La función del padre desde el punto de vista de Homero Simpson




El padre en la historia
“Flanders: Homero, no quiero ser un aguafiestas ni nada de eso...
pero si se cae el niño, podría quedar cuadraplejirijillo

Homero: Cállate, Flanders.

Bart: Sí, cállate, Flanders.

Homero: Bien dicho, muchacho”. [1]

Una pregunta se impone en la película de los “Simpson”: ¿qué significa ser padre?
Para comenzar con la problematización del concepto padre es importante abordar primero, aunque más no sea de una manera sucinta, las discontinuidades que se han presentado con la noción de padre a lo largo de la  historia.
En los comienzos de la cultura occidental, la situación del padre era bastante diferente a la actual. Ser padre no remitía a un hombre que procreaba un hijo con una mujer, sino que señalaba una figura social, una función jurídica y comunitaria.
En Roma, por ejemplo, el padre era aquel que reconocía jurídicamente, por medio de su palabra, a un niño como hijo suyo. Por su única voluntad podía matarlos o venderlos, ni que hablar de castigarlos. Su facultad era tan amplia que en los primeros tiempos del Imperio Romano, el padre podía disponer totalmente de los bienes de sus hijos. También tenía la facultad de abandonarlos, el hijo abandonado podía vivir junto al que lo recogiera, como hijo o esclavo. La potestad sobre los bienes de los hijos era total, ya que existía un solo patrimonio familiar donde el padre era el titular.
La Edad Media traerá algunos cambios con relación a la autoridad paterna, por un lado el padre además de transmitir bienes materiales (como ocurría en el pasado) también comienza a legar insignias simbólicas, más precisamente su apellido.  A partir del siglo XI, el padre donará a su hijo un nombre y un apellido escribiendo así una filiación.
El otro cambio fundamental que acontece en este tiempo es la influencia que la Iglesia comienza a tener. La religión católica con su poder y su legislación promoverá un cambio esencial: ya no es la voluntad propia lo que constituye a un hombre como padre, sino que lo es con relación al matrimonio. Padre será quien engendre hijos dentro del matrimonio. La condición de la paternidad así como el ejercicio de la sexualidad quedará encuadrada y reglamentada por este sacramento. Desde entonces, todo hijo nacido fuera del matrimonio se convertirá en un bastardo o sea un no―hijo.
El universo del la Edad Media se llenará de padres terrenales, de padres de la Iglesia, de Santos Papas, pero sobre todo del Santo Padre: Dios.
Lo que comenzó y se desarrolló en la Edad Media se establecerá de manera definitiva en los siglos XVI, XVII y XVIII.  El padre aparecerá sosteniendo la autoridad en la familia, pero también como representante de Dios. Para el cristianismo, la paternidad es una investidura que le otorga un poder avalado por Dios. El padre quedará asociado a una función sagrada; convirtiéndose en portador de su palabra.
El cambio radical a este modelo se consolidará el 21 de enero de 1793 con la revolución francesa.
La guillotina terminará con un modo político y social de gobernar el Estado, pero también con una forma de concebir la paternidad. El padre, a pesar de conservar prerrogativas perderá su lugar de rector y de comandante supremo y pasará a ser un personaje limitado por leyes. El Estado se erigirá, entonces, como juez, guía y garante ya no del padre sino de los hijos; ya no velará por los derechos del padre sino por sus obligaciones.
Una nueva sociedad surge, transformando la forma de vida. Balzac lo escribe claramente: “Cortando la cabeza del Rey, la República ha cortado la cabeza de todos los padres. No hay más familia hoy, sólo hay individuos”.
A partir del siglo XIX, el padre ya no responde, es la autoridad estatal quien velará porque el padre cumpla sus deberes y sancionará sus excesos y carencias.
El siglo XX, con las guerras mundiales, traerá padres degradados, padres arrancados de sus labores y de sus  hogares para partir al frente de batalla. Lo presente será la ausencia. Además de las guerras, del capitalismo extremo surgirán padres marcados por exilios económicos y políticos, los campos quedan vacíos de padres y las ciudades se llenan de hombres solos  buscando una oportunidad para sus familias.
Todas estas cuestiones del siglo produjeron una nueva figura del padre: un padre ausente.
El mito edípico, que representa a la figura del padre como encarnando la ley, cuya palabra podía prohibir y distribuir, restablecer una ley sobre el goce, ya no funciona como modo de situar una prohibición. Psicoanalistas lacanianos franceses en los años noventa y actualmente algunos analistas argentinos plantean que la defección estructural de la figura del padre ha generado marcados trastornos en la estructura subjetiva individual y en el imaginario social que se evidencian a través de la aparición en demasía de algunos de los siguientes fenómenos clínicos: 
Un aumento considerable de las patologías del goce como las adicciones, los trastornos alimenticios y las actuaciones delictivas, hablarían de la carencia de una palabra paterna ordenadora que imponga los límites subjetivantes.
 Un incremento de las conductas impulsivas en las diferentes estructuras clínicas, que reflejaría una impunidad surgida como efecto de la falta de un orden legal.


 Un aumento de las manifestaciones perversas, es decir, actitudes que implican la recusación de la ley sea a través de su desafío.

 No es menor tampoco, cómo los fenómenos de violencia y terrorismo se han incrementado de una forma alarmante, verdadera “violencia del ello”  al decir de Zizek[2].

 El avance de nuevas formas de agrupamiento: sectas, bandas, tribus urbanas. Estas nuevas formas de lazo social marcarían una crisis de lo simbólico ya que el padre que procuraba garantizar, parece desdibujarse.

El padre en Freud
Freud trabajó en “la interpretación de los sueños”[3] la relación con su propio padre Jacob. Un incidente, banal pero traumático, es recogido en ese texto como uno de los acontecimientos que más marcaron su vida.
Un día cuando paseaban juntos, su padre quiso demostrarle que los nuevos tiempos eran mejores que los suyos, narrándole un incidente de su propia juventud cuando paseaba por la ciudad. “Llevaba un lindo traje con un gorro de piel nuevo sobre la cabeza. Vino entonces un cristiano y de golpe me quitó el gorro y lo arrojó al barro exclamando: ‘¡Judío, baja de la acera!’ le contó Jacob. ‛¿Y tú qué hiciste?’ ( preguntó Sigmund). ‛Me bajé a la calle y recogí el gorro’, fue su resignada respuesta.
Esto no me pareció heroico de parte del hombre grande que me llevaba a mí, pequeño, de la mano”.[4]
A esa escena, que le disgustaba, el pequeño Sigmund opuso otra, más adecuada a sus aspiraciones: el episodio histórico en el cual Amílcar hizo jurar a su hijo Aníbal que lo vengaría de los romanos y defendería a la ciudad de Cartago hasta la muerte. “Cuando estudiamos las Guerras Púnicas –escribe―, mi simpatía no estaba con Roma sino con los cartagineses”. Más adelante, vuelve a señalar: “La escena de Amílcar haciendo jurar a su hijo, ante el altar doméstico, odio eterno a Roma, me impresionó por su fuerte carga simbólica. Aníbal siempre tuvo un lugar entre mis fantasmas”.[5]
La resignación de su padre por la ofensa sufrida le produjo una tristeza al creador del psicoanálisis que duró toda su vida. Varios historiadores del psicoanálisis piensan que la creación freudiana no sería otra cosa que el producto del esfuerzo de Freud por superar la humillación sufrida por su padre.
En el trabajo clínico Freud llegó a confesar que muchas veces actuaba como "demasiado padre". El caso Dora es un claro ejemplo ya que los problemas técnicos de Freud se debieron, en este caso, a que nunca pudo analizar la cuestión del padre.
El universo freudiano está lleno de padres: el asesinado en “Tótem y Tabú”[6]; el seductor en “Dora”[7], el fantasmático en “Pegan a un niño”[8], el impotente en Juanito, hasta el forcluído en “Schreber”[9].
Todos padres demasiados presentes en sus fallas desde la cotidianeidad…
El padre en Lacan
“Bart: ¡Papá!

Homero: ¿Parece que hay un problema oficiales?

Bart: Diles que me desafiaste a hacerlo.

Oficial de policía: Si eso es cierto, el padre tiene la culpa, no el hijo.

Homero: ¿Y qué me puede pasar si es mi culpa?

Oficial de policía: Asistirá a una clase de paternidad de una hora

Homero: ¡Fue idea suya! ¡Esta fuera de control! se lo aseguro, ¡estoy desesperado!

Oficial de policía: Te veré en la corte, niño.

Homero: ¿Oye, qué te pasa?
Bart: ¿De verdad quieres saberlo?

Homero: Claro que sí. A qué clase de padre no le importaría... ¡Un puerco con sombrero!”.[10]

El universo del padre, desde la teoría lacaniana también estará lleno de padres fallidos y carentes pero respecto a su función, ya que lo simbólico nunca puede abarcar totalmente lo real. Este cambio será fundamental pues no se tratará de una historia empírica del padre, sino de una evidencia estructural.
Si desde el origen el padre está castrado, entonces la castración no puede tener su inicio en el padre. La castración es definida por Lacan como una operación real, introducida por el significante que determina al padre y da como resultado la causa del deseo. A partir de esta formalización el padre queda designado como S1, significante amo que, en cuanto tal, es pura función lógica vaciada de lo mítico.
El padre intervendrá, a partir de esta concepción, desde tres lugares diferentes: desde lo imaginario, lo simbólico y lo real.
Las estructuras clínicas: neurosis, psicosis y perversión constituyen las diferentes respuestas que se anudan en el sujeto a partir de la intervención paterna.
El padre imaginario se trata de una construcción que el sujeto erige de manera fantasmática y con poca relación con el padre tal como es en la realidad. A él se refiere toda la dialéctica: la de la agresividad, la de la identificación y la de la idealización, a través de la cual el sujeto accede a la identificación con el padre.  Aparecerá imaginariamente como el padre que privó al niño de la madre.
El padre simbólico es universal y no hace referencia a una persona sino a una posición o función. Lacan la nombra como función paterna y consiste en imponer la ley y regular el deseo. El padre simbólico no necesariamente necesita de alguien para encarnar su función. La misma puede ser ejercida de una forma más o menos velada por cualquiera.  
Hasta un padre desfalleciente en la realidad podría eventualmente asumir, en tanto representante, su voz y hacerla valer.
El padre real no es claramente definido por Lacan, pero se trata del agente que realiza la operación de la castración simbólica. Puede despejarse de este modo que se trataría del de la realidad familiar, del que tiene sus particularidades, sus elecciones, pero también sus dificultades propias. Según Joel Dor[11], el padre real se presentaría como un “diplomático”, en el sentido de alguien que representa a su gobierno ante el extranjero a fin de asumir la función de negociar todas las operaciones correspondientes.
Esto no deja de ser un problema ya que, a diferencia del padre simbólico que es universal, esto se trataría siempre de lo singular. ¿Bajo qué condiciones, entonces, se encarna esta función? Cuando el padre real se identifica totalmente con el nombre del padre se pueden introducir grandes perturbaciones en la estructuración psíquica, que en algunos pueden llegar a la psicosis. El caso de Schreber, en este punto, es paradigmático.
Lacan  trabaja el problema de la carencia paterna, situando que el padre no sólo sería el Nombre del Padre sino realmente un padre que asume y representa en toda su plenitud esa función simbólica, encarnada, cristalizada en la función del padre.
La función del padre real no es representar la ley sino articular el deseo del sujeto con la ley; servir de apoyo y estímulo al hijo de modo que su deseo se despliegue en formas aceptables de transgresión a la ley.
El padre siempre en algún aspecto es un padre discordante en relación con su función. Existiendo siempre una discordancia extremadamente neta entre lo percibido por el sujeto a nivel de lo realidad y esta función simbólica... "En esa desviación reside ese algo que hace que el Complejo de Edipo tenga su valor de ningún modo normativizante, sino generalmente patógeno".[12]
En el análisis de “Juanito”, por ejemplo, Lacan desarrolla su análisis a partir de la carencia paterna. Lo que demuestra Lacan en el seminario 4 es que el padre de Juanito estaba allí e intentaba cumplir con la función de padre, pero a medias, lo que dificultó a Juanito dar el salto definitivo al orden de lo simbólico, quedando atrapado, de cierta forma, en un mundo imaginario.
Pere―versión
“Homero: Bart...Hijo...
¿Crees que tendrías corazón como para darle a tu tonto padre otra oportunidad?

Flanders: Me parece hijo que tu padre dice, que quiere pasar sus últimos minutos contigo.

Bart: ¡No! No puedo hacerlo.
Quiero un padre que sea el mismo por la mañana que por la noche.
        ¿Cómo se dice?

Hijos de Flanders: Consistencia.

Bart: Gracias, perdedores.
Lo siento, Homero.

Homero: Tú llevaras la bomba.

 Bart: Somos tal para cual”.[13]
(Parten hijo y padre en una moto)
Si bien el Nombre del Padre funciona independientemente de su encarnadura, el cómo esté encarnado tiene sus consecuencias para el sujeto.
Un padre no se sostiene por sí solo por más padre que se crea. Es desde la madre como desde el hijo, que se demanda un padre,a condición de servirse de él”, dirá Lacan. Pero, ¿cómo es servirse de él? No se trata de respetarlo, es preciso amarlo. En ese punto el psicoanalista francés es terminante. Este amor asegura una unión que protege al sujeto de volver a quedar capturado por la madre.
Esta función no puede ser sino fallida; de todos modos hay distintos modos de fallar y aunque todos ellos son resultado del mismo fundamento, depende de cómo se sitúe el padre frente a su propio Edipo. A todas estas "fallas" las podemos denominar Pere-versión.
Pere-versión, versión de padre perverso. La Pere-versión es un resto del padre real (agente de la castración), lo que quedará de su incidencia como padre en la realidad, lo que quedará de ese goce que excede lo inherente a su función. No importa si hace demasiado o no como padre, siempre necesariamente va a haber un exceso a su función.
La Pere―versión, por tanto, no dejará de ser una consecuencia de la operación de la metáfora paterna, un efecto natural del trayecto edípico.     

La función paterna desde el punto de vista de Homero Simpson

“Bart: En caso de que falle, perdón por decir que desearía que no fueras mi padre.
Homero: No te culpo, hijo. Tampoco fui buen padre. Tal vez sea por la forma en que mi padre me crió.
Si... por fin me queda claro.
Es solo un largo e ininterrumpido ciclo...”[14]

Homero Simpson representa la paternidad perdida en la actualidad, esa autoridad que ya no está claramente definida. Homero carece de todo interés espiritual e intelectual. Dedica la mayor parte de su tiempo a mirar televisión, comer y beber. No representa de la mejor manera el papel de padre: despreocupado de la vida en general y de sus hijos en particular. Simplemente obedece sus impulsos. En definitiva, un padre con serias dificultades de encarnar la función paterna.
Encarnar la función, difícil tarea para un hombre, mucho más para Homero Simpson, atrapado en una posición de hijo más que de padre. Sin embargo, más allá de sus falencias logra transmitir una forma de gozar a Bart.
Bart no necesita demasiada presentación; hijo varón, rebelde, pícaro y desobediente. Por momentos sorprende por su sentimiento de vacío interior; por su profunda tristeza que intenta tapar con transgresiones.
La película muestra a Bart en plena crisis con relación a su padre Homero, la entrada en la adolescencia reaviva su conflicto. “Quiero un padre que sea el mismo por la mañana que por la noche”, dice Bart. Consistencia de padre reclama, algo que difícilmente Homero pueda dar.
Bart se acercará a Flanders y a la religión como forma de buscar algo de consistencia paterna.
Al huir de la ciudad (por culpa de Homero) pierde eso, que en ese tiempo, sostenía su pregunta: Flanders.
El exilio produce un cambio en la conducta del adolescente: se vuelve alcohólico y deprimido. El nudo dramático de la película navega por esta cuestión: ¿qué es ser padre?
Es claro que a Homero le es muy difícil ocupar el lugar de Páter-familias, dificultad que le viene dada la imposibilidad de asumir su condición de padre; sin embargo eso no quiere decir que no pueda encarnar su función.
En la escena final, cuando le pide a su hijo que lo acompañe a salvar la ciudad, Bart responde “somos tal para cual”. El salvar Springfield pone las cosas en orden para Homero, para su esposa March y sobre todo para su hijo. Bart deja a Flanders y parte con su padre.
Eric Laurent en su texto “La familia moderna”[15] apunta que una familia, entendida en términos psicoanalíticos, sólo puede ser digna y respetable mientras otorgue un lugar particular al nuevo ser que le permita construir su subjetividad por medio de la excepción. Porque el sujeto es, en tanto lo caracteriza un rasgo excepcional, un modo particular de goce. Bart da prueba de ello.
No se trata de respetar al padre, es preciso amarlo. Este amor asegura una unión que protege al sujeto de volver a quedar capturado por la madre. El trabajo de separación en torno al Otro del goce materno, se encuentra sostenido en la eficacia o no de la función paterna y de la que el sujeto debe poder servirse.
En torno a la función paterna se pueden ubicar dos dimensiones del padre; una, donde lo que aparece es el padre de la ley que prohíbe y ordena, el padre que dice “no”, y otra, central en torno a la salida, en ésta el padre dice “sí”, no a cualquier cosa, sino a una invención del sujeto. Se trata de un padre que habilita, uno que introduce al deseo. Del padre que puede reconocer el valor de lo que el joven ha encontrado para arreglárselas con lo real, para darse una nueva forma en el mundo.
Bart estaba a la deriva, deprimido y alcoholizado como única forma de soportar su existencia, buscando a un padre como Flanders, pero lejos del personaje que todos conocemos: exultante y trasgresor. No deja de ser revelador que en el momento que aparece Homero con la solución para su vida, Bart estaba esperando… su muerte.
El acontecimiento de salvar Springfield  y el reencuentro con su padre tiene un sentido para Bart: es un Simpson y no un Flanders. Algo de lo simbólico, efectivamente, transita para él.
Finalmente se siente perteneciente a un linaje, a una familia. La depresión desaparece.
Homero, al final, en la moto y con la bomba es el único que puede salvar la ciudad: detenta la potencia y el uso legítimo del falo para Bart. Homero propone a su hijo hacerse cargo de la bomba, de ese objeto brilloso. El padre “interviene en el tercer tiempo ― dice Lacan ― como el que tiene el falo y no como el que lo es, y por eso puede producirse el giro que reinstaura la instancia del falo como objeto deseado por la madre, y no ya solamente como objeto del que el padre puede privar”. [16]
Bart lee que la madre dirige la mirada hacia Homero (padre). ¿Que desea la madre? No es Homero en sí, sino lo que porta éste (falo). El padre no aparece solamente como el que puede dejar a la madre sin su objeto, sino que reinstaura y eleva al falo al rango de objeto universalmente deseable. Es decir que él también lo desea.  El “somos tal para cual” muestra el deseo de inscripción en una cadena generacional, de inscripción en un orden serial y en una genealogía.
Homero, más allá de excesos y carencias, puede encarnar la función. “Somos tal para cual” no deja de ser la respuesta a ese enigma.


[1]“Los Simpson: la Película”, producida por Gracie Films y 20th Century Fox

[2] Zizek, S., “La suspensión política de la ética”. Ed. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2005.
[3]Freud, S., “Obras completas”, Tomo IV, ED. Amorrortu, Bs As, 1990, pág. 181

[4] Freud, S., “Obras completas”, Tomo I, ED. Amorrortu, Bs As, 1990, pág. 181
[5] Idem
[6] Freud, S., “Obras completas”, Tomo XIII, ED. Amorrortu, Bs As, 1990
[7] Freud, S., “Obras completas”, Tomo VII, ED. Amorrortu, Bs As, 1990
[8] Freud, S., “Obras completas”, Tomo XVII, ED. Amorrortu, Bs As, 1990
[9] Freud, S., “Obras completas”, Tomo XII, ED. Amorrortu, Bs As, 1990
[10] “Los Simpson: la Película”, producida por Gracie Films y 20th Century Fox

[11] Dor, J., “El padre y su function en psicoanálisis”, ED. Nueva Visión, Bs As, 1991
[12]Lacan, J., Seminario 4: “La relación de objeto”, ED. Paidós, Barcelona, 1994, pág. 367
[13] “Los Simpson: la Película”, producida por Gracie Films y 20th Century Fox

[14] “Los Simpson: la Película”, producida por Gracie Films y 20th Century Fox

[15] Laurent, E. “La familia moderna”, Revista Registros, Bs As, 1994
[16] Lacan, J. El seminario 5: “Las formaciones del inconsciente”, Ed. Paidós, Barcelona, 1999, pág. 199-200.



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