Sobre la música y el nuevo fenómeno musical Jordan Smith


La música es una experiencia de lo real, que nos golpea y emociona de una manera indescriptible. La música tiene la particularidad que no podemos muchas veces atarlas a un sentido y nos invade en un registro que escapa a lo simbólico.
En estos días surgió una voz singular del programa The Voice, Jordan Smith. Un cuerpo extraño para una voz angelical. El muchacho de 21 años arrasó en las visitas en youtube y en la descargas de Itunes. De la noche a la mañana se convirtió en una mega estrella desplazando del primer lugar a la omnipresente Adelle en los Estados Unidos.
La voz de algunos intérpretes parece tener vida propia, se asemejan a un instrumento que sale de su propio cuerpo. Sueltan la voz y logran separarse de ella, aquello donde lo indecible toca lo más real como imposible de representar.
Solo algunos poseen ese don.
Miquels Bassols describe esto como “una voz áfona, una voz indecible en el registro del significante, una voz que permanece en el registro del “sileo”, del silencio tan absoluto como ensordecedor que anida en el ombligo de la estructura del lenguaje, ombligo que insiste y se repite como lo más real e imposible de representar.”
Jordan Smith es eso: una voz que escapa al sentido.
En una de las galas, este jovencito junto a la no menos talentosa Regina Love, lograron  brindar el momento sublime de la temporada al interpretar el tema Like I Can.
Dos cuerpos grandes, con poca destreza para los requerimientos coreográficos de la actualidad musical, pero que sin embargo, nos regalan una actuación memorable, gozosa. Donde los cuerpos se transforman en panteras, en dragones, en amantes que se aparean salvaje y suavemente.
Una danza de cuerpos imperfectos, que sincronizan de una forma indescriptible. Mirada y voz, se engarzan en una sincronía llamativa y permiten, nos permiten, disfrutar, conectarnos a eso tan sublime y tan inexplicable como lo que genera la música.https://www.youtube.com/watch?v=hcNvyQIzE6s

LOS LÍMITES A PARTIR DE LA NOVELA LAS AVENTURAS DE PINOCHO, DE CARLO COLLODI


Yo quería ser como vos,
correr más que nadie en la quinta,
tener tu alegría,
tener una casa tan linda.
Yo quería ser como vos,
llevar tu sonrisa en la cara,
tirarme del muelle,
tocar la guitarra en la siesta
Las aventuras de Pinocho es una novela del italiano Carlo Collodi de fines del siglo XIX. Elijo esta columna para hablar de los límites entre padres e hijos.
En estos tiempos se ve la dificultad de poner límites de los padres, la falta de autoridad. Pero, ¿cómo salimos de eso? ¿Cómo se sale? Con el amor, seguramente, se puede salir. Pero, ¿el amor alcanza?
El otro día miré con mi hijo la película de Disney de Pinocho y él estuvo atento por toda la película. Sin dudas es un filme que atrapa la atención de los niños.
Pinocho es una película atemporal, que trasciende las generaciones, hay algo ahí que tiene que ver con lo mítico. Me puse a investigar y vi que muchos literatos, artistas y científicos han hablado de Pinocho. Y, entre ellos, el escritor italiano Ítalo Calvino incluso hace una lectura masónica de la historia, habla de cómo Pinocho va adquiriendo cierta sabiduría y termina siendo un sabio, en el sentido de poder metabolizar su culpa, de poder hacer algo con su vida.
Mirada con ojos de adulto, la historia de Pinocho es terrible, pero era mucho más terrible originalmente, yo diría que hasta terrorífica. ¿Cómo un niño en 1881 podía leer aquella primera versión: una que terminaba con Pinocho ahorcado por el zorro y el gato? La gente, de hecho, no pudo creer que la historia terminara así y le pidió a Collodi que reescribiera el final. Y ahí es donde aparece el hada madrina que lo salva. Además, en un principio Pinocho era un transgresor nato que hacía todo el tiempo cosas que no debía, que no quería a su padre y se quería escapar todo el tiempo.
Hace unos años hubo una reunión de psicólogos en Venecia que analizó el cuento y llegaron a esta conclusión: “Pinocho representa todos los terrores y desgracias en los que puede caer un niño desde la orfandad a la crueldad”. Esta lectura parecería demasiado simple ya que es lo que cualquiera puede pensar de inmediato: trata de una cantidad de desgracias que Pinocho tiene por no obedecer a su padre y sus mandatos.
Calvino, en cambio, lo que plantea es que no se puede concebir al mundo sin Pinochos y que no es una fábula para niños, sino para padres. La historia de Pinocho toca algo de lo esencial del conflicto humano.
Y creo que hay algo de eso y que por eso sigue siendo actual: plantea el miedo que nos genera a los padres lo que les puede pasar a nuestros hijos en la calle, por el solo hecho de que los niños —como Pinocho— tienen cierta transgresión innata; no tienen por qué ser necesariamente buenos y obedientes.
Pero quiero detenerme en otro aspecto, en cómo se resuelve en esta historia el tema de los límites.
Pensemos en cómo empieza esta historia originalmente. Comienza con Geppetto que lo construye y lo talla para que le dé dinero. Geppetto era muy pobre y lo construye con la intención no de tener un hijo, sino de hacer un títere que baile y salte y poder hacer un poco de dinero con él para comer, para tomar un vaso de vino y comer un poco de queso. De alguna manera, Pinocho es un niño que no es narcicizado, es decir, no es deseado, no es puesto como hijo. Es un niño que lo primero que hace cuando se lo termina de construir es salir corriendo, con una gran necesidad de transgredir permanentemente, no quiere estudiar, se quiere divertir, salir, recorrer el mundo. Luego, en algún punto de la historia, Geppetto asume su condición de padre y lo nombra como hijo.
Pero, ¿qué es lo que pasa con Pinocho? Está Pepe Grillo, que es como una especie de guía que le dice a Pinocho lo que tiene y no tiene que hacer. En la película de Disney funciona bien este rol, pero en el cuento original Pinocho le da un martillazo a Pepito Grillo y lo aplasta contra una pared. O sea que hay algo a nivel de límites que en Pinocho no funciona, y es interesante verlo desde el punto de visa psicoanalítico. Porque lo que hay en juego no es falta de amor. Hay amor entre Geppetto y su hijo. Pero lo que falta es la posibilidad de que Geppetto pueda decir no a su hijo y que eso funcione.
Y aquí me quiero detener en un personaje muy importante en el cuento original (no así en la película de Disney), que es el Hada Azul. Cuando a Pinocho lo ahorcan en un árbol, aparece el Hada, que al principio era una niña y después se transforma en una mujer y toma el rol como de madre para Pinocho. El Hada Azul es la que le empieza a poner límites a Pinocho. Más adelante, Pinocho se entera de que su padre, por ir a buscarlo fue tragado por una ballena y decide ir a salvarlo. Lo encuentra dentro de la ballena, y cuando su padre está a punto de morir lo rescata gracias a su cuerpo de madera. Es un momento crucial. El padre termina salvándose gracias a su hijo, que muere en ese acto.
En el momento que Pinocho se sacrifica por amor a su padre, es cuando puede ser salvado por el Hada Azul, que lo convierte en un niño de verdad.
Según una visión moralista esto sería un premio por obedecer al padre. A mí me parece que hay algo diferente, porque Pinocho, en algún momento, renuncia a su pulsión loca de ir y venir y en eso sí está el padre en juego. Está dispuesto a sacrificarse por amor, y es ahí donde se asume como hijo. Pero para que pase esto necesariamente tiene que haber un tercero que los ayude, que los saque de esa cuestión dual, simbiótica, de ese circuito loco entre ellos en el que Geppetto le pide que se porte bien y Pinocho sigue haciendo las cosas mal. Ese tercero en este caso es el Hada Azul, que pone orden y permite que Pinocho asuma su filiación.
Pinocho termina asumiendo que es hijo de Geppetto y que pertenece a un linaje que es de pobreza, no de diversión y dinero como él quería. Lo asume finalmente.
Creo que todo esto nos hace pensar sobre el qué hacer con los límites. Porque la falta de límites no es buena, como no es bueno el exceso de límites. Hay algo que se tiene que jugar entre el amor y el límite, pero también en que el propio niño lo pueda asumir. Y eso se puede dar por el lado del amor.
Es muy complejo pensar cómo salimos de esta cuestión cuando, como vemos en la actualidad, el establecimiento de los límites está fallando. Porque a los padres les cuesta cumplir su función, porque a los colegios les cuesta cumplir con su función, porque los psicólogos no ofician de psicólogos sino que son una especie de rectores morales que les dicen a los padres qué es lo que tienen que hacer. Todo eso ha generado una confusión en los niños que está generando, en la clínica, determinadas patología que, si bien no son nuevas, aparecen con mucha más frecuencia, sobre todo fobias, transgresiones y patologías del acto. Hay una necesidad de que alguien les ponga un límite. Pero el límite no es por el lado del castigo, sino otro tipo de límite que de alguna forma se tiene que asumir.
Pinocho nos tira una punta increíble en ese sentido y nos ayuda a pensar desde una perspectiva diferente.

Un hombre santo


Debo confesar que el viernes santo nunca me generó nada hasta el 2009, esa noche la recuerdo vivamente. Fue el momento que murió mi amigo Dagoberto Puppo. Murió rodeado de su familia, tranquilo, y dándonos a todos una enseñanza de cómo se acepta el destino que está marcado. Fue su último acto clínico.
Yo estuve allí para despedirlo, para verlo por última vez y para poder decirle que había sido la persona que más había influido en mi profesión y también en mi vida.
Un psiquiatra excepcional, pero sobre todo un clínico como no conocí en mi vida, con una intuición clínica y un manejo de la trasferencia que aún hoy me impacta.
Apenas horas antes de morir, en una charla íntima, cuando le agradecía todo lo que había hecho por mí, me dijo sonriendo: “Jorge, yo te agradezco a ti que me hiciste lacaniano”. Un adiós lleno de humor, y de amor, que solo algunos pueden hacerlo.
No hay día que pase que no lo recuerde con su sapiencia y su humildad, con sus cuentos clínicos y sobre todo con su profundo sentido de lo humano.
No creo en Dioses, ni en ángeles, pero sí creo en hombres que son excepcionales. Tuve la suerte de conocer a uno de esos y que además me regalara su amistad, ese hombre se llamaba Dagoberto Puppo y yo tuve la dicha de conocerlo.

En parte me di cuenta que en el año 2009 me convertí también en un hombre de fe, de una que cree en los hombres terrenales que tienen la virtud de dejarnos algo que nos hace mejores. 

Un dulzor de atardecer.


¿Una foto que encierra un abrazo, o un abrazo que encierra una foto tomada por sorpresa? Ni padre ni hijo sabían de esa cámara que escudriñaba ese momento íntimo.
Un momento mágico, uno de una complicidad que queda guardada para siempre en esa foto pero también en ese abrazo. Un momento de amor, un dulzor de atardecer.
Un abrazo que muestra a dos generaciones que se confunden en la arena y en el mar, y que demuestran que el tiempo puede ser un instante que se convierte en atemporal.
Pero sobre todo ese abrazo convertido en foto significa un hijo que crece y un padre que solo quiere abrazar ese momento.
Ojalá ese abrazo dure para siempre.

Sobre el prejuicio: los Soprano



Del lado del psicoanalista

En el psicoanálisis se trata siempre de una relación de dos, pero nunca de una situación dual; no se desarrolla en el campo de la reciprocidad, fundamentalmente porque la subjetividad tratada es la del analizante.

La idea según la cual el analista no debe desear nada para su paciente es una utopía. Es imposible no desear, el problema es lo que se desea: ¿la curación del paciente?, ¿su bien?, ¿su verdad?
La bibliografía psicoanalítica ofrece información profusa sobre la influencia favorable del analista en la dirección de la cura, sin embargo, pocos son los trabajos que hablan del obstáculo que representa el analista en el progreso del tratamiento.
Los analistas cuando escriben o presentan casos clínicos, por lo general desarrollan cuestiones que tienen que ver con el paciente, pero cuidando al relatar sus propias intervenciones, salvo las que merecen ser contadas.

Freud en “Análisis terminable e interminable”[1] afirma que el analista corre un gran peligro al contacto de su paciente. El analista debe reprimir sus pulsiones y tratar de no identificarse con la problemática del analizante. Sin embargo, muchas veces, esto no ocurre así y en el analista la identificación puede reflejarse por el lado de la angustia.

Freud en “Las perspectivas futuras de la terapia analítica”[2] señala que hay que prestar mucha atención a la contratransferencia con relación al paciente y agrega que es necesario reconocerla y vencerla. La contratransferencia en este plano tiene valor de resistencia.
Lacan define a la contratransferencia como la suma de los prejuicios, de las pasiones, de las perplejidades e incluso de la insuficiente formación teórica del analista.
La situación transferencial, siempre cargada de pasiones de amor y odio, mueve en el analista también sentimientos que deberá manejar para continuar con el tratamiento.
Tanto Lacan como Freud concluyeron que la contratransferencia no deja de ser un problema, un tema de cuidado.

El psicoanalista sabe que si tiene algún poder sobre el paciente lo debe usar para favorecer el desciframiento de lo inconsciente, para permitir que una cura posible advenga, pero nunca para imponerla desde el modelo del ideal.
Esta cuestión que parece insignificante, en realidad no lo es, porque lo que se comprueba una y otra vez en los testimonios de la práctica es lo difícil que es de sostener.

El analista debe abstenerse de toda comprensión emocional y centrarse en el proceso analítico aplicado al inconsciente del analizante. Haciendo a un lado las opiniones y sentimientos personales no se entorpece la libre asociación ni la atención flotante. Un psicoanálisis, por tanto, tendría que ser una experiencia del lenguaje y no una experiencia entre dos regulada por lo emocional y confinada a los problemas del registro imaginario.

Ahora, ¿esto siempre es posible?

El psicoanálisis tiene en común con cualquier psicoterapia el uso de la palabra como instrumento para la cura; la diferencia no reside en el encuadre, el uso del diván o la asociación libre; la diferencia con otras prácticas terapéuticas es la dirección de la cura, la manera como el analista dirige, no al paciente, sino al tratamiento, especialmente en relación a la transferencia y a la interpretación.
El trabajo analítico conlleva una puesta en juego de una trama donde intervienen los significantes del analizante. Este despliegue se produce en el marco de una transferencia donde el analista queda fundamentalmente tomado como objeto de la transferencia en una dimensión fantasmática y no como sujeto de una relación intersubjetiva.

Del lado del analizante

La persona que consulta lo hace generalmente con una queja resguardada en un sufrimiento calificable de sintomático. Aparece en el paciente, un yo que se queja por la irrupción de un sufrimiento que afectó su coherencia. Ha tambaleado su identificación a un significante amo y pide restituir esa identificación.
Resulta imprescindible para que alguien pueda analizarse que el síntoma se instale en un espacio que vaya más allá de un pedido de ayuda.
Muchas veces quien pide ayuda, pero no se plantea una verdadera interrogación sobre que le pasa.  
Sin saberlo conscientemente sólo quiere restaurar su economía de funcionamiento, y ser ayudado para volver a un estado anterior.
Solicitar alivio de lo insoportable es vital, pero no asegura que el sujeto quiera renunciar a lo que allí se juega.
La lógica de la demanda inicial (pedido de ayuda) es muchas veces seguir estando ciego. La verdadera demanda implica otra cosa, requiere que los malestares que se confunden con la realidad cotidiana cobren forma de síntoma y tengan el estatuto de un mensaje dirigido al Otro. A esto último Lacan lo denominó la instalación del Sujeto supuesto Saber.

¿Es posible la neutralidad del analista?

Son pocos los textos en que Freud se refiere a la neutralidad del analista. Sus planteamientos giran en torno a una búsqueda por situar aquello que orienta la acción y la interpretación del analista, oponiendo la neutralidad a los juicios de valor, a los prejuicios y a la comprensión propia del yo del analista que actúan como obstáculos.
Se trata de hacer lugar al inconsciente evitando que el analista interprete desde sus propios juicios siempre sesgados por sus deseos, por sus fantasías o por su yo.
Desde Freud en adelante se ha planteado que el analista debería sostener en el dispositivo una posición neutral. Sin embargo el concepto de neutralidad generó malos entendidos, dando lugar a pensar al analista como pura pantalla, más allá del bien y del mal, sin deseo.
El concepto de “deseo del analista”, introducido por Lacan, es un intento por salir de este atolladero. Ya no se trata del deseo de la persona del analista sino la manera que orienta la cura.

Los Soprano[3], la voz superyoica
Los Soprano fue una serie de televisión norteamericana que se emitió durante seis temporadas con gran éxito. La historia, bastante conocida, tiene como protagonistas al mafioso Tony Soprano, su familia y la organización criminal que dirige.

Tony está hace varios años en tratamiento psicoterapéutico con la Dra. Jennifer Melfi. En algunas de las sesiones concurre junto a su esposa, Carmela, una mujer dedicada a sus hijos pero sobre todo indiferente con las actividades clandestinas de su marido. La serie a medida que avanza en el tiempo muestra a una mujer derrumbándose por su realidad cotidiana: sus hijos crecen, su matrimonio es una farsa y ella, finalmente, no sabe cuál es el lugar que ocupa en el mundo.
En una de las entrevistas que la pareja Soprano tiene con la Dra. Melfi, Tony decide no ir. Carmela, igualmente va.

“Dra.: Parecías tensa por teléfono.
Carmela: Quería preguntarle si estaba bien que viniera sola.
(Luego de algunos minutos)
¡Vamos! No es así cuando Tony está aquí.
Nunca le da el tratamiento del silencio.

Dra.: ¿Eso es lo que cree, Carmela? ¿Qué le estoy dando el tratamiento del silencio?
Tal vez pueda decirme por qué vino hoy.

Carmela: Estoy preocupada por mi marido, sus cambios de humor... la mitad del tiempo no habla conmigo.
Usted le ha visto así, ese día que se sentó aquí como una pared.
Sé que él es su paciente y yo soy la esposa de un paciente... pero intente vivir con eso las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y veremos cómo se siente.

Dra.: Entiendo.

Carmela: ¿En serio? Tony no estaba de humor, simplemente no quiso venir. "Al diablo con eso", sí, creo que fue eso lo que dijo.

Dra.: Eso pasa habitualmente cuando tocamos un conflicto.

Carmela: Usted sabe a qué se dedica. Va a un club de striptease. Quién sabe cómo pasa el tiempo…
(Llora)… Lo siento. Me siento frustrada. Tony lleva tanto tiempo haciendo eso y no hay nada que pueda hacer para ayudarlo.

Dra.: Creo que el venir a terapia con él ha movido muchos sentimientos en su interior... que le gustaría dirigir a alguna persona.

Carmela: Por favor, sólo estoy emocional hoy.

Dra.: Me gustaría ayudarla, pero como usted dijo, su marido es mi paciente.

Carmela: No soy quien necesita ayuda mental. Sólo me quería desahogar.

Dra.: En caso que cambie de opinión... aquí tiene el número de teléfono de un colega de Livingstone, el Dr. Krakower. Él fue mi profesor.

Carmela: No será necesario, pero gracias igualmente. Gracias por su tiempo”.[4]


Discurso angustioso el de Carmela en la entrevista con Dra. Melfi, confesión que va perfilando su conflicto: su problema de pareja.
Queja que la aleja del papel que representaba en la sesión junto a su esposo.
Algo de su subjetividad comienza a delinearse en torno a una demanda de tratamiento. Algo, por supuesto, imposible de canalizar por parte de la psicoterapeuta del marido.
Carmela da un primer paso en la posibilidad de transformar esa queja que pide alivio en una demanda de análisis.

¿Una demanda escuchada?

(Primera entrevista de Carmela en el consultorio del Dr. Krakower)

“Carmela: Todos los matrimonios tienen problemas.

Dr. Krakower: ¿Sale con otra mujer?

Carmela: Sí, puede decirlo en plural, sale con otras mujeres. Quisiera verlo de otra manera, quisiera ayudarlo.

Dr. Krakower: ¿Quiere? Hace un momento usted usó la palabra "divorcio"

Carmela: Dije que estaba considerando divorciarme.
Tal vez me pase de la raya, pero... usted es judío Dr. Krakower ¿verdad?

Dr. Krakower: ¿Eso es relevante?

Carmela: Bueno, cómo católicos, damos mucha importancia a los valores de santidad de la familia, y no estoy segura que ustedes...

Dr. Krakower: Estuve casado 31 años.

Carmela: Bueno, entonces usted sabe lo difícil que puede llegar a ser.
Es un buen hombre, es un buen padre.

Dr. Krakower: Usted me dijo que es un criminal deprimido proclive a la ira, altamente infiel. ¿Esa es su definición de un "buen hombre"?

Carmela: Pensaba que los psiquiatras no eran prejuiciosos. Lo que diga no saldrá de aquí, ¿verdad?

Dr. Krakower: Por código ético y por ley.

Carmela: Sus crímenes, son... crimen organizado.

Dr. Krakower: ¿La Mafia?

Carmela: Cielos… (Llora) ¿Y qué? ¿Y qué?
Me traiciona cada semana con esas mujeres.


Dr. Krakower: Probablemente el menor de sus delitos. (Carmela amaga con irse)
Puede irse ahora o puede quedarse y escuchar lo que tengo para decirle...”[5]

El encuentro a solas con la Dra. Melfi pone en juego a Carmela en relación a la pregunta por su pareja. ¿Podrá el Dr. Krakower escucharla?
Carmela puede comenzar a hablar de su sufrimiento en su primera entrevista, sin necesidad de poner por delante la sintomatología de su esposo como causa de su decir. Sin embargo, ello no significa que esté dispuesta a renunciar a su marido para explicar su malestar.
Sin lugar a dudas este malestar tiene que ver con él, al menos con sus infidelidades y  no necesariamente con un problema moral.

Krakower parece escuchar solamente el problema moral. “El menor de sus delitos” parece dar la pauta.

Cualquier psicoterapia funda su práctica en la incidencia de la palabra del Otro. Es decir, necesariamente debe haber alguien que diga lo que hay que hacer; esperando su aprobación. En un psicoanálisis es diferente.
La función del analista es poner a trabajar la demanda dando lugar al despliegue significante. ¿Cómo? Ofertando al sujeto la escucha de la demanda, escucha que en la relación entre semejantes se pierde. Es en el despliegue de la asociación libre del paciente donde se puede traducir el pedido en demanda.
El saber adjudicado al analista no le pertenece. El analista sabe pero ignora su saber para dar lugar a lo nuevo que pueda ocurrir, esto recibe el nombre de “docta ignorancia”.

La queja de Carmela convoca a un saber que la estabilice, que la complete. Krakower –desde el prejuicio - no puede escuchar. Se sitúa como un gran amo.


“Carmela: Bueno, me cobrará lo mismo igualmente.

Dr. Krakower: No aceptaré su dinero.

Carmela: Me sorprende...

Dr. Krakower: Debe confiar en su impulso inicial y considerar dejarlo. Si no nunca será capaz de sentirse bien consigo misma. Ni será capaz de reprimir los sentimientos de culpabilidad y vergüenza mientras siga siendo su cómplice.

Carmela: Se equivoca si piensa que soy su cómplice.

Dr. Krakower: ¿Está segura?

Carmela: Yo sólo me aseguro que tenga la ropa limpia en el armario y comida en la mesa.

Dr. Krakower: Entonces permisiva sería una palabra que la describiría mejor.

Carmela: Usted cree que necesito definir mis límites más claramente, mantener cierta distancia, no interiorizar...

Dr. Krakower: ¿Qué acabo de decirle?
Déjelo. Tome sus hijos y váyase.

Carmela: Mi sacerdote me dijo que debería intentar ayudarle a ser un hombre mejor.

Dr. Krakower: ¿Y cómo le ha ido?
¿Ha leído "Crimen y castigo" de Dostoievski?
No es fácil de leer, trata sobre culpa y redención.
Y creo que quizás si su marido lo leyera y reflexionara sobre sus crímenes en su celda todos los días durante siete años podría ser redimido.

Carmela: Debería conseguir un abogado, encontrar un apartamento y arreglar la manutención de los niños.

Dr. Krakower: No me está escuchando.
No voy a cobrarle porque no quiero tomar dinero manchado de sangre y usted tampoco debería.
Nunca podrá decir que no se lo advertí.

Carmela: Entiendo. Entiendo…”.[6]

Freud condena la ambición del médico en los siguientes términos: "por más que al analista le tiente convertirse en maestro, modelo e ideal de sus pacientes; por más que le seduzca crear seres a su imagen y semejanza, deberá recordar que no es ésta su misión en el vínculo analítico".[7]

Krakower se posiciona en un lugar donde resulta imposible ayudar a que Carmela pueda construir una demanda. Asume una posición paterna, renunciando al dinero por sus honorarios y señalando a Carmela lo que debe hacer.
Krakower intenta restituir al yo de Carmela, a lo que debe hacer bajo su supervisión. En síntesis un modelo a seguir.

Krakower buscará cambiar la percepción de Carmela sobre el mundo, transmitiéndole los valores que él juzga necesarios para funcionar. Se ofrece a sí mismo como modelo de identificación y no toma en consideración la causa del malestar: la problemática de la pareja.
Vía sugestión le ordena una manera nueva de ser en el mundo.


El final de la historia…

El final inexorable de esta historia está marcado por el encuentro de Carmela con Tony Soprano.
Ella está acostada en un sofá, derrumbada:

“Tony: ¿Estás... deprimida? ¿O qué?

Carmela: Yo estoy en el repartimiento de trabajo aquí, eso te lo dejo a ti.

Tony: Porque, sabes... si quieres hacer terapia o algo...
Me di cuenta que has estado un poco tensa últimamente.

Carmela: Qué tierno. Tú sugiriendo que vaya al psicólogo.
No tengo tiempo. Seguiré yendo al tuyo, si quieres.

Tony: Tú sabes mejor que nadie.

Carmela: El decano llamó hoy.

Tony: Bueno, eso no puede ser bueno.

Carmela: Le dije que nos anote para los cincuenta mil dólares.

Tony: Carmela, ya te di cinco mil dólares.
Tal vez te pueda dar otros cinco mil dólares. Tal vez diez mil dólares.
Pero no más.

Carmela: Tony, tienes que hacer algo amable para mí hoy.
Y eso es lo que quiero. Tienes que hacerlo.

Tony: ¿Cincuenta mil grandes?

Carmela: Sí.

Tony: Me da la sensación que puedes tomarte la noche libre de cocinar.
¿Quieres comer afuera?”.[8]

Carmela prefiere seguir ignorando.
El dinero mal habido servirá para pagar los gastos académicos de sus hijos.

Carmela necesita ratificar que Tony es “un buen hombre” y “un buen padre”, por eso la necesidad imperiosa de la donación económica a la Universidad.
Carmela trueca la posibilidad de analizarse con la donación, única forma de  restaurar su economía psíquica de funcionamiento. Cincuenta mil dólares parece ser el precio de su ceguera.

Existen  diferentes formas de manifestarse la contratransferencia. Cualquiera de nosotros puede responder con el estilo Krakower, interpretando desde una posición superyoica.  
La intervención del Dr. Krakower cierra la puerta a la posibilidad de análisis: sabe lo que Carmela tiene y lo que le falta.
Si hubiera podido escuchar desde otra posición quizás se hubiera abierto una dimensión analítica del discurso.
Ninguna identificación satisface a la pulsión y la clínica pone en evidencia la insistencia del síntoma y los fracasos por dominarlo.
No se trata para el analista de adaptar al sujeto a una realidad que no es más que su manera de acomodarse en la vida. Ni de restituir en el paciente un modo de disfrutar y regular la vida.
El analista tampoco es el representante del principio de la realidad. Esta allí, para que se presente la realidad psíquica sin entrometerse. Esta es la realidad que cuenta, que importa, cuando de subjetividad se trata.
Hace falta que el analista esté habitado por un deseo más fuerte que el deseo de ser el amo; cuestión que en Krakower, no lo está.



[1] Freud, S., “Obras completas” Tomo XXIII, ED Amorrortu, Bs. As. 1990
[2] Freud, S., “Obras completas” Tomo XI, ED Amorrortu, Bs As. 1990
[3] El capitulo en cuestión pertenece a la tercera temporada y se llama “Una segunda opinión”
[4] “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”
[5] Ídem
[6] “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”
[7] Freud, S., “Obras completas” Tomo XXIII, ED Amorrortu, Bs As. 1990, pág. 177
[8] “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”