Bitácora marina: capítulo 6 Bienvenida Camila Sosa Villada al universo literario



Bitácora marina: capítulo 6
Bienvenida Camila Sosa Villada al universo literario
El mar golpea sin tanta fuerza como días atrás. El viento parece asociarse para convertirse en un día de verano como esos que soñamos.
Un perro y un niño corren por la arena sin preocupaciones, la vida parece ser tierra amarilla y de agua salobre. Un momento en que la vida se detiene. Un momento al que nos gustaría aferrarnos por siempre.
Sin embargo me pongo a leer un libro que no tiene nada de paradisíaco, se trata del testimonio autobiográfico de Camila Sosa Villada (Córdoba, Argentina, 1982) llamado “Las malas”. Una historia invernal de alguien que ha querido dejar testimonio de cuando su vida estaba marcada por la orfandad del sexo, la violencia en su forma más marginal y brutal y la soledad desmedida.
La novela gira en torno alguien que busca encontrarse, construir una personalidad para poder sostenerse, todo esto inmerso en la problemática del travestismo en una ciudad inquietante y noctámbula. Pero en este universo que se presenta tan hostil, aparecen personajes entrañables, que la acompañan en ese trayecto de cruzar el umbral para convertirse de Cristian en Camila.
Me impacta la forma en que escribe, como deja su cuerpo desgarrado en el texto, compone desde el abismo marginal de los desclasados, de los incomprendidos, desde el mismísimo infierno pero de una forma poética, sin golpes bajos, ni autoindulgentes. Y nada tiene más valor -al menos para mí- de transformar el dolor en una forma de poesía y de realizarlo más allá de toda barrera.
Una de las primeras frases golpea de tal forma que conmueve y nos prepara para lo que viene: ‘’Las travestis trepan cada noche desde ese infierno del que nadie escribe, para devolver la primavera al mundo’’.
Desde una singularidad que emociona Camila muestra como su infancia es la impronta de su presente. Una primera historia ya marca el desarrollo sorprendente de este libro, un niño abandonado en un bosque baldío es rescatado por la tía Encarna, la líder del grupo de las travestis. El bebé a punto de morir de la forma más cruel y desalmada que podemos brindarle los humanos, es alimentado y bañado por esta tía. Un niño salvado. El momento inimaginable, esos que la ficción no es capaz de inventar, y solo se originan en la realidad misma, es cuando el crio se acerca al pezón y empieza a succionar en medio del canto de cuna que ella le ofrece. Un pezón vacío, un paraíso de plástico. Un lugar impropio pero que es bien recibido por un niño indefenso.
Muy diferente al niño que yo observo en la playa corriendo junto a su perro.
Dos niños diferentes, escenarios diversos, universos desiguales.
Pero el bebé desvalido, aun sin playa ni perro, logra calmarse, porque mas allá de estar bañado y alimentado con leche suplementaria, encuentra algo del calor de una madre, de un pecho materno, más allá que no sea una madre ni siquiera un pecho real materno, igual cumple la función más importante e imprescindible, esa que tiene que ver con dar amor. Y esa travesti, tía y líder de la manada, esa que también oficia de madre para la autora del libro, logra aquello quizás insustituible, lograr amedrentar la angustia y el dolor. Es Camila ese bebé que puede encontrar un poco de paz en esa escena sorprendente, un momento donde el terror de la infancia es apaciguado, donde el horror de ser diferente se desvanece. Solo esta pequeña historia ya vale el libro entero.
Me gustan los escritores que retuercen la historia personal y lo llevan a otro plano, a uno donde lo poético puede tapar aquello horroroso que nos habita.
Bienvenida Camila Sosa Villada al universo literario.
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Gaby López Introini y Carina Magnou Biscotti
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El reel dorado.

Hace años, muchos años atrás un niño iba a pescar con su padre por primera vez. Una experiencia iniciática. Ese niño era yo. Mi padre me iba a regalar su caña de pescar preferida, era de fibra, además pequeña, flexible y roja, un acontecimiento en aquella época. Venía acompañada de un reel Penn con carrete versátil, dorado y un diseño hermoso. Era algo muy preciado en esos tiempos. Para mis ojos de niño un objeto inmaculado por lo menos. La caña roja, dúctil y chiquita, sumada a este reel increíble no podía menos que generar deleite. Era tan flexible que se doblaba con muy poco peso y atrapar a cualquier pez, grande o mínimo, se convertía en un espectáculo atrayente. La caña se arqueaba ni bien algún pez mordía el anzuelo, produciéndose una lucha frenética y magnificada por la fibra roja que se contorsionaba en el aire. Parecía una historia que no le iba en saga al maravilloso libro “El viejo y el mar”.

Mi padre me llevó a las rocas de Punta Fría, esas que aparecen una y otra vez en mis relatos y en pocas palabras me dijo que ese objeto iba a ser mío. Me iba a regalar su caña, símbolo de poder, un legado, una sucesión de un pescador consagrado a su pequeño aprendiz. Tenía obviamente que enseñarme a usarla. Me explicó el procedimiento para tirar en largo, el seguro que había que poner y sobre todo el cuidado que había que tener. Había que reparar en dos cuestiones fundamentales, reglas de oro para quien sabe de su oficio: tener en cuenta a las rocas sumergidas traicioneras que se tragaban los anzuelos y  las “galletas”. Esto último era una preocupación para él, había que estar atento en el momento del lanzamiento al mar que la tanza no saliera demasiado rápido del carretel porque podría generar un enredo en la línea, a eso se le llamaba “galleta”. Estas marañas que se podían producir podían ser mortales para la posibilidad de pesca, ya que muchas de las veces no había otra forma que cortar la tanza y armar de nuevo.

Después de su explicación me avine a tirar por primera vez en esa magnífica pieza que estaba en mis manos. Quise impresionar a mi padre y tiré con todas mis fuerzas. Anhelaba que sintiera admiración por mí. Estaba nervioso sin dudas, era como un examen exigente frente a un gran maestro. El lanzamiento fue mucho menos espectacular de lo que imaginé, pero lo que si fue impresionante fue la “galleta” que se armó. Sin dudas reprobé el examen con la peor nota. Mi padre me miró con enojo pero no dijo nada, observó el enredo en el que estaba el hilo del reel y no hubo más remedio que cortar parte de la tanza para que el resto pudiera ser útil. Volvió a armar la línea con una nueva plomada y otro anzuelo, se tomó su tiempo mientras yo miraba en silencio. Las rocas me acompañaban como testigos.

Ya con todo pronto para comenzar de nuevo, tomé la caña vivaracha y la lancé con menos arrogancia, quería que funcionara. Ni bien la plomada tocó el agua, una galleta descomunal se fue armando en el reel. Miraba con desesperación lo que iba pasando, sin poder atinar a hacer nada. El instrumento de pesca quedó inutilizado y mi padre no me dio una tercera oportunidad. Eran tiempos donde no existían los padres dóciles. Nos fuimos derrotados. Yo aun más que mi padre porque entendí que le había fallado. 

No obtuve el regalo preciado y lo que es peor nunca más pesqué con él, o mejor dicho, mi padre nunca más pescó conmigo.

Si bien siempre tuve una muy buena relación con mi padre, un hombre querible además, esa “galleta” perduraría por siempre. Ese momento maldito sería recordado por mí como una herida amarga. Por años no me interesó la pesca en ninguna de sus formas.

Cuando ya pasaba la treintena de la vida, un amigo me invitó a pescar embarcado y retomé el gusto. Eran momentos gloriosos el de tirar aquel bote de goma llamado zodíaco en las rocas y adentrarse en aguas profundas de Punta Colorada. Mi padre, al enterarse de mi nueva afición, me regaló todos sus tesoros, desde la caja de pesca hasta dos o tres cañas que conservaba. Él se había retirado de ese oficio, estaba grande ya, pero quizás recordó aquel sinsabor del pasado y saldó cuentas. Finalmente, hacía el pasaje de generación y me ofrecía sus bienes. Ya no estaba entre ellos la pequeña y vivaz caña, pero sí aparecía el reel Penn dorado. De alguna manera, la “galleta” comenzaba a desenredarse.  

Ayer por primera vez fui a pescar con uno de mis hijos. En las mismas rocas que me había llevado mi padre. Un lugar de especial significado, un mar de recuerdos y lleno de historias.

Con un poco más de palabras que mi predecesor, le indiqué los procedimientos a mi hijo y sobre todo las trampas que encerraba aquel reel Penn. Mi hijo me escuchó en silencio, como si aquello fuera una clase importante. Le advertí que tuviera cuidado con la “galleta”. 

Con la misma arrogancia infantil que yo tuve, lanzó con fuerza la tanza emplomada. Otra vez la maraña en los hilos, otra vez el enredo en los padres y en los hijos, solo que esta vez yo ocupaba el lugar difícil de la historia. Mi hijo quedó en silencio. Con la experiencia del pasado no quise cometer el mismo error. Tomamos la caña y poco a poco logramos desarmar la “galleta”. Lo sentí como una victoria personal. 

Mi hijo no se amilanó y tiró nuevamente, esta vez con más fuerza aún, la plomada aferrada al hilo de plástico resplandecía. Se asemejaba a un cometa que surcaba la divisoria que se conforma entre el cielo y el mar. Demoró en caer al agua mucho más de lo que la física certificaría, pero no era la ciencia lo que estaba en juego, sino el resquicio atemporal que se instalaba en tres generaciones. Era también mi propia plomada la que esta vez sí caía en el lugar indicado, y con un lanzamiento preciso y justo, como esos que pocas veces se dan en la vida.

Quise imaginar que mi padre estaba presente de alguna manera, por lo menos como parte de ese mar verde como sus ojos. Como esos que muchas veces me miraron con orgullo, como cuando presenté mi primer libro y me dijo “este momento también es muy importante para mí”. Escribiendo esto ahora reparo que quizás ahí recién pude desarmar definitivamente la “galleta” con mi padre.

Un buen tiro el de mi hijo que me ayudó a recuperar, ahora sí, definitivamente, aquella caña flexible y roja. Un viaje en el que abuelo, padre e hijo se cruzan en un lanzamiento. Un pasaje de generación, donde de alguna manera, los tres estamos.

Los nombre epicenos

'Nombres epicenos' es un cuento cruel, de venganza, pero sobre todo de goce.

Amélie Nothomb no usa computadora ni celular. Se levanta todos los días —de lunes a domingos— a las cuatro de la mañana y dedica cuatro horas a la escritura de sus novelas y otras cuatro horas adicionales a responder las cartas de sus admiradores.
De niña alucinaba y la diagnosticaron como autista; en la adolescencia tuvo anorexia y encontró en la escritura la forma de soportar la vida: “Vivir dentro de mí es terrible. Si no me atengo a esa disciplina, entro en proceso de autodestrucción. No puedo fallar ni un día”.

Sus novelas dan cuenta de ello. No es casual que Nothomb escriba sobre niñas o adolescentes que sufren por el desamor y la crueldad de sus padres: “Riquete el del Copete” ,”Metafísica de los tubos”, “El sabotaje amoroso”, “Viaje de invierno”, “Antichrista”. “Matar al padre”, “Diccionario de los nombres propios”, “Biografía del hambre”, son algunas muestras de esto.

La escritura de Amélie es punzante e incómoda, deja revuelto porque se mete en temas escabrosos, esos que es mejor evitar. Y lo hace con elegancia, dulcificando el veneno y el horror, aquel que se instala en la intimidad familiar.

Los nombres epicenos van en esta línea. Esta vez el monstruo es el padre: uno que no puede amar a lo que debería: su esposa e hija. Un hombre que elige la venganza como motor de su vida. Su hija llamada Épicéne, aparece como la mirada inocente que relata lo que sucede en esta familia.

Una novela muy corta pero intensa, donde el relato fluye de forma atrapante y lo perverso y retorcido dominan la escena. Una crítica acida sobre la sociedad parisina, los “nuevos ricos”, el ascenso social, el machismo, lo patriarcal, las desigualdades entre los hombres y mujeres, pero sobre todo una texto reflexivo sobre lo terrible que pueden ser los seres humanos.

Una vez más Amélie sorprende.

Crónicas de la peste Capitulo 12: El peso de una promesa


En este tiempo donde las calles comienzan a recobran su color, aunque nos ofrezcan caras tapadas, abrazos y besos en el olvido y una desconfianza generalizada al contagio, me llegó un libro increíble de Ocean Voung. Se llama “En la Tierra somos fugazmente grandiosos” (Gussi Libros - Importadora y Distribuidora).
Escrito como una serie de historias fragmentadas y brutales, a manera de carta a una madre que no sabe leer, Ocean, de forma honesta y cruda, intenta dar sentido al sinsentido de tres generaciones, de tres personas traumatizadas aún por una guerra. Se trata de un mundo donde los hombres pueden ser terribles y los padres ausentes. Pero sobre todo se trata de un libro que redime, que ubica a un hijo en el lugar de salvador de su madre y de su abuela, con un arma muy poderosa: la palabra. Esa que disfrazada de promesa puede transformar.
El comienzo se sitúa en la guerra de Vietnam y en cómo su abuela Lan, se tuvo que prostituir con los soldados americanos para poder sobrevivir. La secuela de esto fue el nacimiento de Ma, madre del escritor, pero hija de esa guerra, de un soldado desconocido, también del trauma y de la colisión violenta de dos culturas. El autor elige una imagen que refleja la crueldad del encuentro de su abuela con los soldados americanos: ella observa aterrorizada como los soldados comen el cerebro de un mono vivo mientras este patalea. Imagen cruel e infame que muestra la violencia es su máxima expresión. Nada de palabras que puedan dar sentido. Los hombre aparecen como terribles y él junto a estas mujeres, indefenso.
Luego de estar refugiados en un campo de Filipinas, les otorgan asilo político a los tres y viajan a Estados Unidos. Otra vez el choque de culturas, Ocean apenas tienen dos años. Pocos años después de instalados en el nuevo país, un suceso los conmueve nuevamente. Algo de lo cotidiano se tiñe del pasado horroroso. De compras en un supermercado junto a su madre y a su abuela se dirigen a la carnicería a comprar un rabo de buey para cocinar en la noche. La carne en cuestión no está en los exhibidores. Su madre intenta con unas pocas palabras aprendidas del inglés pedir ese corte al carnicero. Se esfuerza sin éxito por pronunciar rabo de buey, hasta que no puede más que emitir unas palabras en su lengua materna. Por supuesto incomprensibles para el vendedor de carnes, “sus ojos se pasearon por nuestras tres caras y volvió a preguntar, inclinándose un poco más hacia nosotros. La mano de Lan me apretaba, crispada. Entre titubeos, meneaste el dedo mientras emitías unos sonidos que querían ser mugidos. Con dos dedos de la otra mano, simulaste un par de cuernos encima de la cabeza. Te moviste, volviéndote con cuidado para que el carnicero pudiera identificar cada pieza que le ibas mostrando: cuernos, rabo, buey. Pero él solo se reía, con la mano tapándose la boca al principio, y luego con más fuerza, con grandes risotadas. El sudor de tu frente reflejaba la luz fluorescente. Parecías ahogarte en el aire”.
La abuela fue en su ayuda y las dos intentaron hacerse entender, ahora el espectáculo ofrecía a estas dos mujeres girando y mugiendo en círculos. Una escena de una violencia silenciosa, donde el carnicero reía junto a otros hombres. Otra vez los hombres aparecían aprovechándose.
Su madre se volvió a su hijo pequeño y le suplicó que tradujera. “Díselo tú. Diles lo que necesitamos. Yo no sabía que rabo de buey se decía «rabo de buey». Negué con la cabeza, cada vez más avergonzado”.
Otra vez un hombre que no estaba a la altura, nuevamente un hombre abandónico. Ocean se parecía a sus ancestros en aquel gesto de mutismo y vergüenza. No eran soldados, pero la situación y la vergüenza se repetían.
El recurso de la lengua materna, no servía, la lengua vietnamita, esa dicha a medias era solo representativa de la guerra, del trauma. Imposible para el escritor poder usarla.
Sin embargo aquella noche algo pasó, Perro pequeño, así lo llamaba su abuela, se prometió a sí mismo que nunca más se quedaría sin palabras cuando ellas lo necesitaran. Se convirtió a partir de ese momento en el intérprete oficial de la familia. Aquel que intentará borrar esa hendidura producida por el trauma.
Las palabras conquistan el escenario para dar otro sentido: “me quité nuestra lengua y llevé el inglés como una máscara, para que los demás vieran mi cara, y por tanto la vuestra”.
Ocean no solo escribió un libro que transforma el dolor en curación, sino que pudo finalmente metabolizar el trauma que fue trasmitido de generación en generación.

Crónicas de la peste Capitulo 11: Quitapenas



El virus no solo ataca a las personas, también lo hace a los inmuebles, a los trabajos, a las esperanzas y a las rutinas.
Hoy fui a un lugar que le tengo mucho cariño, se llama Oda. Se trata de una pequeña galería en Yaguarón y San José que vende objetos de arte elaborados por artistas y artesanos. Un bastión para aquellos que quieren mostrar y vender su producción y no disponen de la consistencia económica para poder hacerlo por su cuenta.
Este lugar cierra ya que la pandemia los golpeó de lleno y no les dio la posibilidad de levantarse. Abrieron por este último fin de semana para poder vender lo que puedan y despedirse sin demasiado ruido. Otro local que se cierra, otra rutina que se corta, otra esperanza que se desvanece. De eso también se construyen las tragedias colectivas, de pequeñas historias que no salen en la prensa, que no cuentan en los números y estadísticas oficiales, pero que son también víctimas de un tiempo oscuro.
Al pasar por ahí a comprar algunas últimas cosas, saludé a los dueños, una pareja amable y siempre bien dispuesta. Entristecido sin dudas, el dueño me comentó que no podía seguir sosteniendo el local después de dos meses sin abrir. Confieso que me trasmitió un profundo dolor. Su voz cansada me recordó a la voz de mi padre. Vinieron a mi memoria la década de los ochenta, la ruptura de la “tablita” y como perdió todo. En su voz me encontré con la tristeza paterna. La Oda se convirtió en trágica pero íntima, empática e inevitable que me transportó a mi propio mundo. Mi padre salió de la crisis de los ochentas, pero con las secuelas inevitables que producen las tragedias colectivas de esa magnitud, esa de los sueños rotos y de las esperanzas desechas. Solo pude escuchar sin decir demasiado, las palabras a veces están de más. Me pasó lo mismo que cuando era un niño, solo pude escuchar el dolor.
Compré un par de cosas, y me regaló un “Quitapenas”. Una muñequita proveniente de la cultura mejicana, confeccionada con madera, alambre, tela y cartón. De acuerdo a la tradición popular, estas pequeñas figuras tienen la facultad de asumir o “cargar” las preocupaciones de su propietario, para que éste pueda dormir sin ser perturbado por sus pensamientos.

Un gesto generoso. Una coincidencia que no deja de ser curiosa. Una quitapenas como símbolo de dos dolores, del presente y del pasado. Me fui del lugar con la muñequita y con una sensación amarga por Oda, por los artistas huérfanos de hogar, por el dueño pero también por mi propia pena que surgía del pasado y que descubrí en su voz.


Quizás hoy antes de dormir hable con ella.   



Crónicas de la pandemia. Capítulo 10


La pandemia trajo modificaciones en el contacto humano. Se impuso la distancia, la frialdad del saludo y un poco de desconfianza con el otro. Sumidos en cuidados corporales que nos recuerdan a los rituales obsesivos, a los miedos fóbicos al contagio y a las miradas paranoicas e inquisidoras, que van ganando terreno en la cotidianeidad. El otro se convierte en más otro que nunca.
Este tiempo también viene acompañado de la angustia e incertidumbre que genera este virus incontrolable, que marcan la pequeñez e insignificancia de lo que somos. La pandemia inflige otra herida más a nuestro narcisismo: lejos de los dioses, lejos de la conciencia y finalmente muy lejos de controlar el mundo. Damnificados por lo real, la ciencia no puede cubrir aún este daño y muestra (por lo menos hasta ahora) su castración.
La soledad aparece en primer plano y nos muestra indefensos, infantiles y temerosos del futuro.
Igualmente no todo es pérdida, revelamos una capacidad de adaptación a los cambios. Estamos aprendiendo a tolerar vivir en un mundo desconocido. Extrañamos un poco más y nos damos cuenta que somos menos independientes de lo que creíamos. Llegamos a la conclusión de que necesitamos muchísimo menos de lo que pretendíamos. El animal voraz de las compras está controlado por el Covid-19.
El tiempo dirá si estos cambios son duraderos o simplemente fueron una reacción momentánea.
Quizás, como nunca antes, la enseñanza que podemos sacar de todo esto sea que todo es efímero, nada es eterno y que somos como dice el nobel escritor Ocean Vuong, “fugazmente grandiosos en la tierra”.