Irving Yalom y su versión del análisis[1]




¿Por qué un analista no debe responder a las demandas amorosas de las pacientes?
Serge Cottet responde: “El analista suscita el amor, pero el analista no cede a ese amor. Para que haya análisis el analista ha de estar animado por un deseo más allá del narcisismo”.[2]
Freud en sus escritos técnicos, frente a la misma pregunta, plantea que el psicoanalista no debe engañarse. No debe hacerle creer a la paciente, o lo que sería peor creer él mismo, que unas satisfacciones sustitutivas podrían aliviar sus padecimientos. Sería por tanto un imperativo ético el que ordena la técnica.
Se sabe y está demostrado desde Breuer[3] que querer el bien del paciente muchas veces conduce a desgracias.
Freud conjeturó que Breuer descubrió la motivación sexual de la transferencia a partir del "falso parto histérico de un embarazo fantaseado" de Anna O.  Ella le quería dar un hijo a su médico. Breuer dio por terminado el tratamiento y huyó a Venecia… allí Mathilde, su mujer, quedó embarazada.
¿Leyó Anna algo del deseo de Breuer? ¿Por qué no pensar que era él quien deseaba un hijo?[4]
Freud indicó que el interés hacia el tratamiento es lo que debe imponerse por sobre el interés del paciente. Sin embargo, esto podría producir una paradoja, ¿no es reforzar las tentaciones el resistirse a ellas?[5]

Un caso que no deja de ser una ficción, pero es muy ilustrativo del tema en cuestión es el que aparece en el primer capítulo del libro “Desde el diván” de Irving Yalom.

Una mujer a amar
Se trata de Belle, paciente de treinta y tantos años, de una familia adinerada, suizo-italiana, deprimida:

”Bien pare­cida, una piel sensacional, ojos seductores, vestida con elegancia –dice Seymour Trotter, su terapeuta-. Una mujer de clase, pero a punto de echarse a perder. Una larga historia de autodestrucción. No falta nada: ha intentado todas las drogas, sin pasar ninguna por alto”.[6]

Trotter relata que cuando vio a Belle por primera vez, había vuelto a la bebida y estaba incursionando con la heroína.
Además presentaba desórdenes alimentarios, cortes en las muñecas, y en los dos brazos. Le gustaba el dolor y la sangre, siendo este (el dolor) el único momento que se sen­tía viva.
Había estado hospitalizada una media docena de veces, por poco tiem­po. Siempre se iba, tras algún escándalo, por lo general echada.

“Casada, sin hijos. Se negaba a tenerlos: decía que el mundo es un lugar demasiado espantoso para imponérselo a los niños. Un buen marido, aunque una relación pésima. Él quería hijos desesperadamente, y había peleas continuas sobre esa cuestión. Él era un banquero inversionista, como el padre de ella, siempre de viaje. A unos pocos años de casados, la libido de él se cerró, o quizá se canalizó hacia hacer dinero. Él ganaba bien, aunque nunca logró aproximarse a la fortuna del padre. Siempre atareado, dor­mía con la computadora. Quizá cogía: ¿quién lo sabe? Por cierto que no cogía a Belle. Según ella, la evitó durante años, probable­mente por su enojo por no tener hijos. Es difícil decir qué los mantenía casados. Él fue criado en un hogar de cientistas cristia­nos, y de forma consistente se rehusaba a la terapia de pareja o a cualquier otra forma de psicoterapia. Aunque ella reconoce que nunca insistió demasiado…”.[7]

El problema mayor de Belle, según el terapeuta, era un peligroso comportamiento sexual: conducía a más de cien kilómetros por hora junto a camiones en la carretera, y cuando el conductor la veía se levantaba la falda y se masturbaba. Luego toma­ba la primera salida y si el camión la seguía, ella se detenía, subía a la cabina, y le realizaba una felatio al camionero.

Belle había pasado por innumerables terapias, todas interrumpidas:

“…era, y sigue siendo, muy despreciativa. Nadie era lo sufi­cientemente bueno, o no para ella. Todos tenían algo malo: de­masiado formales, demasiado pomposos, juzgaban demasia­do, eran muy condescendientes, comerciantes, demasiado fríos, se ocupaban sólo del diagnóstico…”.[8]

Había sido derivada por su ginecólogo, un ex paciente de Trotter. Los atributos del terapeuta que justificaban la derivación eran el de ser “un buen tipo”, ningún macaneador, y que estaba preparado para “ensuciarse las manos”.
Buscó sus artículos académicos en la biblioteca y le gustó uno que discutía el con­cepto de Jung acerca de inventar un nuevo lenguaje terapéutico para cada paciente.

Belle se engancha con un terapeuta que propone una terapia nueva para cada paciente, una verdadera transgresión en el terreno terapéutico, y además “dispuesto a ensuciarse las manos”.[9] Demasiada tentación para una mujer como Belle.

Toda derivación produce efectos en el futuro de los análisis, muchas veces inimaginables. Esto no iba a ser la excepción en este tratamiento.
¿Quiere Belle analizarse?

Muchas veces los pacientes concurren a una primera entrevista con un psicoanalista en acting out o en situación de mostración. Desde ese lugar la palabra sobra.
El acting out es para Lacan, una acción inmotivada, enmarcada en cierta escenificación, que es relatada como situación repetida, que se realiza generalmente fuera del espacio de la sesión, pero dirigida ―en este caso a un terapeuta o un psicoanalista― y que tiene como única función la de mostrar.
Belle era impulsiva, orientada a la acción; sin curio­sidad sobre sí misma e incapaz de aso­ciar libremente. Fracasaba en las tareas tradicionales de la terapia: autoexamen, discernimiento. No traía algo para analizar ya que no le interesaba.
Venía desde la transgresión y no desde una pregunta sobre su sufrimiento.
El elegir a Trotter como su analista no tendrá que ver con una demanda de tratamiento, sino el de llevar al límite a alguien que esté dispuesto a dar un paso más allá del resto de los terapeutas.

La primera intervención que se debería realizar cuando alguien viene en un acting out sería sacarlo de ese lugar (rectificación subjetiva). Devolverle una respuesta que apunte a resituarlo de otro modo en relación con su sufrimiento.
En el tratamiento de Belle esto aparece como imposible. Ella sigue en una actitud de mostración.

¿Cómo terminará este tratamiento?

El cuento del hombre mayor y la taza de chocolate caliente
El correr de las entrevistas le dieron la pauta a Trotter que Belle Felini no era una paciente para abordar con una técnica tradicional.
Cerca del cuarto mes del tratamiento se producirá un acontecimiento fundamental. Trotter estaba investigando el comportamiento sexual autodestructivo de Belle, pre­guntándole qué quería en realidad de los hombres, inclusive del primer hombre de su vida, su padre. Este abordaje seguía siendo estéril.
Ella se resistía a hablar del pasado, no le interesaba; sin embargo, una pregunta de Trotter cambiaría el curso de los acontecimientos:

“Belle para complacerme[10], describió una fantasía re­currente de cuando tenía ocho o nueve años. Hay tormenta; ella entra en un cuarto, mojada y con frío, y allí la espera un hombre mayor. La abraza, le quita la ropa mojada, la seca con una toalla tibia, le da una taza de chocolate caliente. De modo que yo le sugerí un juego de roles: le dije que saliera del consultorio y vol­viera a entrar fingiendo estar mojada y con frío. Omití desvestir­la, por supuesto; busqué una toalla de buen tamaño del baño, y la sequé vigorosamente, manteniéndome en un plano no sexual, como siempre. Le ‛sequé’ la espalda y el pelo, luego la envolví con la toalla, la hice sentar y le preparé una taza de chocolate instantáneo.
…No me pregunte por qué o cómo decidí hacer eso en ese momento. Cuando se ha practicado tanto tiempo como yo, se aprende a confiar en la intuición. Y la intervención lo cambió todo. Belle se quedó sin habla por un tiempo, le saltaron las lágri­mas, y luego chilló como un bebé. Nunca había llorado en las sesiones. La resistencia desapareció.
…¿A qué me refiero al decir que la resistencia desapareció? Quiero decir que empezó a confiar en mí, a creer que ambos es­tábamos en el mismo bando”.[11]

Trotter confiesa que ese acontecimiento lo cambió todo, y no hay duda de que lo cambió. A partir de ese momento la demanda quedó ubicada exclusivamente del lado del terapeuta. El  “para complacerme” es una muestra irrefutable de eso.
Las negaciones de Trotter con respecto a lo sexual de la terapéutica: “omití desvestir­la, por supuesto” o “… la sequé vigorosamente, manteniéndome en un plano no sexual, como siempre“, afirma lo mencionado anteriormente.

A partir del acontecimiento Belle empezó a asociar como una paciente común y la terapia pasó a ser el centro de su vida.
Trotter, a su vez, hizo todo lo posible para ser más importante para ella: contestaba todas las preguntas que le hacía acerca de su vida. Apoyaba las partes positivas de ella diciéndole que era una mujer muy inteligente y bonita. Aborrecía lo que se estaba haciendo, y se lo expresaba sin rodeos.
En definitiva, nada diferente de lo que le podría decir un buen amigo.

Esta forma particular de trabajo terapéutico erotizó la transferencia. Las demandas de Belle aumentaron desmedidamente. Trotter empezó a desempeñar un papel central en sus fantasías. Ella, por ejemplo, se sumía en largos ensueños acerca de una relación sexual con él.

Trotter intentaba con sus interpretaciones, generar un vínculo más “sano” con el “yo” de la paciente. Sus intervenciones apuntaban a reconstruir en el aquí y ahora sus vínculos más primarios.

Freud plantea en sus consejos técnicos que el psicoanalista no debe creerse un salvador, un padre o madre, “no tenga demasiada ambición terapéutica. No debe querer a cualquier precio el bien del paciente, su curación o su felicidad".[12]

El abordaje terapéutico de Trotter estaba basado exclusivamente en su intuición, otra manera de nombrar a la contratransferencia. La misma implica los senti­mientos cariñosos u hostiles que puede alimentar el terapeuta con su paciente.
La “intuición” puede confundir muchas veces al terapeuta con su función:

"Suena inocente, ¿verdad? Pero yo sabía, inclusive al comien­zo, que había un peligro latente. Lo sabía entonces, lo sabía cuan­do me decía cuánto se excitaba cuando yo le daba de comer. Lo sabía cuando hablaba de salir en canoa durante un período largo, dos o tres días, para poder estar solos, flotando en el agua, y dis­frutar mientras ella daba rienda suelta a sus fantasías sobre mí. Yo sabía que mi enfoque era arriesgado, pero se trataba de un riesgo calculado. Iba a permitir una transferencia positiva para cons­truir sobre ella una base y combatir su autodestrucción”.[13]

Belle comenzó a acusarlo de ser prisionero de sus propias reglas:

"Tú resaltas la importancia de respetar la personalidad y diferencia de cada paciente, pero luego haces que una serie de reglas se adecúen a todos los pacientes en todas las situaciones. A todos nos metes en la misma bolsa, como si todos los pacientes fueran iguales y tuvieran que ser tratados igual… ¿Qué es más importan­te? ¿Obedecer las reglas? ¿Quedarte en la zona de comodidad de tu sillón? ¿O hacer lo que es mejor para tu paciente?... Me estás salvando la vida. ¡Y te amo!
Me tenía a su dispo­sición. Yo tenía miedo”.[14]

Paciente difícil Belle. En pleno acting out, en actitud de desafío y transgresión total: acostarse con el analista.
Sin posibilidad alguna de una rectificación subjetiva, Trotter queda a merced de la demanda de la paciente. Demanda que pide a gritos un límite.
La locura de Belle siempre se mantuvo incólume. Simplemente se corrió de lugar, ya no son los camioneros el objeto de transgresión sino que ahora es el terapeuta.

La única forma que encuentra Trotter de salir de este embrollo transferencial es prometiéndole un fin de semana juntos. Para eso Belle tenía que estar “limpia” de drogas, alcohol y comportamientos sexuales riesgosos por un plazo de dos años.

"Para el vigesimosegundo mes, sentí pánico. Perdí toda com­postura y empecé a halagarla, a emplear subterfugios, a rogarle. Le di una conferencia sobre el amor. ‛Tú dices que me amas, pero el amor es una relación, el amor es preocuparse por el otro, pre­ocuparse por el crecimiento y la existencia del otro. ¿Te importo yo, acaso? ¿Te importa cómo me siento? ¿Piensas alguna vez en mi culpa, mis temores, el impacto que tiene esto sobre el respeto hacia mí mismo, el saber que he hecho algo no ético? ¿Y el impacto sobre mi reputación, el nesgo que corre... mi profesión, mi matrimonio?’
Cuantas veces, respondió Belle, ‛me has recordado que hay dos personas en un encuentro humano, nada más, y nada menos. Me pediste que confiara en ti, y confié por primera vez en mi vida. Ahora yo te pido que confíes en mí. Este será nuestro secreto. Me lo llevaré a la tumba.’”

Estoicamente abstemia de todo exceso, Belle esperó su recompensa.
No importa demasiado el final, pero se deduce inexorable:

"En cuanto al resto de mi historia, supongo que la conoces. Está toda allí, en tu carpeta. Belle y yo nos reunimos para desa­yunar en San Francisco, en el café Mama's, en North Beach un sábado por la mañana, y permanecimos juntos hasta el atardecer del domingo”.[15]
“Una tarde que volví a casa encontré todo a oscuras; mi mujer se había ido. Había cuatro fotos de Belle conmigo, sostenidas por chinches en la puerta del frente: en una estábamos registrán­donos en la recepción del hotel Fairmont; en otras, valijas en mano, entrábamos en nuestra habitación juntos; la tercera era un primer plano de la solicitud de admisión del hotel: Belle pagó en efecti­vo, y nos registró como doctor Seymour y señora. En la cuarta, estábamos confundidos en un estrecho abrazo en el observador panorámico del Golden Gate.
Adentro, sobre la mesa de la cocina, encontré dos cartas: una del marido de Belle a mi esposa, en la que decía que a ella podrían interesarle las cuatro fotos que acompañaba y que demostraban el tipo de tratamiento que su marido le aplicaba a su mujer. Decía que había enviado una carta similar a la junta estatal de ética médica”.[16]


Cuando Lacan habló de la contratransferencia en la década del sesenta lo hizo con el propósito de diferenciar al psicoanálisis de la psicología del Yo y cuestionar el concepto de intersubjetividad como soporte de la relación analítica. Eso no quiere decir que el analista no debe desear nada para su paciente, eso es imposible. El problema es qué desea.
El deseo del analista es el modo de orientarse en la cura, modo que garantiza el análisis.
Lo que tendría que suceder en un análisis, es el intento de revelar el enigma que encierra el sufrimiento psíquico, eso se hace entre otras cosas del lado del analista, impidiendo la inmediatez del comentario o la caída en el lugar común que pretende borrar. Todo lo contrario a lo sucedido en la relación Trotter-Belle.
Si había algún posibilidad de que el tratamiento hubiera funcionado  se cerró para siempre con la fantasía sexual del hombre mayor y la taza de chocolate caliente. De ahí en adelante solo fue una permanente transgresión.

El enigma sólo se construye y se despliega en el silencio de la escucha o ante la transparencia de la mirada, nunca cuando la mirada está tan presente como en el caso de Trotter.

El saber del analista implica un lugar de poder y este poder se funda en la prohibición de ejercerlo.  No obstante, algunas veces, esta prohibición puede ceder.
Trotter y su narcisismo intuitivo son un ejemplo claro.
Este caso nos enseña que la contratransferencia es algo a respetar por parte del analista. Nunca debemos guiarnos por el camino exclusivo de la intuición, ya que puede arrojarnos al de la tentación.





[1] Tomado de la novela “Desde el diván” de Irving Yalom, ED Emece, Bs As, 1999.
[2] S. Cottet, “El deseo del analista en Freud” en “Ornicar 1”, Madrid, 1981, pág. 169
[3] Josef Breuer fue creador del método catártico para el tratamiento de las psicopatologías de la histeria junto a Freud.
[4] Lacan, J., Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Bs As, 1989.
[5] S. Cottet, “El deseo del analista en Freud” en “Ornicar 1”, Madrid, 1981
[6] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 15
[7] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 15
[8] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 15-16
[9] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 16
[10] Negritas mías.
[11] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 20
[12] Freud, S., “Obras completas” Tomo XII, ED Amorrortu, Bs As. 1990, pág. 116
[13] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 21
[14] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 27
[15] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 40

[16] Yalom, I., “Desde el diván” ED Emece, Bs As, 1999, pág. 43

Los descendientes o la extraña virtud de quedarse quieto

Los descendientes o la extraña virtud de quedarse quieto


Vi los descendientes, del director Alexander Payne. La historia es simple: Matt, un abogado aristócrata tiene a su esposa en coma profundo, con fatal pronóstico a raíz de un accidente náutico. En el medio se entera de que ella le ha sido infiel, que no lo amaba y que se quería escapar con otro hombre. Y se entera de la peor manera, a través de su hija adolescente. Si hija gritaba a viva voz el engaño de su madre, su padre nunca la pudo escuchar.
El pobre Matt pensaba que su vida era magnífica. Estaba equivocado, su mujer amaba a otro, sus hijas son unas desconocidas y teniendo todo el dinero del mundo vive como un empleado público de poca paga.
Debe hacerse cargo de la infidelidad, de la muerte de su esposa y de sus hijas. Matt habla poco, no responde, su dolor rara vez se manifiesta en palabras, pero está siempre está presente a través de los silencios o de situaciones tragicómica. Aunque todo el relato gira en torno de Matt (George Clooney), la película crece con los personajes secundarios, como Alexandra, la hija adolescente (impresionante la labor de Shailene Woodley), el amiguito de su hija Sid, interpretado por Nick Krause, cuya voz monocorde y llana aporta los momentos más geniales e incómodos de la película y el inmortal Robert Foster en el papel de abuelo gruñón.
La película no deja de ser un abanico entre drama y risa que reflexiona sobre la relación padre-hijas, el amor, las contradicciones, el perdón, la reconciliación y la redención. Pero para mí lo más interesante es que es una película que habla sobre la dificultad de tomar decisiones, el núcleo central de las neurosis obsesivas.
Matt no puede tomar una sola decisión en toda la película, son los otros que se las imponen. Por ejemplo su respuesta a la infidelidad de su mujer tiene que ver con la reacción de su hija mayor, la austeridad en su vida es una enseñanza del padre, etc. La última escena, la conclusión de la película, su única decisión en realidad termina siendo más de lo mismo (no la cuento porque arruino el final)
Matt se presenta como un obsesivo, un esclavo, un prisionero condenado a trabajos forzados, y aparentemente sin saber por que o lo qué es peor, sin preocuparle una respuesta, sobre todo porque, de hecho, no espera ninguna. El hombre estaba realmente ciego... Vive trabajando todo el día mientras su mundo familiar se desmorona.
La película refleja claramente la esencia de la obsesión. De cómo alguien está trabado por una angustia especial Plantea Lacan, en una entrevista publicada originalmente en L'Express dice que la: “Obsesión, eso no quiere decir automáticamente obsesión sexual, ni aún obsesión de esto o aquello en particular: estar obsesionado, significa encontrarse tomado en un mecanismo, en un engranaje cada vez más exigente y sin fin. Helo aquí empeñado en circuitos cada vez más grandes de verificaciones, de precauciones, de justificaciones. Tomado como está en un remolino interior, el estado de apaciguamiento, de satisfacción, se le ha vuelto imposible. Aún el gran obsesivo no tiene, sin embargo, nada de delirante.”
George Clooney deja ver  la esencia del obsesivo en la medida que no tiene ninguna convicción. Ese es el argumento central de la película, Matt no puede tomar posición sobre nada, ni nadie. Ni como marido, ni como padre, ni como yerno, ni como cornudo. Por eso su personaje regala esa desgracia, ese desamparo, ese dolor característicos de estos sujetos y que actúa muy convincentemente. Nada más triste que la escena cuando corre desesperado y antiestético a encontrase con la verdad sobre su mujer.
Si se merece el Oscar Clooney es por reflejarnos una imagen lejos del galán, y cerca del perdedor, papel que calza tan bien en la obsesión. Lo exquisito de la película es como muestra a Matt manteniéndose incólume en su entorno, mientras que su vida está minada y devastada por el sufrimiento.
La película además de una historia sólida y estupendas actuaciones nos ofrece la ceguera del obsesivo.

Amores puntuales



Me encontraba a punto de arribar a mi casa. Una conversación pendiente y crucial con mi mujer aclararía nuestro porvenir. Tres días sin dormir en mi cama; un ultimátum de su parte para que reflexionara era el motivo de mi deserción. Me echó para que recapacitara.
Marchábamos a los tumbos; mi esposa me reclamaba mayor participación en tiempo y en dedicación. Trabajaba mucho, es verdad, pero tenía motivos fundados para hacerlo.
La amaba profundamente pero los imponderables de la vida nos separaban irremediablemente.

Había salido temprano de la oficina para poder hablar tranquilo con ella, pero sobre todo, para que comprobara mi intención de cambio. Estaba decidido a modificar ciertas actitudes mías, las que muchos calificaban como patológicas. Trabajaba más de doce horas diarias por un salario aceptable que se dilapidaba rápidamente por asuntos externos a la pareja.
Le imploré una última oportunidad y para demostrarle mi intención de cambio le escribí en un papel una serie de pautas que estaba dispuesto a cumplir.
La primera tenía que ver con llegar a casa temprano. Hasta ahora siempre algún motivo externo difería mi regreso en forma exasperante.

Su voz en el teléfono sonaba complacida por mi determinación y me ofreció una cena como señal del reencuentro.

Por primera vez en años llegaba para la cena y, seguramente, para lo que sería el comienzo del cambio de una convivencia plagada de dificultades.
Cuando me disponía a abrir la puerta de entrada del edificio en que vivíamos me encontré con una señora sentada. No parecía marginal, me miró como pidiendo ayuda.
Bajé un par de escalones y le pregunté si se encontraba bien.
Estaba acostumbrado a ver esas mujeres marginales sentadas en el suelo  como en su propio mundo, hablando solas, llorando o pidiendo, pero esta se mostraba diferente.
Bastante mayor, calculo que unos ochenta años. Me hizo acordar a mi abuela por su pollera negra y su pelo blanco gastado. Estaba arrugada, es posible que los pliegues de su rostro guardaran muchas vivencias, sin embargo era imposible acceder a ella, se encontraba en un aturdimiento imposible de expresar.
Respiraba jadeante, con un resoplo agrio y angustioso que indicaba algo más. Un miedo intenso se apropiaba de su ser, pero que al mismo tiempo se convertía en inenarrable.
Le pregunté, nuevamente, si se encontraba bien.
Su mirada asombrada se volvió seca y vacía. Su respiración se acrecentó, desplomándose en mis brazos suavemente.
Me encontré abrazado a una mujer que no era mía, apenas a un metro de la puerta de entrada. Parecía una broma macabra del destino: un abrazo robado me alejaba del añorado abrazo a mi mujer.
La imposibilidad se apropiaba nuevamente de mi destino, jugándome una mala pasada. Mis sueños, como la anciana, comenzaban a desmoronarse.
En medio aquel desconsuelo me imaginé a mi esposa esperándome impaciente, o lo que era peor, derrotada por mi impuntualidad.
Ella siempre había sido condescendiente conmigo, quizás demasiado, soportando estoicamente los abusos de mi parentela. Días atrás habíamos mantenido una enérgica discusión por Eliana, mi prima. Ella era como una hermana para mí, pero su trato parecía más el de una hermanastra despiadada.
El motivo de su comportamiento probablemente estuviera fundado en la desquiciada convicción de que el mundo le debía algo, y yo por supuesto integraba parte de ese mundo.
Eliana carecía de lo que se podría establecer como capacidad introspectiva, culpaba a todos por sus errores, exigiendo resarcimiento. Como aquel día en que apareció en mi casa sin aviso pidiéndome trabajo como empleada doméstica. Era una locura que siendo mi pariente, además de abogada, solicitara algo así.
No era demasiado afecta al trabajo, eso lo sabía toda la familia; como profesional casi no ejercía y mucho menos le interesaban las tareas hogareñas, por lo que su petición la interpreté rápidamente como un ultraje, lo cual, dados los antecedentes, no era difícil de pensar.
Después de consultarlo con mi mujer, le manifesté sin rodeos que su planteo era insensato, además de pretender un sueldo imposible de pagar, más cercano al de abogada que al de doméstica.
Mi negativa fue rotunda. Me amenazó entonces con irse del país generando como daño colateral la muerte (seguramente de tristeza) de su madre.
Mi prima era lo único que mi tía tenía en la vida: su marido había muerto hacía años y sus dos hijas mayores estaban fuera del país.
El ultimátum de Eliana no dejaba de ser coherente y angustiante para mí. Desesperado por su profecía, recurrí a mi mujer otra vez. Ella me hizo recapacitar y me brindó la convicción que carecía. Mantuve, con la ayuda marital, mi postura intransigente.
Frente a mi nueva negativa, mi prima me reclamó, al menos, compasión por su situación. La compasión era una forma elegante de nombrar al dinero: me solicitó una especie de salario que le permitiera llegar a fin de mes.
Como nuestra relación siempre estuvo marcada en la creencia mutua de mi sometimiento, no tuve más remedio que aceptar.
Sin consultar esta vez a mi esposa llegué al desconsolado acuerdo de una mensualidad hasta que pudiera salir del mal momento.
Indudablemente un mal negocio en todo sentido. Por el lado de mi mujer provocó un disgusto de importancia: estaba decepcionada de mi blandura. Ella -como yo- sabía que los “momentos” de Eliana podían durar años.
Por el lado de mi prima tampoco fue mejor. También se sintió desilusionada conmigo por no haber accedido totalmente a sus demandas, por lo que decidió evitar cualquier encuentro social. Nuestra relación a partir de ese momento se reduciría a depositarle el “salario” en una cuenta bancaria.

La anciana me arrancó de mis nostalgias con un desmayo profundo.
La acosté en la escalera oficiando de improvisado almohadón. No podía dejarla sola, hubiera sido un acto inhumano, mis angustias personales podían esperar un rato más. Después le explicaría a mi mujer, como en tantas otras ocasiones.
Rogué que viniera el portero a auxiliarme, pero sabía que era improbable, siempre estaba ocupado cuando más se lo necesitaba.
Intuí que se trataba de algo grave cuando la mujer perdió el control de esfínteres, la apreté fuertemente y pedí ayuda a los gritos. Un pequeño charco en la escalera me rodeó, un líquido apenas tibio envolvió mis zapatos.
La anciana me miró de forma desesperanzada, de una desesperanza muchas veces experimentada por mí.
Me vi reflejado en la mirada de la anciana, de alguna manera era mi propia mirada que se descubría en ella. Su desesperanza, inexplicablemente, me hacía entender el origen de la mía: la invasión sistemática de mi familia en mi vida.
Como un destello, recordé el primer trabajo perdido. Las llamadas insistentes de mi madre para reclamarme por cosas de la cotidianeidad intrascendente produjeron el descontento de mi jefe, que no tuvo mejor idea que echarme por hablar demasiado por teléfono.
Una madre tremenda, como salida de los cuentos de los hermanos Grimm, su póstumo decreto fue el encomendarme el cuidado de mi padre con Alzheimer.
Sus últimas palabras antes de morir fueron que tenía la obligación como hijo menor de cuidar a mi padre enfermo, una especie de sentencia que me pesó como una condena y de la que no me pude librar hasta años después.
A mi padre le habían detectado Alzheimer mucho antes de morir mi madre, pero a partir de su fallecimiento empeoró. Al principio vivió con nosotros, pero su pérdida de memoria se volvió insoportable. Con el tiempo también se manifestó una pérdida de capacidad y disposición para hacer las cosas, además de una merma del sentido de la orientación con respecto al tiempo y al lugar. Era casi imposible que se quedara solo, con mi esposa nos dividíamos para atenderlo. Su agresividad innata también se acrecentó en esos tiempos haciendo de nuestras vidas un calvario.
En los últimos meses que vivió en nuestra casa su pérdida de fluidez en el uso del lenguaje y la casi total ausencia de comportamiento reflexivo y juicioso para cumplir cuestiones elementales se volvió tan evidente y tan atroz que no pudimos hacer otra cosa que internarlo en un geriátrico. En realidad la determinación correspondió a mi mujer, que ya no aguantaba más la convivencia. 
Mi padre nunca me lo perdonó, jamás, aunque lo visitaba dos veces por día en una casa de salud que consumía la mitad de mi sueldo.
Mi mujer, aunque me apoyó en todo momento, nunca entendió mi amor desmedido por él, quizás porque ella nunca fue hija única, o por ser mujer o porque quizás nunca tuvo un padre con Alzheimer.
 
La anciana nuevamente me arrancó de mis dolores y me regaló una última mirada, para cerrar sus ojos para siempre.
Sucumbió en mis brazos, seguramente de un paro cardíaco, desesperada en su intento de pedir auxilio a un desconocido. A un extraño, que a su manera también intentaba salir de un desencuentro, en este caso, existencial.
La miré con la nostalgia robada de algún recuerdo, era imposible sufrir por alguien que desconocía, igualmente la propia escena me arrojaba a la congoja, una escena en la que también yo estaba en juego en la desesperanza y la incomunicación con mi mujer. Recién ahora lo entendía claramente.

La señal póstuma de su deceso fue la de un canto etéreo que brotaba de sus partes íntimas. Quizás fuera el alma en forma de hálito que se desprendía de su cuerpo.
Su pequeño efluvio marcó para mí la inexorable muerte de la anciana.

El portero llegó tarde como siempre, le pedí que llamara a un médico por las dudas. Todavía no podía soltarla para avisarle a mi mujer que estaba abajo interpretando el personaje de un ángel. Le rogué a una vecina, que llegaba en ese momento, que le contara a mi esposa lo ocurrido. La pobre quedó tan horrorizada por la escena que no me escuchó, solo atinó a llorar y a encerrarse en su apartamento.
Sentimientos encontrados comenzaron a surgir en mí: por un lado me entristecía toda la situación, pero por el otro me exasperaba saber que no podía concluir con el cometido que me había propuesto: el de salvar mi matrimonio. Ahora por fin sabía la respuesta, estaba dispuesto a cortar con mi familia, única forma de salvar mi matrimonio. Sin embargo, teniendo la solución, me encontraba impotente con esta longeva enigmática.
Hurgué entre sus ropas para encontrar alguna señal y así poder dar cuenta a su familia, pero sobre todo: para poder volver a mi vida.
Solamente encontré unas llaves aferradas fuertemente a su mano. No sabía quien era. Probablemente viviera cerca, por eso no llevaba documentos, quizás una vecina con quien me habría cruzado mil veces.
Un policía llegó al lugar justo en el momento en que estaba husmeando en sus vestiduras. Pensó que la estaba robando o lo que podía ser peor que estuviera abusando de ella. 
Intenté explicarle al agente del orden lo que en realidad sucedía, pero no quiso escuchar, prefirió que llegara la policía técnica y el médico forense para evaluar la situación.
El policía me indicó, con esa sequedad característica, que podía ser parte de la escena del crimen, por lo tanto quedaba a partir de ese momento inmovilizado.
Le pedí amablemente que me dejara tocar el portero eléctrico para anunciarle a mi esposa el infausto suceso y de paso decirle que estaba allí con la firme intención de recuperarla.
El hombre vestido de azul no entendió razones y me dijo que tenía que quedarme en esa posición, incomunicado.
Entré en un estado de impotencia y confusión extremo, similar  seguramente al padecido por la anciana en su intento desesperado por comunicar lo incomunicable.
Nadie me entendía, el portero y la vecina habían desaparecido, el policía pensaba que era un degenerado y, lo peor, mi mujer se imaginaría que era un impuntual. Mi oportunidad de cambio se derrumbaba.
Quizás ésta sea la metáfora de mi destino –pensé- y esa frase resonando en mi cabeza me ayudó a asumir cierta tranquilidad.
Cerca de una hora después vino el médico y la policía técnica, seguía en la misma posición, me llevaron a declarar a la seccional. La cena reparadora era parte del pasado.
Cuando la patrulla partía raudamente conmigo dentro, divisé la figura de mi esposa, salía en ese momento al palier, seguramente por el ruido de la sirena.
Ya no había nadie en la entrada del edificio, parecía un territorio muerto, devastado. La anciana ya no estaba.
La mire y me pareció que corrían las lágrimas por su cara. No lloraba por la anciana muerta, ni siquiera se percató de lo sucedido.
Me pareció que lloraba por el futuro, con un sollozo desconsolado y definitivo.
En ese momento entendí que a veces aun teniendo las soluciones los problemas no se arreglan.
Preferí asumir mi destino señalado. En ese momento pensé que mi madre y mi prima quizás no fueran tan malas.  


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Firme, despacito
Ganando coraje
La pluma fue llenando mi renglón
Luego puse quinta
Y apreté los dientes
Y todo fue encontrando su razón
(La vela puerca)

Dentro de unos meses saldrá un libro mío por primera vez con el Grupo Santillana.
Va a ser un libro sobre casos clínicos, algunos que ya conocen y otros nuevos.
Muy feliz que por primera vez un psicoanalista lacaniano edite con esta prestigiosa editorial.

Gracias a Lourdes Pérez, Patricia Arbilla, Edmundo Canalda, Juan Quintana por creer en mis textos y editarme en su momento.

Gracias a mi próxima editora Ana Laura Lissardy por creer en mi presente.

Habemus Papa


Habemus Papa, la película del italiano Nanni Moretti, con una soberbia actuación de Michel Piccoli no es una comedia, no trata de un psicoanálisis tampoco, ni siquiera de la custión de la fe. El film se pregunta ante todo por las formas que asume la representación del poder y que hacer con los designios que tenemos que cumplir.



¿Qué hace a un hombre ocupar el lugar del padre?



Menudo problema ocupar ese lugar, mucho más complejo cuando se trata de lugar del Santo Padre. Melville el protagonista de la película, es elegido para ser el sumo pontífice, cuando está por aparecer por primera vez en el balcón de San Pedro para saludar a sus fieles sufre un ataque de pánico y huye despavorido. Cuando debe hacer frente a su función reciente, y legalizar públicamente su nuevo estatuto, lo invade un sudor frío corre por su espalda, hiperventila, aumenta desmedidamente sus pulsaciones, en definitiva: esta tomado por el miedo, cuadro característico que ahora llaman crisis de ansiedad o ataque de pánico.

La anécdota sirve para poder pensar ¿hasta que punto estamos preparados para los mandatos que nos tocan afrontar?

El cardenal Melville aparece abrumado por el lugar que le tocó ocupar: el del santo padre, el padre de los padres. Su respuesta frente a esto no se hace esperar: “tengo una suerte de sinusitis mental”, plenamente consciente de su condena queda abrumado por una profunda depresión.

Cuando muchas veces no se sabe a quién recurrir, se recurre al psicoanalista, eso es lo que hace el vaticano. Convocan a un psicoanalista para que ayude a Su Santidad a superar lo que le pasa. Sin embargo el psicoanalista descubre que no sólo no está autorizado a tener una entrevista a solas con su paciente (todos los cardenales escuchan “la entrevista”), sino que tampoco puede preguntar por la historia de Melville. O sea, nada de psicoanálisis! nada de lo que pueda tener sentido en la formación de lo que le pasa. Sin introspección y asociación no es posible generar un sentido.

Leí una crítica de cine que decía que en la película se vive en un enorme suspenso, y es verdad. Todos los personajes están a la expectativa, a la espera de que suceda algo, mirando hacia arriba en busca de una respuesta, los fieles esperan en la Plaza de San Pedro, los cardenales esperan una leve señal de mejoría del Santo, el mundo, a través de la televisión en vivo y en directo espera ansiosamente una respuesta, hasta Melville escapado del Vaticano, y en plena crisis existencial, parece esperar una señal. Pero la senal para Melville no está afuera sino adentro y eso es lo que lo hace ir su busca. Melville se las ingenia, para poder hablar de lo que le pasa con una psicoanalista, intenta cercar algo de su sufrimiento, pero sobre todo algo de su verdad... Quizás lo más importante de la película sea el mostrar que no hay huida al sufimiento… simplemente se trata de poder hacer algo con eso.