Sobre el prejuicio: los Soprano



Del lado del psicoanalista

En el psicoanálisis se trata siempre de una relación de dos, pero nunca de una situación dual; no se desarrolla en el campo de la reciprocidad, fundamentalmente porque la subjetividad tratada es la del analizante.

La idea según la cual el analista no debe desear nada para su paciente es una utopía. Es imposible no desear, el problema es lo que se desea: ¿la curación del paciente?, ¿su bien?, ¿su verdad?
La bibliografía psicoanalítica ofrece información profusa sobre la influencia favorable del analista en la dirección de la cura, sin embargo, pocos son los trabajos que hablan del obstáculo que representa el analista en el progreso del tratamiento.
Los analistas cuando escriben o presentan casos clínicos, por lo general desarrollan cuestiones que tienen que ver con el paciente, pero cuidando al relatar sus propias intervenciones, salvo las que merecen ser contadas.

Freud en “Análisis terminable e interminable”[1] afirma que el analista corre un gran peligro al contacto de su paciente. El analista debe reprimir sus pulsiones y tratar de no identificarse con la problemática del analizante. Sin embargo, muchas veces, esto no ocurre así y en el analista la identificación puede reflejarse por el lado de la angustia.

Freud en “Las perspectivas futuras de la terapia analítica”[2] señala que hay que prestar mucha atención a la contratransferencia con relación al paciente y agrega que es necesario reconocerla y vencerla. La contratransferencia en este plano tiene valor de resistencia.
Lacan define a la contratransferencia como la suma de los prejuicios, de las pasiones, de las perplejidades e incluso de la insuficiente formación teórica del analista.
La situación transferencial, siempre cargada de pasiones de amor y odio, mueve en el analista también sentimientos que deberá manejar para continuar con el tratamiento.
Tanto Lacan como Freud concluyeron que la contratransferencia no deja de ser un problema, un tema de cuidado.

El psicoanalista sabe que si tiene algún poder sobre el paciente lo debe usar para favorecer el desciframiento de lo inconsciente, para permitir que una cura posible advenga, pero nunca para imponerla desde el modelo del ideal.
Esta cuestión que parece insignificante, en realidad no lo es, porque lo que se comprueba una y otra vez en los testimonios de la práctica es lo difícil que es de sostener.

El analista debe abstenerse de toda comprensión emocional y centrarse en el proceso analítico aplicado al inconsciente del analizante. Haciendo a un lado las opiniones y sentimientos personales no se entorpece la libre asociación ni la atención flotante. Un psicoanálisis, por tanto, tendría que ser una experiencia del lenguaje y no una experiencia entre dos regulada por lo emocional y confinada a los problemas del registro imaginario.

Ahora, ¿esto siempre es posible?

El psicoanálisis tiene en común con cualquier psicoterapia el uso de la palabra como instrumento para la cura; la diferencia no reside en el encuadre, el uso del diván o la asociación libre; la diferencia con otras prácticas terapéuticas es la dirección de la cura, la manera como el analista dirige, no al paciente, sino al tratamiento, especialmente en relación a la transferencia y a la interpretación.
El trabajo analítico conlleva una puesta en juego de una trama donde intervienen los significantes del analizante. Este despliegue se produce en el marco de una transferencia donde el analista queda fundamentalmente tomado como objeto de la transferencia en una dimensión fantasmática y no como sujeto de una relación intersubjetiva.

Del lado del analizante

La persona que consulta lo hace generalmente con una queja resguardada en un sufrimiento calificable de sintomático. Aparece en el paciente, un yo que se queja por la irrupción de un sufrimiento que afectó su coherencia. Ha tambaleado su identificación a un significante amo y pide restituir esa identificación.
Resulta imprescindible para que alguien pueda analizarse que el síntoma se instale en un espacio que vaya más allá de un pedido de ayuda.
Muchas veces quien pide ayuda, pero no se plantea una verdadera interrogación sobre que le pasa.  
Sin saberlo conscientemente sólo quiere restaurar su economía de funcionamiento, y ser ayudado para volver a un estado anterior.
Solicitar alivio de lo insoportable es vital, pero no asegura que el sujeto quiera renunciar a lo que allí se juega.
La lógica de la demanda inicial (pedido de ayuda) es muchas veces seguir estando ciego. La verdadera demanda implica otra cosa, requiere que los malestares que se confunden con la realidad cotidiana cobren forma de síntoma y tengan el estatuto de un mensaje dirigido al Otro. A esto último Lacan lo denominó la instalación del Sujeto supuesto Saber.

¿Es posible la neutralidad del analista?

Son pocos los textos en que Freud se refiere a la neutralidad del analista. Sus planteamientos giran en torno a una búsqueda por situar aquello que orienta la acción y la interpretación del analista, oponiendo la neutralidad a los juicios de valor, a los prejuicios y a la comprensión propia del yo del analista que actúan como obstáculos.
Se trata de hacer lugar al inconsciente evitando que el analista interprete desde sus propios juicios siempre sesgados por sus deseos, por sus fantasías o por su yo.
Desde Freud en adelante se ha planteado que el analista debería sostener en el dispositivo una posición neutral. Sin embargo el concepto de neutralidad generó malos entendidos, dando lugar a pensar al analista como pura pantalla, más allá del bien y del mal, sin deseo.
El concepto de “deseo del analista”, introducido por Lacan, es un intento por salir de este atolladero. Ya no se trata del deseo de la persona del analista sino la manera que orienta la cura.

Los Soprano[3], la voz superyoica
Los Soprano fue una serie de televisión norteamericana que se emitió durante seis temporadas con gran éxito. La historia, bastante conocida, tiene como protagonistas al mafioso Tony Soprano, su familia y la organización criminal que dirige.

Tony está hace varios años en tratamiento psicoterapéutico con la Dra. Jennifer Melfi. En algunas de las sesiones concurre junto a su esposa, Carmela, una mujer dedicada a sus hijos pero sobre todo indiferente con las actividades clandestinas de su marido. La serie a medida que avanza en el tiempo muestra a una mujer derrumbándose por su realidad cotidiana: sus hijos crecen, su matrimonio es una farsa y ella, finalmente, no sabe cuál es el lugar que ocupa en el mundo.
En una de las entrevistas que la pareja Soprano tiene con la Dra. Melfi, Tony decide no ir. Carmela, igualmente va.

“Dra.: Parecías tensa por teléfono.
Carmela: Quería preguntarle si estaba bien que viniera sola.
(Luego de algunos minutos)
¡Vamos! No es así cuando Tony está aquí.
Nunca le da el tratamiento del silencio.

Dra.: ¿Eso es lo que cree, Carmela? ¿Qué le estoy dando el tratamiento del silencio?
Tal vez pueda decirme por qué vino hoy.

Carmela: Estoy preocupada por mi marido, sus cambios de humor... la mitad del tiempo no habla conmigo.
Usted le ha visto así, ese día que se sentó aquí como una pared.
Sé que él es su paciente y yo soy la esposa de un paciente... pero intente vivir con eso las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y veremos cómo se siente.

Dra.: Entiendo.

Carmela: ¿En serio? Tony no estaba de humor, simplemente no quiso venir. "Al diablo con eso", sí, creo que fue eso lo que dijo.

Dra.: Eso pasa habitualmente cuando tocamos un conflicto.

Carmela: Usted sabe a qué se dedica. Va a un club de striptease. Quién sabe cómo pasa el tiempo…
(Llora)… Lo siento. Me siento frustrada. Tony lleva tanto tiempo haciendo eso y no hay nada que pueda hacer para ayudarlo.

Dra.: Creo que el venir a terapia con él ha movido muchos sentimientos en su interior... que le gustaría dirigir a alguna persona.

Carmela: Por favor, sólo estoy emocional hoy.

Dra.: Me gustaría ayudarla, pero como usted dijo, su marido es mi paciente.

Carmela: No soy quien necesita ayuda mental. Sólo me quería desahogar.

Dra.: En caso que cambie de opinión... aquí tiene el número de teléfono de un colega de Livingstone, el Dr. Krakower. Él fue mi profesor.

Carmela: No será necesario, pero gracias igualmente. Gracias por su tiempo”.[4]


Discurso angustioso el de Carmela en la entrevista con Dra. Melfi, confesión que va perfilando su conflicto: su problema de pareja.
Queja que la aleja del papel que representaba en la sesión junto a su esposo.
Algo de su subjetividad comienza a delinearse en torno a una demanda de tratamiento. Algo, por supuesto, imposible de canalizar por parte de la psicoterapeuta del marido.
Carmela da un primer paso en la posibilidad de transformar esa queja que pide alivio en una demanda de análisis.

¿Una demanda escuchada?

(Primera entrevista de Carmela en el consultorio del Dr. Krakower)

Carmela: Todos los matrimonios tienen problemas.

Dr. Krakower: ¿Sale con otra mujer?

Carmela: Sí, puede decirlo en plural, sale con otras mujeres. Quisiera verlo de otra manera, quisiera ayudarlo.

Dr. Krakower: ¿Quiere? Hace un momento usted usó la palabra "divorcio"

Carmela: Dije que estaba considerando divorciarme.
Tal vez me pase de la raya, pero... usted es judío Dr. Krakower ¿verdad?

Dr. Krakower: ¿Eso es relevante?

Carmela: Bueno, cómo católicos, damos mucha importancia a los valores de santidad de la familia, y no estoy segura que ustedes...

Dr. Krakower: Estuve casado 31 años.

Carmela: Bueno, entonces usted sabe lo difícil que puede llegar a ser.
Es un buen hombre, es un buen padre.

Dr. Krakower: Usted me dijo que es un criminal deprimido proclive a la ira, altamente infiel. ¿Esa es su definición de un "buen hombre"?

Carmela: Pensaba que los psiquiatras no eran prejuiciosos. Lo que diga no saldrá de aquí, ¿verdad?

Dr. Krakower: Por código ético y por ley.

Carmela: Sus crímenes, son... crimen organizado.

Dr. Krakower: ¿La Mafia?

Carmela: Cielos… (Llora) ¿Y qué? ¿Y qué?
Me traiciona cada semana con esas mujeres.


Dr. Krakower: Probablemente el menor de sus delitos. (Carmela amaga con irse)
Puede irse ahora o puede quedarse y escuchar lo que tengo para decirle...”[5]

El encuentro a solas con la Dra. Melfi pone en juego a Carmela en relación a la pregunta por su pareja. ¿Podrá el Dr. Krakower escucharla?
Carmela puede comenzar a hablar de su sufrimiento en su primera entrevista, sin necesidad de poner por delante la sintomatología de su esposo como causa de su decir. Sin embargo, ello no significa que esté dispuesta a renunciar a su marido para explicar su malestar.
Sin lugar a dudas este malestar tiene que ver con él, al menos con sus infidelidades y  no necesariamente con un problema moral.

Krakower parece escuchar solamente el problema moral. “El menor de sus delitos” parece dar la pauta.

Cualquier psicoterapia funda su práctica en la incidencia de la palabra del Otro. Es decir, necesariamente debe haber alguien que diga lo que hay que hacer; esperando su aprobación. En un psicoanálisis es diferente.
La función del analista es poner a trabajar la demanda dando lugar al despliegue significante. ¿Cómo? Ofertando al sujeto la escucha de la demanda, escucha que en la relación entre semejantes se pierde. Es en el despliegue de la asociación libre del paciente donde se puede traducir el pedido en demanda.
El saber adjudicado al analista no le pertenece. El analista sabe pero ignora su saber para dar lugar a lo nuevo que pueda ocurrir, esto recibe el nombre de “docta ignorancia”.

La queja de Carmela convoca a un saber que la estabilice, que la complete. Krakower –desde el prejuicio - no puede escuchar. Se sitúa como un gran amo.


Carmela: Bueno, me cobrará lo mismo igualmente.

Dr. Krakower: No aceptaré su dinero.

Carmela: Me sorprende...

Dr. Krakower: Debe confiar en su impulso inicial y considerar dejarlo. Si no nunca será capaz de sentirse bien consigo misma. Ni será capaz de reprimir los sentimientos de culpabilidad y vergüenza mientras siga siendo su cómplice.

Carmela: Se equivoca si piensa que soy su cómplice.

Dr. Krakower: ¿Está segura?

Carmela: Yo sólo me aseguro que tenga la ropa limpia en el armario y comida en la mesa.

Dr. Krakower: Entonces permisiva sería una palabra que la describiría mejor.

Carmela: Usted cree que necesito definir mis límites más claramente, mantener cierta distancia, no interiorizar...

Dr. Krakower: ¿Qué acabo de decirle?
Déjelo. Tome sus hijos y váyase.

Carmela: Mi sacerdote me dijo que debería intentar ayudarle a ser un hombre mejor.

Dr. Krakower: ¿Y cómo le ha ido?
¿Ha leído "Crimen y castigo" de Dostoievski?
No es fácil de leer, trata sobre culpa y redención.
Y creo que quizás si su marido lo leyera y reflexionara sobre sus crímenes en su celda todos los días durante siete años podría ser redimido.

Carmela: Debería conseguir un abogado, encontrar un apartamento y arreglar la manutención de los niños.

Dr. Krakower: No me está escuchando.
No voy a cobrarle porque no quiero tomar dinero manchado de sangre y usted tampoco debería.
Nunca podrá decir que no se lo advertí.

Carmela: Entiendo. Entiendo…”.[6]

Freud condena la ambición del médico en los siguientes términos: "por más que al analista le tiente convertirse en maestro, modelo e ideal de sus pacientes; por más que le seduzca crear seres a su imagen y semejanza, deberá recordar que no es ésta su misión en el vínculo analítico".[7]

Krakower se posiciona en un lugar donde resulta imposible ayudar a que Carmela pueda construir una demanda. Asume una posición paterna, renunciando al dinero por sus honorarios y señalando a Carmela lo que debe hacer.
Krakower intenta restituir al yo de Carmela, a lo que debe hacer bajo su supervisión. En síntesis un modelo a seguir.

Krakower buscará cambiar la percepción de Carmela sobre el mundo, transmitiéndole los valores que él juzga necesarios para funcionar. Se ofrece a sí mismo como modelo de identificación y no toma en consideración la causa del malestar: la problemática de la pareja.
Vía sugestión le ordena una manera nueva de ser en el mundo.


El final de la historia…

El final inexorable de esta historia está marcado por el encuentro de Carmela con Tony Soprano.
Ella está acostada en un sofá, derrumbada:

Tony: ¿Estás... deprimida? ¿O qué?

Carmela: Yo estoy en el repartimiento de trabajo aquí, eso te lo dejo a ti.

Tony: Porque, sabes... si quieres hacer terapia o algo...
Me di cuenta que has estado un poco tensa últimamente.

Carmela: Qué tierno. Tú sugiriendo que vaya al psicólogo.
No tengo tiempo. Seguiré yendo al tuyo, si quieres.

Tony: Tú sabes mejor que nadie.

Carmela: El decano llamó hoy.

Tony: Bueno, eso no puede ser bueno.

Carmela: Le dije que nos anote para los cincuenta mil dólares.

Tony: Carmela, ya te di cinco mil dólares.
Tal vez te pueda dar otros cinco mil dólares. Tal vez diez mil dólares.
Pero no más.

Carmela: Tony, tienes que hacer algo amable para mí hoy.
Y eso es lo que quiero. Tienes que hacerlo.

Tony: ¿Cincuenta mil grandes?

Carmela: Sí.

Tony: Me da la sensación que puedes tomarte la noche libre de cocinar.
¿Quieres comer afuera?”.[8]

Carmela prefiere seguir ignorando.
El dinero mal habido servirá para pagar los gastos académicos de sus hijos.

Carmela necesita ratificar que Tony es “un buen hombre” y “un buen padre”, por eso la necesidad imperiosa de la donación económica a la Universidad.
Carmela trueca la posibilidad de analizarse con la donación, única forma de  restaurar su economía psíquica de funcionamiento. Cincuenta mil dólares parece ser el precio de su ceguera.

Existen  diferentes formas de manifestarse la contratransferencia. Cualquiera de nosotros puede responder con el estilo Krakower, interpretando desde una posición superyoica.  
La intervención del Dr. Krakower cierra la puerta a la posibilidad de análisis: sabe lo que Carmela tiene y lo que le falta.
Si hubiera podido escuchar desde otra posición quizás se hubiera abierto una dimensión analítica del discurso.
Ninguna identificación satisface a la pulsión y la clínica pone en evidencia la insistencia del síntoma y los fracasos por dominarlo.
No se trata para el analista de adaptar al sujeto a una realidad que no es más que su manera de acomodarse en la vida. Ni de restituir en el paciente un modo de disfrutar y regular la vida.
El analista tampoco es el representante del principio de la realidad. Esta allí, para que se presente la realidad psíquica sin entrometerse. Esta es la realidad que cuenta, que importa, cuando de subjetividad se trata.
Hace falta que el analista esté habitado por un deseo más fuerte que el deseo de ser el amo; cuestión que en Krakower, no lo está.



[1] Freud, S., “Obras completas” Tomo XXIII, ED Amorrortu, Bs. As. 1990
[2] Freud, S., “Obras completas” Tomo XI, ED Amorrortu, Bs As. 1990
[3] El capitulo en cuestión pertenece a la tercera temporada y se llama “Una segunda opinión”
[4] “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”
[5] Ídem
[6] “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”
[7] Freud, S., “Obras completas” Tomo XXIII, ED Amorrortu, Bs As. 1990, pág. 177
[8] “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión” 

Acerca de los cazadores de síntomas



El nuevo milenio nos enfrenta a algo que parecía imposible: la abolición de la subjetividad. Hoy, el psicoanálisis, con más de cien años de resultados clínicos irrefutables, es duramente cuestionado, pretendiéndose sustituirlo por tratamientos químicos que “asegurarían”  definitivamente curar los dolores del alma.
Hace pocos días, observé con asombro cómo un Psiquiatra decía, en un programa televisivo, que el psicoanálisis estaba contraindicado para la depresión (¿?); es más, que en muchos casos, podía propiciar el suicidio del paciente. Tal tipo de afirmación solo merece el silencio.
Freud planteaba, en el final de su vida, con respecto al sufrimiento psíquico, que “El futuro podrá enseñarnos a influir directamente, mediante sustancias químicas particulares, sobre las cantidades de energía y sobre su distribución en el aparato psíquico. Quizá surjan aún otras posibilidades terapéuticas todavía insospechadas; por ahora no disponemos de nada mejor que la técnica psicoanalítica, y por eso no se la debería desdeñar, pese a todas sus limitaciones” (1)
Seguramente Sigmund no imaginaba lo que el futuro deparaba: de la misma manera del “¡Llame ya!”, “¡Compre ya!”, “¡Ud. lo quiere y se lo lleva!”, también, los nuevos discursos  nos dicen quiénes somos, lo que tenemos, lo que deseamos y por qué no, cómo nos curamos. 
El hombre de estos tiempos se ha transformado en lo contrario de un sujeto.  E. Roudinesco(2) plantea que “La era de la individualidad sustituyó a la de la subjetividad: dándose a sí mismo la ilusión de una libertad sin coacción, de una independencia sin deseo y de una historicidad sin historia, el hombre de hoy devino lo contrario a un sujeto. Lejos de construir su ser a partir de las determinaciones inconscientes que, desconocidas para él, lo atraviesan, lejos de ser una individualidad biológica, lejos de querer ser un sujeto libre, desprendido de sus raíces y su colectividad, se imagina como el amo de un destino cuya significación reduce a una reivindicación normativa. Por eso se liga a redes, a grupos, a colectivos, a comunidades sin alcanzar a afirmar su verdadera diferencia”
El abordaje del conflicto psíquico, vemos que en la actualidad, ha cambiado de manera radical. Cada paciente es tratado como una unidad perteneciente a un trastorno, cada persona es un clon de otra de acuerdo a un conjunto de síntomas determinados.
La singularidad del sujeto poco importa, vivimos en un mundo globalizado y también padecemos enfermedades globalizadas. Así, en estos últimos tiempos, se observan una cantidad de sociedades anónimas de síntomas, anónimas en la medida del intento de la abolición de la subjetividad de quien lo padece.
Esta nueva forma de presentar la subjetividad también marca nuevas lecturas de las mismas, el problema no se resuelve en lo individual sino en globalizar los síntomas aboliendo de esa manera lo singular.
Estas forma de agrupamiento sintomático responden a lo que algunos llaman “Tribus urbanas”. Las mismas son definidas a partir de la funcionalidad, en tanto materialidad concreta. En otras palabras, la “Tribu” nomina a sujetos específicos constituidos como una afiliación que sobrecodifica la totalidad de su experiencia vital.
Pere-Oriol, Pérez y Tropea(3) caracterizan a las tribus urbanas por su tendencia a que quienes las integran se sientan insertos en una unidad de orden superior. Los autores sostienen que estos grupos defienden presuntos intereses comunes y estrechan vínculos gregarios basados en valores específicos, y son un ámbito propicio para compartir experiencias y rituales que generan y consolidan el sentido de pertenencia al grupo.
Observamos, en Uruguay, una proliferación de “cazadores” de síntomas, verdaderas tribus urbanas que promueven agruparse, identificados al trazo de la “enfermedad”. Así, en los últimos años, se han formado una cantidad de grupos (muchos de ellos de autoayuda) en búsqueda de identificaciones y lazos sociales. Fobias, neurosis obsesivas e histerias se han transformado en ataques de pánico, TOC (trastorno obsesivo compulsivo) o Fibromialgia, (reciente sintomatología agrupada como una enfermedad crónica que ocasiona a quien la padece dolor en múltiples localizaciones del cuerpo y un cansancio generalizado.)
Estas tribus urbanas  plantean diferentes lecturas de lo mismo: globalizar lo individual en detrimento de lo subjetivo. Tenemos, así, diferentes grupos de cazadores de “patologías”: caza-anoréxicos, caza-somatizadores, caza-pánicos, etc.
Si algo caracteriza a estos agrupamientos en este fin de milenio, es su incapacidad para definir a los sujetos que en ellas se localizan. Constituyen circuitos, espacios virtuales, modelos abstractos que solo pueden definirse a sí mismos como procesos difusos con los cuales ciertas personas conectan algunas de sus necesidades identificatorias, llámense anorexias, bulimias, adicciones, panic Attach y todo agrupamiento sintomático que imagine, generando, como consecuencia, que la cuestión de si ese sujeto es neurótico, psicótico o perverso pase a un lugar secundario.
Quienes llevan la delantera de estas tribus urbanas, en lo que a exposición mediática se refiere, son sin lugar a dudas los “cazadores de gente con bajón”.
Si algo hay que agradecerle a la “Fundación Cazabajones” es que han llevado a la depresión a ser un problema casi de interés nacional: no hay periódico, programa de radio o televisión que no debata sobre esta manifestación clínica. 
Según los psiquiatras de la “Fundación Cazabajones”, una persona puede tener una depresión si tiene estos síntomas (4):

Tiene frecuentes dolores de cabeza
Mal apetito
Duerme mal
Se asusta con facilidad
Sufre de temblor de manos
Sufre de mala digestión
No toma decisiones
Tiene sensaciones desagradables en su estomago
Se cansa con facilidad
Se siente triste
Es incapaz de desempeñar un papel útil en su vida

Como se verá, estos indicadores depresivos descriptos aparecen como una nebulosa de hechos clínicos tan dispares que esta categoría ofrece una inconsistencia llamativa.
En la página Web(5) de este agrupamiento, aparece un recorrido de la historia de la depresión y ahí nos encontramos con que personas ilustres también sufrieron “la enfermedad”.  Así, vemos aparecer a Ernest Hemingway, la princesa Diana de Gales, Kurt Cobain, Mick Jagger. Pero llama profundamente la atención  que Beethoven, sí, el genial músico, además de padecerla: “se suicidó con un tiro en la cabeza a causa de la depresión”.
He leído varias biografías y en ninguna habla de suicidio. Sí, hablan del intento de autoeliminación de Karl, su sobrino-hijo. Beethoven muere a causa de falla hepática, producto de una cirrosis y una pancreatitis crónica. No se puede menos, frente a tal afirmación por parte de la Fundación, que plantear dos hipótesis: o bien las biografías mienten y seguramente Beethoven muere a causa de un “disparo depresivo”, o la epidemia mundial de la depresión (que plantea Cazabajones) también ataca las biografías escritas, a tal punto de cambiar parte de sus contenidos.
En el órgano oficial de difusión de este grupo se plantean varias cuestiones sobre la depresión. No discutiremos paso a paso los textos que allí aparecen ya que son demasiado confusos como para permitir algún beneficio un esfuerzo semejante, pero no puedo pasar por alto algunas frases, como por ejemplo, cuando se plantea al principio de las sugerencias para prevenir la depresión: “ En caso de que usted piense que está sufriendo una depresión, no dude consulte a un psiquiatra”(4)
Tampoco puedo omitir como, en uno de los testimonios tomados de su pagina Web, una mujer bautizada con las iniciales LF nos cuenta: "Al principio sentía mucha tristeza, muchas ganas de llorar… Me sentía mal porque pensaba que todo el mundo me despreciaba, que me utilizaban, me sentía como un objeto más dentro de mi casa". Hasta ahora, nada que nos llame la atención, pero un poco más adelante compruebo con desconcierto que la Fundación ya no me habla de LF sino de MS: “Cada vez más y más MS se fue introduciendo en un pozo depresivo del cual no podía zafar. Sus cuestionamientos eran "¿por qué vine al mundo?, ¿para qué tengo una familia?, ¿por qué no me comprenden?.”
Esta confusión generada en torno a las iniciales de la paciente se va a enturbiar aún más cuando en el mismo testimonio nos hablen de LS: “LS había concurrido a médicos para tratar de resolver su problema "yo estaba medicada por el médico de medicina general. Llegó un momento que pensé que algo tenia que hacer.”
Fue un día cuando mirando el programa que emite Canal X, vi  que el Dr. X. X. hablaba sobre la depresión. Lo que él estaba diciendo me estaba pasando a mi, entonces busqué la forma de comunicarme con él y a partir de noviembre del 98 me empezó a atender el Dr. XX. Hoy me siento feliz, vivir es una cosa hermosa. A veces cuando uno se está recuperando tiene altibajos, yo tuve tropezones, pero tenía deseos de curarme. Yo creo que si la persona lucha se puede curar"(5)
¿De qué se trata en este testimonio, de la singularidad de la paciente LF, MS o LS? ¿O se trata en realidad de un trastorno del humor detectado en “alguien”, no importa quién, y remitido al famoso “¡Llame ya!” de los tiempos que corren de la era del individuo. ?
El planteo de la depresión como un tema exclusivamente psiquiátrico (“En caso de que usted piense que está sufriendo una depresión, no dude, consulte a un psiquiatra”), junto al lapsus calami del LF, MS, LS reafirmarían dos cuestiones básicas en este tipo de lectura: El discurso de “Cazabajones” tiene una vertiente psicofarmacológica bien definida y la subjetividad de quien la expresa sintomáticamente poco importa.
Nadie a esta altura cuestiona los beneficios de los psicofármacos, pero eso no es pensar que la única forma de abordar el síntoma es desde lo biológico.
Con la creación de los psicofármacos y los recientes avances de la neuroquímica cerebral, el discurso psiquiátrico se ha fortalecido en lo que al discurso médico se refiere y es el sustento del discurso de esta Fundación  
Esta nueva psiquiatría lleva la depresión a un factor decisivo: el genético.
¿Podemos pensar que la depresión es un tema absolutamente médico? ¿No haremos con estas lecturas que en lugar del sujeto aparezca la nada?¿En el lugar de la historia, el fin de la historia? ¿Será que esta nueva era del individuo, del “¡llame ya!” no se tiene tiempo para ocuparse de la “larga” subjetividad?
A partir de esta omisión de la subjetividad, ¿es acaso la depresión solamente un agrupamiento sintomático vinculado con el uso de antidepresivos?. ¿Si la depresión es básicamente un problema genético y su curación está por el lado de los psicofármacos, qué hacemos con lo que la persona dice de su depresión?. Dicho de otro modo, ¿cómo hacer con la subjetividad del que la padece?  
El camino que lleva adelante “Cazabajones”, ha llevado quizás a olvidar al sujeto en su singularidad en pos del sujeto de la ciencia, el de los hechos, el de los datos localizables. ¿No sé habrá convertido en un camino que lleva a una clínica des-subjetivada donde el fenómeno clínico, en este caso la depresión, evacua la parte del sujeto para volverlo objetivo?
Dejo al lector que saque sus propias conclusiones.



Notas
1- Sigmund Freud, “Compendio de Psicoanálisis”, Obras completas, Tomo 21, Ed. Amorrortu,  Bs. As.,1990.
2- Roudinesco, Elizabeth, “Por qué el psicoanálisis”, Ed. Paidos, Bs. As., 2001.
3- Pero-Oriol  Costa y otros, “Tribus urbanas”, Ed. Paidos, Bs. As.,  1998.
Boletín Nº 1 de la Fundación Cazabajones
4- www.cazabajones.org