a seguir. Años de terapia le
daban la razón: “Eso es lo bueno de las terapias –pensaba–, uno puede
justificarse por todo”.
Dejó al hombre en manos del cruel destino, o en algo peor: en las de
la policía y los bomberos.
Sarango podía olvidar rápidamente, era una característica de su
personalidad, así que se dejó ir y corrió libre, despreocupadamente.
“Correré libre como un pájaro”, pensó.
Sabemos que las aves no corren; pero, desde su punto de vista, no
dejaba de ser una buena metáfora y siempre había sido un hombre testarudo al
que le costaba demasiado reconocer sus errores. Así que trotó libre cual
pájaro, surcando la vereda llena de gente y de bicicletas, dejando atrás, muy
atrás, al hombre a punto de cometer una locura.
Corría
sereno, con un trote parsimonioso que le ayudaba a poner su cabeza en orden;
pero aún estaba preocupado por Renata.
No
entendía qué le sucedía. En la madrugada de la noche anterior, ella había
llamado desesperada. Su voz estaba matizada por un llanto extraño que lo
estremeció, similar al gemido de los gatos cuando se aparean.
“Cosa
extraña el jadeo amoroso de un felino”- reflexionó. De niño nunca supo si los
gatos, en el momento de la cópula, se asesinaban o gozaban; de grande, tampoco.
Recordó
la reacción de su madre cuando le preguntó por los gatos en celo: le dio vuelta
la cara de un cachetazo. Es que a ella no le gustaba hablar de gatos, y mucho
menos de sexo.
Mientras
Sarango corría y meditaba al mismo tiempo, se llevó por delante a un niño que
intentaba dar sus primeros pasos. El indefenso pequeño rodó por la vereda como
una pelota por el césped. “Otra buena metáfora”- pensó.
El
impacto fue insignificante, pero llamó la atención. No obstante, Sarango siguió
de largo ya que entendió que el niño no estaba magullado, sino apenas
“lagrimado”.
La
mujer que levantó a la criatura lo insultó a viva voz, pero Sarango, conectado
a su Mp3, parecía no escucharla.
“No
es malo que llore –se dijo–, que aprenda que en la vida lo que vale es la ley
del más fuerte. En el futuro me lo agradecerá”.
Su
amiga Renata volvió a ocupar su atención. Lo llamaba cuando el insomnio no la
dejaba dormir.
Esta vez la llamada tenía que ver con un suceso paranormal: su casa
estaba llena de fantasmas que invadían todas las habitaciones. Los espectros se
contaban por cientos e irrumpían a través de las paredes, las puertas y las
ventanas.
Sarango
llegó a la conclusión de que su amiga estaba irremediablemente loca. Igualmente
la escuchó impertérrito por más de hora y media.
Cuando
la verborrea iracunda de Renata parecía llegar a su fin, Sarango, tímidamente,
le preguntó acerca de alguna medicación que estuviera usando.
Su
amiga conocía bastante de fármacos. Fue adicta por años a diversos
ansiolíticos; se los conseguía un psiquiatra que terminó siendo su pareja.
Sarango la había sacado del oscuro mundo de los ansiolíticos y también de las
garras del psiquiatra-amante. Pero Renata era una mujer frágil y a veces
recurría a la medicación y algunas otras al psiquiatra; por eso le llamó la
atención que estuviera “limpia”.
Alejada
del consumo masivo de psicofármacos, sus alucinaciones se convertían en algo
incomprensible para él.
Sarango
repreguntó; en el fondo no confiaba en ella.
Frente
a la insistencia de su amigo, Renata confesó que solo estaba usando un
compuesto a base de yodo. Lo utilizaba para mitigar la picazón producida por
unos granos molestos que habían brotado en su cuerpo.
Quería mucho a Renata por varias razones, pero fundamentalmente
porque era su única amiga. Antes, había sido Martita, pero ya no pertenecía al
mundo de sus afectos.
La cara de Sarango pareció acongojarse cuando la evocó. Martita fue
su amiga y su primera y única novia, una relación fantástica que duró trece
años.
“La abandoné como a un perro cuando come demasiado” -se dijo Sarango
en forma de lamentación alegórica.
La dejó sin aviso, pero ella nunca pidió explicaciones. Era
contemplativa, sumisa y sabía que él no era afecto a dar respuestas.
Todos apuntaban a la madre de Sarango como motivo excluyente de la
ruptura. Nunca la aceptó. “Era poca cosa para él”, decía su progenitora
enfundada en un vestido floreado y con chinelas al tono.
A su madre no le gustaba hablar de gatos y de sexo, pero sí le
gustaba hablar de Martita: la defenestraba en el barrio continuamente,
inventando una serie de atrocidades para alejarla de su hijo.
Sarango era un buen hijo. Finalmente, obedeció a su madre.
Martita nunca entendió el porqué de la ruptura, tampoco el motivo de
los injuriosos rumores contra ella.
La pobre muchacha, tras la separación, quedó destruida. Después de
trece años de noviazgo era difícil rehacer su vida, sobre todo cuando se tienen
más de cuarenta años.
Devastada, recurrió a una terapia. Necesitaba apaciguar su
sufrimiento, por Jaime Sarango, por la chusma barrial, pero sobre todo por su
suegra.
Arrancó la terapia con dificultades. Podía pagar muy bajos
honorarios, así que acudió a la única que podía tomarla como paciente.
La terapeuta no parecía muy ortodoxa y siempre llegaba quince
minutos después que ella.
Martita era paciente en todo sentido, también en el de esperar sin
protestar. Juntó valor durante meses y al fin se atrevió a hablarle de las
llegadas tarde, proponiéndole cambiar de hora.
La
terapeuta aceptó sus condiciones sin interpretar nada, cosa infrecuente en el
ámbito psicológico.
Las
cosas funcionaron bien por un tiempo hasta que la psicóloga se empezó a dormir
frente a ella. Si el encuadre hubiera sido con diván podría haber sido menos
traumatizante, pero cara a cara era demasiado bizarro.
Sesión
tras sesión la contratransferencia de la terapeuta se manifestaba en forma de
ronquido, con un estertor profundo y escandaloso que la sacudía doblemente: por
un lado, por el ruido molesto que producía, pero sobre todo, por no poder
escucharla, producto de su dormidera interpretativa.
Martita
esperó meses para decirle, pero cuando ya estaba decidida escuchó un mensaje en
su contestador telefónico: era su terapeuta que se le adelantaba y le
notificaba que no la iba a atender más.
Quizás
no quería atenderla más por los bajos honorarios, o se había dado cuenta de que
la paciente la adormecía y esto le daba vergüenza, o quizás simplemente tenía
otras cosas que hacer. Nunca supo el motivo, pero Martita era contemplativa,
sumisa y sabía que la terapeuta no era afecta a dar respuestas.
Meses
después se enteró de que su ex suegra era muy amiga de su ex terapeuta. Quizás
esa amistad hubiera sido la causa de la interrupción de la terapia.
No
se atrevió a llamar telefónicamente a su ex suegra porque sabía que a ella
tampoco le gustaba dar explicaciones.
***
Sarango
comprendió de pronto cómo su madre tenía tanto que ver en los episodios
nefastos de su vida. Detuvo su trote displicente y se tomó la cabeza.
Sacó
su celular de la riñonera y llamó a su amiga Renata. Le preguntó de qué forma
se aplicaba el compuesto a base de yodo y quién se lo había aconsejado.
Renata
le explicó que al principio se lo esparcía por los granos pero la comezón no
disminuía. Así que llamó a Dulcinea, quien le indicó que lo bebiera de a medio
litro, tres veces al día.
Lágrimas
amargas empezaron a correr por la cara de Sarango. Se sintió ahogado por una
opresión en el pecho, una sofocación que era el producto de una verdad terrible
e ignorada hasta ahora.
Finalmente
entendía que su amiga no estaba loca: simplemente estaba intoxicada por el
compuesto a base de yodo que consumía en forma oral y en grandes cantidades.
Lloriqueaba
con una biliar congoja; casi como “cuando un niño se entera de la verdad sobre
los Reyes Magos”- pensó.
Jaime
Sarango lagrimeaba amargamente porque Dulcinea no era otra que su madre.
Después de tantos años se revelaba que su madre lo quería de una manera
demasiado especial.
Renata percibió el estado de ánimo de su amigo y le preguntó si lo
que estaba tomando era correcto. La respuesta de Sarango la tranquilizó: “Está
perfecto, seguí tomando el yodo”.
Si algo tenía claro Jaime Sarango en la vida, era el deber de ser un
buen hijo y no estaba dispuesto a renunciar por nada ni por nadie a eso.
Su madre, más allá de que no le gustara hablar de gatos y de sexo,
era una buena madre y él le debía todo el respeto que solo un hijo único puede
ofrecer.
Sarango se tranquilizó y se concentró con todas sus fuerzas en
finalizar su trote. Decenas de bicicletas que venían en racimos –“otra buena metáfora”
–pensó-, pretendían interponerse, pero a esa altura ya era imposible.
Jaime Sarango confirmó que la ley del más fuerte es la que
prevalece.
***
Cuando
estaba terminando su rutina se encontró nuevamente frente al edificio del
suicida, pero esta vez el escenario había cambiado. Estaba el mismo patrullero
policial, pero ahora en compañía de una ambulancia. Rápidamente intuyó que no
eran necesarios los bomberos.
Logró
divisar, tapado por un nylon oscuro, el cuerpo del –ahora sí– suicida
consumado. Ya no era necesario recurrir a la intuición; estaba claro que el
sujeto había logrado su objetivo.
Jaime
Sarango se acongojó y sintió impotencia por no haber hecho nada para cambiar el
destino del suicida, pero también entendió que en la vida siempre prevalece la
ley del más fuerte y que él tenía derecho a correr o, al menos, a trotar
serenamente.
Felicidad clandestina
La mañana estaba fría pero agradable. De camino al consultorio, discurría sobre un libro que estaba leyendo, La suma de los días, de Isabel Allende. Era un testimonial sobre la lucha de la escritora chilena por superar la trágica muerte de su hija Paula, de veintiocho años de edad. El libro, continuación de Paula, parecía un diario clínico, un intento de salir de un duelo que la tenía congelada desde hacía años.
Lo escribió como una catarsis. No
sabía qué hacer con las regalías de su libro Paula, tenía el dinero de las ganancias congelado, hasta que le
sucedió un acontecimiento extraño en la India , que relató en el capítulo «¿Quién quiere una niña?»
Se trata de una pequeña
historia, pero clave en el libro. Isabel Allende había quedado devastada
después de la muerte de su hija. No quería hacer nada, mucho menos
escribir. La familia la convenció de viajar a la India para cambiar de aire y
recuperar la inspiración que había perdido.
Isabel
viajó con su marido y con su amiga Tabra. Recorrieron diferentes lugares. Un
día, mientras atravesaba en auto un paisaje aciago, quisieron detenerse para
descansar y estirar las piernas. De
acuerdo a la descripción de Allende, solo se veían tierras áridas y, perdido en
el medio, un árbol.
Cuenta que cuando observó detenidamente el árbol se dio cuenta de que había un grupo de
mujeres. A Isabel y a su amiga les dio
curiosidad por ver qué hacían esas mujeres allí, así que se acercaron. Fueron
recibidas con abrazos y sonrisas. Un encuentro de dos culturas: intentaron
comunicarse a través de señas, las mujeres occidentales les regalaron sus brazaletes. Una de ellas tomó la cara de Isabel y la besó en la frente. Fue un gesto tan inesperado, tan íntimo, que la
escritora recuerda que no pudo retener las lágrimas y lloró por primera vez
desde la muerte de su Paula. Las otras mujeres parecían comprender el dolor
acumulado de Isabel y la rodearon y acariciaron
en silencio. Por cómo lo describe Allende, eran mujeres unidas tratando de
exorcizar el dolor de una madre.
Tenía marcada una cita con una paciente, pero
faltaba bastante, así que caminaba despacio, sin sobresaltos, pensando en el
encuentro de esas mujeres tan diferentes. La historia que escribía Allende era
minimalista, sin exceso de palabras, pero lograba trasmitir un sinfín de
emociones. Algo de ese encuentro sintetizaba su dolor congelado. Esas eran las cosas
que me hacían admirar a un escritor, la posibilidad de recortar con palabras
algo que parece intangible.
La historia continuaba y adquiría otros matices…
Luego de ese ritual íntimo y de la despedida a través de gestos, las turistas
se alejaron. Pero, narra Allende, una de las mujeres las siguió y le dio un
paquete que, para su sorpresa, no tenía otra cosa que una beba pequeña. Isabel Allende la tomó en sus brazos y la besó en la
cara con la intención de devolvérsela, pero la mujer, en vez de recibirla, corrió al árbol con su grupo. Raro intercambio el de unos brazaletes por una
beba recién nacida.
La escena era pura confusión, las mujeres se
alejaban del lugar e Isabel se quedaba perpleja con una niña en brazos. Fue
entonces, según el relato, que el chofer reaccionó, le quitó a la niña de sus
brazos y corrió a devolverla a las mujeres orientales. Estas no quisieron
recibirla y el chofer terminó dejándola bajo el árbol.
Se volvieron a subir al coche y salieron a toda
velocidad. Isabel, abrazada por su pareja,
lloraba sin entender por qué había pasado eso, qué sería de esa niña sin
esperanza. Otra niña arrebatada de su vida. Y en esa confusión le preguntó al chofer si
entendía el porqué de ese regalo. «Era una niña. ¿Quién quiere una
niña?», respondió este,
de acuerdo a lo reportado por Allende. Y explicó que en esos parajes de la India a las niñas las
regalan porque nadie las quiere, porque no valen nada.
Isabel
siguió llorando en silencio hasta que se dio cuenta de que había tomado una
decisión trascendente: con el dinero que se había generado por las regalías del libro Paula, se dijo, iba a crear una
fundación para ayudar a mujeres. Hasta ese momento, Allende no sabía qué hacer
con el dinero que había generado el libro donde hablaba de la muerte de su hija,
el cual fue un éxito en ventas. Eran montañas de dinero generadas, pero que la
autora no podía tocar porque pensaba que era una afrenta a su hija muerta. Para
Isabel, esa muerte ahora se resignificaba a través de una fundación. El dinero,
que esperaba un destino, lo había encontrado.
Mientras me acercaba al consultorio, pensaba en cómo
esa pequeña historia con poder de sanar servía para que
Allende pudiera hacer algo con su duelo. El
dinero en el banco no dejaba de ser una metáfora de ella misma. El
duelo no es un proceso contingente o accidental, sino algo necesario ante cada
situación de pérdida. En el caso de Isabel Allende fue esta anécdota la que
hizo que ella pudiera hacer algo con su dolor.
Cuando llegaba a la puerta del consultorio observé que
había una anciana. Me estaba esperando. Había llegado bastante antes de la hora pautada para
su primera entrevista. Me la había derivado un médico asombrado por su
historia. Tenía pocas referencias de ella, pero sí tenía muy claro que este
médico estaba bastante conmovido. Ese era un dato que me generaba expectativa.
Clara vino a verme desde muy lejos, desde un pequeño
pueblo del interior donde psicoanálisis
es una palabra inexistente. Vino porque tenía heridas que cerrar. Eso no es
demasiado raro —la mayoría de los pacientes vienen a eso—, sin embargo, Clara
tenía una historia demasiado particular.
La hice pasar a las sala de espera. Era una mujer muy
mayor, pero sobre todo era una mujer que portaba una tristeza profunda. Su cara
estaba marcada por surcos profundos que parecían acompasar sus rasgos finos.
Bien vestida, de oscuro, parecía en un duelo permanente. Toda ella daba una
sensación de profunda lástima.
No es común que los pacientes me generen estos
sentimientos, pero en este caso sí. Vi unos ojos verdes tristes con una
melancolía que parecía acompañarla desde hacía demasiados años.
La edad de la paciente podía ser un problema a la hora
de indicar un psicoanálisis, ya que siempre hay reparos cuando se va a atender
a personas muy mayores ¿Qué podía hacer yo desde el punto de vista analítico
con una mujer de más de ochenta años y que además vivía a cientos de kilómetros
de mi consultorio? Mis dudas se disiparon rápidamente cuando me confesó que
desde hacía años estaba esperando hablar «de esto» para «poder darle un sentido».
El psicoanálisis no deja de ser uno de los pocos
lugares explícitamente designados por el contrato social donde hay derecho a
hablar de las heridas que produce el vivir. Esta mujer necesitaba desenredar
los acontecimientos del pasado para «poder morirse tranquila». Con esa
sencillez y sabiduría lo manifestó. Su demanda explícita era hablar de eso que
la asfixiaba.
El dolor de Clara se podía situar claramente a partir
de sus quince años, sin embargo empezaba mucho antes. Única hija de padres
duros. De su infancia no remarcó cosas importantes a no ser que fue una niña
solitaria, criada en el medio del campo. Creció con diferentes niñeras que
duraban poco tiempo, aparentemente porque nunca convencían en el desempeño de
sus funciones. Su madre distante y siempre enferma; su padre, inflexible,
pasaba la mayor parte del día trabajando. Dormía en una habitación que estaba
fuera de la casa principal amplia y portentosa. ¿Por qué una hija única de
padres pudientes duerme en un cuarto de servicio fuera de la casa principal? La
pregunta nunca fue formulada por mí, ya que en ese momento lo que ella
necesitaba era hablar sin ningún tipo de restricción o señalamiento.
Sus problemas comenzaron cuando, de adolescente, se
enamoró de un hombre varios años mayor. Se enamoró perdidamente, de forma
ardiente, como son los amores en esas épocas. Lo veía de manera clandestina en
el pueblo. Una historia de encuentros furtivos, apasionados y prohibidos.
Por lo general estas historias no terminan bien y
tienen finales trágicos. La de Clara no fue la excepción. El desenlace fue un
embarazo no esperado. Clara, por miedo, no dijo nada a sus padres y lo ocultó
bajo ropas holgadas. Como vivía al margen de su familia en atención y afecto,
nunca repararon en lo que estaba pasando.
Su enamorado quiso hacerse cargo de la situación, pero
ella prefería el silencio y esperar. Era tal el terror que tenía a sus padres
que nunca llegaba el momento adecuado para contarlo. Quizás todo podría
resumirse en esta frase: nunca era su hora.
De hecho, así se presentó en el consultorio: mucho antes de la hora marcada.
Los meses del embarazo pasaron en la clandestinidad. Nadie sabía, a excepción
del amante. Era un silencio denso y oscuro, similar al que estaba instalado
entre Clara y sus padres desde siempre. Quizás Clara estaba destinada a una
felicidad clandestina.
Su novio le ofreció escaparse juntos a algún lugar
lejano, como ocurre en la novelas. Sin embargo, a Clara le faltaba el valor de
las heroínas de Isabel Allende o de Haruki Murakami. Ella era la protagonista
de una vida sin audacia.
Una noche el embarazo llegó a su fin. Clara estaba
sola en su cuarto. A la mañana siguiente, a la madre le llamó la atención que
su hija no fuera a desayunar. Fue al cuarto y se encontró con una escena
espeluznante. Su hija, casi sin vida, en un charco de sangre, aferrada a un
bebe recién nacido. Un gesto de amor inconmensurable.
Mientras escuchaba a Clara no dejaba de pensar en la
contradicción que arrojaba la escena, el encuentro de dos madres tan diferentes.
El relato de Clara puede generar dudas en su
verosimilitud, pero no es tarea del psicoanalista juzgar la credibilidad de los
recuerdos del paciente. Trabajamos con la realidad psíquica (aquella que relata
el paciente) y no sobre una verdad de la realidad.
Los relatos que generamos y creemos como auténticos edifican nuestras
subjetividades. El recuerdo terrible que ella traía era recordado de esta
manera y yo no tenía por qué ponerlo en duda. Parió sola a su hijo y casi dio
su vida en ello.
Su madre entró en pánico al ver aquello, corrió
desesperada a llamar al marido, quien contrató los servicios de un medico de
confianza para «arreglar» la situación.
Clara se recuperó rápidamente, tan rápidamente como su
familia tomó una decisión: el pequeño bebé iba a ser criado por los abuelos
como si fuera un hijo propio. Clara sería la hermana de su primogénito.
Esto no es un hecho tan infrecuente. En más de una
ocasión escuché este tipo de historias. Sin embargo, lo que nunca había
escuchado antes fue el castigo que le impusieron a Clara: no podía acercarse ni
tocar al bebé. Ese era el precio que le hacían pagar por su falta. Como escribí
antes, sus padres eran duros. Debí agregar inflexibles,
ya que nunca revieron el castigo.
El novio, enterado de la situación, fue a hablar con
los padres para explicarles. Estaba dispuesto a hacerse cargo de su hijo y de
Clara, llevárselos lejos, salvar la reputación
de la familia. Después de la conversación, en la cual ella no participó, el
novio desapareció del pueblo y nunca más se lo vio. Seguramente las amenazas
paternas por tener relaciones con una menor y las implicancias legales que esto
podía generar deben de haber determinado su partida. Un padre fantasma se
agregaba a esta historia. El único vínculo fuerte para Clara desaparecía. Una
historia de amor cortada de raíz.
Desterrada del contacto con su hijo y con su enamorado,
siguió durmiendo en el cuarto de servicio, que quedó más separado que nunca de
la casa. Diferente fue el destino del niño, que pasó a habitar uno de los
cuartos de la casa principal. Quizás sus padres siempre quisieron un varón y
finalmente lo tenían. Como en la historia de Isabel Allende: «¿quién
quiere una niña?», una niña desvalorizada.
Mientras Clara contaba su historia, las lágrimas
inundaban su rostro y su energía parecía agotarse. Las palabras no alcanzan
para describir lo que me causó su desgarrada confesión. Escucho diariamente
historias de dolor y desamor, pero la forma en que lo contaba y la profunda
tristeza que encerraba su voz me conmovían de una manera particular. Quizás
porque tenía hijos pequeños y pensaba en lo terrible que debería ser no poder
tocarlos, quizás porque me identificaba con ese hijo que no pudo tocar. Vaya uno a saber
qué resortes tocaba su historia en mí.
Mi
palabra era inútil en ese momento y solo me quedaba la posibilidad de hacerme
eco de su sollozo lacerante. Dar un sentido al dolor no significa proponer una
interpretación de su causa ni consolarla. Dar sentido a ese dolor inmensurable,
muchas veces, tiene que ver con darle un lugar para que pueda ser metabolizado.
La
función del analista, a veces, debe ser la de aquel que, por su sola presencia —aunque
sea silenciosa— disipa el sufrimiento del paciente recibiendo sus irradiaciones. ¿Serviría mi presencia
entonces? Por supuesto que en esa primera entrevista no podía saberlo. Es difícil acercarse al dolor, es
arduo medirlo, asirlo.
Un día, cuando ya habían pasado más de tres años del
nacimiento del pequeño, Clara se encontraba colgando ropa, como todos los días.
Siempre se encargaba de los quehaceres domésticos (quizás esa era la razón del
cuarto asignado) y ese día no era la excepción. Nunca hasta ese momento había
podido siquiera acercarse a su hijo, mucho menos tocarlo. Ella seguía en una
posición de hija obediente. En un momento de descuido de sus padres, el niño,
sin motivo aparente, corrió hacia Clara y se aferró a ella con fuerza. Por
segunda vez en su vida sintió el cuerpo de su hijo. Ella también se aferró con
desesperación, como la primera vez. Un encuentro inesperado para una situación
que tendría que ser cotidiana, como el abrazo entre un hijo y una madre.
Su padre observó la escena prohibida y salió
corriendo a separarlos. Como la primera vez, Clara no pudo hacer nada para
evitarlo. Por su «falta», por no respetar las «reglas», se le impuso un nuevo
castigo: fue enviada como pupila a un colegio de monjas especializado en tratar
a muchachas «descarriadas». No volvería a ver su hijo por meses.
Clara
lloraba intensamente. Me decía que había mucho más para contar, pero ya no
podía hablar más. La historia quedaba inconclusa y debo admitir que hubiera
querido saber más, pero entendí que ese era el momento justo para terminar con
esa primera entrevista. Clara estaba exhausta, casi sin fuerzas. Parecía que
había parido por segunda vez.
Me preguntaba
si el impacto que me había producido, la angustia que me había generado, hacía
posible que siguiera escuchándola.
La
acompañé hasta la puerta luego de unos minutos que precisó para calmarse.
Revivir su historia o, por lo menos, parte de ella, había sido una experiencia
demasiado extenuante. Cuando le fui a dar la mano para saludarla, me tomó la
cara con sus manos. Un gesto extraño para un encuadre psicoanalítico. Nunca me
había pasado. Me miró a los ojos con su mirada triste y me dijo:
—¿Me
va a poder ayudar?
En
ese instante no dejé de pensar en la escena de las mujeres bajo el árbol que
escribió Isabel Allende, que aparecía como una premonición y terminaba siendo
una especie de introducción al encuentro con Clara. Dos historias se enlazaban
en lo trágico de la relación entre madres e hijos.
Las
manos —o su dolor— en mi cara, algo no frecuente en su vida ni en la mía como
psicoanalista, sumadas a su demanda desesperada en ese «¿Me va a poder ayudar»?
me generaban una tremenda duda sobre si era posible que la siguiera viendo.
Clara
necesitaba poner en juego la posibilidad de comenzar a subjetivar una pérdida y
parecía que yo era su única alternativa. Su historia, su edad, la determinación
de venir desde tan lejos a verme parecían indicadores que marcaban un camino.
Las
mujeres de la India
«curaron» a Allende, la curaron en el sentido metafórico de ayudarla a poder
hacer algo con ese dolor punzante y coagulado que acarreaba. La presencia de un
otro se hace indispensable para poder metabolizar el sufrimiento, aquello que
no deja de gritar, y eso solamente aparece cuando el doliente está en
condiciones de ponerlo en juego.
Clara
me había elegido. Había venido desde muy lejos y había podido hablar de algo
que le costaba demasiado. Sus manos en mi cara no eran más que un pedido
desesperado para que yo la ayudara a decodificar su dolor. Sus manos, esas que
no habían podido tocar a un hijo, manos censuradas, manos clandestinas, me
tocaban a mí pidiendo ayuda. Pero sobre todo eran manos que se permitían tocar,
en un gesto de amor que ella me entregaba. ¿Y yo podía decirle que no? Mis
miedos fundamentados podían repetir otra vez su historia: ¿otro rechazo?,
¿podría ella soportarlo?
A
veces no hay demasiado tiempo para calibrar las situaciones. Solamente recuerdo
que pensé en la historia de Isabel Allende, pero sobre todo en la historia de
Clara, en su felicidad clandestina. Le tomé sus manos y las apreté con vigor, en
una forma de contacto diferente a la habitual en mi clínica, pero que creí
necesaria y auténtica.
—Pondré
todas mis fuerzas en ello —atiné a decirle.
Ese
fue el día en que comenzamos a trabajar. Ahora sí estaba en su hora y había
alguien dispuesto a sostenerla.
"Esto es como un juego de cartas, cada sujeto viene con el suyo"
En su nuevo libro "Cosas que pasan", el también columnista de Océano FM presenta historias vinculadas a su propia experiencia desde un costado más cercano a lo literario, con influencias como Sacks y Murakami
El nuevo libro de Jorge Bafico encuentra al psicoanalista y escritor más cerca de este segundo título que del primero. Si antes había canalizado su interés por los perfiles de asesinos en Los perros me hablan (editado el año pasado), ahora se muestra en primera persona en historias que lo tienen como protagonista junto a sus pacientes. Clínica, aciertos y errores propios se cruzan en cada una de las historias que, por la cercanía (en algunos pasajes incluso cercana a Nick Hornby) a la música detectable a través de las referencias que propone el escritor, parece de alguna manera un disco, con cada uno de sus tracks con identidad y ritmo propio, aunque enmarcados en un concepto único: el psicoanálisis. Algo de esa proximidad ve el escritor, que conversó con El Observador días después de la presentación oficial de un libro que consigue un ajustado balance entre pulso para la ficción y didáctica.
Una de las características más notorias de Cosas que pasan es la presencia de la música, mucha de ella local, que se cuela en los capítulos. ¿Cómo se genera esto?
Creo que es algo que tengo muy de (Haruki) Murakami, que es uno de mis escritores preferidos. Murakami incluye mucho a la música en sus historias. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr escribe de un disco de Eric Clapton, Reptile, que es el que escucha para correr. Cuando yo corro me acompaña Trotsky Vengarán, Buitres, The Killers, La Trampa, Regina Spektor... De alguna forma me llega mucho la música y me colgué corriendo. Estos dos gustos se fueron uniendo y ahora la música está muy cerca de lo que escribo.
Es un libro con un perfil muy “de escritor”, pero se reserva espacios para explicar algunos términos clínicos como las patologías... ¿Cuesta el balance?
La idea era mostrarme más humano, porque esto no era para nada un libro técnico. Quería poder transmitir lo difícil que es comunicar la clínica. A mí me fascina Oliver Sacks, que de hecho es un amante de la música y tiene un libro que habla de patologías que produce la música. Musicofilia es el nombre de ese libro. Pero lo de Sacks me atrapa porque es capaz de llevar al público temas neurológicos. Desde mi primer libro hablé de él, pero ahora siento, después de seis años, que me estoy acercando más a lo que quiero hacer con mis libros, que es esto: tratar de mostrarte una patología –un síndrome de Tourette, un tumor cerebral, una psicosis– y explicártela mejor a través de las historias.
¿Cómo fue apareciendo el tono en el que escribe?
Creo que era un objetivo soltarme. Mi editor, cuando estaba comenzando, me dijo: “Este libro sería fantástico si vos te soltaras realmente y le perdieras el miedo a tus colegas”. Creo que tenía razón; me costó muchos años entender que tenía que perder ese miedo. Pero también fue decisivo trabajar con Ana Laura Lissardy. Su rol fue similar al del productor de un disco: potenciar los matices. Me parece que ella hizo eso: que me soltara más, que no tuviera miedo a mostrarme. Creo que eso tiene que ver con un estilo mío, en el que me siento bastante cómodo.
El libro está hecho a partir de historias de gente que estuvo sentada aquí, en su consultorio. ¿Cómo se relaciona con ellos en el libro en modo escritor, ahora que pasan al libro?
Bien, porque son personajes que parten de la realidad, si bien luego se les integra la ficción. Son pacientes con los que trabajé hace muchos años y que ya son otros. Son pacientes que me marcaron por sus procesos, mis intervenciones, incluso mis errores. Quería que la gente leyera también sobre los errores que yo cometo. Todos me dejaron enseñanzas. Todos dejaron una impronta importante en mí.
En muchos casos los pacientes ni siquiera mejoraron del todo, algo que en las historias queda claro.
Ese era otro mensaje importante. Algunos pacientes no cierran porque la clínica no necesariamente cierra. Algunos avanzan hasta determinados lugares y hacen movimientos, pero no es que “se curan” del todo. Esto también tiene que poder decirse: que la estructura de una personalidad le permite llegar a cierto lugar. Que un sujeto psicótico pueda comportarse como un fóbico, alguien que erra en la vida (en el sentido de errancia, no de errar), es un avance. Va a seguir siendo psicótico, pero dentro de su estructura, se va a poder mover mucho mejor. Siempre digo que esto es como un juego de cartas. Cada sujeto viene con el suyo propio. Lo que podemos hacer es enseñar al sujeto a jugar, a ganar, con esas cartas que tiene, que no pueden cambiarse. Ojalá pudiéramos cambiarlas. Es como adaptar un fitito a Fórmula 1 o un Fórmula 1 a calle. Se le pueden hacer mejoras, pero no cambiarlos del todo.
¿No hay una tarea detectivesca a la hora de acometer cada terapia? Ese parece ser su lugar en varias historias.
Es que cada sujeto viene con un enigma. Un psicoanalista, entonces, es de alguna manera un investigador. Que ayuda al sujeto a encontrar su lugar. Importa a dónde vaya el sujeto, y que encuentre su propio camino, más allá de que uno esté de acuerdo o no como persona, cosa que queda por fuera del psicoanalista.
¿Será ese lugar que toma otro de los puntos de atracción para el lector? El libro ya está entre los más vendidos...
A los libros anteriores les fue bien. Con Los perros me hablan hubo una casualidad que fue que el libro salió en noviembre pasado y meses después sucede lo de los enfermeros asesinos y me volví una especie de referencia de consulta sobre el tema. De ahí que le fuera mejor. En este caso, creo que la gente se siente muy identificada con las historias y por eso a lo mejor el libro se lleva más. Es mi quinto libro solo y tengo una editorial fuerte atrás (Aguilar), cosa que también juega, como también mi visibilidad por el espacio en radio en Océano. El tiempo dirá si el libro vale como para no ser una especie de novedad pasajera. l
Una de las características más notorias de Cosas que pasan es la presencia de la música, mucha de ella local, que se cuela en los capítulos. ¿Cómo se genera esto?
Creo que es algo que tengo muy de (Haruki) Murakami, que es uno de mis escritores preferidos. Murakami incluye mucho a la música en sus historias. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr escribe de un disco de Eric Clapton, Reptile, que es el que escucha para correr. Cuando yo corro me acompaña Trotsky Vengarán, Buitres, The Killers, La Trampa, Regina Spektor... De alguna forma me llega mucho la música y me colgué corriendo. Estos dos gustos se fueron uniendo y ahora la música está muy cerca de lo que escribo.
Es un libro con un perfil muy “de escritor”, pero se reserva espacios para explicar algunos términos clínicos como las patologías... ¿Cuesta el balance?
La idea era mostrarme más humano, porque esto no era para nada un libro técnico. Quería poder transmitir lo difícil que es comunicar la clínica. A mí me fascina Oliver Sacks, que de hecho es un amante de la música y tiene un libro que habla de patologías que produce la música. Musicofilia es el nombre de ese libro. Pero lo de Sacks me atrapa porque es capaz de llevar al público temas neurológicos. Desde mi primer libro hablé de él, pero ahora siento, después de seis años, que me estoy acercando más a lo que quiero hacer con mis libros, que es esto: tratar de mostrarte una patología –un síndrome de Tourette, un tumor cerebral, una psicosis– y explicártela mejor a través de las historias.
¿Cómo fue apareciendo el tono en el que escribe?
Creo que era un objetivo soltarme. Mi editor, cuando estaba comenzando, me dijo: “Este libro sería fantástico si vos te soltaras realmente y le perdieras el miedo a tus colegas”. Creo que tenía razón; me costó muchos años entender que tenía que perder ese miedo. Pero también fue decisivo trabajar con Ana Laura Lissardy. Su rol fue similar al del productor de un disco: potenciar los matices. Me parece que ella hizo eso: que me soltara más, que no tuviera miedo a mostrarme. Creo que eso tiene que ver con un estilo mío, en el que me siento bastante cómodo.
El libro está hecho a partir de historias de gente que estuvo sentada aquí, en su consultorio. ¿Cómo se relaciona con ellos en el libro en modo escritor, ahora que pasan al libro?
Bien, porque son personajes que parten de la realidad, si bien luego se les integra la ficción. Son pacientes con los que trabajé hace muchos años y que ya son otros. Son pacientes que me marcaron por sus procesos, mis intervenciones, incluso mis errores. Quería que la gente leyera también sobre los errores que yo cometo. Todos me dejaron enseñanzas. Todos dejaron una impronta importante en mí.
En muchos casos los pacientes ni siquiera mejoraron del todo, algo que en las historias queda claro.
Ese era otro mensaje importante. Algunos pacientes no cierran porque la clínica no necesariamente cierra. Algunos avanzan hasta determinados lugares y hacen movimientos, pero no es que “se curan” del todo. Esto también tiene que poder decirse: que la estructura de una personalidad le permite llegar a cierto lugar. Que un sujeto psicótico pueda comportarse como un fóbico, alguien que erra en la vida (en el sentido de errancia, no de errar), es un avance. Va a seguir siendo psicótico, pero dentro de su estructura, se va a poder mover mucho mejor. Siempre digo que esto es como un juego de cartas. Cada sujeto viene con el suyo propio. Lo que podemos hacer es enseñar al sujeto a jugar, a ganar, con esas cartas que tiene, que no pueden cambiarse. Ojalá pudiéramos cambiarlas. Es como adaptar un fitito a Fórmula 1 o un Fórmula 1 a calle. Se le pueden hacer mejoras, pero no cambiarlos del todo.
¿No hay una tarea detectivesca a la hora de acometer cada terapia? Ese parece ser su lugar en varias historias.
Es que cada sujeto viene con un enigma. Un psicoanalista, entonces, es de alguna manera un investigador. Que ayuda al sujeto a encontrar su lugar. Importa a dónde vaya el sujeto, y que encuentre su propio camino, más allá de que uno esté de acuerdo o no como persona, cosa que queda por fuera del psicoanalista.
¿Será ese lugar que toma otro de los puntos de atracción para el lector? El libro ya está entre los más vendidos...
A los libros anteriores les fue bien. Con Los perros me hablan hubo una casualidad que fue que el libro salió en noviembre pasado y meses después sucede lo de los enfermeros asesinos y me volví una especie de referencia de consulta sobre el tema. De ahí que le fuera mejor. En este caso, creo que la gente se siente muy identificada con las historias y por eso a lo mejor el libro se lleva más. Es mi quinto libro solo y tengo una editorial fuerte atrás (Aguilar), cosa que también juega, como también mi visibilidad por el espacio en radio en Océano. El tiempo dirá si el libro vale como para no ser una especie de novedad pasajera. l
El problema de la psicopatía. Sobre la novela “La herencia de Eszter”
“No puedo saber qué más tiene
Dios previsto para mí. Sin embargo, antes de morir, quisiera poner por escrito
el relato del día en que Lajos vino a verme, por última vez, para despojarme de
todos mis bienes”.[1]
Probablemente
quien haya leído “La herencia de Eszter” del excepcional Sándor Márai quede con
un retrogusto extraño; una mezcla de angustia e impotencia.
Eszter,
la protagonista del título, es una solterona que vive con una anciana en una
modesta casita con jardín que recibe la visita de un antiguo amigo de la
familia, Lajos, después de casi veinte años de ausencia.
Su
antiguo y gran amor. Un amor trágico y no correspondido, ya que él finalmente
se casó con su hermana.
Lajos,
envejecido y viudo, pero todavía infalible en el arte del engaño, no viene con
la intención de reclamar su amor por Eszter. Simplemente viene a pedir algo que
no es suyo pero que le pertenece, o por lo menos él así parece entenderlo.
Viene,
por supuesto, a consumar el último despojo.
Eszter,
victima gigante en su amor y en su sacrificio:
“Yo, en aquella época, llevaba
veinte años sin ver a Lajos y me consideraba inmune a su recuerdo. Un día, sin embargo, recibí un telegrama suyo
que me recordó el libreto de una ópera: era patético, peligrosamente pueril y
mentiroso, como todo lo que en veinte años atrás Lajos me había escrito y
dicho, a mí o a los demás… Parecía una declaración solemne; era prometedor,
misterioso y obviamente mentiroso, ¡mentiroso hasta el fondo!...”.[2]
Lajos ¿un psicópata?
La noción de psicopatía es desarrollada por primera vez por Philippe
Pinel[3] en 1809 en su "Traité de la mente", donde describe
una forma clínica novedosa de enfermedad mental que denomina "manía
razonante". El paciente no es un "enfermo de la inteligencia"
y sí de sus "instintos", comportándose de forma maligna respecto de
las personas, siendo la falta de educación la causa principal de la
patología.
Fue
el psiquiatra francés Morel (1828) el primero en llamarla “locura de los
degenerados”.
En 1835, James
Cowles Pritchard hizo
célebre su expresión de “moral insanity”
para aludir a los locos morales o personas sin sentimientos que no pueden
controlarse y cuya ética es mínima y sui géneris.
Su
descripción coincide con el psicópata tal como se lo
caracteriza en nuestros días.
Tres
posiciones con respecto a la psicopatía en la psiquiatría son las que dominan
el panorama antes de la llegada del DSM―IV[4]:
una es la escuela más constitucionalista que se ciñe a
los factores constitucionales como determinantes. La otra es la escuela social,
más vinculada con la exterioridad sociocultural. Y la tercera es la influencia
que tuvo el psicoanálisis en relación a la sexualidad.
En
los últimos años, la hegemonía de la psiquiatría americana y su manual DSM―IV ha
ido reemplazando el concepto de "psicopatía" por el TAP,
"Trastorno Antisocial de la Personalidad". La locura sin delirio,
locura de los degenerados, moral insanity, de otrora, ha sido reemplazada por
el trastorno antisocial de la personalidad.
El psicópata
“En el momento de la llegada a
casa, (Lajos) hizo su puesta en escena, actuó y recitó su papel con evidente
placer: habló de los dos niños con un tono difícilmente calificable,
acompañando sus palabras con gestos dramáticos y falsos, como si se tratase de
unos huérfanos. Ya sus primeras palabras parecieron una acusación, una
acusación y una exigencia. ‘Los huérfanos’, así calificó a sus hijos ante Tibor
y Laci, a unos niños que se habían hecho ya adultos… ‘Los huérfanos’, dijo
Lajos, acompañando sus palabras con una mirada llena de compasión, al mostrar a
los hijos de Vilma, quienes de hecho eran huérfanos, huérfanos de madre, pero
que eran más fuertes que su propio destino: habían crecido y regresaban con
nosotros haciendo gala de un aspecto tranquilizador.
Me resulta difícil explicar
todo aquello. Estábamos de pie, confundidos, delante de los huérfanos, con la
mirada baja. Lajos los mostraba de todos
lados, desde todos los ángulos, de frente, de costado, haciéndolos girar, como
si se los hubiese encontrado en la calle, como si se hubiese encontrado a unos
niños mugrientos y mal vestidos, abandonados de la mano de Dios, y como si
alguno de los presentes ―Tibor, Nunu o yo― fuéramos los responsables de su
destino. No dijo nada al respecto, pero
nos estuvo mostrando a Eva y a Gabor así desde el primer instante. Y lo más extraño es que nosotros ―viendo a
aquellos dos jóvenes bien cuidados, visiblemente bien vestidos, sospechosamente
maduros y demasiado bien enterados de todo, que acababan de caernos desde la
luna― sentíamos que hasta cierto punto éramos responsables de ellos,
responsables, en el sentido práctico de la palabra; como si nos hubiésemos
negado a compartir nuestro pan o nuestro afecto con ellos, aunque tuvieran el
derecho y la necesidad de ello”.[5]
El término de psicopatía desde la perspectiva de la semiología psicoanalítica
no tiene un lugar claramente determinado ya que el campo psicopatológico está
en relación a la neurosis, la psicosis y las perversiones.
Lo
que históricamente se ha llamado psicopatías constituye un campo demasiado
amplio que, desde una perspectiva psicoanalítica, no puede ser abordada como una categoría
unitaria.
Muchas
veces se han generado confusiones con respecto a la psicopatía y a las
perversiones, disquisiciones que no es objetivo de este trabajo desarrollar,
por lo que simplemente diremos que si bien el psicoanálisis carece del concepto
de psicopatía, trabajaremos el tema en el sentido de lo que Freud y Lacan abordaron
con el concepto de perversión.
Roberto
Mazzuca[6]
plantea que a la psicopatía sería necesario distinguirla en dos categorías: una
que es la que se entiende como “personalidad antisocial o sociópata” y es en la
que se utiliza violencia física y coerción contra la voluntad del otro. Esta
categoría está regida por las conductas antisociales, la agresividad, la destructividad
y falta del control de impulsos.
La
otra categoría Mazzuca la llama “verdadera psicopatía” y se trata de ejercer
otro tipo de violencia: la emocional. Aún en el caso de que se pudiera hablar
de un acto delictivo, éste se produce estimulando la intervención del otro
hasta obtener su complicidad y no por el lado del forzamiento.
Los
rasgos distintivos de esta categoría son: la locuacidad, la falta de remordimientos y la renuencia
a aceptar responsabilidades.[7]
Es
fundamental remarcar la diferencia entre lo que se entiende como sociópata o
personalidad antisocial de la personalidad y psicópata; el primero en su acto
coercitivo atraviesa lo íntimo, lo privado y lo público sin pedir permiso, en
cambio el psicópata busca la complicidad y la anuencia del otro.
Lajos,
indudablemente está en el grupo de los “verdaderos psicópatas” ya que conmueve
en una manipulación teatralizada sin ningún tipo de violencia física. Se trata
de una personalidad cínica, calculadora, frívola, infractora, mentirosa y sin
escrúpulos, pero también de una personalidad irresistible y encantadora para su
público, en este caso Ezster.
“Me miraba sonriente, con una
sonrisa extrañamente humilde. Como si estuviera diciendo: ‘Ya ves, al fin y al
cabo, no están complicado’. No me había sorprendido en lo más mínimo si se
hubiese frotado las manos, como un comerciante satisfecho que, después de hacer
un negocio especialmente fructífero, se queda asolas con los miembros de su
familia y, en ese estado de ánimo efervescente, empieza a planear otros
negocios, todavía más prometedores y sustanciosos. No se apreciaba en su rostro
ni la más mínima señal de vergüenza o de oprobio. Estaba contento, se le notaba
una alegría infantil.
(Lajos)… ‘Yo siempre he sido un
hombre débil. Me hubiese gustado hacer algo en este mundo, y creo que disponía
de algún talento para ello. Sin embargo, la intención y el talento no son suficientes.
Ahora ya sé que no son suficientes. Para la creación hace falta algo más… una
fuerza especial, una disciplina; o las dos juntas. Creo que es a esto a lo que se
suele llamar carácter… Esa capacidad, ese rasgo es lo que me falta a mí. Es
como la sordera. Como la sordera de alguien que conoce las letras musicales que
está tocando, pero que no oye los sonidos. Cuando te conocí, no sabía esto con
la precisión con la que te lo estoy contando ahora… no sabía tampoco lo que tú
eres para mí: mi carácter. ¿Lo entiendes?'
―No― le respondí con
sinceridad.
No eran sus palabras las que me
sorprendían, sino que su tono de voz y su manera de hablar. Nunca lo había oído
hablar así. Hablaba como una persona que…
Me resultaba casi imposible describir su tono de voz. Hablaba como la
persona que ve algo, la verdad, un descubrimiento, sin haber llegado a ello,
pero atisbándolo, y que trata de comunicar desesperadamente sus impresiones a
los demás. Hablaba con una persona que siente algo. Yo no estaba acostumbrada a
ese tono de voz en Lajos.
Lo observaba en silencio.
―Sin embargo, es sencillo ―dijo―.
Lo comprenderás. Tú fuiste… tú hubieras podido ser para mí lo que me faltaba:
mi carácter. Uno se da cuenta de estas cosas. Una persona que no tiene carácter
o que no tiene carácter perfecto, es un inválido en el sentido moral de la
palabra. Hay muchas personas así. Son seres perfectos en todos los sentidos,
pero es como sí le faltara un miembro, una mano, un pie. Luego, se les pone una
prótesis y se vuelvan capaces de trabajar, de ser útiles para el mundo.
Perdóname la metáfora pero tú hubieras podido ser una prótesis así para mí… Una
prótesis moral. Espero no ofenderte ―añadió, y se inclinó hacia mí con ternura”.[8]
Lajos no se siente transgresor,
simplemente confiesa que le falta carácter, el que le podría haber dado Ezster,
la única culpable de su desdicha.
Es muy clara su ausencia de
culpabilidad; él demanda, impone formas sutiles de exigencia e incita a Ezster
a sentir culpa y lástima por él.
Un discurso lleno de matices en
donde la seguridad, la convicción y la rapidez están presentes, cuestiones
éstas bien presentes en el psicópata.
El
psicópata actúa y hace actuar, porque “inocula”[9]
la complementariedad. Lajos no busca respuestas sino la complementariedad de
Ezster; esta complementariedad es en espejo, ya que la mueve a hacer lo que él
no asume. Necesita del otro, del cual está en constante dependencia.
(Ezster) “―No lo creo ―insistí,
obstinada―. Y aunque así fuera, Lajos, no puedes haber deseado que alguien te
estuviera acunando toda la vida por ser una persona moralmente imperfecta. Una
mujer no puede ejercer de nodriza moral durante toda su vida.
―Una mujer, una mujer― repitió,
haciendo una ademán de desprecio―. Se trata de ti, Eszter. Se trata de ti ―dijo
con decisión y cortesía.
―Una mujer― insistí, y sentí
que la sangre se me subía a la cabeza―. Ya sé que se trata de mí. Hace mucho
tiempo que me harté de ser un ejemplo de un ideal falso. ¡Entérate de una vez!
Ya no tiene ningún sentido decirlo… Quizá tengas razón, no se puede estar
callado durante toda una vida. No creo ninguna de tus teorías, Lajos, pero creo
en la realidad. La realidad es que me has engañado.
Antes, con un lenguaje
romántico se hubiese dicho que estabas jugando conmigo. Tú eres un jugador de
cartas muy especial: alguien que juega, en vez de con cartas, con pasiones y
con seres humanos. Yo era una dama en tus juegos. Luego, te levantaste de la
mesa y te fuiste… ¿Por qué? Porque estabas aburrido. Te fuiste porque estabas
aburrido. Ésa es la verdad. Ésa es la horrible e inmoral verdad. A una mujer se
la puede apartar, tirar, como se tira una caja de cerillas vacía, por pasión,
porque es así la naturaleza del hombre, porque es incapaz de mantenerse al lado
de una mujer, o porque quiere lograr más, llegar más alto, y utilizar para ello
a todas y a todos. Todo esto lo puedo comprender… Es infame, pero tiene algo de
humano. Pero tirar a alguien sólo por aburrimiento… Eso es peor que infame.
Para eso no hay perdón, porque es inhumano. ¿Me comprendes? [10]
El
canalla
Lajos
ha engañado a toda la familia de Eszter: a unos les debe dinero, a otros directamente
les ha robado. Es un verdadero vividor y "un canalla", le asegura
Endre, el viejo notario y amigo de la familia.
Pero ¿qué es un canalla? Este es un término que tiene una aparición muy puntual en la
enseñanza de Lacan.
En “Radiofonía y televisión”[11]
Lacan manifiesta: “… pienso que hay que rehusar el psicoanálisis a los
canallas: he ahí seguramente lo que Freud disfrazaba con un pretendido criterio
de cultura... y si me atrevo a articular que el análisis debe rehusarse a los
canallas, es que los canallas se vuelven necios, lo que sin duda es un adelanto,
pero sin esperanza, para retomar vuestro término”.
¿Qué es lo que Lacan
define como canalla? Se refiere a la posición (canalla) en tanto ocupa el lugar
del gran Otro en relación a los pequeños otros. Esto está planteado en el sentido de que al
psicópata se le atribuye la capacidad de manipular a las personas.
Lajos
sabe exactamente lo que hace y por qué lo hace. Conoce la ley, distingue entre
el bien y el mal y es plenamente consciente de sus actos en el momento de
accionar.
Algunos
psiquiatras hablan de que el psicópata “cosifica” [12]; en la cosificación se trata de quitarle la
jerarquía de persona al otro. Algo para usar y tirar. Algo descartable. En este
caso Eszter.
El psicópata tiene la
capacidad ―ocupando el lugar del gran Otro― de mandar sobre el deseo y el goce del pequeño otro. Esto es lo que permitiría asimilar el
concepto de canalla al de psicópata.
El canalla carece de culpa y
responsabilidad en su posición de sujeto. La culpa para el canalla es siempre
de los otros.
“― ¿Dónde están tus limites,
Lajos?
Parpadeó al tiempo que miraba
la ceniza de su cigarrillo.
― ¿Qué pregunta es ésta? ¿De
qué limites me estas hablando? –me preguntó, inseguro.
¿Dónde están tus límites? –le
volví a preguntar―. Yo creo que cada ser humano tiene unos límites interiores,
dentro de los cuales se sitúan sus conceptos sobre el bien y sobre el mal.
Sobre todos los demás aspectos que pueden ocurrir entre los seres humanos. Pero
tú careces de límites por completo.
―Todo eso son puras palabras
–observó, con un movimiento de la mano de aburrimiento―. Límites,
posibilidades. El bien y el mal. Son puras palabras, Eszter. ¿Has pensado
alguna vez en que la mayor parte de nuestras acciones no tienen ningún sentido
ni ningún fin? Uno hace lo que hace, sin pensarlo, sin obtener ningún beneficio
ni ningún placer con ello. Si examinas tu vida, te darás cuenta de que has
hecho muchas cosas sin querer, simplemente porque se te ha presentado la
ocasión para hacerlas”.[13]
Puras palabras las de
Lajos; ningún escrúpulo, sin vacilaciones. Su convencimiento y seguridad
proviene de que no posee alteridad; no acepta al Otro con mayúscula, él es el
Otro con mayúscula.
El otro pequeño es
nada, no merece nada, Ezster es nada.
Lajos no se angustia pero no le
ahorra esa experiencia a su ex amada. Por eso asume un papel activo para sumir
al otro en la experiencia de la angustia.
El
partener del psicópata
“Estaba tranquila, casi alegre.
Me sentía ligera y sin preocupaciones. El hecho es que comprendí algo en aquel
instante, a través de las palabras de Lajos; algo que me resultaba más fuerte,
más inteligible, más categórico que todo lo que él hubiese podido decir en
contra de mí o en defensa de sus planes. Naturalmente, no creía ni una sola palabra
suya… y esa incredulidad se me antojaba divertida. Mientras Lajos hablaba, yo
comprendí algo sin que fuera capaz de poner en palabras el sentido de esa
verdad sencilla y elemental que me tranquilizaba. Lajos estaba obviamente
mintiendo… No sabía exactamente en qué pero mentía. Quizá no mintiese con
palabras, ni con los sentimientos, sino simplemente con su ser; por el hecho de
ser él mismo, de no poder ser otra cosa; como antaño tampoco había podido ser
otra cosa de lo que fue. De repente, me eché a reír, no con ironía sino con
sinceridad, con unas verdaderas ganas de reír. Lajos no comprendió mi risa.
― ¿De qué te ríes?― me preguntó
con suspicacia.
― De nada – le respondí―.
Continúa.
― ¿Estás de acuerdo?
― Sí― le dije―. ¿Con qué? Sí,
estoy de acuerdo –añadí rápidamente.
Bien― observó―. Entonces… Mira,
Eszter, no vayas a creer que puede ocurrir algo en contra de ti o en tu perjuicio.
Las cosas se tienen que arreglar, en una manera sencilla y honrada. Vendrás
conmigo. Nunu también. Quizá no al mismo tiempo, un poco después. Eva se
casará. Hay que liberarla –explicó en voz baja, con complicidad―. Y a mí
también. Todavía no puedes comprenderlo todo… Pero confías en mí ¿verdad? –me
preguntó en voz baja, inseguro de sí mismo.
― Sigue hablando― le dije, también
en voz baja, también con complicidad.― Claro que confío en ti.
― Eso es lo único que importa―
murmuró, muy satisfecho―. No creas que me voy a aprovechar de tu confianza
–continuó, en un tono de voz más alto―. No quiero que decidas sola. Iré a llamar
a Endre. Él es amigo de la casa. Es notario, entiende de estas cosas. Es mejor
que firmes delante de él –dijo con aire de generosidad.
― ¿Firmar qué? –pregunté, casi
susurrando, como si ya hubiese accedido a todo, como si hubiese aceptado la
tarea, como si tan sólo me interesara por los detalles.
― Este documento –respondió―.
Este documento que nos permitirá arreglarlo todo, para que puedas venir con
nosotros, para que puedas vivir…
― ¿Contigo?―le pregunté.
― Con nosotros― respondió en un
tono más inseguro―. Con nosotros… Cerca de nosotros.
― Espera –le dije―. Antes de
llamar a Endre…, antes de firmar…, podrías al menos aclararme una cosa con
mayor precisión: tú quieres que lo abandone todo y que me vaya contigo. Eso ya
lo he comprendido. Pero, ¿qué ocurrirá después? ¿Dónde quieres que viva cerca
de ti?
― Hemos pensado –dijo despacio,
sopesando sus palabras, hablando en general― que podrías vivir cerca de
nosotros. Nuestro piso lamentablemente, no es lo suficientemente amplio. Pero
hay un hogar cerca, donde viven damas solitarias. Muy cerca de donde estamos
nosotros. Podríamos vernos muy a menudo –añadió con tono motivador, como para
animarme.
― Un hogar de caridad ¿verdad?
–le pregunté, muy tranquila.
― ¿Un hogar de caridad?
–objetó, muy molesto―. ¡Qué palabras! Ya te digo que es un lugar en donde viven
auténticas damas. Como tú y como Nunu.
― Como yo y Nunu –repetí sus
palabras.
Esperó un rato. Luego, se acercó
a la mesa, sacó sus cerillas y con un movimiento inexperto y taciturno,
encendió la lámpara de petróleo.
― Piénsalo bien –me aconsejó―.
Considéralo. Léete el documento antes de firmarlo. Léetelo con atención.
Sacó del bolsillo interior de
su chaqueta un folio que estaba plegado en
cuatro, y lo colocó en la mesa con un ademán modesto. Me miró otra vez
de arriba abajo, con una sonrisa alentadora y benévola, se inclinó ligeramente
y salió de la habitación con pasos rápidos y juveniles”.[14]
Ezster no es psicopática, más
bien lo contrario, pero necesita de Lajos; en ese punto son un verdadera pareja.
Ella se ubica en dependencia de
la demanda del Otro. Esto es común en algunas neurosis, le gusta hacerse
demandar. Ella en definitiva participa activamente de la escena. Podría negarse
a escuchar o podría ser ingenua, sin embargo, usa sus recursos para que Lajos le
sugiera o le ordene.
Todas diferentes formas de la
demanda con las que espera sobre todo obtener el reconocimiento del Otro.
Ezster se constituye como víctima
aceptando un destino que está marcado:
“Cuando, transcurridos unos
minutos, Endre entró a mi habitación, yo ya había firmado el documento, que era
una suerte de contrato en el que yo autorizaba a Lajos a vender la casa y el
jardín”.[15]
[1] Márai. S. “La herencia de Eszter”. Pág 7-8.
(2006)
[2] Márai. S. “La herencia de Eszter”. Pág 9-10
(2006)
[3] Estos conceptos históricos sobre psicopatía se
pueden ampliar en una muy buena compilación sobre el tema: “Psiquiatría y
psicoanálisis 2” del Departamento de estudios sobre psiquiatría y psicoanálisis
(CICBA), ED. Grama, Bs As, 2008.
[4] DSM IV TR Manual diagnostic y estructuras mentales,
ED Masson, Barcelona, 2005
[5] Márai. S. “La herencia de Eszter”. Pág 64-66
(2006)
[6] Mazzuca, R., “El psicópata y su partener”,
Revista Alcmeón N°9, Bs As, 2000.
[7] Conferencia
presentada en el 8º Congreso Internacional de Psiquiatría organizado por la
Asociación Argentina de Psiquiatras, miércoles 24 de octubre de 2001, Buenos
Aires. Mesa Redonda: “Temas de Psicopatía”.
[8] Márai. S. “La herencia de Eszter”. Pág 123-127
(2006)
[9] Un término empleado por el
psicoanalista Rafael Skiadaressis
que me pareció acertado.
[10] Márai. S. “La herencia de Eszter”. Pág 135-138
(2006)
[12] Nestor Yellati,“Psicópatas, antisocial,
canalla” en “Psiquiatría y psicoanálisis 2”, ED. Grama, Bs As, 2008, es quien
trabaja exhaustivamente estos conceptos.
[14] Márai. S. “La herencia de Eszter”. Pág 139-151
(2006)
[15] Márai. S. “La herencia de Eszter”. Pág 153
(2006)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)