TEDX MONTEVIDEO

Charla en TEDX Montevideo del 4 de mayo de 2010.
http://www.youtube.com/watch?v=zOE2dsXXqko

Irvin Yalom y su versión del análisis

¿Por qué un analista no debe responder a las demandas amorosas de las pacientes?

Serge Cottet responde: “El analista suscita el amor, pero el analista no cede a ese amor. Para que haya análisis el analista ha de estar animado por un deseo más allá del narcisismo”.
Freud en sus escritos técnicos, frente a la misma pregunta, plantea que el psicoanalista no debe engañarse. No debe hacerle creer a la paciente, o lo que sería peor creer él mismo, que unas satisfacciones sustitutivas podrían aliviar sus padecimientos. Sería por tanto un imperativo ético el que ordena la técnica.
Se sabe y está demostrado desde Breuer que querer el bien del paciente muchas veces conduce a desgracias.
Freud conjeturó que Breuer descubrió la motivación sexual de la transferencia a partir del "falso parto histérico de un embarazo fantaseado" de Anna O. Ella le quería dar un hijo a su médico. Breuer dio por terminado el tratamiento y huyó a Venecia… allí Mathilde, su mujer, quedó embarazada.
¿Leyó Anna algo del deseo de Breuer? ¿Por qué no pensar que era él quien deseaba un hijo?
Freud indicó que el interés hacia el tratamiento es lo que debe imponerse por sobre el interés del paciente. Sin embargo, esto podría producir una paradoja, ¿no es reforzar las tentaciones el resistirse a ellas?

Un caso que no deja de ser una ficción, pero es muy ilustrativo del tema en cuestión es el que aparece en el primer capítulo del libro “Desde el diván” de Irvin Yalom.

Una mujer a amar
Se trata de Belle, paciente de treinta y tantos años, de una familia adinerada, suizo-italiana, deprimida:

”Bien parecida, una piel sensacional, ojos seductores, vestida con elegancia –dice Seymour Trotter, su terapeuta-. Una mujer de clase, pero a punto de echarse a perder. Una larga historia de autodestrucción. No falta nada: ha intentado todas las drogas, sin pasar ninguna por alto”.

Trotter relata que cuando vio a Belle por primera vez, había vuelto a la bebida y estaba incursionando con la heroína.
Además presentaba desórdenes alimentarios, cortes en las muñecas, y en los dos brazos. Le gustaba el dolor y la sangre, siendo este (el dolor) el único momento que se sentía viva.
Había estado hospitalizada una media docena de veces, por poco tiempo. Siempre se iba, tras algún escándalo, por lo general echada.

“Casada, sin hijos. Se negaba a tenerlos: decía que el mundo es un lugar demasiado espantoso para imponérselo a los niños. Un buen marido, aunque una relación pésima. Él quería hijos desesperadamente, y había peleas continuas sobre esa cuestión. Él era un banquero inversionista, como el padre de ella, siempre de viaje. A unos pocos años de casados, la libido de él se cerró, o quizá se canalizó hacia hacer dinero. Él ganaba bien, aunque nunca logró aproximarse a la fortuna del padre. Siempre atareado, dormía con la computadora. Quizá cogía: ¿quién lo sabe? Por cierto que no cogía a Belle. Según ella, la evitó durante años, probablemente por su enojo por no tener hijos. Es difícil decir qué los mantenía casados. Él fue criado en un hogar de cientistas cristianos, y de forma consistente se rehusaba a la terapia de pareja o a cualquier otra forma de psicoterapia. Aunque ella reconoce que nunca insistió demasiado…”.

El problema mayor de Belle, según el terapeuta, era un peligroso comportamiento sexual: conducía a más de cien kilómetros por hora junto a camiones en la carretera, y cuando el conductor la veía se levantaba la falda y se masturbaba. Luego tomaba la primera salida y si el camión la seguía, ella se detenía, subía a la cabina, y le realizaba una felatio al camionero.

Belle había pasado por innumerables terapias, todas interrumpidas:

“…era, y sigue siendo, muy despreciativa. Nadie era lo suficientemente bueno, o no para ella. Todos tenían algo malo: demasiado formales, demasiado pomposos, juzgaban demasiado, eran muy condescendientes, comerciantes, demasiado fríos, se ocupaban sólo del diagnóstico…”.

Había sido derivada por su ginecólogo, un ex paciente de Trotter. Los atributos del terapeuta que justificaban la derivación eran el de ser “un buen tipo”, ningún macaneador, y que estaba preparado para “ensuciarse las manos”.
Buscó sus artículos académicos en la biblioteca y le gustó uno que discutía el concepto de Jung acerca de inventar un nuevo lenguaje terapéutico para cada paciente.

Belle se engancha con un terapeuta que propone una terapia nueva para cada paciente, una verdadera transgresión en el terreno terapéutico, y además “dispuesto a ensuciarse las manos”. Demasiada tentación para una mujer como Belle.

Toda derivación produce efectos en el futuro de los análisis, muchas veces inimaginables. Esto no iba a ser la excepción en este tratamiento.
¿Quiere Belle analizarse?

Muchas veces los pacientes concurren a una primera entrevista con un psicoanalista en acting out o en situación de mostración. Desde ese lugar la palabra sobra.
El acting out es para Lacan, una acción inmotivada, enmarcada en cierta escenificación, que es relatada como situación repetida, que se realiza generalmente fuera del espacio de la sesión, pero dirigida ―en este caso a un terapeuta o un psicoanalista― y que tiene como única función la de mostrar.
Belle era impulsiva, orientada a la acción; sin curiosidad sobre sí misma e incapaz de asociar libremente. Fracasaba en las tareas tradicionales de la terapia: autoexamen, discernimiento. No traía algo para analizar ya que no le interesaba.
Venía desde la transgresión y no desde una pregunta sobre su sufrimiento.
El elegir a Trotter como su analista no tendrá que ver con una demanda de tratamiento, sino el de llevar al límite a alguien que esté dispuesto a dar un paso más allá del resto de los terapeutas.

La primera intervención que se debería realizar cuando alguien viene en un acting out sería sacarlo de ese lugar (rectificación subjetiva). Devolverle una respuesta que apunte a resituarlo de otro modo en relación con su sufrimiento.
En el tratamiento de Belle esto aparece como imposible. Ella sigue en una actitud de mostración.

¿Cómo terminará este tratamiento?

El cuento del hombre mayor y la taza de chocolate caliente
El correr de las entrevistas le dieron la pauta a Trotter que Belle Felini no era una paciente para abordar con una técnica tradicional.
Cerca del cuarto mes del tratamiento se producirá un acontecimiento fundamental. Trotter estaba investigando el comportamiento sexual autodestructivo de Belle, preguntándole qué quería en realidad de los hombres, inclusive del primer hombre de su vida, su padre. Este abordaje seguía siendo estéril.
Ella se resistía a hablar del pasado, no le interesaba; sin embargo, una pregunta de Trotter cambiaría el curso de los acontecimientos:

“Belle para complacerme, describió una fantasía recurrente de cuando tenía ocho o nueve años. Hay tormenta; ella entra en un cuarto, mojada y con frío, y allí la espera un hombre mayor. La abraza, le quita la ropa mojada, la seca con una toalla tibia, le da una taza de chocolate caliente. De modo que yo le sugerí un juego de roles: le dije que saliera del consultorio y volviera a entrar fingiendo estar mojada y con frío. Omití desvestirla, por supuesto; busqué una toalla de buen tamaño del baño, y la sequé vigorosamente, manteniéndome en un plano no sexual, como siempre. Le ‛sequé’ la espalda y el pelo, luego la envolví con la toalla, la hice sentar y le preparé una taza de chocolate instantáneo.
…No me pregunte por qué o cómo decidí hacer eso en ese momento. Cuando se ha practicado tanto tiempo como yo, se aprende a confiar en la intuición. Y la intervención lo cambió todo. Belle se quedó sin habla por un tiempo, le saltaron las lágrimas, y luego chilló como un bebé. Nunca había llorado en las sesiones. La resistencia desapareció.
…¿A qué me refiero al decir que la resistencia desapareció? Quiero decir que empezó a confiar en mí, a creer que ambos estábamos en el mismo bando”.

Trotter confiesa que ese acontecimiento lo cambió todo, y no hay duda de que lo cambió. A partir de ese momento la demanda quedó ubicada exclusivamente del lado del terapeuta. El “para complacerme” es una muestra irrefutable de eso.
Las negaciones de Trotter con respecto a lo sexual de la terapéutica: “omití desvestirla, por supuesto” o “… la sequé vigorosamente, manteniéndome en un plano no sexual, como siempre“, afirma lo mencionado anteriormente.

A partir del acontecimiento Belle empezó a asociar como una paciente común y la terapia pasó a ser el centro de su vida.
Trotter, a su vez, hizo todo lo posible para ser más importante para ella: contestaba todas las preguntas que le hacía acerca de su vida. Apoyaba las partes positivas de ella diciéndole que era una mujer muy inteligente y bonita. Aborrecía lo que se estaba haciendo, y se lo expresaba sin rodeos.
En definitiva, nada diferente de lo que le podría decir un buen amigo.

Esta forma particular de trabajo terapéutico erotizó la transferencia. Las demandas de Belle aumentaron desmedidamente. Trotter empezó a desempeñar un papel central en sus fantasías. Ella, por ejemplo, se sumía en largos ensueños acerca de una relación sexual con él.

Trotter intentaba con sus interpretaciones, generar un vínculo más “sano” con el “yo” de la paciente. Sus intervenciones apuntaban a reconstruir en el aquí y ahora sus vínculos más primarios.

Freud plantea en sus consejos técnicos que el psicoanalista no debe creerse un salvador, un padre o madre, “no tenga demasiada ambición terapéutica. No debe querer a cualquier precio el bien del paciente, su curación o su felicidad".

El abordaje terapéutico de Trotter estaba basado exclusivamente en su intuición, otra manera de nombrar a la contratransferencia. La misma implica los sentimientos cariñosos u hostiles que puede alimentar el terapeuta con su paciente.
La “intuición” puede confundir muchas veces al terapeuta con su función:

"Suena inocente, ¿verdad? Pero yo sabía, inclusive al comienzo, que había un peligro latente. Lo sabía entonces, lo sabía cuando me decía cuánto se excitaba cuando yo le daba de comer. Lo sabía cuando hablaba de salir en canoa durante un período largo, dos o tres días, para poder estar solos, flotando en el agua, y disfrutar mientras ella daba rienda suelta a sus fantasías sobre mí. Yo sabía que mi enfoque era arriesgado, pero se trataba de un riesgo calculado. Iba a permitir una transferencia positiva para construir sobre ella una base y combatir su autodestrucción”.

Belle comenzó a acusarlo de ser prisionero de sus propias reglas:

"Tú resaltas la importancia de respetar la personalidad y diferencia de cada paciente, pero luego haces que una serie de reglas se adecúen a todos los pacientes en todas las situaciones. A todos nos metes en la misma bolsa, como si todos los pacientes fueran iguales y tuvieran que ser tratados igual… ¿Qué es más importante? ¿Obedecer las reglas? ¿Quedarte en la zona de comodidad de tu sillón? ¿O hacer lo que es mejor para tu paciente?... Me estás salvando la vida. ¡Y te amo!
Me tenía a su disposición. Yo tenía miedo”.

Paciente difícil Belle. En pleno acting out, en actitud de desafío y transgresión total: acostarse con el analista.
Sin posibilidad alguna de una rectificación subjetiva, Trotter queda a merced de la demanda de la paciente. Demanda que pide a gritos un límite.
La locura de Belle siempre se mantuvo incólume. Simplemente se corrió de lugar, ya no son los camioneros el objeto de transgresión sino que ahora es el terapeuta.

La única forma que encuentra Trotter de salir de este embrollo transferencial es prometiéndole un fin de semana juntos. Para eso Belle tenía que estar “limpia” de drogas, alcohol y comportamientos sexuales riesgosos por un plazo de dos años.

"Para el vigesimosegundo mes, sentí pánico. Perdí toda compostura y empecé a halagarla, a emplear subterfugios, a rogarle. Le di una conferencia sobre el amor. ‛Tú dices que me amas, pero el amor es una relación, el amor es preocuparse por el otro, preocuparse por el crecimiento y la existencia del otro. ¿Te importo yo, acaso? ¿Te importa cómo me siento? ¿Piensas alguna vez en mi culpa, mis temores, el impacto que tiene esto sobre el respeto hacia mí mismo, el saber que he hecho algo no ético? ¿Y el impacto sobre mi reputación, el nesgo que corre... mi profesión, mi matrimonio?’
Cuantas veces, respondió Belle, ‛me has recordado que hay dos personas en un encuentro humano, nada más, y nada menos. Me pediste que confiara en ti, y confié por primera vez en mi vida. Ahora yo te pido que confíes en mí. Este será nuestro secreto. Me lo llevaré a la tumba.’”

Estoicamente abstemia de todo exceso, Belle esperó su recompensa.
No importa demasiado el final, pero se deduce inexorable:

"En cuanto al resto de mi historia, supongo que la conoces. Está toda allí, en tu carpeta. Belle y yo nos reunimos para desayunar en San Francisco, en el café Mama's, en North Beach un sábado por la mañana, y permanecimos juntos hasta el atardecer del domingo”.
“Una tarde que volví a casa encontré todo a oscuras; mi mujer se había ido. Había cuatro fotos de Belle conmigo, sostenidas por chinches en la puerta del frente: en una estábamos registrándonos en la recepción del hotel Fairmont; en otras, valijas en mano, entrábamos en nuestra habitación juntos; la tercera era un primer plano de la solicitud de admisión del hotel: Belle pagó en efectivo, y nos registró como doctor Seymour y señora. En la cuarta, estábamos confundidos en un estrecho abrazo en el observador panorámico del Golden Gate.
Adentro, sobre la mesa de la cocina, encontré dos cartas: una del marido de Belle a mi esposa, en la que decía que a ella podrían interesarle las cuatro fotos que acompañaba y que demostraban el tipo de tratamiento que su marido le aplicaba a su mujer. Decía que había enviado una carta similar a la junta estatal de ética médica”.


Cuando Lacan habló de la contratransferencia en la década del sesenta lo hizo con el propósito de diferenciar al psicoanálisis de la psicología del Yo y cuestionar el concepto de intersubjetividad como soporte de la relación analítica. Eso no quiere decir que el analista no debe desear nada para su paciente, eso es imposible. El problema es qué desea.
El deseo del analista es el modo de orientarse en la cura, modo que garantiza el análisis.
Lo que tendría que suceder en un análisis, es el intento de revelar el enigma que encierra el sufrimiento psíquico, eso se hace entre otras cosas del lado del analista, impidiendo la inmediatez del comentario o la caída en el lugar común que pretende borrar. Todo lo contrario a lo sucedido en la relación Trotter-Belle.
Si había algún posibilidad de que el tratamiento hubiera funcionado se cerró para siempre con la fantasía sexual del hombre mayor y la taza de chocolate caliente. De ahí en adelante solo fue una permanente transgresión.

El enigma sólo se construye y se despliega en el silencio de la escucha o ante la transparencia de la mirada, nunca cuando la mirada está tan presente como en el caso de Trotter.

El saber del analista implica un lugar de poder y este poder se funda en la prohibición de ejercerlo. No obstante, algunas veces, esta prohibición puede ceder.
Trotter y su narcisismo intuitivo son un ejemplo claro.
Este caso nos enseña que la contratransferencia es algo a respetar por parte del analista. Nunca debemos guiarnos por el camino exclusivo de la intuición, ya que puede arrojarnos al de la tentación.

Comentario sobre "Lo cotidiano" a cargo del periodista Hugo Acevedo del diario "La república"

LAS CLAVES DE UN PRESENTE DESAFIANTE

La ignorancia ha sido utilizada recurrentemente como técnica de dominación e instrumento de domesticación colectiva, al servicio de los intereses corporativos de los grupos hegemónicos.

Esas estrategias tienden a instalar en el imaginario social una visión distorsionada del mundo y la realidad, con el propósito de apropiarse de las voluntades y transformarlas en meros engranajes de un sistema perverso y deshumanizado.

Aunque resulte paradójico, la proliferación de las nuevas tecnologías de la información dista de cumplir con el teórico propósito de democratizar el conocimiento y los saberes universales.

En efecto, la ausencia de debates inteligentes ha adormecido la conciencia crítica de las sociedades, favoreciendo la proliferación de las culturas masificadoras.

En ese contexto, la literatura de autoayuda es un subgénero que alimenta cotidianamente la banalización de los discursos. Plagados de frivolidades y conceptos extractados de distintas religiones, corrientes filosóficas y psicológicas, estos verdaderos "manuales de vida" son una auténtica epidemia contemporánea.

Reemplazando en muchos casos a la experiencia, el conocimiento y al antiguo método de ensayo y error, estos libros se han transformado en sucesos editoriales de consumo masivo.

Además de los profesionales que se dedican a estudiar la conducta y la psiquis humana, estas obras están escritas, en su mayoría, por meros mercaderes de ocasión, que se aprovechan de la incredulidad, el desencanto, la necesidad de consuelo y la ignorancia de sus potenciales lectores.

Sin embargo, existen algunos trabajos, elaborados por verdaderos especialistas y no por meros gurúes de moda, que poseen la seriedad y la calidad técnica requerida.

"Lo cotidiano", del psicólogo Jorge Bafico, es una de esas inusuales obras que nos enseña, mediante el análisis de distintos casos extractados de la experiencia clínica del autor y de algunos de sus colegas, diversas pautas para entender mejor nuestra psiquis y comportamiento.

En este libro, el reconocido facultativo analiza, con el profesionalismo que lo caracteriza, programas de televisión, películas y referentes culturales varios, con el propósito de desentrañar e interpretar las claves de nuestra sociedad.

En ese contexto, íconos de la cinematografía mundial como la saga fílmica "La Guerra de las Galaxias" o la popular serie de televisión "Los Simpson" son radiografiados desde la psicología, mediante un lenguaje accesible al público profano, pero sin perder en ningún momento el rigor científico.

"Lo cotidiano" no es un mero manual de autoayuda, sino un plausible aporte a la interpretación de algunos de los dilemas más recurrentes de nuestra cotidianidad.

En este trabajo, el psicólogo Jorge Bafico convoca a sus lectores a una profunda y lúcida reflexión, sobre cuestiones de la condición humana que atañen a todo el colectivo social.

Este libro, que constituye un plausible aporte al debate, ensaya novedosas relecturas en torno a los diversos fenómenos de un presente tan complejo cuanto desafiante.

(Editorial Psicolibros)

Cuento psicoanalítico: Azucena

Cuando la conocí ya era una mujer entrada en años y en carnes, se vestía con ropajes multicolores como salidos de una playa rochense.
Posiblemente tendría el doble de mi edad, nunca lo supe ya que a las mujeres no les gusta decir cuantos años tienen y ella no era la excepción. Confieso que nunca me interesó sexualmente, sería más fácil de entender así esta relación, nada más lejos, primero porque no me gustan las señoras mayores y segundo porque no era el tipo de mujer en que me fijaría.
Quizás siempre tuve propensión a generar relaciones amistosas con mujeres extravagantes, esas que la mayoría de la gente tildaría como chifladas. A mi edad ya es difícil que pueda cambiar esta peculiaridad, el desvarío femenino me sigue pareciendo interesante y es parte de mi esencia convertirme en su confidente.
La conocí en un encuentro de psicólogos de las más diversas teorías. Llegó rutilante, una hora y media más tarde de lo acordado. Su irrupción en la escena me hizo recordar a las divas en decadencia de la vecina orilla.
Exigió, con total desparpajo, que le informaran acerca de lo que allí estábamos hablado. Las miradas de los presentes decían todo. Ella no se amilanó y demando nuevamente una respuesta. Los insultos no se hicieron esperar, ni se inmutó, como una verdadera lady.
Así era ella.
Azucena parecía ser de otra época, quizás de tiempos victorianos pero camuflada de hippie, una combinación verdaderamente extraña y aparatosa.
Cuando reía aparecía en las comisuras de la boca un rasgo bizarro y único, que acompañado de una carcajada estridente, ocupaba cualquier escenario posible: ella era pura estridencia.
Después de ese primer encuentro borrascoso, empezamos a coincidir socialmente en forma reiterada.
Ver a esa especie de topadora altanera tomar la palabra en reuniones o asambleas era un deleite, podía decir espeluznantes sarcasmos con una elegancia bizantina que dejaban a su oponente sin amparo.
Con el tiempo terminamos coincidiendo en la misma institución psicoanalítica. Habíamos entrado casi en la misma época, pero mientras yo pasaba sin pena ni gloria por la misma, ella tenía una necesidad de sobresalir casi sin límites.
Los diferentes encuentros sociales fueron forjando una amistad.
No hablábamos demasiado de nuestra vida personal, pero, seguramente, había nacido en una familia acomodada –nunca me lo dijo-.
Manejaba varios idiomas, sabía muchísimo de filosofía, política e historia. Había participado activamente como militante clandestina en tiempos de dictadura. Todo esto la hacía ser un ser complejo e interesante.
Azucena era, para mí, una encarnación de lo que representaban los ideales de los sesentas. Una militante en todo sentido, una apasionada por las causas y los ideales. Un espíritu crítico y revolucionario de esas épocas. Sin embargo, esa visión no era compartida por la mayoría, Azucena generaba un rechazo explícito en la gente. Quizás porque ella misma encarnara una contradicción demasiado evidente: su forma de hablar entre afrancesada y barroca característica de las zonas de clase alta no armonizaban con su ideología política. A mí siempre me generó una horrorosa curiosidad.
Pero Azucena era demandante como toda militante apasionada. Su causa debía también ser la causa de los demás. El precio que había que pagar por su amistad exigía sacrificios; implicaba aceptar sus horarios y sus sometimientos sin poder exigir disculpas.

Azucena tenía también muchos defectos, yo lo sabía pero pretendía ignorarlo. Estos muchos eran resaltados por sus enemigos, muchas veces mis amigos. Su soberbia indudablemente era su mayor defecto y se incrementó cuando se volvió psicoanalísta.
Se imaginó portadora de un conocimiento que la hacía superior a los demás mortales, incluyendo a sus colegas.
Creo que la “asunción” de “ser psicoanalista” la mareó irremediablemente. Poco a poco se fue desdibujando en una mujer sin límites. La pasión dio paso al abuso.
Se fue quedando sola, sin amigos.
Probablemente las causas apasionadas tienen ese final inexorable.

Una cuestión menor marcó el fin de nuestra relación. En el medio de un problema institucional absolutamente menor –mirado a la distancia-, me vi enfrentado a mi amiga en una pugna vacía y sin fundamentos profundos, pero que en el devenir de lo cotidiano se vive intensamente.
A propósito de ese problema institucional, que ya casi no recuerdo, terminé marchándome de ese lugar.
La represalia por mi abandono a la causa fue que mi amiga me exiliara de sus afectos.
Por años no supe de ella.

Cuando la sabiduría del tiempo logra borrar algunos recuerdos, apareció nuevamente rutilante y avasallante como la primera vez que la vi, esta vez a través de un comentario de un conocido a propósito de un libro que yo había escrito hacía muy poco tiempo: “Sabés que le mostré a Azucena tu libro y me dijo, ah de ese que se cree psicoanalista”; “ese” era yo, ya no tenía nombre ni apellido, pero lo que era peor, es que en el devenir del destierro, también había perdido lo que me anudaba a ella, el significante psicoanalista.
Me desautorizaba de cualquier investidura simbólica, desde el nombre a la profesión.
Su comentario atroz me provocó una tristeza amarga, difícil de digerir. Sin embargo, también me hizo comprender que Azucena seguía siendo la misma de siempre. Yo, en este tiempo, ya no representaba a la causa, o mejor dicho, a su causa.
Pude empezar a digerir mi propio duelo, uno mucho más allá de Azucena.
Ella no era una idealista: peleaba por pelear, no por el intercambio en el campo de las ideas, sino por una agresividad innata.

Hace poco me la crucé, íbamos por veredas contrapuestas, pero por una calle lo suficiente angosta como para poder distinguirnos claramente.
Cuando estaba en el centro de su campo visual me eludió alegremente. Era lógico, Azucena seguía siendo una militante de una causa, en este tiempo: de una causa freudiana.
Yo también continuaba siendo freudiano, simplemente que no tenía la causa que ella exigía. Ni siquiera me la planteaba.

En el camino yo también la eludí, directamente ya no me interesaba saludarla.

Nota sobre TED X Montevideo aparecida en 180.com.uy

“Ideas que vale la pena divulgar”

Una docena de profesionales uruguayos expondrán el martes 4 de mayo ante más de 200 personas -en la Sala Zavala Muniz- y los cientos más que sigan las conferencias por internet. Carolina Kind, productora ejecutiva, contó a 180 sobre el evento, innovador en Uruguay: TedX.

Ted nació hace más de 20 años en Estados Unidos e Inglaterra, siendo un encuentro muy exclusivo: el ticket para escuchar a varios oradores que abordaban las tendencias del momento costaba 6.000 dólares. “Esto sigue siendo así una vez por año, que son las Ted Globales, que son justamente para una elite”, relató Kind. “Ellos se dieron cuenta que no era lo ideal: estaban buscando expandirse y por eso generaron esto que se llama TedX, y la X significa que está producida independientemente por una productora, que sigue los lineamientos de Ted, pero que no está producido por ellos”.

Entonces, el martes 4 de mayo desde las cinco de la tarde, la Sala Zavala Muniz del Teatro Solís será el punto de encuentro para la primera experiencia de Ted local. La entrada será gratuita, previa inscripción.

Además, la conferencia será transmitida por internet y las charlas serán editadas para enviarse a Ted Global.

“Ted se constituyó como una fuente de información fundamental. De hecho, las universidades en el mundo, dentro de la bibliografía, recomiendan charlas de Ted”, puntualizó Kind, quien destacó el libre acceso de las temáticas por parte del público: “por ejemplo, un geólogo puede estar al día de lo que se dijo ayer en Suecia”.

“La verdad es que ese alcance de la información a disposición y que los grandes pensadores estén compartiendo puntos de vista o novedades, es algo muy valorado a nivel académico por las universidades; me parece que en ese sentido tenemos una oportunidad”, manifestó la productora ejecutiva en referencia a que una de las charlas brindadas en Uruguay esté incluida entre las mundiales que destaca Ted.

Mientras que en el último Ted realizado en Estados Unidos expusieron Bill Gates y James Cameron, los oradores confirmados para Montevideo son: Jorge Bafico, Miguel Brechner, Pablo Brenner, Claudio Invernizzi, Nicolás Modal, Julieta Keldjian, Gustavo Laborde, Carina Novarese, Francisco Noya, Andrés Parallada y Gonzalo Tancredi.

La selección se hizo luego de un llamado que estuvo online: “invitamos a la gente a que sugiriera nombres, y que también se nominara a sí mismo si quería”, dijo Kind. Recibieron más de un centenar de propuestas y eligieron en base a la multidisciplinariedad: “que fueran oradores que tuvieran algo para decir que sea diferente, inspirador, que conmueva, que cuenten cosas desde un punto de vista nuevo, ideas que vale la pena divulgar”.

La productora ejecutiva destacó que se trata de oradores con importante formación académica y reconocimiento en su área. Cada uno será asesorado en cuanto a “la forma” por un director de actores y deberá hablar “claro, conciso, pero con suficiente fluidez y suficiente gancho”, porque dispondrá de tan sólo 18 minutos para su exposición.

Los oradores

Jorge Bafico es psicoanalista y ejerce su profesión desde 1993. Autor del libro "Lo cotidiano", "¿Hablamos de amor?" y "Casos locos". Es docente invitado en el Área de Psicopatología de la Facultad de Psicología de la UDELAR dictando seminarios de profundización. Participa como columnista en el programa "Abrepalabra" de Océano FM.

Miguel Brechner Frey es Ingeniero en Telecomunicaciones, graduado en el Imperial Collage de Londres. Durante mas de 25 años estuvo vinculado a búsqueda de nuevas tecnologías y la aplicación de las mismas en diferentes emprendimientos. En 2005 fue designado presidente del LATU y le propuso al Presidente Tabaré Vázquez la implementación en Uruguay del programa "One Laptop per Child" de Negroponte. El proyecto es aprobado denominándose "Plan Ceibal" y el LATU comienza a implementarlo en el 2006. Entre noviembre 2007 y octubre 2009 todos los niños y maestros de escuela pública reciben su computadora, con conexión a Internet. En la actualidad se desempeña además como Director de la ANII y como Presidente del CITS (Centro para la Inclusión Tecnológica y Social), institución creada por el parlamento uruguayo en 2010 para la implementación de programas de apoyo a niños y adolescentes que asisten a la educación publica. Fue socio fundador del Centro de Estudios Estratégicos 1815 dirigido por el Gral. Liber Seregni, y ha realizado trabajos comunitarios en paralelo a sus actividades profesionales.

Pablo Brenner es socio en Prosperitas Capital Partners, el primer fondo de Capital de Riesgo en Uruguay. Cuenta con más de 20 años de experiencia en la industria de High Tech. En 1993 fue co-fundador de Alvarion donde ejerció la función de Vicepresidente de Investigación y Desarrollo en las oficinas centrales de la empresa en Tel Aviv, y posteriormente ejerció como Vicepresidente de la operación de BreezeCOM Latinoamérica. También fue fundador de Wiplug, Director de Tecnología en IdeaCapital y Presidente del Directorio de Taho. Hoy es miembro del Directorio de Endeavor Uruguay, y en varias empresas de tecnología. Es graduado del Executive Program de Singularity University y fue miembro activo en comités técnicos Internacionales.

Claudio Invernizzi es publicista y director de Gurisa, su propia agencia de publicidad. Hace casi treinta años que trabaja en publicidad, destacándose con importantes trabajos para empresas nacionales y extranjeras. En 2009 ocupó la dirección de Televisión Nacional, Canal 5.

Nicolás Jodal es Ingeniero de Sistemas egresado de la Facultad de Ingeniería de la UDELAR. Ha sido profesor en la UCUDAL durante varios años. Es vicepresidente de Artech y coautor del proyecto GeneXus, herramienta líder en el desarrollo automático de aplicaciones.

Julieta Keldjian es Licenciada en Comunicación Social egresada de la UCU donde trabaja actualmente como responsable del Archivo Audiovisual y docente de Historia Tecnológica del Cine en la Licenciatura en Ingeniería Audiovisual. Es productora general de contenidos y conducción de f22, programa del Centro Municipal de Fotografía. Se ha especializado en la conservación, restauración y manejo de películas familiares.

Gustavo Laborde es Licenciado en Ciencias Antropológicas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, de la UDELAR. Es investigador y docente del Universitario Gastronómico de Punta del Este en Antropología e Historia de la Alimentación. Realiza columnas para el semanario Brecha, el portal 180 y el programa No Toquen Nada (Océano FM) sobre cultura alimentaria. Ha trabajado como periodista en varios medios, entre ellos: El Observador, El País, La República, El Día, Revista Tres, PlanB. Fue corresponsal en Uruguay del Servicio Informativo Iberoamericano de la Organización de Estados Iberoamericanos.

Carina Novarese es periodista, profesora de Periodismo y Multimedia y directora de Prensa en la UM. Estudió durante un año en Harvard, becada por la Nieman Foundation of Journalism. En 2008 fue seleccionada por la Eisenhower Fellowships para recorrer medios de comunicación de Estados Unidos y experimentar las nuevas tecnologías aplicada al periodismo. Trabajó en Código País, Canal 12 y fue gerente de informativos de Canal 4. Fue editora de el diario El País.

Francisco Noya es Licenciado en Bioquímica por la UDELAR. En 2001, obtuvo su doctorado en Bioquímica y Genética Molecular en la Universidad de Alabama en Birmingham, EEUU, junto con un MBA otorgado por la misma universidad. En el año 2002, vuelve a Uruguay como Investigador Asociado Grado 3 del Instituto de Investigaciones Biológicas “Clemente Estable” y del PEDECIBA. Su línea de investigación actual busca explotar la diversidad de las comunidades microbianas especializadas en la degradación de biomasa vegetal para obtener nuevos biocatalizadores que viabilicen la producción de biocombustibles a partir de fuentes renovables.

Andrés Parallada es diseñador industrial egresado del Centro de Diseño Industrial de Montevideo. Ha sido alumno de los diseñadores Andries Van Onck, Gui Bonsiepe, Carlos Enrique Luciardi y del artista Guillermo Fernández. Docente en diversas instituciones locales. Desde 2006 es profesor invitado en la Universidad Nacional de Asunción y en Brasil, principalmente en Orbitato, el Instituto de Estudos em Arquitetura, Moda e Design. A partir del 2009, junto con un grupo de profesores crea "Medio Montevideo, Instituto de Estudios en Diseño".

Gonzalo Tancredi es Licenciado en Astronomía de la Facultad de Humanidades y Ciencias. En 1993 obtuvo su Ph. D. en Astronomía en Uppsala University, Suecia. Es Profesor Titular (Gr. 5) del Departamento de Astronomía de la Facultad de Ciencias de la UDELAR y Director del Observatorio Los Molinos del MEC. En 2006 propuso una nueva definición de planeta que fue aceptada por la comunidad astronómica; lo que descalificó a Plutón, pasándolo a considerar un planeta enano.

Las inscripciones comienzan el 14 de abril en el sitio web de TedX.

Comentario sobre el libro "Casos locos"

Narrar la locura por Agustín Courtoisie (El Pais Cultural)

LAS TRECE obras de Lacan incluidas en la bibliografía general podrían haberle dado mala suerte a estos Casos locos del psicoanalista Jorge Bafico. Pero no por el fatídico número, sino porque es muy difícil reformular casos clínicos buscando apoyo en su posible interés narrativo, e incrustándole cada tanto referencias académicas. Tampoco es fácil comentar películas desde el ángulo de la psicología profunda sin aburrir. La tarea era arriesgada y el resultado, ni chicha ni limonada, podía dejar insatisfecha a la academia, y al mismo tiempo alejarse del público general.

Contra esos pronósticos, Bafico produce un libro que se lee en un fin de semana, lleno de finos apuntes descriptivos y abordajes inteligentes, y un equilibrio entre lo anecdótico y lo psicoanalítico por momentos fascinante.

Jorge Bafico es licenciado en Psicología y docente universitario. Es coautor de El entramado de la locura (2005) y compilador de Manifestaciones de las psicosis (1997). Psicoanalista de orientación lacaniana, ha colaborado en diversas revistas.

Para muestra basta un paciente: "Un paraguas negro y punzante se acercaba amenazante hacia mí. Sobresaltado y sin lograr articular respuesta, sólo atinaba a preguntarme qué hacía yo en medio de ese lío. La situación era de por sí extraña pero encuadrada en una primera entrevista psicoanalítica, lo era más aún. Ese fue el comienzo del análisis con Laura".

La chica del paraguas tenía entonces 18 años, y desde los 13 experimentaba situaciones bastante desagradables: "En su cuarto, en la oscuridad, una silueta se delineaba en la penumbra sin que ella pudiera reconocerla. Al iluminarse la habitación, la figura se desvanecía por completo". Laura atribuía el fenómeno a su imaginación, pero unos meses después, la sombra deviene hombre, y el hombre le habla sin pudores. Dice ser el asesino de su abuela, y si Laura no hace todo lo que le pide, va a matar a cualquier integrante de la familia. "Ella será su mujer de ahora en adelante". Es de buen estilo no contar los finales de los cuentos o de las películas. El lector interesado deberá acudir al texto para resolver las mil incógnitas, tan aterradoras como seductoras, que se plantean de ahí en más.

Bafico también utiliza algunos films para desplegar nociones psicoanalíticas cuya verosimilitud debería juzgar el lector. Pero más allá de que se coincida o no con sus teorías, el jugo que extrae de personajes de la ficción, o de realidades noveladas, es muy abundante. Ese es el caso de El hombre araña (Sam Raimi, 2002), Criaturas Celestiales (Peter Jackson, 1994), y Shine ("Claroscuro", Scott Hicks, 1996).

De todas maneras, hay algo que se alarga en el análisis de las películas, algo pesado, como si el autor deslizara entre los dedos una cinta buscando un cuadro determinado, sin encontrarlo. O como si el material no fuese suficientemente generoso para proporcionar el punto de apoyo sólido al psicoanalista. Esto, para algunos lectores, puede suponer una multiplicación innecesaria de páginas.

Sin embargo, en lo que todos coincidirán, es en el trato breve, dolorido, que Bafico hace del caso de Carlos, el aspirante a suicida, y de la paciencia de Helena, su compañera, en "El difícil arte de sufrir". Igual poder de concentración de significados encierra el caso de Pedro, "El errabundo más centrado del mundo".

Bafico trabaja con sutileza también el caso de Juan, el capataz que mató a su patrón: "Lo maté y lo volvería a matar, porque no me dejó contar las vacas" ("Los motivos de un asesino"). Aquí la locura es presentada con ornamentos menos pintorescos que los que le atribuye la creencia popular. Un hombre minucioso, ordenado, exento de agresividad, sufrido en apariencia, soporta a un patrón que no le reconoce sus méritos, le niega un aumento de sueldo, y finalmente, cuando ya le comunicó la decisión de echarlo, no le deja contar las vacas antes de irse. El desenlace parece posible, pero cuando Bafico le arrima al lector ciertas motivaciones profundas de Juan, las puñaladas que terminan con la vida del patrón no admiten alternativa.

Casos locos es disfrutable, aunque exprese tantas formas extremas de la angustia y el dolor. La amenidad y el pulso narrativo del autor, no impiden cierta inquietante sensación al culminar la última página: la línea que divide a la cordura de su opuesto es muy sinuosa, y muy tenue.

CASOS LOCOS de Jorge Bafico, editorial Fin de Siglo, 2006. Montevideo. 128 págs.

Del padre al mito solo hay un cuadro

El Psicoanálisis propone que el sujeto del inconsciente es a constituirse. De eso podrían hablar miles de análisis. El analizante rescribe su historia en el transcurso de la misma, bordeando su posición fantasmática en términos de escritura, y en ese recorrido, se ponen en juego las marcas que lo habitan.

Una mujer
La noticia asoló su tranquilidad. Un escueto telegrama le avisaba de la muerte de su padre.
No sintió dolor; apenas una nostalgia frágil que arropaba algunas reminiscencias.
Él la abandonó tempranamente y sus apariciones posteriores no llegaron a formar una presencia. Un padre de retazos, un retal de pálidos recuerdos, que apenas alcanzaban a modelar un cobertor de padre. Pero al menos era algo, un indicio; porque algunos ni siquiera pueden lograr eso. De eso Schreber nos dio lección: un padre omnipresente-un nombre impotente.
La nota que anunciaba su fallecimiento, también revelaba la noticia de una herencia: un terreno casi perdido en un balneario que paradójicamente se llamaba “El tesoro”.

El psicoanálisis inauguró un nuevo camino en la escucha de ese otro lenguaje, en el que el sujeto habla sobre otra escena: el inconsciente.
J. Lacan, quizás el seguidor más fiel del maestro, se adentró por este camino y concluyó en su seminario de la excomunión, con la ya archifamosa y trillada frase: “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”.
Si hablamos de inconsciente, hablamos de sujeto y su existencia se da a leer en la clínica en un sujeto que habla.

Un destino
Absurdos del destino encontraban a esta mujer con un tesoro que no esperaba, y mucho menos de un padre que había muerto -al menos para ella- hacía mucho tiempo.
Quiso entonces rescatar algo de él, pretender reconstruir una imagen de ese padre ausente y austero.
Las relaciones de parentesco crean un orden simbólico que sitúan al sujeto en un lugar en el Otro. No se trata de familiarizarlo. El orden familiar no hace más que traducir el mito del Edipo. No se trata de los padres cotidianos ni de los datos biográficos, sino de su función, es decir, del padre como normativo en tanto intercede en la relación del niño con la madre.

La constelación subjetiva está formada por el relato de cierto número de rasgos que condensan las marcas familiares que lo atraviesan, sin estar el sujeto –nunca- advertido de ello. Goces, duelos, secretos, miedos, creencias, costumbres, traumas, van marcando las letras en las que leemos la malla del fantasma.
En el transitar del análisis el sujeto podrá armar la diferencia entre las marcas que le vienen del Otro y poder hacer su propio juego significante. Desde ahí se producirá un reordenamiento del goce, separando aquello que le viene del Otro, dando lugar a una nueva cadena significante.

El Tesoro
Sin demasiadas ganas marchó a encontrarse con el lugar heredado.
Lo que descubrió fue un tesoro menguado: un terreno en un pequeño pueblo hundido por la crisis económica. Sin la ambición y la finura de su vecino Punta del Este, estaba destinado a pasar sin pena ni gloria.
Vender el tesoro y comprar algo con ese dinero, fue la decisión de la mujer.
Como el terreno no era de gran valía, resolvió comprar una obra de arte acorde al precio de la herencia. Esto le permitiría, de alguna manera, en la mirada de la obra redimir a un padre fantasma.

Después de vender el tesoro, buscó la pieza de arte, pero también al padre.
Se encontró con un cuadro, una especie de Guernica espurio, una pintura grotesca, oscura y lastimera. La totalidad del mismo era la desazón, con la excepción de un caballo pequeño e incólume, que parecía pertenecer a otra obra.
La pintura, sin la armonía necesaria para ser vendida, estaba disimulada en un rincón del local casi por piedad; y pasaba -con suerte- inadvertida a la vista de los ambulantes del lugar, cuando no provocaba cierto rechazo, y muchas de las veces, desagrado.
Ella la observó durante un instante. Obnubilada por esa imagen, se descubrió allí en la devastación, pero también en el caballo. Si eso era lo que buscaba, lo encontró sin saberlo; como antes al tesoro, y por qué no, también al padre.
En la estructura de parentesco no solamente los padres son los que dejan huellas, también tienen lugar otros integrantes de la familia, o los relatos familiares que dejan sus marcas y en algunos casos cumplen funciones supletorias. Y algunas veces -las pocas- pueden serlo los cuadros...

El cuadro
La obra estaba firmada por un artista plástico poco conocido, uruguayo como ella, llamado Paz.
El destino había querido que esta mujer cambiara un tesoro por Paz, esa paz que seguramente necesitaba.
El tiempo pasó y el padre-cuadro se convirtió, apenas, en una herencia suntuaria, un recuerdo familiar para ser atesorado.
La mujer se olvidó de la curiosa historia del cuadro, hasta que quince años más tarde, por las vueltas de la vida, se encontró con la posibilidad de asistir al taller del artista en cuestión.
En el atelier, recorrió con su vista las diversas obras que se le imponían y no pudo identificarse con ninguna. Pensó qué era lo que la había atrapado de ese pintor que ahora no le expresaba nada.
Reflexionó al respecto y se dio cuenta que quizás ese artista también tenía que ver con su padre, ya que no le trasmitió nada, apenas un poco, apenas un cuadro.
Llegó a la conclusión que eso era su padre: un artista insulso que no podía trascender.

Casi al irse, desilusionada, reparó en un pequeño cuadro luminiscente. Se trataba de un paisaje que le recordaba a algo.
Le peguntó a Paz sobre el origen del cuadro.
La respuesta la dejó aturdida: el paisaje en cuestión se trataba de un balneario casi inexistente, del hermano bastardo de Punta del Este, llamado “El Tesoro”. Otra vez volvía el balneario, el padre, el pintor y un cuadro.
Cuando la mujer le contó del tesoro y su cuadro, el pintor no quedó menos abrumado con la historia. No pudo dejar de regalarle el pequeño y luminiscente cuadro, el del balneario “El Tesoro”, con la condición de volver a ver el primero, el de la historia.
El primero, el cuadro-padre significaba algo muy distinto para él. Lo pintó en sus comienzos, cuando nadie lo conocía. Tenía que ver con él y con su tedio vital de entonces.
Convivió un tiempo con el cuadro-espejo, hasta que un día se cansó. Fastidiado, lo llevó a una galería de arte, lo entregó y lo perdió para siempre. No quería saber más de él o por lo menos de ese que era él.

La función significante incorpora la dimensión de lo perdido. Pero de tal modo introduce este corte que, lo perdido es lo que abre la posibilidad de búsqueda, la búsqueda del deseo, lo que el deseo busca.
Es la verdad -de lo que ese deseo fue en su historia- lo que el sujeto grita por medio de su síntoma. Deseo que en la imposibilidad de realizarse, es decir, de capturar su objeto y arroja al pintor o a la mujer, a la repetición. A volver a pedir por el objeto.

Ahora el destino y la conjunción de significantes habían reunido al cuadro, al pintor, a ella y al padre.
Lo que nunca sabremos, porque de objetos perdidos se trata, es de quien era la historia: ¿de la mujer, del pintor, del padre o del cuadro?