Del padre al mito solo hay un cuadro

El Psicoanálisis propone que el sujeto del inconsciente es a constituirse. De eso podrían hablar miles de análisis. El analizante rescribe su historia en el transcurso de la misma, bordeando su posición fantasmática en términos de escritura, y en ese recorrido, se ponen en juego las marcas que lo habitan.

Una mujer
La noticia asoló su tranquilidad. Un escueto telegrama le avisaba de la muerte de su padre.
No sintió dolor; apenas una nostalgia frágil que arropaba algunas reminiscencias.
Él la abandonó tempranamente y sus apariciones posteriores no llegaron a formar una presencia. Un padre de retazos, un retal de pálidos recuerdos, que apenas alcanzaban a modelar un cobertor de padre. Pero al menos era algo, un indicio; porque algunos ni siquiera pueden lograr eso. De eso Schreber nos dio lección: un padre omnipresente-un nombre impotente.
La nota que anunciaba su fallecimiento, también revelaba la noticia de una herencia: un terreno casi perdido en un balneario que paradójicamente se llamaba “El tesoro”.

El psicoanálisis inauguró un nuevo camino en la escucha de ese otro lenguaje, en el que el sujeto habla sobre otra escena: el inconsciente.
J. Lacan, quizás el seguidor más fiel del maestro, se adentró por este camino y concluyó en su seminario de la excomunión, con la ya archifamosa y trillada frase: “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”.
Si hablamos de inconsciente, hablamos de sujeto y su existencia se da a leer en la clínica en un sujeto que habla.

Un destino
Absurdos del destino encontraban a esta mujer con un tesoro que no esperaba, y mucho menos de un padre que había muerto -al menos para ella- hacía mucho tiempo.
Quiso entonces rescatar algo de él, pretender reconstruir una imagen de ese padre ausente y austero.
Las relaciones de parentesco crean un orden simbólico que sitúan al sujeto en un lugar en el Otro. No se trata de familiarizarlo. El orden familiar no hace más que traducir el mito del Edipo. No se trata de los padres cotidianos ni de los datos biográficos, sino de su función, es decir, del padre como normativo en tanto intercede en la relación del niño con la madre.

La constelación subjetiva está formada por el relato de cierto número de rasgos que condensan las marcas familiares que lo atraviesan, sin estar el sujeto –nunca- advertido de ello. Goces, duelos, secretos, miedos, creencias, costumbres, traumas, van marcando las letras en las que leemos la malla del fantasma.
En el transitar del análisis el sujeto podrá armar la diferencia entre las marcas que le vienen del Otro y poder hacer su propio juego significante. Desde ahí se producirá un reordenamiento del goce, separando aquello que le viene del Otro, dando lugar a una nueva cadena significante.

El Tesoro
Sin demasiadas ganas marchó a encontrarse con el lugar heredado.
Lo que descubrió fue un tesoro menguado: un terreno en un pequeño pueblo hundido por la crisis económica. Sin la ambición y la finura de su vecino Punta del Este, estaba destinado a pasar sin pena ni gloria.
Vender el tesoro y comprar algo con ese dinero, fue la decisión de la mujer.
Como el terreno no era de gran valía, resolvió comprar una obra de arte acorde al precio de la herencia. Esto le permitiría, de alguna manera, en la mirada de la obra redimir a un padre fantasma.

Después de vender el tesoro, buscó la pieza de arte, pero también al padre.
Se encontró con un cuadro, una especie de Guernica espurio, una pintura grotesca, oscura y lastimera. La totalidad del mismo era la desazón, con la excepción de un caballo pequeño e incólume, que parecía pertenecer a otra obra.
La pintura, sin la armonía necesaria para ser vendida, estaba disimulada en un rincón del local casi por piedad; y pasaba -con suerte- inadvertida a la vista de los ambulantes del lugar, cuando no provocaba cierto rechazo, y muchas de las veces, desagrado.
Ella la observó durante un instante. Obnubilada por esa imagen, se descubrió allí en la devastación, pero también en el caballo. Si eso era lo que buscaba, lo encontró sin saberlo; como antes al tesoro, y por qué no, también al padre.
En la estructura de parentesco no solamente los padres son los que dejan huellas, también tienen lugar otros integrantes de la familia, o los relatos familiares que dejan sus marcas y en algunos casos cumplen funciones supletorias. Y algunas veces -las pocas- pueden serlo los cuadros...

El cuadro
La obra estaba firmada por un artista plástico poco conocido, uruguayo como ella, llamado Paz.
El destino había querido que esta mujer cambiara un tesoro por Paz, esa paz que seguramente necesitaba.
El tiempo pasó y el padre-cuadro se convirtió, apenas, en una herencia suntuaria, un recuerdo familiar para ser atesorado.
La mujer se olvidó de la curiosa historia del cuadro, hasta que quince años más tarde, por las vueltas de la vida, se encontró con la posibilidad de asistir al taller del artista en cuestión.
En el atelier, recorrió con su vista las diversas obras que se le imponían y no pudo identificarse con ninguna. Pensó qué era lo que la había atrapado de ese pintor que ahora no le expresaba nada.
Reflexionó al respecto y se dio cuenta que quizás ese artista también tenía que ver con su padre, ya que no le trasmitió nada, apenas un poco, apenas un cuadro.
Llegó a la conclusión que eso era su padre: un artista insulso que no podía trascender.

Casi al irse, desilusionada, reparó en un pequeño cuadro luminiscente. Se trataba de un paisaje que le recordaba a algo.
Le peguntó a Paz sobre el origen del cuadro.
La respuesta la dejó aturdida: el paisaje en cuestión se trataba de un balneario casi inexistente, del hermano bastardo de Punta del Este, llamado “El Tesoro”. Otra vez volvía el balneario, el padre, el pintor y un cuadro.
Cuando la mujer le contó del tesoro y su cuadro, el pintor no quedó menos abrumado con la historia. No pudo dejar de regalarle el pequeño y luminiscente cuadro, el del balneario “El Tesoro”, con la condición de volver a ver el primero, el de la historia.
El primero, el cuadro-padre significaba algo muy distinto para él. Lo pintó en sus comienzos, cuando nadie lo conocía. Tenía que ver con él y con su tedio vital de entonces.
Convivió un tiempo con el cuadro-espejo, hasta que un día se cansó. Fastidiado, lo llevó a una galería de arte, lo entregó y lo perdió para siempre. No quería saber más de él o por lo menos de ese que era él.

La función significante incorpora la dimensión de lo perdido. Pero de tal modo introduce este corte que, lo perdido es lo que abre la posibilidad de búsqueda, la búsqueda del deseo, lo que el deseo busca.
Es la verdad -de lo que ese deseo fue en su historia- lo que el sujeto grita por medio de su síntoma. Deseo que en la imposibilidad de realizarse, es decir, de capturar su objeto y arroja al pintor o a la mujer, a la repetición. A volver a pedir por el objeto.

Ahora el destino y la conjunción de significantes habían reunido al cuadro, al pintor, a ella y al padre.
Lo que nunca sabremos, porque de objetos perdidos se trata, es de quien era la historia: ¿de la mujer, del pintor, del padre o del cuadro?

Nota del diario EL PAIS 2

Los poseídos por sus otros yo

Es un transtorno tan poco común que generacontroversia. Algunos creen que lo que se ha expandido en cine y literatura es exagerado. Otros dicen que sí se ve.

GABRIELA VAZ

Cualquier cinéfilo o literato que se precie es capaz de describir, sin temor a equivocarse, un cuadro de personalidad múltiple. El argumento suele reiterarse: un personaje que se desdobla en dos "yo" completamente opuestos. A todas luces, la trama es fascinante: una persona seria, corriente y funcional convive, en un mismo cuerpo y sin saberlo, con un psicópata asesino serial. ¿Cómo no exprimir tal comportamiento una y otra vez para la ficción? Así, desde la pantalla y el papel se ha adoctrinado al público y lectores sobre una patología acerca de la que, en la realidad, hay múltiples controversias. Algunos expertos opinan que todo lo que se ha popularizado es, como mínimo, exagerado. Otros aseguran que hay casos reales tal como han sido descritos en las más extrañas películas, pero que son excepcionales, únicos. Y también están los que llegan, incluso, a dudar de su existencia.

POSEÍDOS. Cierto día, una muchacha de 18 años (que llamaremos "Laura") se presentó en la consulta del psicoanalista Jorge Bafico. "En la primera entrevista, comenzó a llorar muy angustiada, un llanto potente. Aún lo recuerdo nítidamente: cuando sacó las manos de la cara su expresión era otra. Me miró y me dijo que era el diablo, y que dejara ir a Laura. Se levantó y caminó por todo el consultorio, poseída. Comenzó a buscar algo. Estaba nerviosa, fuera de sí. Entonces vio un paraguas de la biblioteca. Me miró en forma desafiante. Fue hasta el paraguas y arremetió contra mí". El terapeuta cuenta que ese hecho (que relata más en detalle en su libro Casos locos) fue el primero y uno de los pocos cuadros que ha tratado de "personalidad múltiple".

Desde el punto de vista psiquiátrico, explica, se trata de un desorden disociativo crónico, en general causado por un suceso traumático, como un abuso sexual o físico en la infancia. "La mayoría de las personas que reciben ese diagnóstico son mujeres, casi el 90%", señala.

Para Bafico, esa conducta puede verse en distintas patologías, una de las cuales es la locura histérica, tal era el caso de Laura. Pero también puede aparecer en psicosis, básicamente en esquizofrenias, asegura el psicoanalista. "Una vez trabajé con una mujer que tenía tres personalidades, una de las cuales era un hombre. Un día ella llegó al consultorio vestida como un boxeador, de championes bota, un short, un canguro, y se llamaba por un nombre masculino", cuenta de una paciente esquizoide.

El mayor porcentaje de "personalidades múltiples", no obstante, se encuentra en histerias con características especiales. Y si bien se trata de un trastorno muy raro de ver, en él pueden encuadrarse muchos de los asistentes a iglesias pentecostales que, al igual que sucedía con Laura, se dicen poseídos por el demonio, opina Bafico.

FASCINACIÓN. Un problema a la hora de trabajar con estos pacientes es el deslumbramiento que generan, ya que se trata de una patología, nunca mejor dicho, cinematográfica. "Muchas veces ocurre que cuando se alienta al paciente a hablar de cada personalidad se alimenta el síntoma. Cuando uno se mete de lleno en el tema de las características de cada personalidad termina favoreciendo el enganche del paciente. Esto siempre pasa cuando hablamos de una estructura histérica de base. Por ejemplo, cuando Sybil comenzó el tratamiento con su psiquiatra tenía cuatro personalidades y en el transcurrir del mismo llegó a tener 16". Bafico se refiere al más famoso relato de un cuadro de personalidad múltiple, cuyo libro, escrito por la periodista Flora Rheta Schreiber, dio lugar a la película Sybil, de 1976. Sin embargo, el tema había llegado a Hollywood bastante antes, en 1957, con el film Las tres caras de Eva, también basado en hechos reales. Luego vendría una andanada de cintas que retomarían el tema hasta el hartazgo.

Quizá a raíz de tanta exposición fue que en la década del 80, luego de que el manual de psiquiatría DSM III lo oficializara como un trastorno, en Estados Unidos se hablara de "epidemia" de personalidades múltiples. En 1986 se habían diagnosticado 6.000 casos, cuenta Bafico.

Claro que sus características no tienen que corresponderse con lo que muestra el cine. Esa escena en la que una personalidad habla con la otra, cambiando actitud y tono de voz, es bastante difícil de presenciar, aunque quizá no imposible. Sí cambian su forma "de vestir, de pensar, de hablar. Lo que se ve en las películas no es muy diferente de lo que se ve en la clínica", asegura el psicoanalista.

DEFENSA. Para elaborar las distintas personalidades se necesita la mirada externa y un discurso. La primera alucinación de Laura, por ejemplo, era una sombra. Luego, de algún modo empujada por lo familiar, comenzó a darle una forma, un sentido, y la sombra se transformó en el diablo. Después, cuando en la iglesia adquirió una explicación ideológica de qué era el diablo, el síntoma se fortaleció, indica Bafico.

Como en la mayoría de los trastornos psiquiátricos, el cuadro es un mecanismo de defensa ante una realidad que la persona no puede enfrentar, como un abuso sexual cuando niño. "Tiene que ver con la historia del paciente. Siempre hay una infancia muy terrible. Es unamanifestación clínica muy compleja. Es la forma en la que el sujeto reacciona frente a circunstancias de la vida. Como alguien se vuelve obsesivo, fóbico, conversivo, o se deprime, otros desdoblan su personalidad. No es tan frecuente, pero pasa. Y si no se trata, puede convivirse con eso toda la vida".

El tratamiento consta siempre de terapia y, si el caso lo requiere, también medicación. Pero básicamente, de apostar a la palabra para que la persona comprenda el porqué de su síntoma, dice Bafico.

Y así extirpar al Mr. Hyde que muchos Dr. Jekyll llevan dentro.
Un síntoma de trastorno de memoria

La disociación es un mecanismo que todos experimentamos en algún momento. Según explican algunos manuales, es eso que sucede cuando alguien llega a un lugar pero no recuerda cómo, ni qué hizo en el camino, tan ocupada estaba su cabeza con preocupaciones y otros pensamientos. El tema es cuando esto se da a tal nivel que la persona pierde sensaciones de sí misma durante horas o días.

Por eso, para algunos especialistas lo que se llama "personalidad múltiple" no es otra cosa que un trastorno de memoria. "En el fondo, nosotros somos varios. Eso no es lo importante, sino que esas personalidades no tienen inferencia unas en otras. Mi `yo` no tiene recuerdos", explica el psiquiatra Gonzalo Valiño. "Hay amnesia: el `yo` principal no puede darte un relato de lo que ocurrió. Es un estado disociativo de conciencia. La psiquiatría los llamó `estados segundos`".

Para el médico, la personalidad múltiple es un síntoma de un trastorno de memoria. "Lo importante es que la persona no recuerda qué hizo en determinado momento. Luego, si en ese momento fue una bailarina o un oso polar es adjetivo. Podrá tener que ver con el simbolismo, una idea fija que está oculta. Y habrá que interpretar el simbolismo. Pero la idea central es que, desde el punto de vista de la realidad consciente, el `yo` sufre una fractura del tiempo. Hay una parte de mi historia que yo no poseo".

De todas formas, Valiño asegura que este tipo de cuadros es muy difícil de ver. "En la constelación de personalidades donde se pueden producir esos síntomas, ocurren más comúnmente otros, no este".

El médico afirma que los casos cinematográficos superan a los reales, y por ende hay poca experiencia. "El síntoma es espectacular para ser narrado. Es lo que aparece en la fantasía de cada uno de nosotros: el poder ser otro".
El mal de película

La lista de películas que tratan el tema de la personalidad múltiple parece inagotable. Estas son sólo algunas:

Mente siniestra, con Robert DeNiro y Dakota Fanning. (2004)

El club de la pelea, con Edward Norton y Brad Pitt. (1999)

La ventana secreta, con Johnny Depp y John Turturro. (2004)

Mr. Brooks, con Kevin Costner y Demi Moore. (2007)

La raíz del miedo, con Edward Norton y Richard Gere. (1995).

Psicosis, con Anthony Perkins (1960)

Nota del diario EL PAIS

Ayer inquieto, hoy dopado

Jorge Bafico cuestiona los diagnósticos de Déficit Atencional con Hiperactividad y el exceso de metilfedinato que se receta, dadas las cantidades que se importan.

Una sentencia del Tribunal de Familia del 24 de abril de 2009 obligó al Ministerio de Salud Pública a ejercer más control sobre el metilfedinato, droga conocida comercialmente como Ritalina que se receta exclusivamente para el tratamiento del Déficit Atencional con Hiperactividad. Según consta en la resolución, mientras que en el mundo el 5% de los niños sufren de este trastorno, en Uruguay el porcentaje se elevaría al 30%. Paralelamente, las cifras de importaciones indican que entre 2001 y 2007 se multiplicó por 18 el ingreso al país de metilfedinato; pasando de 900 gramos en 2001 a 17.000 en 2007.

La información está recogida en un libro del psicoanalista Jorge Bafico y es el punto de partida de su análisis: "Si esto es cierto, Uruguay sufre una epidemia de proporciones verdaderamente estremecedoras", afirma el psicólogo en Lo Cotidiano (Psicolibros), publicación que se editará el mes próximo.

¿atajo? Lo que preocupa a Bafico es corroborar si de verdad se trata de una pandemia o de la consecuencia de diagnósticos erróneos.

"Tenemos un niño inquieto y pensamos que tiene déficit atencional. Mediquémoslo y olvidémosnos de lo que le pasa", señala el psicoanalista. "Lo importante es que más allá de la psicopatología del niño (que la tiene, eso no está en duda), hay que pensar cuáles son las causas, qué es lo que el pequeño está diciendo con eso. Muchas veces lo que se ve es que detrás de la hiperactividad hay otra cosa que tiene que ver con la denuncia de un problema. Si nosotros logramos abordar el conflicto, quizás podamos terminar con la hiperactividad", agrega. El problema se aborda en psicoterapia o, en palabras de Bafico: "dejando que despliegue su demanda y sufrimiento diciendo qué es lo que le está pasando".

El psicólogo aclara que no es contrario a la medicación, pero considera que primero se debe descartar que no se trate de un problema a nivel emocional.

Para ilustrarlo, Bafico cita en su libro un caso argentino, publicado en el diario Página 12 por la psicóloga Marta Davidovich, que narra la historia de un niño de siete años que tenía problemas de aprendizaje en la escuela. El pequeño había llegado a la consulta con un diagnóstico de Déficit Atencional realizado por el psicólogo escolar y con una indicación pediátrica de administrar Ritalina. Durante la dinámica terapéutica el niño dijo algo que indujo a Davidovich a pensar que se trataba de un niño adoptado. Efectivamente lo era.

"El niño lo sabe", le comunicó a los angustiados padres. "Él se hizo cómplice inconsciente. Nadie debe saberlo. Él tampoco debe saber. Para no saber, no debe aprender", señaló. Para "arreglar" la situación, les sugirió a los padres que le contaran la verdadera historia. Proceso terapéutico mediante, el niño superó los obstáculos de aprendizaje y cambió de actitud.

Con este ejemplo Bafico pretende demostrar la necesidad de buscar los por qué antes de medicar a un pequeño. "El déficit atencional es como un malestar general que hace que el niño no se sienta bien en ningún lado. A veces, el embarazo de una madre, una mudanza, una pérdida, el cambio de colegio provoca trastornos en la conducta. Entonces creo que hay que pensar por qué le pasa eso", explica, y deja caer un concepto polémico vinculado al ejemplo anterior: "Los niños adoptados siempre saben, aunque inconscientemente".

Ahora, ¿el aumento en la medicación es un problema de padres y médicos o los niños de hoy son más inquietos? "Los que trabajan en la clínica no tienen dudas: en los últimos años se ve un cambio en las manifestaciones sintomáticas, aunque las estructuras de la personalidad siguen siendo las mismas", señala el experto.

Mientras que a principio de siglo los problemas estaban vinculados con la represión sexual, ahora la mayoría llega al diván con patologías del acto. Esto es, impulsiones, adicciones, anorexias, y en lo niños, problemas de conducta. En opinión de Bafico, las causas de este fenómeno hay que buscarlas en el debilitamiento de la función paterna: mientras en el pasado bastaba una mirada para imponer autoridad, hoy se apela a la negociación. "¿Qué es lo que pasa entonces? El niño tiene una cuestión pulsional que necesita un límite que no aparece. Eso genera problemas", explica.

Si el "problema" se asume como trastorno y se medica, dice el psicólogo, "se ignora lo que para mí es más importante y con lo que yo trabajo: la singularidad y la historia del sujeto".

"En este punto me parece que tenemos que tener mucho cuidado cuando hablamos de Déficit Atencional porque realmente me cuesta creer que haya un 30% de niños uruguayos diagnosticados cuando en el mundo la media es del 5%", finaliza el terapeuta.
Las cifras

18 Son las veces en las que se multiplicó la importación de metilfedinato (Ritalina) en Uruguay, entre el año 2001 y 2007.

900 Eran los gramos anuales de metilfedintato que se importaban en 2001. En 2007 ingresaron casi 17.000 gramos, dice Bafico.
Pinceladas de un futuro libro

"La Ritalina es el nombre comercial de un compuesto derivado de la familia de las anfetaminas: el metilfenidato... es un estimulante del Sistema Nervioso Central".

"Desde lo empírico se comprueba que sus efectos farmacológicos son muy similares a la metanfetamina o la cocaína: aumenta la capacidad de atención, genera una sensación de euforia, incrementa los niveles de energía a corto plazo y permite una concentración mayor. Sin embargo, la Ritalina controla la hiperactividad durante un tiempo (entre dos a cuatro horas) pero no lo logra a largo plazo".

"Cuando se medica con Ritalina a un niño diagnosticado con un Trastorno por Déficit Atencional, con o sin Hiperactividad, conviene preguntarse qué es lo que se está medicando".

"El metilfenidato puede producir un doble silenciamiento. Por un lado en el niño, ya que su demanda se agota en la administración de pastillas. Y por otro el de los padres, ya que permanecen en una posición de no saber respecto de todo aquello que los implica en la problemática de su hijo".

"En dosis bajas, no parece crear una adicción tan intensa como la cocaína, pero en dosis más altas sus efectos pueden ser similares".

"No se trata de una postura contra la medicación, es claro que muchas veces es necesaria, cuando no imprescindible. El problema es que corremos el riesgo de la cronificación de la medicación como respuesta".
Síntomas de una niñez patológica

La psiquiatría estadounidense definió por primera vez el Trastorno por Déficit de Atención en 1980, en el Manual de Diagnóstico y Estadística III (DSM-III). No obstante, las primeras descripciones datan de 1902, bajo la denominación Defectos en el Control Moral.

En las versiones más modernas del Manual (DSM IV, año 2005), el nombre se adaptó a Trastorno por Déficit de la Atención con Hiperactividad y se describe acompañado de la siguiente sintomatología: no prestar atención suficiente a los detalles o incurrir en errores por descuido en las tareas escolares, en el trabajo o en otras actividades. Tener dificultades para mantener la atención en tareas lúdicas, dar la sensación de que no escucha cuando se le habla directamente, no seguir instrucciones, no finalizar tareas escolares, y tener dificultades para organizar tareas y actividades.

Quien sufre de este trastorno evita, le disgusta o es renuente a dedicarse a tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido, extravía objetos necesarios para las tareas o actividades y se distrae fácilmente por estímulos irrelevantes. También mueve en exceso manos o pies, abandona su asiento en la clase o en otras situaciones en que se espera que permanezca sentado, corre o salta excesivamente en situaciones en que es inapropiado hacerlo, tiene dificultades para jugar o dedicarse tranquilamente a actividades de ocio, habla en exceso, precipita respuestas antes de haber sido completadas las preguntas, tiene dificultades para guardar turno, interrumpe o se mete en actividades de otros.

Para el psicoanalista Jorge Bafico, el modo en que la psiquiatría observa los patrones de conducta "puede llevarnos a pensar en una verdadera pandemia, ya que muchísimos niños poseerían estas características".

Sobre “El secreto de sus ojos”

“No quiero dejar pasar todo de nuevo. ¿Cómo puede ser que no haga nada? Hace veinticinco años que me pregunto y hace veinticinco años que me contesto lo mismo. Dejá, fue otra vida, dejá, no preguntes, no pienses. No fue otra vida, fue ésta. ¿Cómo se hace para vivir una vida vacía, llena de nada?” (Película “EL secreto de sus ojos”)

¿Por qué somos tan complejos los seres humanos? Todos sabemos lo que está bien o lo que está mal, sin embargo nuestras decisiones no siempre van en dirección correcta.
Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, introdujo la respuesta al plantear que no somos dueños de nuestras motivaciones, y obramos en función de designios ignorados. Esta afirmación freudiana aparece como la última gran herida al narcisismo de la humanidad. La primera tiene que ver con el descubrimiento que nuestro planeta no es el centro del sistema solar y la segunda se desprende del aporte de Charles Darwin en relación a que no somos descendientes de Dios sino del mono.
Benjamín Espósito, el protagonista brillantemente interpretado por Ricardo Darín en “El secreto de sus ojos” es una muestra de la complejidad humana: sabe lo que tiene que hacer, declarar su amor a Irene. Sin embargo, tiene que esperar por más de dos décadas para hacerlo.
Esposito demuestra ser durante toda su vida ser un individuo que no se arriesga, que parece muerto en lo que a su deseo se refiere. En términos psicoanalíticos es un obsesivo.
Benjamín Espósito ama a Irene profundamente, sin embargo no puede manifestarlo. No porque ella lo rechace, sino simplemente porque no puede. Se limita a procastinar, a dejar para más adelante la solución del problema; en este caso decir lo que siente.
Parecería que Benjamín necesita mantener a su objeto de amor a distancia; como todo obsesivo posterga siempre el acto que lo aguarda. La economía obsesiva: rehuir del deseo y anularlo tanto como sea posible. En este terreno, el obsesivo siempre da lo mejor de sí mismo, paradójicamente, a la vez todo y nada, en el sentido de que puede sacrificar todo al mismo tiempo en la medida que no pierde nada.

La estrategia de Espósito como un buen obsesivo es la de mantener el objeto de amor a distancia para poder desearlo, siempre en la medida que sea imposible.
Esta es una manera de entender el porqué el no asume una respuesta a los permanentes reclamos amorosos de Irene.
Benjamín sufre, porque está afectado no sólo en su cotidianidad sino en las posibilidades de sostener proyectos que lo acerquen a la realización de sus propios ideales. Entrampado en una serie inacabable de cavilaciones, bordea, sin poder tomar decisiones en ningún sentido.
Sin embargo, Espósito se revela decidido y eficiente en su trabajo en el juzgado. La razón aparece como sencilla: en el trabajo está “tercerizado”, él representa a la ley y a la justicia pero no lo es, no hay cuestionamiento sobre lo que hace ya que lo que hace tiene que ver con su función.
En cambio, en su vida afectiva él no representa a nadie, él necesariamente debe responder por sí mismo. No hay “como si”. El deseo, ahora sí, aparece como un imposible.
Paradoja del obsesivo: máximo riesgo en el trabajo, cero riesgo en su vida afectiva.
Benjamín Espósito no deja de ser un ejemplo claro de la c

Un encuentro imprevisto con lo cotidiano

Un encuentro imprevisto con lo cotidiano



Una otoñal tarde, Julia recibe un llamado inesperado, no por el llamador sino por la hora:

“-Hola Julia.
-Javier, son las tres de la mañana, ¿qué te pasó?
-Nada, tengo que hablar urgente contigo.
-¿Te pasó algo?
-No puedo hablar por teléfono, ¿nos podemos ver mañana temprano?
-Bueno, sí. ¿En mi casa?
-No, no se puede, podría ser peligroso. Mejor en el Bar X, a las nueve y media”.

El enigmático mensaje dejó perpleja a Julia, que ya no pudo dormir por el resto de la noche. ¿Qué le pasaba a su amigo?
Lo conocía bien desde hacía mucho tiempo y nunca se había mostrado misterioso, siempre sustentaba una tranquilidad pasmosa y sin sobresaltos. Apenas algunas veces, en todos esos años, se presentó como confundido. Siempre por el mismo tema: su amor eterno, pero inconstante, por ella.
Un amor cíclico que asomaba a veces, relampagueante y ardoroso, y que arremetía sin pausa contra ella: en mensajes, en grafitis, en apasionadas cartas, hasta en pasacalles. Pero duraban lo que una tormenta tropical, un pequeño lapso de tiempo, apenas para generarle algún sobresalto con su marido.
Si alguna capacidad tenía Julia era la de desligarse de una situación sin provocar grandes calamidades en su entorno. Había convivido con este “problema” por años sin que le erosionara su relación con su amigo y, fundamentalmente, con su esposo.
Sin embargo, ahora, Javier estaba mal y quería hablar con ella, ¿guardaría relación con esto?

Julia se encontró en el Bar X con un hombre que no parecía Javier. Estaba frente a un ser atormentado por un miedo que calaba su vivir y lo convertía en alguien foráneo para ella. Había eclosionado en un delirio de persecución que no le daba respiro. Unos vecinos eran la fuente de su desdicha, se “habían apropiado de su casa y de su vida”, micrófonos ocultos, gente que lo espiaba y otras cuestiones alimentaban su delirio que persistía reciamente.
La historia concluyó con la internación de su amigo en un sanatorio psiquiátrico y un diagnóstico de “Trastorno delirante de tipo persecutorio”.

Julia se preguntaba una y mil veces si tenía algo que ver con el ocaso psiquiátrico de Javier. Todo le hacía pensar que no, pero había algo, un pequeño indicio, que se colaba en sus pensamientos en forma forzada y de alguna manera le daba una respuesta: la última conversación entre ellos antes de la fatal llamada.
Julia, luego de convivir con el enamoramiento de su amigo por años, arriesgó una respuesta casi a modo de interpretación salvaje. Le planteó la posibilidad de que en realidad, quizás, él se escondiera en una fantasía amorosa hacía ella, por otra cosa que pudiera esconder. Pero que para ella no dejaba de asomarse como una pregunta insistente en los últimos meses: la homosexualidad.

No le conocía novia en todos estos años, y lo que es peor –al menos para ella- es que tampoco había escuchado, por parte de su amigo, comentarios sobre alguna mujer. Por tanto no podía ser descabellado suponer que él pudiera ser homosexual y se guareciera en su amor no correspondido como forma de justificación.
Tal fue la pregunta arropada en forma de sentencia que Julia le lanzó a Javier, y lo dejó sin respuesta, hasta el llamado telefónico a las tres de la mañana.

Julien plantea que no hay una psicogénesis de la psicosis. ¿Tiene la psicosis una prehistoria como en la neurosis? Aparentemente, nada se parece tanto a una sintomatología neurótica como una sintomatología pre-psicótica”.
Sin embargo a veces algunos sujetos pre-psicóticos, entendiendo a los mismos como aquellos que aún no manifestaron una descompensación delirante, estallan en un delirio que sorprende y deja al “pre” sin sentido.
Aquel a quien se llama pre-psicótico no es reconocible como tal, en lo cotidiano. Al parecer, se comporta co¬mo todo el mundo, socialmente hablando, se las arregla bas¬tante bien para abrirse camino. ¿De qué manera? “Median¬te una serie de identificaciones puramente conformistas con personajes que le darán la idea de lo que es preciso hacer pa¬ra ser un hombre o lo que es preciso hacer para ser una mujer”.
Javier funcionó en su papel de “hombre” por años, encapsulado imaginariamente. Así, por intermedio de una imitación, de un engan¬che a la imagen del semejante que le servía de mu¬leta, pudo vivir sin que se manifestara una psico¬sis clínica. Vivió “en su capullo, como una polilla” .
La sorpresa que implica su eclosión delirante, podría suponer examinarlo desde una psicogénesis, es decir el querer “compren¬derlo” a partir de una significación a tal o cual ante¬cedente, pero no se trata de eso, sino de una reconstrucción en el apres-coup. Siempre es en este sentido. Con Javier sólo podemos pensar su desencadenamiento a partir de la propia irrupción de su delirio y las marcas que va a producir en el futuro, no antes.

Lo que es evidente, y en ese punto no hay posibilidad de escape, es que toda eclosión de una psicosis es desencadenada por un acontecimiento fortuito, como encuentro con lo real. Esta intrusión se origina en el orden de la vida misma. Es imposible de prever y provoca un destrozo en las significaciones adquiridas que sirvieron de cobertor imaginario hasta el momento.
Julia sin saberlo, y sin quererlo, tocó lo más sagrado de ese sujeto, en cuanto a su cobertura imaginara, en la cual ella participaba sin saberlo. Una nueva verdad es introducida (la posibilidad de la homosexualidad) y sobrepasa el saber que respondía hasta el momento. Se rompe así la coincidencia del saber-verdad que existía hasta el momento.
Con la nueva verdad, introducida por la pregunta de Julia, el saber falta y la pregunta queda sin respuesta.
El encuentro de esta pregunta que lo interpela desde un lugar que no puede responder, genera necesariamente un movimiento irrefrenable.

Ahora: ¿una conversación puede desencadenar un delirio? No necesariamente, pero sí bajo determinadas condiciones. Para que una psicosis se declare clínicamente, como en el caso de Javier, se requiere la coincidencia de dos “caídas”, el encuentro fortuito de dos elisiones: una situada a nivel de lo imaginario y la otra a nivel de lo simbólico.

La elisión en lo imaginario
La relación en espejo según la imagen puede sostener al sujeto a lo largo de su vida, salvo el día que deje de lograrlo.
Cuando eso pasa, el modelo de las significaciones que proporcionan los otros ya no alcanzan.

Cuando lo especular ya no sostiene, necesariamente se debe pasar del otro al Otro, del apoyo especular al apoyo de la palabra, necesariamente ese pasaje requiere que en el Otro, lugar de los significantes, se inscriban para el sujeto los significantes fundamentales, particularmente el Nombre-del-Padre. Así, el sujeto podrá cortar el lazo con lo especular para introducirse en el terreno de la ley del significante como único apoyo.

La elisión en lo simbólico
Cuando el lazo en lo imaginario, que es el único sostén en la pre-psicosis falla, se le agrega una segunda elisión en el terreno de lo simbólico. El llamado a un significante primordial situado en el Otro, no es recibido por el sujeto por la ausencia de ape¬lación al Nombre-del-Padre, ya que está abolido, forcluido. Por tanto, se produce una doble elisión y el equilibrio se despedaza y deja de funcionar; la identificación según la imagen deja al sujeto en la incertidumbre y el desasosiego, ya que no hay red simbólica que amortigüe.
Javier, bajo esa verdad que lo toca del comentario de Julia no puede responder, no hay Otro al que apele al no haber un significante que responda; un vacío insoportable se abre en el orden simbólico y arroja al sujeto al goce del Otro.

A partir de ese agujero único no va a tardar en generarse un enigma que produzca temprana o tardíamente el desencadenamiento de la palabra, es a través del delirio persecutorio que Javier intentará responder a ese agujero insoportable.
El enigma producido va a cuestionar la relación del significante con el significado, ya que se trata de una ruptura de articulación entre ambos.
¿Qué es el enigma? Algo que es reconocido en el campo del significante, que significa algo es evidente, pero eso no puede ser enunciado, queda velado. Ese vacío no es absoluto, es un agujero que se produce en el lugar donde se espera una significación. Esto Lacan lo designa como “significación de significación”, es la pura intencionalidad del significante.
En Javier, la relación no se establece, no hay significación que despliegue sus espejismos, sino el camino que le queda es únicamente el del delirio.

Star Wars o Tras los pasos de Edipo

Quién de mi generación no se encontró en su niñez inmerso en ese universo particular de aquellos viejos cines: Trocadero, Censa, Plaza, embelesado con la trilogía de Star Wars.
Star Wars ha sido el mayor fenómeno económico y socio-cultural de la historia cinematográfica. Millones de espectadores, legiones de fanáticos y un negocio sideral, datos no menores que de alguna forma deja al descubierto un enigma: ¿por qué tanto éxito?

Seguramente el fuerte de este fenómeno no esté en su calidad artística (unánimemente cuestionada), sino en la estructura de ficción que esta saga propone; algo de la trama bordea inexorablemente eso que Freud inmortalizó como mito de Edipo. Esta doble trilogía no es más que una de las múltiples versiones que lo nombran, de aquello que en el hombre se presenta como inenarrable.

Freud fue reservado con respecto al mito de Edipo, lo describió como una conjetura para poder establecer un origen consistente en una pantalla de orden imaginario que rescata al sujeto del mundo pulsional.
Esta doble trilogía se eleva para dar consistencia a un intento de dar figurabilidad a lo traumático irrepresentable, en este caso: el parricidio.

Difícilmente podamos abordar Star Wars como un mito en sentido estricto, sin embargo no deja de acariciar numerosos elementos míticos que se ponen en juego en relación a los personajes principales: Anakin (Darth Vader) y Luke.
Tampoco podremos tomar este film como un caso clínico, los protagonistas principales no son seres reales, pero de alguna manera personifican, como dice Lacan, “un drama que se presenta como una placa giratoria en la que se sitúa el deseo”

¿De qué se trata entonces el clímax argumental?
Star Wars presenta todo el tiempo la fantasía de la muerte del padre, más precisamente el asesinato del padre, que constituye, según Freud, junto con el deseo incestuoso, el más antiguo crimen que se repite en cada ser humano a lo largo de los tiempos y la cultura sin agotarse jamás.
El núcleo central de la narrativa cinematográfica de la saga está dado en el amor y en el odio de la cadena generacional; al igual que con Edipo el deseo de muerte no está centrado en un solo de los dos polos. En Edipo, antes del parricidio, aparece claramente la posibilidad de filicidio por parte de Layo, éste elige matar para sobrevivir a la imposición de la amenaza oracular. También Luke es ocultado de su padre, no en Corinto, sino en un planeta llamado Tatooine para escapar a una muerte segura. La posibilidad de que Luke fuera asesinado por Vader no arrojaba duda alguna, bajo su espada láser habían muerto la mayoría de los Jedis, hombres y niños sin distinción.

De padres e hijos…
Una encuesta reciente realizada en Internet, arrojó con un noventa y tres por ciento de los votos, que la batalla final entre Vader y Luke Skywalker fue la escena más importante de toda la saga. Acto paradigmático donde propone la conversión de Darth Vader al “buen camino” o su regreso al lado de “La Fuerza”.

El nacimiento de Anakin, fue un hecho enigmático ya que, según el testimonio de su madre fue procreado por obra de ella, sin intervención masculina.
Anakin es un niño sin padre en todo sentido, investido de un presagio brillante y a la vez terrible.

Cuando un niño nace es necesario que sea investido por el deseo materno que busca ver corporizado el falo faltante. Es por ello que en esta etapa, que Lacan nombra como primer tiempo del Edipo, el niño es deseo del deseo de la madre, no hay otra alternativa. El niño no es tanto sujeto como sujetado, resulta de este modo identificado con el fantástico falo materno. Si esto no cambia, el futuro de este será, en el mejor de los casos, desalentador.

Difícil camino para Anakin el de su origen. Una vida de esclavo en la realidad y en la subjetividad, hasta la aparición afortunada del Maestro Jedi Qui-Gon Jinn y su joven aprendiz Obi-Wan. El Jedi sospechó de las capacidades del niño, tenía unos niveles midi-clorianos extremadamente altos, de hecho los más elevados, aún más que el famoso maestro Yoda y se convenció de que él era el único que podría traer el equilibrio a «La Fuerza». Invitado a cambiar de vida y convertirse en Jedi abandona a su madre.

Enmarcado a la sujeción de la divinidad materna, la liberación de Anakin no es tal en la realidad, cada vez se entrampa más en el oráculo materno. Se sume poco a poco, como en los mitos, en lo inexorable del destino. Anakin es tentado por el lado oscuro a través de Palpatine, el terrible emperador Darth Sidious, un tirano que no es otra cosa, que el alter ego materno, amo absoluto gozador en que Anakin no puede operar más que como cautivo.

Anakin, como Hamlet, no se convierte al lado oscuro por el deseo por su madre, sino por el deseo de su madre.
Anakin Skywalker no puede más que doblegarse; renegando de lo único que lo podía cambiar de senda: su amada Padme; ya no tiene deseo.

Es así, que este adolescente atormentado, se convierte en el oscuro personaje Darth Vader, ejecutor de los designios de esa madre tiránica llamada Darth Sidious. Se desprende de lo antedicho la raigambre narcisita de este primer momento pre-edípico de la relación dual madre-hijo.
No será hasta el momento previo a su muerte a manos de su hijo donde Darth Vader vuelva a ser Anakin, retornando a «La fuerza».
No deja de ser paradójico que sea su hijo, pero en posición de padre, quien posibilite el cambio.
Un padre, en cuanto función, debe intervenir sobre varios planos.
El prohíbe a la madre, ante todo. Ese es el fundamento, el principio del complejo de Edipo, es ahí que el padre está ligado a la ley de prohibición del incesto. Es él quien esta encargado de representar esta interdicción.
Es ese padre en cuanto imaginario, con quien siempre nos encontramos.
Toda dialéctica: la de la agresividad, la de la identificación, la de la idealización tiene que estar en relación a él, y no tiene necesariamente, relación alguna con el padre de la realidad.

Si lo llamamos imaginario, es también porque está integrado en la relación imaginaria que constituye el soporte psicológico de las relaciones con el semejante.
El padre es, entonces, alguien “nombrado” por la madre. Lacan llama a esto “Nombre-del-padre”, este pasaje implica la renuncia narcisista que impone la castración, ese alguien, en el caso en cuestión, es representado por su hijo Luke, no cualquiera, sino un Jedi, significante paterno que rompe la dualidad y permite definitivamente sacar a Anakin de la oscura opresión materna. Luke se convierte en el padre de Anakin para posibilitar la identificación plena con las insignias que debe portar un padre, en este caso, el de ser un Jedi.

El final de la sexta entrega, en orden lógico: «El regreso del Jedi», no deja de ser reveladora: en el firma mento Luke contempla el universo, con Obi-Wan, Yoda y con su padre Anakin Skywalker, ¿o su hijo?

El errabundo más centrado del mundo

El errabundo más centrado del mundo


“Lacan solía referir que alguna vez había curado a algún psicótico pero que no podía decir cómo ni porqué.”
Françoise Davoine



La hora de análisis de Pedro es siempre la misma desde hace años. Invariable. Persistente a lo largo del tiempo, como él, que se mantiene inalterable.
Su ropa se asemeja a un uniforme que lo caracteriza y que parece formar parte de su cuerpo: una camisa raída que en algún momento fue celeste, y una corbata bicolor que en otras épocas debe haber disfrutado de una nobleza, hoy, ya extinta.
El atuendo concluía con unos jeans gastados y maltratados por lo cotidiano, y unos zapatos de color marrón agrietado que estaban más cerca de la jubilación que de cumplir funciones.
Pedro, elefantino y extraño, tenía una forma de hablar parlanchina y chillona, que acompañada por movimientos incoherentes de sus brazos, hacían de cualquier acontecimiento un espectáculo extravagante.
Su cara oscilaba entre el gesto de la desesperación y una alegría vacía, que se alternaban sin matices y sin sombras.
Una valija llena de revistas y libros de diversos tiempos atestiguaban, de alguna manera, su paso por la vida y oficiaban de vestigios de una historia casi inexistente.

Su aspecto atemporal podría provocar envidia. Sólo algunos sujetos tienen la capacidad de ser casi inmortales, el psicoanalista Jean-Max Gaudilliére lo comentaba a propósito de algunos pacientes del Hospital Paul Guiraud en Francia, que estaban como detenidos en el tiempo y en su envejecimiento.
El tiempo se detiene en ellos porque no hay significantes que los representen. Pedro es uno de esos sujetos.

Invariable y atemporal, lo cotidiano no parece afectar su vida, que, sin embargo, no aparece como monótona.
Pedro habla del pasado y del presente como si fuera lo mismo, quedando en el que escucha la posibilidad de poder diferenciarlos.
Subsistía, percibido por su entorno, como un personaje que no dejaba, en el mejor de los casos, de ser simpático. Un “loco” lindo de esos que habitan nuestro Montevideo, que confluyen y conviven en cada barrio, pero que no generan la hostilidad que produce la diferencia.
Pedro era por tanto un “loco” adaptado a los parámetros sociales, un pre-psicótico donde su locura (delirios-alucinaciones) no había fluido en forma alarmante.

¿Por qué viene Pedro?
¿Quién es Pedro?

Controversias

El psicoanálisis, por ser una clínica estructural y estar constituida en la transferencia, permite hablar de psicosis , incluso en ausencia de fenómenos tangibles como el delirio y las alucinaciones. El “loco”, por tanto, puede no serlo desde lo manifiesto.
Menudo problema el que se nos plantea la locura cuando no irrumpe y aporrea la realidad.
¿Qué es lo que lo hace “loco”, cuando la realidad concreta no lo “certifica”?
La manifestación impalpable de la locura no deja de ser una complicación en la clínica en general, ya que la psicosis cuando aún no se ha desencadenado, muchas veces, se confunde y es tratada como otra cosa. Ya lo decía Lacan: “traten a un pre-sicótico como un neurótico y obtendrán un psicótico”
Este era el caso de Pedro, medicado durante años como un fóbico grave se había convertido en un adicto al Aceprax, un ansiolítico benzodiazepínico, que entre sus efectos secundarios ocasiona una gran adicción.
No solamente estaba medicado como un neurótico, sus palabras también eran recibidas de tal forma por el mundo psiquiátrico, su “locura” contenida en chorros de palabras desunidas consistían igualmente para los psiquiatras en forma de fobia.
La confusión, seguramente, tenía que ver con un componente que aparecía en su discurso: el miedo.
El miedo es un complemento ineludible de la fobia, y Pedro tenía miedo, de todo, de todos, sin embargo no era la clase de miedo que predomina en esta forma de neurosis. El miedo del fóbico gira en el entrampado de lo imaginario, en cambio en Pedro tenía otro estatuto.
Pedro se había enmascarado en una adicción fóbica, pero que lo contenía. Uno no puede menos que pensar que una pequeña adhesión a la benzodiazepina es preferible a un ambular psiquiátrico hospitalario.
Dejemos en suspenso por un momento la historia de Pedro para hacer algunas disquisiciones necesarias.

El hombre que se bastaba a sí mismo (pero con los otros)
Pedro había pasado la mayor parte de su vida en diferentes tratamientos antes de comenzar su análisis: terapias de grupo, conductismo, psicoterapia focal, diferentes tratamientos psiquiátricos, todos con un mismo fin: hablar. Se supone que hablar de lo que le pasaba, pero eso era el problema: ¿qué le pasaba? Sencilla y absolutamente nada.
Un discurso errático y vacío lo acompañaba. Un murmullo de palabras inconexas que no precisaban, necesariamente, de un puerto donde recalar.
Su lenguaje estaba oscurecido de significación, en la medida en que aparecían alteraciones, ya sea de la secuencia gramatical, como de las fracturas en las relaciones de causalidad que afectaban también la dimensión temporal.
Esta presentación errante que ofrecía podría parecer algo muy bizarro, pero en su conjunto generaba una presencia. Había un cierto “estilo” en su decir y en su hacer.

Con relación a la transferencia, no aparecía nada en el orden de la demanda, ni en el orden de la provocación o de la queja. El análisis se manifestaba como un recorrido más, otro camino posible de los múltiples caminos transitados por Pedro, donde todas los caminos eran caminos en sí mismos, no había un “norte” en su accionar.
Nada hace marca –como un cartel de señalización-, para él cualquier camino y cualquier dirección son posibles. Lo que aparece claramente es que no hay un mundo de significaciones que se hallen organizados alrededor de una unidad de medida posible .
Esta errancia, de alguna manera, marca el entramado singular y específico de su psicosis.

Frente a todo su “mundo organizado”, pero paradójicamente sin significación, aparecen concomitantemente ciertas “briznas” paranoicas, cierta anticipación de sentido que se produce al escuchar al otro y funciona en Pedro independientemente de la puntuación, lo cual lo conduce a insertar significaciones personales. En esos momentos el sentido lo desborda, no sólo en la escucha, sino en el conjunto del campo de su realidad.
Sin embargo, puede convivir en esta armonía paranoica mientras los perseguidores “no lo acosen”.
Resumiendo: una vida tranquilamente bizarra, con retozos de paranoia sin eclosión manifiesta.

En la paranoia, por ejemplo, es posible de alguna manera que quien eclosiona en un delirio se reordene de un nuevo modo que le permita reconstruir el mundo. Esto, psiquiátricamente se conoce como la constitución de un delirio sistematizado, que la experiencia clínica demuestra que encuadra al paranoico y le permite la posibilidad de reubicación. Es decir: un sujeto y un objeto bien diferenciados.
En Pedro pasa otra cosa: no aparece la referencia de un discurso que lo represente, en tanto que la relación del sujeto con el cuerpo de lo simbólico deja como saldo un sujeto desmembrado y disperso en una multitud de otros, donde las fronteras excesivamente permeables del yo no lo contienen. Si algo es pensable como una demanda de análisis tiene que ver con esto.

Pedro se queda a mitad de camino, sólo fijado a los significantes en sí mismos, los que no se concatenan en un orden, y no pueden por lo tanto producir una significación posterior.

Cae la máscara, aparece el rostro psicótico

Pedro oscilaba entre su errancia y vestigios de los ecos violentos que lo acosaban: a veces hablaban de él en forma injuriosa, lo envidiaban, lo vigilaban. Estas manifestaciones duraban poco tiempo y convivían con él sin ocasionarle ningún problema ya que tenía un espacio donde desplegarlo: la serie interminable de terapias por las que circuló toda su vida. Lugares que servían como diques de contención a la eclosión de su delirio y permitían que pudiera llevar una vida “normal”.

En ese itinerario errabundo de sus cambios de psiquiatras, recaló en uno bueno, en uno de esos que en una mirada clínica descubre la hondura del conflicto. Pedro, hasta ese momento, había sido medicado como no-psicótico: ansiolíticos varios eran su dieta farmacológica.
El psiquiatra perspicaz lo medicó como correspondía a su estructura: como un psicótico.
¿Cuál fue el resultado de esta medicación? Una eclosión terrible y feroz de un delirio paranoico, que finalmente determinó una internación psiquiátrica.
Ideas delirantes de persecución en torno a compañeros de trabajo que querían hacerlo renunciar eran el motor de su locura.
La medicación de manera paradójica había actuado eficazmente (eso pasa con los psicóticos) pero de forma adversa para Pedro, lo había desenmascarado en su patología. Los antipsicóticos habían robustecido su “costado” paranoico de tal forma que lo habían hecho consistir en un delirio que daba sentido, ahora sí, a su vida.
Su mundo ahora tenía una significación, su universo significante se había reordenado para él, adquiriendo un sentido nuevo, donde una violencia feroz estaba presente en sus compañeros.

¿Cómo salir del yerro?

Por suerte Pedro contaba con un psiquiatra que además de ser sagaz, poseía una condición casi inexistente en el mundo psíquico: era humilde y sabía reconocer sus errores. Sabiamente se dio cuenta de que necesitaba seguir siendo un fóbico adicto a las benzodiazepinas y no un reivindicador laboral, por lo que suprimió la medicación psicótica y reforzó la ansiolítica.
Como por arte de magia el paciente volvió a su camino sin marcas y señales que le indicaran por dónde ir, apenas con las pocas balizas que el análisis y sus rutinas le ofrecían.
Nuevamente la errancia “ordenada” coloreó su vida y le concedió un sin-sentido protector.
Que el mundo no se vuelva un caos de violencia, ésa es la apuesta de la cura. Quién lo hubiera presumido al inicio, cuando Pedro parecía más cercano a la hebefrenia bizarra que a un Schreber . Pero Pedro nos enseña -porque el psicótico nos enseña todo el tiempo- que la locura, en este caso en forma de errancia, también puede ser una buena herramienta para soportar algo que puede ser peor para el sujeto. Y en ese camino el analista no puede quedar a un lado.
El problema que plantea el psicótico es el del saber , cuando el saber surge para el psicótico, cuando le salta a la vista, se le impone como certeza. Y ése no es un saber supuesto, sino un saber que se impone al sujeto en forma de delirio.

En el prefacio de su libro “Un antropólogo en Marte” , Oliver Sacks describe “... hay defectos, enfermedades y trastornos que pueden desempeñar un papel paradójico, revelando capacidades, desarrollos, evoluciones, formas de vida latentes, que podrían no ser vistos nunca, o ni siquiera imaginados en ausencia de aquellos. Es paradoja de la enfermedad, en este sentido, su potencial “creativo”, lo que constituye el tema central del este libro.
Así, del mismo, modo que podemos quedar horrorizados ante los estragos que causa el desarrollo de una enfermedad o trastorno, también podemos verlos como algo creativo, pues aún cuando destruyen unos procedimientos particulares, una manera particular de hacer las cosas, pueden que obliguen al sistema nervioso a crear otros procedimientos y maneras, que lo obliguen a un desarrollo y a una evolución inesperados. Este otro lado del desarrollo o enfermedad es algo que veo en potencia en casi todos los pacientes; y esto es, precisamente, lo que me interesa escribir.”

Este antropólogo de la neurología, con un fuerte componente humanista, plantea los casos clínicos neurológicos más extraños desde un punto de vista diferente al de la patología. Intenta revelar a la “enfermedad” descubriendo sus capacidades, adecuaciones y desarrollos latentes, que podrían no haberse visto nunca de no ser por la existencia de tales anomalías.
Frente a esta capacidad de adaptación del cerebro, Sacks va a preguntarse si no habría que manejar un nuevo concepto de salud y enfermedad, cambiando la referencia, es decir que la salud no se describa de acuerdo a su identidad con un estado rígido de normalidad, sino usando un criterio más flexible, respecto a la capacidad de adecuarse y funcionar en armonía y de acuerdo a las condiciones individuales.
Oliver Sacks deja una puerta abierta para poder entender que los sujetos más allá de sus problemas, demuestran tener una creatividad única que les permite construir –a veces- una manera particular de hacer en su mundo, y que se obligan a crear una serie de procedimientos y modos, que le permiten vivir de una forma más digna.
Pedro nos muestra y nos enseña que su embrollo existencial tiene que ver con su orden vital, y que de la única forma que podemos intervenir como analistas, es no precipitar nada de ese descontrol-control que lo ordena y le permite no consistir en un delirio paranoico.
El análisis también puede ayudar a que Pedro sea el errabundo más centrado del mundo.